Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

21 ene 2013

Los monjes del vinilo

'Telegraph Avenue' es la aguda novela que Michael Chabon ha escrito movido por su pasión hacia la música negra.

 

El escritor Michael Chabon. / ULF ANDERSEN (GETTY)

Dicen que el diablo habla con lengua plateada.
 Ciertamente, eso ocurre en Telegraph Avenue,la aguda nueva obra de Michael Chabon, cuya traducción publica Mondadori en marzo
. Este demonio tiene elocuencia, cultura y visión de futuro.
Vamos a situarnos: Archy Stallings y Nat Jaffe, los protagonistas de la novela, gestionan Brokeland Records, tienda de discos de segunda mano en la frontera entre el Berkeley bohemio y el Oakland proletario.
Una institución en aquella zona californiana, que atrae a melómanos de todos los colores, especialmente a los apasionados del jazz, el soul, el funk. Hasta que reciben la peor noticia.
 A pocos metros, abrirá Dogpile Thang, centro comercial que incluirá una megatienda de discos, con una sección inmensa de vinilo. ¿Les suena? Un tópico lo de enfrentar al pequeño establecimiento con la gran cadena; David siempre tendrá todas nuestras simpatías frente a Goliat. Aquí, cabe agradecérselo a Chabon, el invasor no es una empresa anónima.
Detrás de Dogpile Thang está Gibson Goode, uno de los deportistas negros más ricos del país, que invierte en los barrios menos favorecidos.
No se trata de un ángel, ciertamente, pero argumenta que su proyecto traerá puestos de trabajo y revivirá una zona deprimida.
 Los responsables de Brokeland Records convocan a sus tropas: excéntricos del Berkeley contracultural, fieles compradores negros de Oakland. Juegan sus bazas y presionan al concejal que otorga las licencias.
Así que Goode recurre a la tentación.
 Convoca a Archy Stallings, el miembro negro del dúo de Brokeland; tras establecer que ambos crecieron en las mismas calles y tenían gustos similares, le ofrece una misión.
 Invoca a San Leibowitz, el héroe de los libros de Walter M. Miller, consagrado a conservar los textos, los testimonios de la civilización tras una guerra nuclear.
Michael Chabon ha escrito una novela derivada de su pasión por la música negra
Explica que la música negra ha sufrido una hecatombe similar con la implantación del hip hop.
Oh, es un hombre de su tiempo y aprecia lo mejor del rap, de Nas a Lauryn Hill.
Pero esboza un escenario posapocalíptico: “Se ha perdido mucho. Ellington, Sly Stone, Stevie Wonder, Curtis Mayfield, no tenemos ni indicios de gente de ese calibre en la música negra actual.
 Hablo de genios, de compositores. Quincy Jones, Charles Stepney, Weldon Irvine. Mierda, se trata de sacar chispas de tu instrumento. Guitarra, saxofón, bajo, batería... solíamos ser los dueños de esos aparatos. ¡La trompeta! Éramos los propietarios, los músicos blancos funcionaban como inquilinos nuestros
. Ahora, viene algún chaval negro que parece medio talentoso, como RZA. ¡Y no sabe tocar ni un puto kazoo! Lo único que hace es meter citas”.
No es culpa del sampler, se apresura a añadir.
 Los responsables son “las discográficas, la MTV, la radio homogeneizada, el crack. Los recortes de presupuestos para programas de educación musical, para las bandas de colegios.
Lo que estoy diciendo es que estamos viviendo entre los estragos.
Todo lo que tenemos son piezas rotas. Y tú recoges esos pedazos, eso es admirable.
De verdad. Lo que te ofrezco va más allá de colgarlos en tu museo y vender alguno a un dentista blanco o un asesor fiscal que a su vez lo colgará en la pared de su casa”.
Aquí viene la oferta mefistofélica: “
Vamos a poner esos discos donde están los chavales, donde se gastan su dinero
. Tú les enseñas. Explicas lo que significan esos pedazos rotos, porque son importantes.
 Tal vez uno de esos chicos aprenda lo que tú le tienes que enseñar y vuelva a juntar todas las piezas”.
 En su planteamiento, la sección de vinilos sería el equivalente a los monasterios fundados por discípulos de San Leibowitz. Depósitos de cultura hasta que vuelva la demanda por la música tocada por seres humanos, hecha de arriba abajo, sin préstamos ni citas sampleadas.
Telegraph Avenue contiene otras tramas extramusicales que enlazan con el destino de la tienda. Astutamente, Michael Chabon sitúa la acción en 2004.
 Antes del hundimiento del mercado inmobiliario, de la debacle económica que seguramente acabaría con Dogpile Thang, igual que tantas cadenas de productos culturales.
 Paradójicamente, en nuestro presente, un negocio especializado como Brokeland Records podría sobrevivir, al menos como tienda virtual, gracias a la revalorización del vinilo.
 Pero no habría grandes tertulias, no podrían celebrar fiestas como el velatorio de Cochise Jones, el organista local que (se supone) grabó para el sello CTI.
Y ahí aparece el factor Internet. Los San Leibowitz de la actualidad están en la Red, compartiendo conocimientos y música, aunque sea en mp3.
Hasta que llegue el holocausto nuclear, estamos bien servidos, gracias.

