Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

15 jul 2012

Un fuego de artificio por Vargas Llosa

En los años setenta, cuando yo vivía en Barcelona, Luis Goytisolo estaba empeñado en la heroica empresa de escribir Antagonía,la tetralogía novelesca a la que dedicó 20 años de su vida.
Nos veíamos con frecuencia y hablábamos de muchas cosas pero, que yo recuerde, nunca me contó nada del libro en el que trabajaba en esos mismos años con tanto afán.
 Muchas veces me he preguntado por qué esa discreción y sólo ahora, que acabo de leer las 1112 páginas de la novela, en la reedición de Anagrama, entiendo por qué.
La razón es que no hay manera de resumir en pocas frases de qué trata este libro sin traicionarlo.
 Se ha dicho que relata el largo proceso en que su protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, descubre su vocación de escritor y escribe su primera novela (el cuarto volumen de la tetralogía), en un período de tiempo que comienza en las postrimerías de la Guerra Civil y termina con el final de la dictadura franquista. Esta síntesis, aunque no es falsa, tampoco es cierta, porque la novela es muchas otras cosas que no caben para nada en esa escueta fórmula.
En verdad, Antagonía no cuenta una historia acabada, con principio y con fin, sino fragmentos dispersos y arbitrarios de muchas historias que no se integran anecdóticamente, pero a las que da coherencia y unidad la voz que narra, una voz compleja y plural, de larguísimas frases laberínticas y sometida a constantes mudas en las que, con frecuencia y sin ninguna prevención al lector, se traslada del narrador omnisciente e impersonal a un personaje, y luego a otro, y a otro, y súbitamente regresa al narrador, exigiendo al lector una vigilancia tenaz para no extraviarse en ese territorio lleno de imprevistos y sorpresas por el que discurre la novela.
 A estas mudanzas entre el narrador omnisciente y narradores personajes se superponen otras, que mueven el relato del mundo exterior —descripciones de paisajes y escenarios urbanos, diálogos y análisis sobre las conductas, reflexiones sobre política, literatura, sexo, textos clásicos, etcétera— a un mundo subjetivo y secreto, el de las intuiciones, las emociones y los pensamientos y a veces, incluso, el de los sueños, mitos y meras fantasías de los protagonistas.
Para mí, las mejores páginas son aquellas que describen la atmósfera claustral de la dictadura
Libro ambicioso y complejo, difícil de leer por la protoplasmática conformación de la materia narrativa, es también un experimento que intenta renovar el contenido y la forma de la novela tradicional, siguiendo el ejemplo de aquellos paradigmas que revolucionaron el género de la novela o al menos lo intentaron —sobre todo Proust y Joyce, pero, también, James, Broch y Pavese—, sin renunciar a un cierto compromiso moral y cívico con una realidad histórica que, aunque muy diluida, está siempre presente, a veces en el proscenio y a veces como telón de fondo de la novela.
Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser.
La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.
En cambio, en las largas y a menudo delicadas descripciones del paisaje catalán, tanto rural como urbano, se filtra, se diría que a pesar del anti sentimentalismo cínico del que hace gala el narrador, un sentimiento tierno, profundo, contagioso, que desagravia al lector del pesimismo tenaz que con frecuencia comunican otras páginas.
 Este contraste se hace particularmente visible en las escenas que transcurren en Cadaqués y otros lugares de la Costa Brava, en las que el lenguaje es tan preciso y precioso cuando se demora en describir los matices de la luz a la hora del crepúsculo, o las sombras de los árboles y arbustos en el bosque, o los movimientos del agua cuando sube y baja la marea, o el canto de los pájaros escondidos en lo alto del ramaje.
