Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

18 dic. 2018

¿De verdad llegaron a la Luna?................. Rafael Clemente

Dicen las encuestas que entre el 10% y el 20% de la población está convencida de que los vuelos a la Luna fueron un engaño. Este viernes se cumplen 50 años del 'Apolo 8', la primera misión tripulada al satélite.

 

La tripulación del 'Apolo 8' en el centro espacial Kennedy, el 21 de diciembre de 1968. NASA
En 1968, el Apolo 8 llevó tres hombres a girar en torno a la Luna. Para muchas personas aquello resultaba increíble, por incomprensible.
 Y, por lo tanto, directamente negable. Yo viví en primera persona un caso en el que mi interlocutora se mostraba admirada de que los astronautas hubieran encontrado “la puerta para salir” y sobre todo, de cómo lo harían para volverla a encontrar cuando tuvieran que volver.
 Supongo que, para ella, dejar la Tierra implicaba dar con la puerta adecuada. De eso hace ahora casi medio siglo. 
Pero a veces parece que las cosas no hayan cambiado mucho.
Dicen las encuestas que entre el 10% y el 20% de la población (las cifras varían por regiones y países) está convencida de que los vuelos a la Luna fueron una fantasía o –peor— un colosal engaño. Internet está plagado de comentarios en ese sentido y de intervenciones de “expertos” que lo atestiguan, esgrimiendo pruebas irrefutables.
El primero en explotar comercialmente el tema fue un caballero llamado William Kaysing
 Durante siete años había trabajado como redactor y responsable de ediciones técnicas en Rocketdyne, la empresa fabricante de motores cohete para los primeros misiles pero dejó su empleo en 1963, cinco años antes de que volase el primer Apolo.
El propio Kaysing declaró que cuando vio el despegue del Apolo 11 camino a la Luna ya tuvo una iluminación, una instintiva sospecha sobre la viabilidad de la aventura.
 Y confiando más y más en su intuición, en 1976 publicó, costeándolo de su propio bolsillo, su obra más conocida: Nunca fuimos a la Luna: la estafa de treinta mil millones.
En ese clásico ya aparecían casi todos los argumentos que luego harían fortuna para demostrar el engaño
: la bandera ondeando al viento en el vacío lunar, la ausencia de estrellas en las fotografías, las sombras divergentes que demostraban la existencia de varios focos de luz en el estudio donde se filmó el alunizaje, la ausencia de un cráter bajo el motor de frenado, el fantástico detalle de las fotografías incluso en la sombra… 
Y ya puestos, hasta un crimen para asegurar el silencio de un testigo.

Thomas Barron era un antiguo técnico de la North American exageradamente crítico con algunos procedimientos de control de calidad y seguridad en la construcción de la nave. 
En algunos puntos no le faltaba razón, pero tan persistente y quisquilloso era que en alguna ocasión llegó a agotar los formularios para documentar fallos, reales o supuestos.
Al final, sus superiores decidieron ignorar la mayoría de sus alarmas.
 Molesto por la poca atención recibida, a finales de 1966 decidió filtrar uno de sus informes a la prensa, lo que provocó su despido inmediato. 
Aunque, en una trágica coincidencia, solo unas semanas más tarde sus temores se verían confirmados, al menos en parte, por el fatal incendio del Apolo 1 en el que murieron los tres astronautas.
Barron prestó testimonio en la investigación del accidente. 
No fue un testigo decisivo pero pocos meses después, el automóvil en que viajaba junto a algunos familiares fue arrollado en un paso a nivel.
 La policía lo calificó de mero accidente: Barron había tratado de adelantar al tren en una carrera suicida. 
Pero el desastre le sirvió a Kaysing para señalarlo como una muestra más de hasta qué punto estaban dispuestas a llegar las fuerzas ocultas para preservar el incipiente engaño del Apolo.
Con los años, Kaysing tuvo docenas de imitadores. 
Cada uno aportaba más y más pruebas de la conspiración. 
El chivo expiatorio era la propia NASA, cuya incompetencia la incapacitaría para cumplir el objetivo en el plazo fijado por Kennedy.
Pero cuando empezaron a volar los primeros Apolo tripulados —en especial, el 8, hacia la Luna— se extendió otro argumento: la NASA podía, sí, alcanzar la Luna.
 Pero, puesto que era evidente que carecía de los medios y conocimientos necesarios, sin duda los debía haber obtenido de otra fuente: 
Solo podían ser extraterrestres ansiosos de ayudar al programa espacial americano (pero no así al ruso) o el análisis del platillo volante de Roswell, conservado en las instalaciones supersecretas del Area 51, en Nevada. 
Cuanto más descabellada fuera una hipótesis, mejor.
Esta imagen de la Tierra desde la Luna, tomada por los astronautas del 'Apolo 8', se ha convertido en icónica. 
Esta imagen de la Tierra desde la Luna, tomada por los astronautas del 'Apolo 8', se ha convertido en icónica.
Involuntariamente, el cine también contribuyó a perpetuar las sospechas.
 En 1968, el 2001 de Kubrick había presentado una imagen de la Luna muy creíble gracias a unos excelentes efectos especiales.
 Diez años más tarde se estrenó Capricorn 1, que contaba la odisea de tres astronautas forzados a simular un aterrizaje en Marte, filmado en un plató secreto en medio del desierto de Nevada. 
 Por fin, para los negacionistas todo encajaba: la NASA había contratado al propio Kubrick para organizar la pantomima del alunizaje.
 Y luego, se obligaría a mantener la boca cerrada durante toda su vida.
 El precio –exorbitante— había incluido un pago en especie: una óptica revolucionaria que le permitiría filmar escenas de su siguiente película, Barry Lyndon, solo a la luz de las velas.

