Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

8 dic 2012

Victoria Ocampo

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Mi única ambición es llegar a escribir un día más o menos bien, más o menos mal, pero como una mujer.

La vida social es un continuado concurso abierto entre los hombres para medir sus aptitudes con ánimo de ser preferidos por la mujer.

El monólogo del hombre no me alivia ni de mis sufrimientos ni de mis pensamientos. ¿Por qué he resignarme a repetirlo? 


Los hombres han hablado enormemente de -la mujer-, pero desde luego y fatalmente a través de sí mismos. A través de la gratitud o de la decepción (...). Se los puede elogiar por muchas cosas, pero nunca por una profunda imparcialidad acerca de este tema. 


Un querubín contra la maldición de los Kennedy

Joseph 'Joe' Kennedy III, de 32 años, antes de pronunciar un discurso de campaña en Fall River, el pasado 8 de septiembre. El 6 de noviembre ganó un escaño en el Congreso de Estados Unidos en representación de Massachusetts. Hará posesión del cargo el 21 de enero. / GETTY
No es muy común oír de boca de un Kennedy que es capaz de recordar todas y cada una de las cervezas que se ha tomado en su vida. “Bebí una para celebrar mi 21 cumpleaños y otra cuando me gradué en la Universidad”. Tampoco suele
suceder que el Kennedy de turno viva una vida libre de drama.
Porque no se corre riesgo ninguno si se establece que durante el último medio siglo –aunque se puede remontar más– el clan Kennedy no ha tenido precisamente una existencia gloriosa.
En el pasado hubo un Kennedy presidente cuya Administración fue comparada con el legendario Camelot –JFK–; un senador Kennedy aspirante a la Casa Blanca –RFK– (los dos cayeron asesinados por las balas con menos de cinco años de diferencia), y otro Kennedy patricio, Ted, que se ganó el título de León del Senado (y moría por la lacra del cáncer en 2009, con 77 años).
 Sin embargo, la presente generación (la cuarta) de lo más parecido a una dinastía monárquica que ha conocido nunca Estados Unidos ha estado ajena a las esferas del poder de Washington, pero cercana al escándalo y la tragedia.
Joseph P. Kennedy III es el primero de su generación en acceder al Capitolio de EE UU. Y quizá el único en haber bebido solo dos cervezas en su vida.
 A sus 32 años, el nieto de Bobby Kennedy e hijo de Joe Kennedy II (congresista por Massachusetts durante seis legislaturas, pero cuyos problemas matrimoniales le cerraron el paso a más altas cotas), lograba un escaño para la Cámara de Representantes en las pasadas elecciones del 6 de noviembre. Con la amplia sonrisa de su abuelo, el cabello ensortijado y pelirrojo y la mirada cautivadora del clan, Joe Kennedy provoca que las cabezas se giren a su paso cuando entra en una habitación, quizá porque la gente intuye que parte de una leyenda viva ha entrado en escena; quizá por su alta estatura y andar seguro, como revelan los periodistas que le han seguido en la pasada campaña electoral.
El próximo 21 de enero accederá al Capitolio cuando se forme el nuevo Congreso.
Desde que Patrick J. Kennedy –hijo de Ted Kennedy– dejara a principios de 2011 su escaño por Rhode Island debido a su adicción a los somníferos y los tranquilizantes, ningún miembro de la familia se sentaba en las cámaras legislativas, lo que rompió una tradición que se remontaba a 1947.
 De hecho, en la pasada Convención Demócrata celebrada en Charlotte (Carolina del Norte) el pasado septiembre, el propio Joe Kennedy rendía homenaje a su tío abuelo y hacía notar que “por primera vez desde 1956, el senador Kennedy no está sentado entre nosotros”.
El joven, conocido durante sus años en la prestigiosa Universidad de Stanford como El Lechero, debido a su afición por esa bebida blanca que es la antítesis del whisky irlandés al que tan aficionada ha sido la saga familiar, tiene una vida de cuento que acaba de completar con su boda, el pasado fin de semana, con su novia durante seis años, con la que llevaba comprometido desde hace uno. En el idílico escenario de Corona del Mar (California), Joe Kennedy III y Lauren Anne Birchfield, de 28 años, ambos abogados –se conocieron en Harvard, donde él se especializó–, se juraban amor eterno, en la pobreza y en la riqueza, en la alegría y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe.