 Creo que no se ha dicho todavía de Antagonía la importancia que tiene en ella la política —no hay en España, me parece, una novela que haya descrito mejor el desguace cultural y moral que inflige a una sociedad una dictadura— y la bellísima recreación literaria de la tierra catalana, de su mundo natural, sus pueblos y aldeas, y de Barcelona con sus barrios, clases sociales, tradiciones, grandezas y miserias, que es también este libro, además de muchas otras cosas.
Por ejemplo, una serie de ensayos incrustados en el relato en los que, a veces el narrador, a veces un personaje, reflexiona sobre un abanico múltiple de temas, entre los que figuran, entre otros, Dante, la mitología griega, Moisés, Platón, el sexo, Sócrates, Goethe, el compromiso político, el matrimonio, el dogmatismo religioso e ideológico, el arte, la arquitectura, el urbanismo, y, principalmente, la técnica de la novela.
A veces, estas páginas, donde la historia se inmoviliza o se eclipsa, tienen un interés intelectual, y a veces no y entonces resultan excesivas y sobrantes.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible
Pero no hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir esta novela estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo, de una manera de escribir que rompiera los moldes tradicionales del relato novelesco e inaugurara unos nuevos.
 Él mismo ha tenido la coquetería risueña de describir en la página 999 de Antagonía “la huella de Luis Goytisolo” en la novela: “esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas…”.
 Los críticos del libro hablan de la influencia proustiana en el estilo de la tetralogía, pero, a mi juicio, la semejanza con Proust tiene que ver sólo con la largura de la frase, su naturaleza serpentina, porque, a diferencia de lo que ocurre con el estilo en el autor de En busca del tiempo perdido, en el que las extendidas frases están siempre al servicio de la narración, en Luis Goytisolo esta última parece a veces nada más que un pretexto para la arborescencia lingüística, esa frondosa retórica que se proyecta con voracidad, apartándose de la delgada línea argumental, sobre todas las manifestaciones de la vida, infiltrándose en ésta como un parásito que crece y crece hasta sustituirla, hasta crear una vida propia que ya no refleja modelo alguno exterior a ella, sino a ella misma, una vida que es (nada más y nada menos) que puro lenguaje.
Tal vez la mejor descripción de la tetralogía aparezca en una de las reflexiones del narrador cuando éste (en la página 1040) imagina una obra literaria cuya estructura “semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias.
 Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otra que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto”. Eso es, exactamente, Antagonía: un surtidor que se multiplica a sí mismo en tantos surtidores hasta dar la impresión de que en semejante arquitectura ha quedado atrapada la vida entera, en lo que tiene de infinito.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible, es decir en una de esas novelas como el Finnegan’s Wake de Joyce, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Paradiso, de Lezama Lima o la mucho menos conocida Umbral, del chileno Juan Emar, que estaban fatalmente condenadas a no alcanzar la meta que se habían fijado, porque, simplemente, aquella era una meta inalcanzable.
 Sin embargo sería injusto hablar de fracasos literarios, porque estos libros, que tendrán siempre pocos lectores, siempre tendrán lectores, y sobrevivirán a todos los avatares, desde esos márgenes que admiraba tanto Rimbaud (el de “les horribles travailleurs”) desde los cuales irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva a la literatura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe, a imagen y semejanza de esa vida que la inspira y que es, también, a su manera, una tentativa imposible.
© Mario Vargas Llosa, 2012.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2012.