En febrero de 2001, la cadena de televisión norteamericana Fox emitió un reportaje titulado La teoría de la conspiración ¿Aterrizamos en la Luna? 
 El cine había ayudado a incubar sospechas, pero lo cierto es que había alcanzado a un público limitado. 
La televisión, con mayor poder de penetración y un aura de credibilidad (“lo ha dicho la tele”) extendió el síndrome conspirativo como mancha de aceite.
El reportaje de la Fox se limitaba a repetir los argumentos de Kaysing, contando con el apoyo de una serie de “expertos” cuya ignorancia sobre el programa lunar solo era comparable a su osadía. Bajo la coartada “dejemos que sea el público quien decida”, presentaron una serie de razonamientos sesgados, parciales o simplemente falsos. 
Y eso incluía referencias a una docena de astronautas muertos o desaparecidos en “misteriosas circunstancias”.
La lista de fallecidos, presumiblemente para asegurar su silencio, alcanzó niveles absurdos: Además de los tres del Apolo 1 se incluyó a víctimas de accidentes aéreos o de carretera y más tarde a pilotos asignados a otros programas que no tenían nada que ver con el esfuerzo lunar, como el avión X-15.
 Y, claro está, al propio Thomas Barron cuyo caso venía como anillo al dedo.
Hacía treinta años del primer alunizaje.
 Para muchos jóvenes y adultos que ni siquiera habían vivido el acontecimiento, aquel valiente reportaje emitido por una cadena cuya credibilidad nadie dudaba se convirtió en dogma de fe. Reforzado, además por otros programas similares que llegaron a utilizar imágenes reales de personajes como Kissinger, Haigh o el propio Nixon con un doblaje que ponía en su boca “confesiones” de haber perpetrado el engaño.
 Todo era fantasía y así lo dijeron sus productores. 
Pero para gran parte de los espectadores era mucho más fácil y satisfactorio creerlo que aceptar la mucho más prosaica realidad.
Y así seguimos hoy. Todos tenemos algún conocido que asegura no creer que el hombre llegase a la Luna. 
Como máximo, sondas automáticas sí; astronautas no. 
La Luna está muy lejos (un encuestado aseguraba tener dificultades para sintonizar en su televisor cadenas nacionales que emitían desde cincuenta kilómetros de distancia; así que ¿cómo iban a poder verse imágenes enviadas desde la Luna, a 300.000 kilómetros?); los cinturones de radiación matarían instantáneamente a cualquiera que los atravesase (el que los astronautas recibiesen una dosis total similar a la de una radiografía era un detalle irrelevante); un ordenador de la época tenía menos potencia que una calculadora (aunque nadie se molestó nunca en echar un vistazo a su arquitectura o al software)… 
Todo ello, argumentos cogidos al vuelo, sin el más mínimo proceso crítico.
 Pese a todos los esfuerzos, esos prejuicios seguirán con nosotros por mucho tiempo. 
Será difícil, si no imposible, erradicarlos.
 Cuando alguien interioriza una idea sin detenerse a analizarla lógicamente, cualquier intento de utilizar la lógica para disuadirle está, casi seguro, condenado al fracaso.