Sobre los Autores

Sobre los autores

Somos un grupo de periodistas de EL PAÍS de distintas secciones, gustos y especialidades, todos amantes del género negro. Coordinados por Juan Carlos Galindo.
, subdirectora de EL PAÍS y autora de Verano en rojo (RBA, Serie Negra, 2012), cree que la novela negra es, como el periodismo, una forma de retratar la realidad. 
Ha hecho la mayor parte de su carrera en Internacional, ha sido corresponsal en Moscú y enviada especial a un sinfín de conflictos, tertuliana habitual de la Cadena Ser y CNN+, responsable de Internacional, de vida&artes y de la edición de Domingo de EL PAÍS.
. Periodista de EL PAÍS desde 1983, casi siempre en el área de cultura.
 Trabaja en prensa ininterrumpidamente desde 1968. Su primer jefe, Néstor Luján, le regaló, cuando tenía unos 20 años, libros de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, David Goodis, Jim Thompson.
 Se enganchó para siempre al género negro.
es periodista de EL PAÍS y responsable del suplemento Babelia.
 Siempre le han gustado los malos, especialmente como personajes literarios. No cree que fuera el azar, seguramente su destino estaba escrito. Creció al lado de los muros de una cárcel y en ese escenario emnpezó a los 15 años a leer novelas de Agatha Christie y Patricia Highsmith. 
Con ellas se enganchó al género.
es periodista, actualmente en la sección de Internacional de EL PAÍS.
 Nunca ha podido elegir entre Chaplin y Buster Keaton ni entre Raymond Chandler y Dashiell Hammett.
es periodista de EL PAÍS.
 Actualmente es uno de los responsables de la web. Cayó definitivamente en las redes de la novela negra cuando nació la primera de sus dos hijas.
 Tiene una perdición: los personajes que creen que es legítimo hacer el mal para que el bien triunfe.
 Odia los lugares comunes y tiene el honor de coordinar este blog. 
Vive en Madrid pero sueña con retirarse en el Maine de Charlie Parker.

'Crimen en la colina', un cuento trágico de miedos y venganza s Por: Juan Carlos Galindo | 21 de enero de 2013

El blog de novela negra de El País

Puede que el protagonista no sea lo que parece y que el asesino no resulte ser el que temíamos, pero este espacio sí lo es.
Un blog de novela negra para comentar y compartir críticas e informaciones sobre clásicos y novedades del género.
 Elemental.

Flamigni
Una novela negra sin detective, en un pueblo perdido en la Romaña
. Un pequeño cuento de fondo trágico. Pederastia, venganzas, tradiciones, silencios y vidas rotas por los errores y los abusos de otros.
 Estos son los ingredientes con los que Carlo Flamigni (Forli, 1933) nos sorprende en Crimen en la colina, primera entrega de la serie protagonizada por los Casadei, una familia peculiar liderada por Primo, un lúcido detective amateur de pasado algo turbio.
Adelantamos el primer capítulo de una novela muy bien escrita, de lectura adictiva y que ahora publica Siruela.


Primo Casadei no ha sido siempre el escritor de éxito que es ahora. De hecho, durante un tiempo eligió el mal camino, la vida criminal. Pagadas sus deudas, empieza a publicar novelas con éxito y forma una familia extraña y feliz. 
Su mujer, Maria, una inmigrante china que aprende italiano escuchando una radio católica y que termina convirtiéndose; sus dos gemelas, Berenice y Beatrice, cuya enfermedad va a llevar a la familia a una pequeña localidad de la Romaña; Proverbio, un anciano lleno de sabiduría que siempre encuentra un refrán para cada situación y Pavolone, un gigante inocente y leal, personaje de cuento que ayudará a Primo en sus pesquisas.