Una historia de lucha de clases por Juan José Millás

Marichalar-Urdangarin: Primer duelo de la serie que el escritor y periodista publicará durante el verano en las páginas de EL PAÍS


r
Pregunta: ¿se puede odiar a alguien por el mero hecho de que vista pantalones con dibujos de amebas?
Respuesta: sí, si se ha sido lo suficientemente pobre como para considerarlo una ostentación típica de las clases ociosas.
Pregunta: ¿hay en la vida algo más inquietante que un cuñado?
Respuesta: sí, un concuñado.
Jaime de Marichalar e Iñaki Urdangarin fueron concuñados, quizá todavía lo sean frente a Dios, que no admite otro divorcio que el que administran, previo pago de la correspondiente mordida, los tribunales de la Iglesia.
 Concuñados, decíamos, una relación difícil como pocas en la que solo caben el afecto fingido que se actualiza en la paella familiar de los domingos o la competitividad desatada por ganarse el aprecio de los suegros comunes, especialmente si no son tan comunes, como sucede cuando uno emparenta con la Casa Real.
Muchas veces hemos fantaseado con aquel instante inaugural en el que Marichalar y Urdangarin fueron presentados.
 Los vemos estrechándose las manos, sonriendo cortésmente, quizá observándose con disimulo para deducir del aspecto físico y del aliño indumentario del otro cuál de los dos tendría más posibilidades de medrar en el organigrama monárquico
. El uno procedía de una familia de rancio abolengo, signifique lo que signifique abolengo (de rancio sabemos que se aplica al tocino pasado de fecha); el otro, de una familia numerosa acomodada, aunque de clase media.
 Marichalar vestía como un dandi (en la medida en que las amebas lo sean); Urdangarin vestía normal. El primero era feo; el segundo era guapo.
 El noble, sin carecer de masa muscular, no la tenía lógicamente tan desarrollada como el deportista…
 No vamos a decir, en fin, porque resultaría exagerado, que cada uno fuera el negativo del otro, pero sí que las diferencias entre ambos resultaban notables.
 Eso lo sabían sin duda alguna las infantas, que mientras asistían a este primer encuentro, presumiendo cada una internamente de su cónyuge, quizá se preguntaban cuál de los dos daría mejor resultado como marido o exmarido, como padre, como yerno, como duque consorte, como hombre de negocios…
Pregunta: ¿puede darse un episodio de lucha de clases en una atmósfera de gente bien situada económicamente como la que estamos describiendo?
Respuesta: sí.
Ignoramos dónde se produjo aquel primer encuentro, si en un bar, en una discoteca, en un desfile de moda o en una galería de arte.
 En todo caso, allí se escribiría el primer capítulo de una relación humanamente complicada, pues a la ya difícil condición de concuñados se sumaban exigencias de carácter histórico determinadas por la posición de la futura prole en la línea de sucesión a la corona. ¿Quién tendría más hijos? ¿Quién los educaría mejor? ¿Quién ganaría más dinero? ¿Quién enviudaría antes?
Pregunta: ¿estamos o no estamos hablando de un episodio de lucha de clases real, en los dos sentidos del término?
Respuesta: sí, evidentemente.
La situación era tan de folletín, tan de novela del siglo XIX, tan de porteras en última instancia, que cada español, de forma explícita u oculta, tomó partido por un cuñado u otro.
 No creemos equivocarnos al afirmar que este primer asalto lo ganaron Urdangarin y Cristina, que transmitían la imagen de una pareja moderna, normal, currante y tan fresca (incluso tan cool) que quizá ni necesitaran, al contrario de los rancios Marichalar y Elena, usar desodorante.
Pregunta: ¿es necesario echar colonia en la colonia para que huela bien?
Respuesta: no, la fragancia forma parte de su naturaleza.
Urdangarin y Cristina no necesitaban perfumarse porque ellos eran el perfume, como lo serían después sus hijos, que enseguida empezaron a llegar a esta difícil meta de salida que llamamos existencia a un ritmo de campeones olímpicos. Sin prisa, pero sin pausa, hasta completar una familia numerosa ejemplar tanto desde el punto de vista de la forma como desde la perspectiva del fondo. Nótese, por si fuera poco, que Urdangarin, en las primeras fotos que conocimos de él, recordaba bastante al príncipe Felipe, y así lo destacaron muchos medios.
 Quiere decirse que aquella unión parecía bendecida también por el prestigio de una pasión oscuramente incestuosa en un país donde la gente es muy aficionada a meterse en la cama con su madre.
Pregunta: ¿era lógico que el primer asalto de ese colosal episodio de lucha de clases librado en el interior de la monarquía lo ganara la clase media representada por la pareja Iñaki-Cristina?
Respuesta: sí. Y no solo era lo lógico, sino lo deseable.
Pero la vida es complicada.
 El rencor de clase, que es el motor de la historia, no siempre favorece al rencoroso. Con el rencor de clase, igual que con las escopetas, no se juega, pues corre uno el peligro de pegarse un tiro a sí mismo, como el pobre Froilán.
 Quizá es lo que le ocurrió a Urdangarin, que pretendiendo superar al concuñado noble, pero de recursos económicos limitados, se dio un tiro en el pie, ese pie con el que está a un paso de entrar en la cárcel si las influencias de la familia política no lo remedian. Le está bien empleado aunque solo sea porque trataba al servicio doméstico (la servidumbre, para él) como al culo.
 Los desclasados tenemos más peligro que el capitán Garfio.
Pregunta final: ¿ganó entonces, finalmente, este raro episodio de lucha de clases la nobleza ociosa frente a la clase media emprendedora?
Respuesta: sí.
Corolario: pues estamos jodidos.
Próxima entrega, el miércoles: Carmen Thyssen / Borja Thyssen.