Difícil de creer cuando la familia ha vivido inmersa en escándalos de mayor o menor calado, confirmados o basados en rumores, escondidos bajo la alfombra y luego llevados ante la justicia.
 Que a John F. Kennedy le perdían las faldas y que Marilyn Monroe accedía a la Casa Blanca por pasadizos secretos pertenece tanto a la leyenda urbana como a la realidad constatable de las hemerotecas desde que la ambición rubia le cantase con voz sensual “Happy birthday, mister president” desde el escenario del Madison Square Garden de Nueva York.
Ted Kennedy enterró a dos hermanos tras ser asesinados. Uno presidente y otro en camino de serlo. Pero sus posibilidades de llegar algún día a la Casa Blanca quedaron seriamente dañadas tras el turbio accidente de Chappaquiddick, pequeña isla cercana a la elitista Martha’s Vineyard (Massachusetts) y sinónimo en el vocabulario político norteamericano de la impunidad de los ricos y poderosos.
 La noche del 18 de julio de 1969 siempre pesó como una losa para el León del Senado. Ted Kennedy abandonó aquella velada en compañía de Mary Jo Kopechne, de 28 años.
El coche en el que ambos viajaban volcó al pasar por un puente. El joven senador logró salir del auto y nadar hasta la orilla para huir corriendo
. Tardó 10 horas en contactar con la policía para relatar el accidente.
 Pero para entonces las fuerzas de seguridad ya habían encontrado el cuerpo sin vida de Kopechne. Ted Kennedy se declaró culpable de haber abandonado el lugar del accidente –aunque insistió en que no estaba bebido– y la justicia le condenó a tan solo dos meses de cárcel, sentencia que nunca fue ejecutada.
 Sus aspiraciones de llegar a la Casa Blanca quedaron enterradas para siempre en Chappaquiddick.
Ser un Kennedy puede convertirse en una bendición o en una pesada carga.
 En ocasiones, imposible de llevar. Kerry Kennedy, exmujer del gobernador de Nueva York Andrew Cuomo, hija de Bobby y tía de Joe Kennedy III, fue detenida el pasado mes de julio. Conducía bajo los efectos de las drogas muy pocos días después de que se supiera que el féretro de su cuñada –e íntima amiga (“éramos inseparables, compartíamos amistad, armario y tarjeta de crédito”)– Mary Richardson Kennedy fuera exhumado y trasladado 200 metros para no yacer junto a la familia Kennedy en el cementerio de Cape Cod. Mary Richardson Kennedy se encontraba en trámites de divorcio de Robert F. Kennedy Jr. cuando se colgó en mayo en el granero de su casa de campo en Westchester County.
Joe Kennedy III vive su vida ajeno al ruido de los tabloides. Su hermano gemelo, Matthew, sigue la misma senda de cero notoriedad y ocupa un cargo en el Departamento de Comercio en Washington.
Nada que ver con los titulares aportados para las revistas del corazón por Conor Kennedy, de 18 años, hijo de Robert F. Kennedy Jr. (hijo a su vez de Bobby) y Mary Richardson Kennedy, que ha protagonizado un sonoro romance con la cantante Taylor Swift, quien llegó a asegurar que se había comprado una mansión de casi cinco millones de dólares cerca de la residencia del clan en Hyannis Port para estar cerca de “su chico”.
Dijeron de Joe Kennedy III durante la pasada campaña electoral que “había nacido” para ser un político. “He estado en la política durante mucho tiempo y solo de forma ocasional encuentras a alguien con esa especial habilidad y ese genuino encanto necesario” para ejercerla, resumió el senador demócrata por Connecticut Christopher Dodd.
 La política hará de él el Kennedy para los libros de historia, la cuarta generación que siga los pasos iniciados por el patriarca Joseph Kennedy, embajador y alto funcionario.
Joe Kennedy III, abstemio, ajeno a los escándalos y el papel cuché, es un Kennedy considerado extraño para pertenecer a una saga –en su acepción de “relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o más generaciones de una familia”– golpeada por la tragedia, donde ha habido más sexo que amor, dinero, poder, asesinatos, tragedia e incluso dosis inicial de pobreza. Joe Kennedy III escribirá ahora su propia historia y quizá, solo quizá, se salga de la rica telenovela en que ha vivido inmerso el clan.