El peculiar equipo detectivesco se instala en la casa familiar de Primo para que Beatrice respire aire puro de la montaña y se cure de su rara enfermedad. Pero en el pueblo, que hasta entonces sólo había conocido la violencia de siempre, la familiar, la del odio enquistado por generaciones, la de la venganza cainita, empiezan a pasar cosas terribles.

Tres personajes (un cura, un farmacéutico y un pintor) que habían llegado al pueblo hace poco, acaparan la atención y las sospechas cuando varios niños se convierten en víctimas de crímenes atroces, de una violencia desconocida para un pueblo que vive un poco alejado del siglo XXI. Hasta ahora la vida había sido así:

“En los pequeños pueblos de la Romaña, los hechos delictivos, o incluso solo los supuestos hechos delictivos, no son raros, pero generalmente resultan comprensibles, tienen su lógica, en cierto modo resultan incluso previsibles o esperados. Dos familias que se odian antes o después se harán daño; antiguas deudas de dolor o de sufrimiento pueden ser cobradas en cualquier momento, nadie se sorprende”

Después, todo cambia.

La novela tiene un pequeño inconveniente: tarda en arrancar casi tanto como tarda Primo, que vive de sus novelas y no necesita trabajar, en ponerse a investigar por puro placer. Ahora, cuando lo hace es imparable. El ritmo y la prosa de Flamigni, alabado por la crítica italiana, y la mezcla de hechos terribles con el costumbrismo de un pueblo italiano de las montañas de Romaña dan a la novela un ambiente perfecto, un aire de cuento terrible con originalidad y fuerza.

En la novela hay más ingredientes interesantes. Hay un policía, claro. Amigo de Primo, el subcomisario Macbetto, en un papel secundario, no pasa de ser un funcionario que busca la manera de subir en el escalafón y que ve en la investigación primero una oportunidad y luego, a medida que pasa el tiempo y no se entiende nada, un enorme problema.

Libro de miedos y silencios, Flamigni, prestigioso médico, profesor universitario y miembro del Comité Nacional de Bioética (un hombre, como su protagonista, que destaca por algo a lo que en realidad no iba orientada su vida) consigue en Crimen en la colina cerrar una novela original y entrañable, entrañable a pesar de la brutalidad que, como casi siempre, termina aflorando cuando el odio guía la acción del hombre
.

Cien veces Gabo...............Juan Cruz Escribir en los Tiempos del Cólera

"Lo único cierto para mí son las canciones de los Rolling, la revolución cubana y cuatro amigos”.

Con algunos de esos amigos y dos nuevos libros que incluyen desconocidas cartas y su faceta periodística, descubrimos otras caras de la personalidad de Gabriel García Márquez.

 