 

Pregunta: ¿se puede odiar a alguien por el mero hecho de que vista pantalones con dibujos de amebas?
Respuesta: sí, si se ha sido lo suficientemente pobre como para considerarlo una ostentación típica de las clases ociosas.
Pregunta: ¿hay en la vida algo más inquietante que un cuñado?
Respuesta: sí, un concuñado.
Jaime de Marichalar e Iñaki Urdangarin fueron concuñados, quizá todavía lo sean frente a Dios, que no admite otro divorcio que el que administran, previo pago de la correspondiente mordida, los tribunales de la Iglesia. Concuñados, decíamos, una relación difícil como pocas en la que solo caben el afecto fingido que se actualiza en la paella familiar de los domingos o la competitividad desatada por ganarse el aprecio de los suegros comunes, especialmente si no son tan comunes, como sucede cuando uno emparenta con la Casa Real.
Muchas veces hemos fantaseado con aquel instante inaugural en el que Marichalar y Urdangarin fueron presentados. Los vemos estrechándose las manos, sonriendo cortésmente, quizá observándose con disimulo para deducir del aspecto físico y del aliño indumentario del otro cuál de los dos tendría más posibilidades de medrar en el organigrama monárquico. El uno procedía de una familia de rancio abolengo, signifique lo que signifique abolengo (de rancio sabemos que se aplica al tocino pasado de fecha); el otro, de una familia numerosa acomodada, aunque de clase media. Marichalar vestía como un dandi (en la medida en que las amebas lo sean); Urdangarin vestía normal. El primero era feo; el segundo era guapo. El noble, sin carecer de masa muscular, no la tenía lógicamente tan desarrollada como el deportista… No vamos a decir, en fin, porque resultaría exagerado, que cada uno fuera el negativo del otro, pero sí que las diferencias entre ambos resultaban notables. Eso lo sabían sin duda alguna las infantas, que mientras asistían a este primer encuentro, presumiendo cada una internamente de su cónyuge, quizá se preguntaban cuál de los dos daría mejor resultado como marido o exmarido, como padre, como yerno, como duque consorte, como hombre de negocios…
Pregunta: ¿puede darse un episodio de lucha de clases en una atmósfera de gente bien situada económicamente como la que estamos describiendo?
Respuesta: sí.
Ignoramos dónde se produjo aquel primer encuentro, si en un bar, en una discoteca, en un desfile de moda o en una galería de arte. En todo caso, allí se escribiría el primer capítulo de una relación humanamente complicada, pues a la ya difícil condición de concuñados se sumaban exigencias de carácter histórico determinadas por la posición de la futura prole en la línea de sucesión a la corona. ¿Quién tendría más hijos? ¿Quién los educaría mejor? ¿Quién ganaría más dinero? ¿Quién enviudaría antes?
Pregunta: ¿estamos o no estamos hablando de un episodio de lucha de clases real, en los dos sentidos del término?
Respuesta: sí, evidentemente.
La situación era tan de folletín, tan de novela del siglo XIX, tan de porteras en última instancia, que cada español, de forma explícita u oculta, tomó partido por un cuñado u otro. No creemos equivocarnos al afirmar que este primer asalto lo ganaron Urdangarin y Cristina, que transmitían la imagen de una pareja moderna, normal, currante y tan fresca (incluso tan cool) que quizá ni necesitaran, al contrario de los rancios Marichalar y Elena, usar desodorante.
Pregunta: ¿es necesario echar colonia en la colonia para que huela bien?
Respuesta: no, la fragancia forma parte de su naturaleza.
Urdangarin y Cristina no necesitaban perfumarse porque ellos eran el perfume, como lo serían después sus hijos, que enseguida empezaron a llegar a esta difícil meta de salida que llamamos existencia a un ritmo de campeones olímpicos. Sin prisa, pero sin pausa, hasta completar una familia numerosa ejemplar tanto desde el punto de vista de la forma como desde la perspectiva del fondo. Nótese, por si fuera poco, que Urdangarin, en las primeras fotos que conocimos de él, recordaba bastante al príncipe Felipe, y así lo destacaron muchos medios. Quiere decirse que aquella unión parecía bendecida también por el prestigio de una pasión oscuramente incestuosa en un país donde la gente es muy aficionada a meterse en la cama con su madre.
Pregunta: ¿era lógico que el primer asalto de ese colosal episodio de lucha de clases librado en el interior de la monarquía lo ganara la clase media representada por la pareja Iñaki-Cristina?
Respuesta: sí. Y no solo era lo lógico, sino lo deseable.
Pero la vida es complicada.
 El rencor de clase, que es el motor de la historia, no siempre favorece al rencoroso.
 Con el rencor de clase, igual que con las escopetas, no se juega, pues corre uno el peligro de pegarse un tiro a sí mismo, como el pobre Froilán.
Quizá es lo que le ocurrió a Urdangarin, que pretendiendo superar al concuñado noble, pero de recursos económicos limitados, se dio un tiro en el pie, ese pie con el que está a un paso de entrar en la cárcel si las influencias de la familia política no lo remedian.
Le está bien empleado aunque solo sea porque trataba al servicio doméstico (la servidumbre, para él) como al culo.
 Los desclasados tenemos más peligro que el capitán Garfio.
Pregunta final: ¿ganó entonces, finalmente, este raro episodio de lucha de clases la nobleza ociosa frente a la clase media emprendedora?
Respuesta: sí.
Corolario: pues estamos jodidos.
Próxima entrega, el miércoles: Carmen Thyssen / Borja Thyssen.