“Aquí la gente se queja de la crisis pero pide otra caña”

El actor y director cubano representa en Madrid 'En el túnel un pájaro'.

 

Pancho García afirma que ahora la censura parte de uno mismo. / Claudio Alvarez
Pancho García llega a la cita acompañado de una amiga que le ayuda a guiarse en Madrid.
 Desde hace tres años un desprendimiento de retina le ha dejado prácticamente sin visión, pero eso no le impide seguir haciendo teatro, tanto como director como de actor, y con éxito considerable.
Hace unos meses fue distinguido en Cuba con el Premio Nacional de Teatro por una trayectoria larga y redonda, en la que no han faltado episodios grises como el de la llamada parametración, en los duros años setenta, cuando cientos de artistas y escritores cubanos fueron marginados por su homosexualidad; esto es, por quedarse “fuera de los parámetros revolucionarios”.
“Sí, en aquella época yo fui parametrado, estuve bastante tiempo sin poder hacer teatro, pero esa historia es el pasado”, afirma. El presente de Pancho (Cienfuegos, 1944) pasa por Enrique Guiñales, el personaje protagonista de En el túnel un pájaro, obra con la que acaba de presentarse en el Centro Dramático Nacional, durante el ciclo Una mirada al mundo, con la compañía Hubert De Blanck. Hace 10 años ya dirigió y protagonizó esta inquietante pieza de la española Paloma Pedrero, pero ahora quiso volver con una versión más pulida y esencial, que lleva a escena con crudeza el tema de la eutanasia.
 “Enrique es un apasionado, un glotón de la vida, como yo, por eso defiende con vehemencia su derecho a vivir dignamente y a morir sin humillaciones”, dice, contento por el éxito de las funciones y la crítica.
Pancho García fue represaliado por homosexual en Cuba
“La eutanasia debiera ser un derecho esencial: uno debe tener derecho a morir con dignidad”, opina
. Su primer contacto con la escena, en Cienfuegos, lo tuvo cuando era niño y su padrino lo colaba en las funciones de teatro vernáculo, en las que las escenas cargadas de doble sentido y el choteo político eran el modo de burlarse del poder y de hacer crítica social.
“En Cuba el choteo y el humor siempre han sido un arma para sobrevivir y hacer frente a aquello contra lo que no se puede, pero a veces ese reírse de uno mismo lleva al no hacer, a la dejadez, y eso no es bueno”, asegura.
Reconoce que hacer teatro en Cuba “no es fácil”.
Pero no tanto por la censura, pues, comenta, “hoy los límites se los pone uno mismo, no es como antes; ahora tú eres el que te autocensuras y te conviertes en tu propio policía”, dice, y se ríe.
 La escasez de recursos y la precariedad para todo sí son un gran problema.
 “En más de una ocasión yo mismo le he tenido que pagar la merienda a los actores, o traer cosas de mi casa para la escenografía”, señala, si bien admite que a veces ese continuo “inventar” hace que se encuentren soluciones imaginativas y se enriquezca la historia.
García ha hecho todo el teatro imaginable, desde Shakespeare a Arthur Miller, pero siempre tratando de llevar a los maestros al contexto cubano
. Hace algún tiempo dirigió La muerte de un viajante e interpretó el papel de su protagonista, Willy Loman, “que tiene a sus hijos en la inopia tratando de sostener una utopía absurda”.
 “Estas historias de perdedores están muy a tono con la situación actual de crisis”, dice Pancho, y, cubano al fin, bromea.
“Para nosotros la crisis española es un poco peculiar. La gente se queja en los bares, protesta, se indigna, pero pide: ‘Camarero, póngame otra cañita ahí”.
 Aunque no ve casi nada, ya está pensando en su próxima apuesta. “Quizás será La estrella”, dice, y se despide: “Hay que luchar”.