Eligio García Márquez, el hermano del premio Nobel de Literatura al que todos llaman Gabo, contó en 1971, en un texto periodístico que luego entró en un libro (Así son, publicado por primera vez por La Oveja Negra, 1982), lo que el más famoso de los escritores de lengua española del siglo XX dijo cuando empezaron a atosigarle con las consecuencias de la gloria
. Lo que él quería ser era pianista en Zúrich.
La historia fue como sigue, según Eligio. Ya le buscaban de todas partes, porque su novela Cien años de soledad, publicada cuatro años antes, había tenido un éxito abrumador y le daban premios que para él eran castigos.
 Así reaccionaba ante la gloria:
“Pienso que más valiera estar muerto”, le dijo a Armando Durán. “Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, y en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”.
Como salchichas en todas partes; ya García Márquez estaba marcado por esa gloria que lo martirizaba. Y decía
: “Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias, la vida intelectual, y he tratado de encerrarme dentro de cuatro paredes, a diez kilómetros de mis lectores, y sin embargo ya me queda muy poca vida privada: mi casa, tú lo has visto, parece siempre un mercado público”.
Había renunciado a premios en Italia y en París, “no solo por pudor, sino porque pienso que también esto es mentira”; quería dedicarse tan solo a “las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.
Hubiera querido ser el hombre que tocaba elpiano en un bar”
Fue entonces cuando le preguntaron: “Y si no hubieras sido escritor, ¿qué habrías querido ser?”.
 Contestó: “El otro día, entre dos trenes, me refugié de una tormenta de nieve en un bar de Zúrich.
 Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados.
 Esa tarde supe que si no fuera escritor, habría querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, solo para que los enamorados se quisieran más”.
Se tuvo que conformar con ser el escritor más famoso del mundo y con escuchar el piano en las grabaciones de Mozart o Bach.
Se defendía del acoso de los admiradores y de los periodistas emitiendo carcajadas grabadas, para romper el hielo, instaladas en el quicio de la puerta de su casa en Barcelona, cuando vivió allí por aquel entonces, deglutiendo la gloria, y se curó poco a poco haciéndose más reservado y más solitario, más alejado de las apariciones públicas, de las entrevistas y de las lecturas multitudinarias.
Esa búsqueda de la soledad no fue en García Márquez una decisión repentina, ni tampoco fue un meditado abandono de la luz pública; él era así antes, lo que pasa es que entonces huía del éxito y antes huía del gentío, de las amistades e incluso del periodismo, el oficio de su pasión, para dedicarse a su vocación más seria: la literatura.
Ahora se publican dos libros en los que aparecen esos dos Gabo, uno haciendo periodismo de día y el otro haciendo literatura de noche, como si fuera destejiendo en un sitio y tejiendo en otro, agarrando por los pelos la realidad (“torciéndole el cuello al cisne”, como le aconsejó un maestro que había que hacer para hacer buen periodismo) y agarrando los sueños por donde más se desvanecen, es decir, contando historias que nunca pasaron o que pasaron porque él las contó.
Un libro es Gabo periodis­­ta, que ha juntado en torno al oficio de García Márquez a algunos de sus colegas (escritores o periodistas), a los cuales la Fundación para el Nuevo Periodismo, que él fundó (y que dirige Jaime Abello), les pidió que buscaran en la ingente producción periodística del autor de Relato de un náufrago lo que más les impresionara.
 El resultado –un libro que han publicado la fundación de Gabo y el Fondo de Cultura Económica con el apoyo fundamental de la Organización Ardila Lülle– es abrumador, pero no por la cantidad, sino por la evidencia de que este escritor de periódicos que no dormía ni comía cuando aún ni era famoso ni tenía un peso ha escrito el mejor periodismo en español de este siglo.
García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza en París en los años sesenta.
El otro libro es Gabo. Cartas y recuerdos, que ahora publica en España Ediciones B, de uno de los primeros amigos de García Márquez, el periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, con quien viajó por América Latina y por Europa cuando ambos eran unos chiquillos, como decía el propio Gabo, “felices e indocumentados”.
 Este libro ya conoció una versión anterior, en 2000; ahora cuenta Mendoza que, de acuerdo con el hijo de García Márquez, su ahijado Rodrigo, Plinio ha añadido algunas cartas que tienen que ver, sobre todo, con la aventura de escribir Cien años de soledad.