Cinco décadas de Brad Pitt, en imágenes

Brad Pitt, en Londres en 1988. 
 Brad Pitt, en Londres en 1988.


Brad Pitt y Juliette Lewis en el estreno de 'El cabo del miedo' en noviembre de 1991, en el teatro Ziegfeld de Nueva York. 

Brad Pitt y Juliette Lewis en el estreno de 'El cabo del miedo' en noviembre de 1991, en el teatro Ziegfeld de Nueva York.

  Geena Davis, Brad Pitt y Susan Sarandon, a principios de los años noventa. Geena Davis, Brad Pitt y Susan Sarandon, a principios de los años noventa.

Brad Pitt en Los Ángeles (California) en 1993, el año antes del estreno de 'Entrevista con el vampiro' y 'Leyendas de pasión'.  
Brad Pitt en Los Ángeles (California) en 1993, el año antes del estreno de 'Entrevista con el vampiro' y 'Leyendas de pasión'.

 
 
Cinco décadas de Brad Pitt, en imágenes

Cinco décadas de Brad Pitt, en imágenes


Un repaso a la trayectoria profesional de la estrella de Hollywood en el día de su 55 cumpleaños


  • Brad Pitt en Los Ángeles (California) en 1993, el año antes del estreno de 'Entrevista con el vampiro' y 'Leyendas de pasión'. WireImage
  • Gwyneth Paltrow y Brad Pitt en 1996. La pareja se había conocido el año anterior en el rodaje de 'Seven' y salieron juntos durante dos años. 
    Gwyneth Paltrow y Brad Pitt en 1996. La pareja se había conocido el año anterior en el rodaje de 'Seven' y salieron juntos durante dos años. WireImage
  • Brad Pitt con una pistola en un fotograma de 'La sombra del diablo', de 1997. 
    Brad Pitt con una pistola en un fotograma de 'La sombra del diablo', de 1997. Getty Images
  • Brad Pitt besa la mano de la actriz Claire Forlani en una escena de '¿Conoces a Joe Black?', cinta de 1998. 
    Brad Pitt besa la mano de la actriz Claire Forlani en una escena de '¿Conoces a Joe Black?', cinta de 1998. Getty Images
  • Robert Redford y Brad Pitt en el rodaje de 'Juego de Espías', en 2001. 
    Robert Redford y Brad Pitt en el rodaje de 'Juego de Espías', en 2001. Corbis via Getty Images
  • Harrison Ford y Brad Pitt posan juntos en el 'backstage' de los Globos de Oro, en el hotel Beverly Hilton de California en enero de 2002.
    Harrison Ford y Brad Pitt posan juntos en el 'backstage' de los Globos de Oro, en el hotel Beverly Hilton de California en enero de 2002. WireImage
  • El matrimonio compuesto por Brad Pitt y Jennifer Aniston a su llegada al estreno de la película "Full Frontal", en Beverly Hills (California, Estados Unidos) en julio de 2002.
    El matrimonio compuesto por Brad Pitt y Jennifer Aniston a su llegada al estreno de la película "Full Frontal", en Beverly Hills (California, Estados Unidos) en julio de 2002. AP
  • Los actores Brad Pitt y Julia Roberts, en un fotograma de la película 'The Mexican', en 2003.
    Los actores Brad Pitt y Julia Roberts, en un fotograma de la película 'The Mexican', en 2003.
  • Brad Pitt y Angelina Jolie, en una escena de la película 'Sr. y Sra. Smith", en 2005. Esta sería la cinta que despertaría los rumores sobre una posible relación entre ambos.
    Brad Pitt, junto a Angelina Jolie y sus hijos Maddox y Zahara, en Bombay (India) en 2006.
    Angelina Jolie y Brad Pitt, a su llegada a la Cumbre Global para poner fin a la violencia sexual en conflicto celebrada en el centro Excel de Londres (Reino Unido), en 2014. Brad Pitt, en su interpretación de Aquiles, en la película 'Troya' en 2004.

