Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

30 ago 2012

Cincuenta y Ocho

Llueve. El melancólico hilo de gotas de lluvia en las hojas de los árboles.
 Soy feliz sin embargo, la niña china y el niño catalán jugando a la puerta del Okay, los coches con las luces encendidas a mediodía, los altos semáforos autistas, el bosque Güell. (Bosque, del catalán y provenzal, que lo recogen de Italia; bosque, con sentido de señorío -no sé dónde he leído de estos asuntos-; en cambio: monte, montaña; Montana, más lejanía).
El mar, el mar no se divisa. Tampoco las pistas del aeropuerto. Todas las fachadas están mudas, detrás de la neblina de lluvia.
Cincuenta y ocho treinta de agosto. Cincuenta y ocho vísperas. Cincuenta y ocho curvas por la vieja carretera del Sur. 
Cincuenta y ocho cuevas en las faldas calcáreas en las que pedía, una por una, que me dejaran.
De Jose Carlos Cataño

Carolina de Mónaco da el visto bueno al novio de Carlota

No le queda otra, Carolina anda todo el verano en su yate, en Invierno esquiando, no se preocupa aparentemente de nada, no teme las arrugas, es una mujer guapa, de joven le dió la vara a sus padres con sus novios, no debe escandalizarse con los novios-as de sus hijos, lo vivió en sus carnes, playboys, gente de buen vivir y no trabajar.

Carlota Casiraghi y Gad Elmaleh paseando por París en julio pasado. / GTRESONLINE
Gad Elmaleh, el novio de origen judío marroquí de Carlota Casiraghi ya conoce a los Grimaldi.
 Mamá Carolina por fin ha transigido y ha invitado al cómico francés a disfrutar de unos días a bordo del Pacha III.
 El yate atracó en un puerto de la isla de Córcega y allí recogió a la pareja que llegaba directamente de Los Ángeles donde el actor se ha instalado con la pretensión de hacer carrera en Hollywood.
Las revistas del corazón dan buena cuenta y con fotografías en exclusiva del encuentro del intérprete de películas como Midnight in Paris, de Woody Allen, o Las aventuras de Tintín, de Steven Spielberg, con su principesca suegra.
En algunas imágenes se ve a Carolina y a Elmaleh —con un enorme puro en la mano— en una animada charla en la cubierta del barco.
En otras, a la princesa paseando a sus teckels de pelo corto por el muelle o a Carlota y su novio practicando piragüismo.
A diferencia de otros años, 2012 ha sido un verano atípico y solitario para Carolina.
Ha pasado la mayor parte del tiempo en el yate sin sus hijos.
Aunque ahora ya se han sumado también Andrea con su prometida Tatiana Santo Domingo; Pierre (sin Beatrice Borromeo), y la pequeña Alejandra, que ha pasado parte de sus vacaciones con su padre, Ernesto de Hannover.
Puede que la procesión vaya por dentro, pero Carolina parece relajada al lado de su ¿futuro? yerno.
 Porque este romance ha hecho correr ríos de tinta y desde que se conocieron en diciembre pasado se ha especulado con que Carolina no ve con buenos ojos que su hija, de 26 años, dejara a un buen partido, el heredero multimillonario Alex Dellal, para vivir un amor loco con un hombre 15 años mayor y con un hijo de 11 años, Noon.
Quizá Carolina ya se ha olvidado del disgusto que se llevaron sus padres, Rainiero y su alteza serenísima Gracia Patricia, cuando en el verano de 1978 se casó con el maduro Philippe Junot
. Ella tenía 21 años, y él, 38
. El matrimonio duró apenas dos años, y el calificativo más suave que las revistas dedicaron a Junot fue el de playboy. Así que poco o nada puede reprocharle a su hija Carlota.
Elmaleh, acaba de estrenar La felicidad nunca viene sola, con Sophie Marceau, y en una entrevista reciente en la revista Elle dice: “Nací en Marruecos y ahora vivo en París junto a una princesa.
Pero la realidad, en este caso es mejor que cualquier película”.
Él, desde luego, sí que puede sacar un gran rendimiento de un idilio que parece que ya ha sido bendecido por la familia de la novia.