En la carta que aquí se reproduce, Gabo es tan minucioso, por citar un caso, como Malcolm Lowry cuando le comenta a Jonathan Cape sus impresiones de lector de su propia obra, Bajo el volcán. En el caso de García Márquez, recién publicada su obra cumbre (la primera edición salió el 5 de junio de 1967), halla tiempo en medio de la vorágine para decir cómo es “el mamotreto por dentro”.
 Cien años de soledad había hecho un largo recorrido, “en realidad (…) fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande”
. Plinio y Eligio cuentan por separado, uno ahora y el otro en 1971, el trayecto de esa novela en los momentos finales. Dice Eligio en aquel libro, Así son:
“Un día de enero de 1965, mientras guiaba su Opel por la carretera de Ciudad de México a Acapulco, surgió íntegra en su mente la novela que venía imaginando pacientemente desde su adolescencia.
 En una decisión suicida dejó la economía de la casa en manos de Mercedes, su mujer, y se encerró a escribir el libro que le daría prestigio, pero también soledad”.
 En 1967, después de aquella carta que Plinio recoge, Cien años de soledad apareció en la Editorial Sudamericana de Buenos Aires y ya desde entonces no dejó de ser reimpresa hasta pulverizar récords editoriales.
Debe ser muy dificil volver a escribir otra novela que no quede eclipsada por la 1ª y esto realmente es lo que le sucedió a García Márquez, incluso en otra que tb me gusto, El Amor en los tiempos del Cólera, no supera a Macondo ni a Aureliano y Arcadio Buendia...
Fue la novela que traté de escribir con 17 años y que abandoné”
Pero mientras se hizo, lo revela el propio Gabo, fue un dolor de cabeza, acentuado por el hambre que pasaban él y su familia, como recuerda Mercedes Barcha, su mujer, al frente de una aventura de subsistencia de la que él procuraba no enterarse. Ella se lo cuenta en una entrevista rara –porque ella no suele hablar en público de la obra de su marido– que le hizo Héctor Feliciano en México y en Cartagena de Indias y que aparece como uno de los colofones del libro Gabo periodista. “De Mercedes, en realidad, se sabe poco”, informa Feliciano en el preámbulo de esta conversación. “Hasta ahora ha concedido dos cortas entrevistas que datan de los años ochenta. Conversó solo una vez con el biógrafo inglés de su esposo [Gerald Martin] y luego no quiso verlo”. Aquí, en presencia de Jaime Abello, el director de la fundación, y de otras personas de su círculo más íntimo, Mercedes sí habla, aunque poco, cada vez que lo estima pertinente. Ella asistió a aquel parto literariamente sublime, el de Cien años de soledad, pero no quiso leer ni una línea hasta que el manuscrito, que ella misma envió a la editorial, en dos paquetes, para que el envío saliera más barato, fuera el libro cuya cubierta diseñó Vicente Rojo.
Cuando le mandaron el trabajo ya impreso desde Sudamericana, le cuenta Mercedes Barcha a Héctor Feliciano, “lo leí en la cama y Gabito estaba acostado al lado mío, a ver cómo reaccionaba. Lo leí avorazada”. Esa voracidad (avorazada es un “adjetivo costeño”, del Caribe colombiano, aclara Feliciano) la llevó a leerlo tres veces y a considerar, entonces y ahora, que es el mejor libro de su marido. “Es una maravilla. Ese capítulo de la lluvia y de la peste. ¡Esa Úrsula! La pobre Úrsula es una maravilla”. ¡Y la novela entera! “¡Es que es como un torrente! Uno pasa de capítulo y no se da cuenta. Cuando vas de un capítulo a otro, tú no lo notas”.
El Gabo en Barcelona en los años setenta. / Ediciones B
Su marido sí lo notaba. Y también que estaba escribiendo el libro que soñó de adolescente, y sabía que podría ser excepcional. Se lo dijeron enseguida. Él le cuenta a Plinio el 17 de marzo de 1967, algo después de que cumpliera 41 años (nació el 6 de marzo de 1926): “El problema de Cien años de soledad no era escribirla, sino que pasara el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan. Ya faltan pocos, afortunadamente, y las reacciones han sido mucho más favorables de lo que yo me esperaba. Creo que el concepto más fácil de resumir es el de la editora Sudamericana: contrataron el libro para una primera edición de 10.000 ejemplares, y hace quince días, después de mostrarles a sus expertos las pruebas de imprenta, doblaron el tiro”.