Vuelo, podredumbre y mucha risa


Emilio Gutiérrez Caba y Eduard Farelo, en una escena de 'Poder absoluto'. / Paco Am
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Vuelo nocturno. Sigue volando alto José Luis Gómez (próximos aterrizajes: Gijón, Murcia, Granada, Málaga) en El Principito, espectáculo creado y dirigido por Roberto Ciulli a partir del texto de Saint-Exupéry, y estrenado en La Abadía. Poderosa idea central: no hay niñito mágico de rizos rubios y casaca celeste. Gómez es aquí un Peter Pan desharrapado y alcohólico que viaja hacia la muerte, un hombre que se aleja, el “ser de lejanías” que dijo el filósofo.
 En la maleta, su ropa y zapatos infantiles.
 En la cabeza un sombrero con muchas lluvias, en la mano un biberón de Anís del Mono. Hablando de monos y de lejanías: el simio de Informe para una academia miraba hacia un mundo extraño por recién descubierto; el príncipe caído de esta fábula mira hacia un mundo extraño porque se le va, porque ya empieza a no estar en él.
 Han pasado cuarenta años entre una y otra función, y José Luis Gómez sigue atrapando y destilando esa mirada pura, desolada, con eternos calambres de frío, con el brillo de metales alegres.
 Pureza en su mirada y pureza en su juego escénico, que tiene mucho de clown de cine mudo y del desvalimiento neorrealista de Antonio Vico en Mi tío Jacinto.
José Luis Gómez sigue atrapando y destilando esa mirada pura, desolada, con eternos calambres de frío
Sobre un viejo telón rojo, una bicicleta con alas, como la de Fifí la Plume: el aeroplano del aviador/narrador, caído en tierra incógnita.
 Una tiza para dibujar un cordero, el cordero ya en su ataúd, un ataúd en el que cabe un hombre. Juegos para espantar la muerte, pero que una y otra vez desembocan en ella. Circo íntimo, reconcentrado, esencial. En texto y duración: poco más de una hora.
Quizás, puestos a ser minimalistas, todavía sobra algo, alguna pincelada que se demora, como el penacho de Casablanca, un tanto gastado por el uso; algún pequeño empantanamiento en los juegos de la pareja.
 La compañera de juegos de Gómez es Inma Nieto, que ya fue bufón de Lear y confidente de Berenguer, dos reyes caídos: muy adecuada, por tanto, para este viaje
. Ella es el aviador, la rosa, el rey, el zorro, la serpiente. A veces recuerdan a Gelsomina y el Poeta; a veces concitan ecos de Lorca (“Esta guerra de los corderos con las flores ¿no es importante?”), y son, un poco, la Gata y el Niño muertos de Así que pasen cinco años
. En otros momentos (subrayo: momentos) el registro infantil de ella está un poco forzado, y con esto quiero decir que el alcohol de su pureza tiene menor graduación que el de Gómez: tiene más elementos de composición, de artificio. Pero es muy bello su vuelo en el pasaje del zorro anhelando vínculos, y muy hermosa también la idea (y la resolución) del beso de la serpiente, el dulce veneno de la esfinge que liberará al príncipe de su vieja envoltura, su caparazón mortal, mientras el acordeón toca un alegre réquiem a modo de despedida.