Parrafadas de éxito ‘online’

La revista ‘Jot Down’ se lanza al papel tras triunfar en la Red

Artículos larguísimos y entrevistas oceánicas son la marca de la casa

 

Una de las fotos publicadas en la edición de papel de 'Jot Down'. / ALBERTO GAMAZO
Del Evangelio según los gurús de lo digital: “En la Red solo se leen artículos breves; la gente ya no tiene tiempo; hay dos clases de periodistas: los rápidos y los malos”
. Tal vez esa liturgia, que se repite un día sí y el otro también en muchas redacciones por el mundo, sea cierta.
Pero cierto también es que a la religión del periodismo en Internet le ha surgido un hereje.
Se llama Jot Down Magazine, publica artículos online de miles y miles de caracteres, cuenta con un diseño vintage en blanco y negro y –increíble pero cierto- triunfa.
 Tanto que, tras un año de vida en Internet, la revista se ha permitido el lujo de sacar un número de autohomenaje en papel, del que ya se han vendido más de 8.000 copias.
“Hacemos lo que nos gusta, lo que buscábamos y no encontrábamos en otros medios
. Queríamos artículos menos superficiales, análisis en profundidad. Jot Down es un himno al fuego lento”, explican desde la dirección de la revista.
 Por cierto, y antes de se pregunten por qué una referencia tan genérica, es esta otra de las cosas que les gusta a los fundadores de Jot Down: no figurar.
 “La estructura no tiene interés, ni tampoco las personas.
 No queremos tomar el protagonismo”, asegura Carles A. Foguet, director de comunicación de Jot Down.
La portada de la segunda edición de la revista de papel de 'Jot Down'.
Al fin y al cabo, es también una manera de dirigir los focos hacia sus contenidos.
 “Los protagonistas son los entrevistados y los que escriben”, defienden. En realidad, sobre todo los primeros.
 Las largas charlas con artistas, políticos y (muchos) periodistas son la auténtica marca de la casa de Jot Down. Y, para ello, la revista ha establecido dos conditio sine qua no: la conversación dura al menos una hora. Y nada de hablar con creadores que promocionan su último libro/disco/película/cualquier otra cosa que intenten vender.
De Álex de la Iglesia a Oscar Tusquets, de Vicente del Bosque a Angels Barceló, ya hay unos 150 que han aceptado jugar con las reglas de Jot Down.
 Y seguramente más seguirán, al ritmo de dos por semana.
 Siempre y cuando, eso sí, el texto cumpla con dos criterios básicos: que sea de calidad y que diste años luz de la prensa rosa.
 Pocas reglas pero imprescindibles para ser fieles al lema que la revista ha robado al Polonio del Hamlet de Shakespeare: “Hay método en nuestra locura”.
Lo hubo, al parecer, desde el big bang.
 Es decir, desde que en mayo de 2011 Jot Down pasó de ser el sueño de dos amigos a una página de carne, hueso y píxeles. Los dos fundadores (el informático Ángel Fernández y la directora) y otros cuatro miembros conformaron el equipo de dirección. Y, con un presupuesto de 45.000 euros, se lanzaron a la aventura del periodismo.
Aparte del entusiasmo, les unía la seguridad de que llegarían a algún lado: “Hacemos lo que creemos que se debe hacer. Si no conseguimos salir adelante será únicamente nuestra responsabilidad". Y también compartían una condición peculiar para dirigir una revista: ninguno de los seis es periodista.
En el fondo, lo que hacen tampoco tiene mucho que ver con lo que publican los diarios. “Hacemos periodismo, pero no reporterismo ni investigación. No damos noticias, ni nos interesa la actualidad”, relata Foguet.
 Más bien, se trata de reflexiones infinitas sobre un tema que puede ir de la carrera de Roger Federer al Padrino, al Ulises de Joyce, o de diálogos oceánicos con un entrevistado
. Aunque una de las críticas más frecuentes que recibe Jot Down habla precisamente de charlas muy blandas y poco cañeras. “No es nuestra intención poner a alguien en aprietos.
 Es un proyecto amable, buscamos una relación con el entrevistado. Me parecería fuera de lugar ir a por él”, aclara Foguet.
Una foto que acompaña un artículo de Ramón Besa en la edición impresa de 'Jot Down'. / GUADALUPE DE LA VALLINA
Una fórmula que convenció a Ferran Adrià, uno de los primeros entrevistados, pero no a Norman Foster, que rechazó hablar con Jot Down. Sea como fuere, los síes se han ido multiplicando, y con ellos los lectores, hasta los 800.000 al mes. También se fue ampliando la estructura de la revista, que hoy cuenta con 10 redactores en plantilla, más de 80 colaboradores (de los cuales, la mayoría cobra) y firmas como las de Félix de Azúa y Fernando Savater.
“Por un lado, rastreamos la Red en busca de talentos.
 Por otro, gente a la que entrevistamos se propuso para ayudar sugiriendo otras posibles charlas o llevándolas a cabo ellos mismos. Y nos escribe mucha gente a diario ofreciéndose para colaborar”, cuenta Foguet del crecimiento de Jot Down. Mercancía rara en un mundillo que tiembla por un doble terremoto: económico y del modelo de negocio. "Jot Down no pretende sentar cátedra, no nos presentamos como ejemplo a seguir para ayudar a salvar el sector (si es que eso es posible)”, matiza el director de comunicación.
De hecho, de momento la revista ni siquiera les da para comer.
 Todos sus miembros tienen otro, y principal trabajo. La poca publicidad por ahora no compensa los esfuerzos, menos aún ya que el número de papel les ha costado otra inversión de 26.000 euros. De ahí que estén “en el límite del capital inicial”.
Sin embargo, la escasez de recursos no parece ser un problema dramático, al menos a juzgar por sus ambiciones futuras: “Hemos puesto en marcha la editorial Jot Down books: publicaremos libros de material propio y de divulgación científica. Lanzaremos nuestro merchandising e intentaremos que la revista impresa sea trimestral”. Algo así como una vuelta al primer amor. Jot Down iba a nacer en papel, hasta que un “tipo de bigotes” les dijo que aquello sería un suicidio. Así que replegaron hacia Internet, pero no cambiaron la fórmula.
El sueño en el cajón también sigue siendo el mismo: “Aspiramos en el futuro a ser el New Yorker en castellano”. ¿Imposible? Desde luego complicado. Pero cuidado con las certezas apresuradas. Se corre el riesgo de quedar desmentidos. Como los gurús.