Unidos y separados por la adicción

Eva Rausing llevaba varios días muerta antes de que la policía la encontrara

Su marido, Hans Kristian Rausing, heredero del imperio Tetra Pak, ha sido detenido

El matrimonio fue incapaz de superar la carga de ser demasiado rico

Hans Kristian y Eva Rausing, fotografiados en 2003. / ALAN DAVIDSON (WIREIMAGE)
El abuelo crea.
 El padre expande
. El hijo dilapida. El viejo refrán parece hecho a la medida de Hans Kristian Rausing.
 Su abuelo, Ruben Raising, inventó en los años cincuenta el tetra pak, el envase de cartón que ahora nos parece que siempre ha existido.
 Sus hijos, Hans y Gad, expandieron el floreciente negocio familiar hasta convertirlo en una poderosa multinacional que invadió el globo con envases de cartón y acumular una inmensa fortuna.
A Hans Kristian Rausing, de 49 años, le ha tocado el papel de dilapidador.
 Él, ni ha ampliado el negocio, ni lo ha diversificado. Pero, en realidad, tampoco lo ha dilapidado.
 Sería demasiado fácil describirle como un playboy que ha consagrado su vida al placer.
 Probablemente sería más cierto decir que ha sido siempre un hombre desconcertado, “a la deriva”, como explicaba estos días dramáticos un amigo suyo
. En Eva, de 48 años, encontró a su alma gemela: hija de un millonario ejecutivo de Pepsi, tampoco ella sabía muy bien qué hacer con su vida. La vivieron juntos.
El lunes, la policía le detuvo a él en Wandsworth, en el sur de Londres, porque les llamó la atención su forma errática de conducir.
 En su coche encontraron importantes cantidades de droga dura.
Fueron a su casa, un imponente edificio de estilo georgiano de seis plantas y un sinfín de habitaciones en Cadogan Place, una de las zonas más exquisitas de Londres, en la frontera entre Chelsea y Mayfair.
En Eva, de 48 años, Hans Kristian encontró a su alma gemela: hija de un millonario ejecutivo de Pepsi, tampoco ella sabía muy bien qué hacer con su vida. La vivieron juntos
Allí encontraron algo que no esperaban: el cadáver de Eva en una cama.
 Se cree que llevaba tres o cuatro días muerta y que falleció de sobredosis, aunque la primera autopsia no ha permitido establecerlo. La droga les había unido.
Se habían conocido hace 25 años en un centro de desintoxicación en Estados Unidos.
 Solo la droga les ha podido separar.
Su problema, parece, es haber tenido demasiado dinero.
 Y no saber qué hacer con sus vidas. Él, hijo de Hans, cuya fortuna era ya de miles de millones cuando él nació, nunca se vio tentado por los negocios. Se fue de joven a la India y a Katmandú.
 Y allí tropezó para siempre con la heroína.
Cuando le detuvieron en Wand­­s­­­­worth, Hans Kristian era incapaz de articular frases coherentes.
 El martes le ingresaron en un centro médico, aquejado probablemente del síndrome de abstinencia.
Él era la mitad taciturna de la pareja. El hombre “decente”, “generoso”, “voluntarioso”. Pero también incapaz de encontrar sentido a la vida: ha tenido siempre todos los bienes materiales, pero nunca ha sabido muy bien qué hacer con el tiempo.
Ella había seguido el mismo camino.