Sandra Barneda deja de lado todos sus miedos............Maite Nieto..

La periodista acaba de lanzar su quinto libro, un proyecto cuyos ingresos se destinan íntegramente a Mensajeros de la Paz, y no rehuye su papel como símbolo de diversidad.

La periodista y presentadora Sandra Barneda, durante un evento, en Madrid a finales el 30 de noviembre.
La periodista y presentadora Sandra Barneda, durante un evento, en Madrid a finales el 30 de noviembre. GTRES

Por eso le resulta sencillo transitar también con naturalidad entre la televisión y la literatura. 

Su última obra como escritora es un proyecto solidario que ha abordado junto al artista Andrés Rudiez, No todo es un cuento. “Son siete cuentos populares transformados y a cada uno de ellos se le adjudica un pecado capital que se relaciona con hechos que afectan actualmente a la sociedad”, explica la autora.

 “Por ejemplo El flautista de Hamelín se relaciona con la ira y con los totalitarismos radicales”. 

Es una obra destinada a los adultos, tratada como un proyecto artístico donde las ilustraciones reclaman su parte alicuota y destinada a recaudar fondos que van íntegros a la Fundación Mensajeros de la Paz creada por el padre Ángel.

 Año y medio de trabajo del que Sandra Barneda se muestra muy satisfecha porque se trata de una obra que “quiere agitar conciencias y al mismo tiempo colabora con los proyectos del padre Ángel que me gusta porque cree en los imposibles y rompe con las estructuras ancladas de la Iglesia”. 

Aunque no ha sentido personalmente el lacerante aliento del calificativo intruso como escritora, sí reconoce que le han dolido artículos de otros escritores que admiraban en los que han tratado de forma despectiva a quienes denominan escritores mediáticos. "Los mediáticos permiten que la industria del libro siga activa y se puedan pagar adelantos a escritores de otro tipo", argumenta Barneda. 
"Estos libros siempre han existido, hay espacio para todos. El prejuicio es de acomplejados", concluye. 
Durante años Sandra Barneda ha blindado su privacidad, un entorno en el que incluía su orientación sexual.
 Ahora también se muestra solidaria y comprometida en este terreno: 
“Soy más consciente de que se puede aprovechar la fama para aumentar la conciencia colectiva”, afirma la presentadora.
 “Creo que tengo la necesidad de trasladar el mensaje de que cuanto más diversos, más ricos somos”.
La periodista que se declara “directa, pasional y anclada a la realidad por su familia y sus amigos de toda la vida”, se ha implicado directamente en la defensa de los derechos de las mujeres y la comunidad LGTBI.
 “Durante mucho tiempo me negué a ser abanderada de nada”, afirma Barneda, “pero hay mucho camino por hacer. Si normalmente no me callo por ejemplo en la defensa de los animales, ¿cómo me voy a callar por algo que me afecta, y sobre todo ¿cómo me voy a negar a mí misma?
 No expongo mi vida pero reconozco que me hace muy feliz que me pregunten con normalidad dónde está mi chica, porque es un signo de que pueden compartir o no mi criterio pero lo respetan”. Reconoce que en este cambio ha influido su novia pero también “la necesidad de sentirme cada vez más yo”.

Tampoco es ajena a las polémicas que ha generado esta edición de Gran Hermano VIP y reconoce que en algún caso se ha sentido incómoda.
 “Son situaciones delicadas que se han parado.
 La lucha no está en un programa de entretenimiento sino en partidos como VOX que hablan de eliminar derechos conseguidos y leyes protectoras.
 Gran Hermano no legisla”. En cualquier caso ella establece límites y se enorgullece de haber hecho famosa la frase “¡Fuera del plató!”. Pero defiende "el compañerismo brutal que ha existido entre los colaboradores del programa y su calidad.

Cuando le supera la presión siempre puede echar mano de sus aficiones: los animales, los viajes, su barrio, el deporte e ir al campo para recuperar el ritmo de la naturaleza que se olvida en las ciudades. 
 

17 dic. 2018

El cadáver hallado en Huelva pertenece a la maestra Laura Luelmo