Había como una intuición internacional a favor del libro aun antes de que este se hiciera carne y habitara entre nosotros. La agente del boom, Carmen Balcells, se estaba encargando de lo más delicado, ponerle patas a Cien años de soledad, hacer que caminara por el mundo; Mario Vargas Llosa, que ya era uno de los autores más prominentes de la literatura en español, también toca a rebato. Ahí lo cuenta García Márquez, que informa en una de las cartas a Plinio: “El libro sale en mayo en español. En francés ya lo tomó Les Éditions du Seuil, y en los EE UU está sucediendo algo con lo cual no pude ni siquiera soñar durante mis hambres parisinas: Harper & Row tiene la opción, pero Coward McCann (a quienes Vargas Llosa hizo creer, en una carta, después de leer mi libro, que era el mejor que se ha escrito en muchos años en lengua castellana) está dispuesto a quedarse con él. Mi agente (…) ha citado en Londres a los representantes de las dos editoriales, a ver quién da más”. Gabo salía del frío del hambre, y veía un mundo de cifras que entonces le estremecía: “El precio que les lleva me parece escalofriante: 10.000 dólares, como anticipo de derechos. Yo me amarro los pantalones y trato de poner una cara muy natural”.
Esa carta en la que ya la suerte parece echada acaba muy al estilo Caribe: “Muy bien, compadre, se acabó el carbón”.
Y ya no habría más carbón; ese libro lo cubrió de oro. Algo antes, cuando Gabo y Vargas Llosa fueron juntos a Bogotá, a festejar el premio que este acababa de obtener, el Rómulo Gallegos que le concedieron en Caracas por La casa verde, la fiesta era enorme, pero García Márquez, recuerda Mendoza, estaba a un lado, “en la escalera, con un plato en la mano, hablando de literatura”, él y su amigo Plinio “olvidados de todos”. Pensó Plinio, y lo deja por escrito: “Si supieran la bomba que este ha fabricado…”.
Pensando en política, el deber revolucionario de un escritor es escribir bien”
La bomba estalló. La carrera ya fue firme, hasta el Nobel. En aquella conversación de Héctor Feliciano con Mercedes Barcha interviene de vez en cuando el marido de esta. Dice García Márquez: “El Nobel me volvió viejo. Llegó en un momento en el que uno se convierte en viejo. Ya no me dejo tocar”. Mercedes lo vivió. Le dice a Feliciano: “Era antes peor. El Nobel era la culminación del alboroto. Fue entonces cuando se alborotó el paraco”, frase costeña, aclara el entrevistador, que alude al “cabello alborotado y rebelde”.
Al final de la ceremonia del Nobel, a la que acudieron, ruidosos, todos sus amigos, después de las solemnidades en las que él desafió el protocolo yendo de liquilique, Plinio le escuchó decir a su amigo Gabo:
“Mierda, ¡esto es como asistir uno a su propio entierro!”.
Antes y después del Nobel, García Márquez buscó esos refugios a los que aludía su hermano Eligio. ¿Melancólico, quizá, solitario? Lo es en grado sumo, pero él lo gradúa. Durante años, en su juventud y más adelante, compartió viajes y trabajos, en Europa, en Venezuela, en Colombia, con Plinio Apuleyo Mendoza, y este lo refleja en sus recuerdos (Aquellos tiempos con Gabo, que reaparece ahora con las cartas añadidas y algunas impresiones nuevas). ¿Esa melancolía ha existido? Dice Mendoza: “Francamente no. Los nacidos en el altiplano colombiano, mundo de vientos fríos y montañas brumosas, tenemos ese rasgo, pero no los nacidos en la costa Caribe, como Gabo. Más bien son hombres alegres. Si viven algún drama, saben ocultarlo”.
Mario Vargas Llosa, José Donoso y Gabo en Barcelona con sus respectivas esposas. / Ediciones B
Hubo un drama que hizo saltar por los aires algunas relaciones y puso en peligro otras. El boom de la literatura latinoamericana, explo­­sión que tuvo su epicentro en las obras de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, vivió una tragedia disgregadora, el caso Padilla, por el proceso abierto en la Cuba de Castro contra el poeta Heberto Padilla, encarcelado en marzo de 1971 a raíz de la lectura pública de un libro suyo, Provocaciones, estimado por el régimen como una provocación del escritor. Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza, Juan Goytisolo y muchos otros se manifestaron a favor de Padilla y, por tanto, contra Castro, en una primera carta a la que también se adhirió Julio Cortázar, que luego se desgajó de ese grupo de firmantes. En esa primera carta aparecía la firma de García Márquez, que en realidad no firmó. Plinio añadió su rúbrica, creyendo que su amigo, al que no pudo localizar, no tendría inconveniente.