 Lo contó en su página de MySpace en 2007. Aún no tenía los 20 cuando fue a la universidad en California. “Lo pasé bien. Demasiado bien, porque lo dejé y no volví a la universidad hasta la avanzada edad de 24 años. Lo que deja unos cuantos años turbios entre medias”, escribe. “Al principio fue divertido, pero el final no fue tan divertido. Tuve la suerte de tener una familia cariñosa y solidaria que me apoyó, aunque entonces no siempre lo supe ver así”, añade.
Hans Kristian nunca se vio tentado por los negocios de su padre. Se fue de joven a la India y a Katmandú. Y allí tropezó para siempre con la heroína
Eva no revela quién es su marido, pero explica que tuvo cuatro hijos, “lo mejor que he hecho en mi vida”. Dos niñas y dos niños que ahora tienen entre 12 y 17 años.
 “Y aún estoy casada, parece increíble, con el más amable, paciente y leal marido. He tenido la suerte inmensa de que siempre me ha aguantado. Muchos no lo habrían hecho”, confiesa.
 Y explica que ha vuelto “al agujero”.
De esos escritos, de las fotografías que se han divulgado de años mejores, de los comentarios de amigos, de conocidos, de la gente que les trató en sus numerosas obras benéficas, casi siempre relacionadas con la atención a las adicciones, solo se puede deducir que no podían vivir separados.
 Ella era “la fuerza motriz” de la pareja, dice una amiga.
 “Dulce, encantadora e infantil, pero brillante y muy dedicada a la causa”, la describe lord Mancroft, antiguo presidente de Mentor, una organización consagrada a proteger a los niños del alcohol y las drogas.
“Estamos de acuerdo en que las drogas son malas”, le comentó un día a Eva el entonces director de Mentor, Eric Carlin. “No, a mí me encantan las drogas. Ese es el problema”, le respondió ella.
Hans Kristian y Eva Rausing siempre estuvieron vinculados a la droga. Disfrutándola. Intentando dejarla. Disfrutándola de nuevo. Ayudando a otros a dejarla. De sus problemas con las drogas, con las drogas más duras, solo sabían los íntimos y quienes trabajaban con ellos en organizaciones como Mentor, o como Action on Addiction. “A veces, la filantropía se concede con pública fanfarria. Nunca fue así en el caso de los Rausling. Ellos daban en silencio y con modestia, sin querer ser nunca el centro de atención”, ha explicado Nick Barton, director de Action on Addiction.
“Estamos de acuerdo en que las drogas son malas”, le comentaron a Eva. “No, a mí me encantan las drogas. Ese es el problema”, respondió ella.
Pero esa publicidad, que nunca quisieron, la encontraron de repente en 2008, cuando se descubrió que Eva llevaba crack y heroína en el bolso un día que asistía a un acto en la Embajada de Estados Unidos en Londres. En su casa encontraron mucha más.
 No llegaron a ser procesados: sus abogados lograron evitarlo, a cambio de que se comprometieran a un tratamiento de desintoxicación. Uno más en su vida.
Desde entonces, Eva y Hans Kristian, siempre inseparables, se fueron recluyendo cada vez más.
 Tenían una gran mansión y tres criados, pero vivían encerrados en dos habitaciones “que habían convertido en un antro de drogas”, ha declarado un amigo que dice que les visitó hace poco. “Estaba lleno de mugre. Nadie hubiera dicho que eran multimillonarios. Eso demuestra el efecto de las drogas. No podían cuidar de sí mismos o de la casa. Solo usaban dos habitaciones, aunque tenían docenas. Es muy, muy triste”.