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Peña escribió la función hace siete años, pero el arranque hace pensar en una actualidad rotunda:
En las cloacas. Poder absoluto, recién estrenada en la Villarroel barcelonesa, es el primer texto dramático de Roger Peña Carulla (familia de abolengo teatral), que también firma la dirección.
 Peña escribió la función hace siete años, pero el arranque hace pensar en una actualidad rotunda: financiación de partidos, comisiones de obras públicas (“nosotros firmamos contratos. Es más higiénico y deja mucho más margen”, dice su protagonista) y, en definitiva, la presunta razón de Estado como justificación de todas las vilezas. Más tarde veremos que la historia, ambientada en Viena en los años noventa, se inspira en el caso Waldheim. Arnold Eastman (Emilio Gutiérrez Caba), veterano conservador austriaco aspirante a la Presidencia, ha convocado en su mansión a Gerhard Bauer (Eduard Farelo), joven tecnócrata, idealista y ambicioso, para encomendarle una misión confidencial. Bauer venera al viejo líder, pero no tarda en comprobar que tras la máscara de líder incorruptible se oculta un cínico abismal, corrupto hasta la médula, y con un terrible secreto.
 Algunos pasajes del debate inicial se han quedado viejos por la velocidad de la rapiña (“el poder está en manos de los partidos y puede controlar a los mercados”), pero otros tienen una notable concisión conceptual, como la visión de Eastman de la guerra y el tercer mundo, cifrada en este aparente trabalenguas: “Necesitamos su sufrimiento para prosperar, y ellos necesitan nuestra prosperidad para que les ayudemos a aliviar su sufrimiento”.
La trama sigue las pautas del duelo psicológico con giro final, entre La huella de Shaffer y Tomar partido, de Ronald Harwood.
 Muy bien construida y sostenida, atrapa y no suelta de principio a final (75 minutos sin intervalo), aunque con dos pegas: hay personas más adecuadas para cumplir el encargo central que un concejal de urbanismo, y las revelaciones del último tercio resultan un tanto apelotonadas.
Emilio Gutiérrez Caba está soberbio, segurísimo, arrasador, al fin con un papel a su altura, en la línea de su doctor Miranda en La muerte y la doncella, de Ariel Dorfmann: sirve con absoluta viveza y constantes matices un texto brillante, pero que en otras manos podría caer en lo discursivo. Eduard Farelo aguanta el envite (y contraataca) con su poderío habitual, aunque para mi gusto dota al personaje de un nerviosismo y una crispación un poco excesivos: no le hace falta. También hay que destacar la sobria pero atmosférica escenografía de Carles Pujol, esa singular combinación de despacho de madera oscura, añosa, con aires de club inglés, y el sepulcral invernadero con enredaderas y tulipanes.
Me gusta Poder absoluto porque su clasicismo formal, su control de los tempos y los efectos, es sorprendente en una primera obra, y porque tiene las hechuras, tanto en texto como en interpretaciones, de una función de Broadway. Cuenta con todos los mimbres para convertirse en un éxito.

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Sigue la racha. También he visto dos comedias estupendas: Aventura, la nueva obra (en formato standard, pero sin perder de vista el fulgor episódico) de Alfredo Sanzol y las T de Teatro, en el Lliure. El texto, la dirección, la escenografía y las interpretaciones son de orfebrería, destacando una Ágata Roca que se sale de gracia, de emoción y de encanto.
 Y Smiley, de Guillem Clua, en la Flyhard, un romance gay delicioso y divertidísimo, con dos soberbios actores (Ramon Pujol, Albert Triola) y una impecable dirección del propio autor: he ahí otro triunfo en puertas. Se lo cuento en breve. De momento, vayan reservando entradas.