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Vuelo nocturno. Sigue volando alto José Luis Gómez (próximos aterrizajes: Gijón, Murcia, Granada, Málaga) en
El Principito, espectáculo creado y dirigido por Roberto Ciulli a partir del texto de Saint-Exupéry, y estrenado
en La Abadía.
Poderosa idea central: no hay niñito mágico de rizos rubios y casaca
celeste. Gómez es aquí un Peter Pan desharrapado y alcohólico que viaja
hacia la muerte, un hombre que se aleja, el “ser de lejanías” que dijo
el filósofo.
En la maleta, su ropa y zapatos infantiles.
En la cabeza un
sombrero con muchas lluvias, en la mano un biberón de Anís del Mono.
Hablando de monos y de lejanías: el simio de Informe para una academia
miraba hacia un mundo extraño por recién descubierto; el príncipe caído
de esta fábula mira hacia un mundo extraño porque se le va, porque ya
empieza a no estar en él.
Han pasado cuarenta años entre una y otra
función, y
José Luis Gómez
sigue atrapando y destilando esa mirada pura, desolada, con eternos
calambres de frío, con el brillo de metales alegres.
Pureza en su mirada
y pureza en su juego escénico, que tiene mucho de
clown de cine mudo y del desvalimiento neorrealista de Antonio Vico en
Mi tío Jacinto.
José Luis Gómez sigue atrapando y destilando esa mirada pura, desolada, con eternos calambres de frío
Sobre un viejo telón rojo, una bicicleta con alas, como la de Fifí la
Plume: el aeroplano del aviador/narrador, caído en tierra incógnita.
Una tiza para dibujar un cordero, el cordero ya en su ataúd, un ataúd en
el que cabe un hombre. Juegos para espantar la muerte, pero que una y
otra vez desembocan en ella. Circo íntimo, reconcentrado, esencial. En
texto y duración: poco más de una hora.
Quizás, puestos a ser
minimalistas, todavía sobra algo, alguna pincelada que se demora, como
el penacho de Casablanca, un tanto gastado por el uso; algún pequeño
empantanamiento en los juegos de la pareja.
La compañera de juegos de
Gómez es Inma Nieto, que ya fue bufón de Lear y confidente de Berenguer,
dos reyes caídos: muy adecuada, por tanto, para este viaje
. Ella es el
aviador, la rosa, el rey, el zorro, la serpiente. A veces recuerdan a
Gelsomina y el Poeta; a veces concitan ecos de Lorca (“Esta guerra de
los corderos con las flores ¿no es importante?”), y son, un poco, la
Gata y el Niño muertos de
Así que pasen cinco años
. En otros
momentos (subrayo: momentos) el registro infantil de ella está un poco
forzado, y con esto quiero decir que el alcohol de su pureza tiene menor
graduación que el de Gómez: tiene más elementos de composición, de
artificio. Pero es muy bello su vuelo en el pasaje del zorro anhelando
vínculos, y muy hermosa también la idea (y la resolución) del beso de la
serpiente, el dulce veneno de la esfinge que liberará al príncipe de su
vieja envoltura, su caparazón mortal, mientras el acordeón toca un
alegre réquiem a modo de despedida.
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Peña escribió la función hace siete años, pero el arranque hace pensar en una actualidad rotunda:
En las cloacas.
Poder absoluto, recién estrenada en la Villarroel barcelonesa, es el primer texto dramático de
Roger Peña Carulla
(familia de abolengo teatral), que también firma la dirección.
Peña
escribió la función hace siete años, pero el arranque hace pensar en una
actualidad rotunda: financiación de partidos, comisiones de obras
públicas (“nosotros firmamos contratos. Es más higiénico y deja mucho
más margen”, dice su protagonista) y, en definitiva, la presunta razón
de Estado como justificación de todas las vilezas. Más tarde veremos que
la historia, ambientada en Viena en los años noventa, se inspira en el
caso Waldheim. Arnold Eastman (
Emilio Gutiérrez Caba), veterano conservador austriaco aspirante a la Presidencia, ha convocado en su mansión a Gerhard Bauer (
Eduard Farelo),
joven tecnócrata, idealista y ambicioso, para encomendarle una misión
confidencial. Bauer venera al viejo líder, pero no tarda en comprobar
que tras la máscara de líder incorruptible se oculta un cínico abismal,
corrupto hasta la médula, y con un terrible secreto.
Algunos pasajes del
debate inicial se han quedado viejos por la velocidad de la rapiña (“el
poder está en manos de los partidos y puede controlar a los mercados”),
pero otros tienen una notable concisión conceptual, como la visión de
Eastman de la guerra y el tercer mundo, cifrada en este aparente
trabalenguas: “Necesitamos su sufrimiento para prosperar, y ellos
necesitan nuestra prosperidad para que les ayudemos a aliviar su
sufrimiento”.
La trama sigue las pautas del duelo psicológico con giro
final, entre
La huella de Shaffer y
Tomar partido, de
Ronald Harwood.
Muy bien construida y sostenida, atrapa y no suelta de principio a
final (75 minutos sin intervalo), aunque con dos pegas: hay personas más
adecuadas para cumplir el encargo central que un concejal de urbanismo,
y las revelaciones del último tercio resultan un tanto apelotonadas.
Emilio Gutiérrez Caba está soberbio, segurísimo, arrasador, al fin
con un papel a su altura, en la línea de su doctor Miranda en
La muerte y la doncella, de Ariel Dorfmann:
sirve con absoluta viveza y constantes matices un texto brillante, pero
que en otras manos podría caer en lo discursivo. Eduard Farelo aguanta
el envite (y contraataca) con su poderío habitual, aunque para mi gusto
dota al personaje de un nerviosismo y una crispación un poco excesivos:
no le hace falta. También hay que destacar la sobria pero atmosférica
escenografía de Carles Pujol, esa singular combinación de despacho de
madera oscura, añosa, con aires de club inglés, y el sepulcral
invernadero con enredaderas y tulipanes.
Me gusta Poder absoluto porque su clasicismo formal, su control de
los tempos y los efectos, es sorprendente en una primera obra, y porque
tiene las hechuras, tanto en texto como en interpretaciones, de una
función de Broadway. Cuenta con todos los mimbres para convertirse en un
éxito.
3
Sigue la racha. También he visto dos comedias estupendas:
Aventura, la nueva obra (en formato
standard, pero sin perder de vista el fulgor episódico) de
Alfredo Sanzol
y las T de Teatro, en el Lliure. El texto, la dirección, la
escenografía y las interpretaciones son de orfebrería, destacando una
Ágata Roca que se sale de gracia, de emoción y de encanto.
Y
Smiley,
de Guillem Clua, en la Flyhard, un romance gay delicioso y
divertidísimo, con dos soberbios actores (Ramon Pujol, Albert Triola) y
una impecable dirección del propio autor: he ahí otro triunfo en
puertas. Se lo cuento en breve. De momento, vayan reservando entradas.