Papeles Perdidos

AVANCE LITERARIO

El misterioso baile de Murakami

Por: EL PAÍS30/08/2012
Murakami2
Por ROSA RIVAS
Una buena noticia para los adictos a la atmósfera Murakami: la próxima semana aparecerá en las librerías españolas una de sus primeras obras.
 Con el título de Baila, baila, baila, Tusquets edita Dansu, dansu, dansu.
 Y nosotros en EL PAÍS te avanzamos en exclusivo un capítulo de la novela. Pueder verlo aquí.
Esta obra fue publicada en Japón (por Kodansha) en 1988 y nombre, al igual que ocurrió con Norwegian Wood (inspirada en una canción de los Beatles), tiene una referencia musical, una canción de los Beach Boys, Dance, dance, dance. Haruki Murakami (Kioto, 1949), un apasionado de la música que llegó a regentar en Tokio un club de jazz, puebla las páginas de sus libros con referencias de canciones.
 De hecho en Baila, baila baila surgen de banda sonora a las andanzas de los protagonistas temas de grupos de los ochenta, como Human League. Pero esto no es lo (más) importante.
El hilo conductor de Baila, baila, baila es un amor imposible, encuentros tejidos con desencuentros…
El protagonista, llamado Hiraku Makimura (anagrama del escritor), es un redactor free lance todoterreno que, llevado por un impulso nostálgico, vuelve a un hotel donde pasó unos días con una amante.
 A partir de ahí  se despliega el universo del autor japonés.
Los murakamistas encontrarán Baila, baila baila apuntes de obsesiones (y líneas maestras) del autor.
 El sueño confundido con la realidad, el “otro lado” que impone su presencia, el espíritu de las cosas inmateriales, los mensajes de la naturaleza (esa lluvia o esa Luna que habla o avisa) los silencios, lo que se desea decir pero al final no se dice, la pérdida (la mujer, la amante, la madre…) el desasosiego, la locura que se impone como cordura, el destino inevitable…
Y, por supuesto, la habilidad de Murakami para atrapar con su narración, con divagaciones que nunca pierden ritmo y que sitúan un paisaje audiovisual en la mente de sus lectores.
 Lo cotidiano se vuelve extraordinario y lo sorprendente o absurdo se manifiesta posible.
No falta la ironía, el cinismo, en el dibujo de los personajes y de sus acciones y sus vidas adquieren a veces una dimensión de thriller, de unas aventuras cuyo desenlace sigue perpetuando el enigma.