 Lo tuvo; se lo explicó por carta, desde América (Plinio estaba en París). Aquel fue un suceso que abrió muchas heridas. Le pregunté ahora a Mendoza qué repercusiones personales tuvo aquel incidente en los componentes del boom y sus aledaños: “Sin duda, esas repercusiones fueron inevitables. La solidaridad y estrecha relación que unía hasta entonces a los escritores del boom quedó rota cuando aparecieron posiciones opuestas a propósito del régimen cubano. No de inmediato, es verdad. Luego de la detención en La Habana de Heberto Padilla, en las oficinas de la revista Libre –que se editaba en París y de la cual yo era jefe de redacción–, Mario Vargas Llosa, Goytisolo, Cortázar, Semprún y otros cuantos escritores redactamos una primera carta dirigida a Fidel Castro expresándole inquietudes en torno a esa detención, sin anticipar juicios condenatorios al régimen. Pensábamos, con evidente ingenuidad, que la detención de Padilla no había sido autorizada por Fidel.
 Y, claro, nos equivocamos
. Al recibir la carta, Fidel nos atacó públicamente con una ferocidad muy suya.
 Cortázar quedó muy lastimado, pues era un incondicional de la revolución y no esperaba semejante ataque. Por cierto, se negó a firmar una segunda carta de ruptura con el régimen redactada por Vargas Llosa y firmada por varios de nosotros
. En cuanto a Gabo, como lo cuento en mi libro, no firmó ni la primera ni la segunda carta.
 De modo que ahí quedó establecida una clara ruptura entre los escritores del boom, aunque no necesariamente surgieran enemistades personales”.
En el libro no aparece la carta que le envió García Márquez a Plinio Apuleyo Mendoza diciéndole que no firmaba la carta. Le he preguntado cómo afectó a su relación con Gabo el hecho de que incluyera su nombre en la protesta más sonora de aquellos tiempos.
“En mi caso”, dice el autor de Gabo. Cartas y recuerdos, “aunque tomamos caminos muy opuestos en relación con Cuba, no hubo ningún distanciamiento personal.
 Nuestra amistad no se rompió, aunque yo cometí un desliz imperdonable. Cuando redactamos la primera carta, traté infructuosamente de localizarlo en busca de su firma.
 Se encontraba, fuera de todo alcance, en Aracataca, su Macondo natal. Creyendo en ese momento que él compartía con todos nosotros la misma inquietud sobre la detención de Padilla, hice incluir su firma en el [primer] mensaje dirigido a Castro.
 Días después de publicado con gran estrépito por la prensa internacional, sin que él hiciera una rectificación pública, recibí una carta personal suya, escrita desde un hotel de Caracas, diciéndome que no estaba de acuerdo con ese mensaje que habíamos suscrito.
 Creo que seguía considerando la revolución como algo que era necesario defender por encima de cualquier tropiezo”.
De hecho, lo decía. En aquella crónica que Eligio García Márquez incluye en Así somos, el hermano del autor de La mala hora reproduce lo que decía su hermano precisamente en 1971: “Lo único cierto para mí son las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.
Sobre “el desliz” sigue comentando Mendoza: “Recuerdo que de inmediato me dirigí a las oficinas de la agencia cubana Prensa Latina en París y le dije a su director, Aroldo Wall: “Aroldo, vas a saltar de alegría en una sola pata cuando oigas lo que voy a contarte.
 Gabo no firmó la carta que acaba de ser publicada incluyendo su nombre
. La culpa es mía, solo mía, no vayas a culpar a Vargas Llosa ni a Goytisolo en tus despachos”.
¿Salir a la calle? ¿estás loco? lo hice en barranquilla y hasta los bomberos me reconocieron”
Lo cierto es que ahí el boom se hirió, pero, afirma Plinio, no la amistad entre estos dos colombianos, uno del gélido norte, otro del cálido sur. “Incluso nos hacíamos bromas. ‘¿Todavía andas de amigo del barbuchas? [por Castro]’, le preguntaba a veces. ‘¿Y tú, qué?’, me respondía, ‘¿te estás pasando a la derecha?”.
Cien años de soledad fue su consagración; su júbilo fue pronto deseo de ocultarse. Años atrás, en La Habana, se había encontrado, en la otra acera, con Ernest Hemingway; consciente desde mucho antes de su propia gloria de que la fama te rodea de una espuma de la que no te puedes salvar, se limitó a gritarle al Nobel de El viejo y el mar:
“¡Maestroooooo!”.
Desde que salió ese libro que tanto sudor le costó y tanto éxito le produjo, se ha sentido acosado y ha querido quedarse “con los cuatro amigos” de los que habla también en el curso de esa conversación que Héctor Feliciano le hizo a Mercedes Barcha. Al final del retrato que compone Eligio de cuando Gabriel estaba en el cénit de su fama, en 1971, escribe el hermano menor del Nobel: “Alguien le propone que lo acompañe al centro de Bogotá. ‘¿Salir a la calle? ¿Estás loco? En Barranquilla lo hice y hasta los bomberos me reconocieron’. Pero inmediatamente cambia de tono, feliz: ‘Lo lindo fue que me saludaron gritando: ¡Gabooooo!”.
Quizá quería que Gabriel García Márquez fuera pianista en Zúrich, para que lo quisieran más, pero a Gabo lo quería inventando en las calles de cualquier parte, donde le querían todos.