Bibiana Fernández: "Yo soy adicta por naturaleza"

Ilustración de Bibiana Fernández. / TOMÁS ONDA
Pregunta. Mientras hablamos se pinta el ojo, juguetea con la perra, dice que está mal de la cabeza y que por eso va al psiquiatra. Que tiene estrés, tele y teatro. Y papeleos, y gestorías. ¿Esto es lo que le soluciona el diván?
Respuesta. No, eso me lo soluciono yo. Por eso estoy loca. Los psiquiatras solo te ayudan a verbalizar los problemas. Después está en ti racionalizarlos, sacando fuerza de voluntad y entusiasmo.
P. Y lo que nos faltaba es La gran depresión. ¿No se les ocurre a Loles León y a usted algo más animado?
R. Es la depresión de dos amigas que llegan a nuestras edades, en que vas a cambiar los códigos con los que te has movido –la seducción, los hombres, los amores, la diversión–. Y esta, yo, como es la única referencia que tiene, intenta suicidarse. Entonces llama a la amiga, que ha vivido a rebufo de ella. Las amigas siempre están para ayudarte, como en la vida real.
P. Yo creía que con La gran depresión se referían a los tijeretazos brutales que anunció el miércoles Rajoy.
R. Eso sí que es para deprimirse. Esto, la obra de teatro, es para divertirse.
P. ¿A usted qué le deprime?
R. No soy de carácter depresivo. Pero en estos momentos, por empatía, y aunque a mí me vaya bien, me deprime la situación del país en general.

A corta distancia

Torrencial, imparable, muerta de calor, pese al ventilador del camerino. Dice que vive crionizada, “como Walt Disney”, mientras que “a Loles le gusta el útero materno”. Lleva un pequeño crucifijo al cuello. Se maquilla mientras habla sin tregua: “Yo puedo hacer cinco cosas a la vez”. Termina ya la obra de teatro que interpreta en Madrid, pero asegura que esta ‘depresión’ no la quiere olvidar. Simplemente, dejarla descansar un mes para irse a México. Asegura ser más pu­­dorosa para los desnudos del alma que para los del cuerpo. En todo parece tener las ideas claras. A pesar del psiquiatra.
P. Loles y usted en busca de la felicidad. ¿La han encontrado?
R. Yo, en muchos momentos de la vida, sí, por lo cual me siento muy afortunada. La he peleado y sufrido mucho, pero también la he disfrutado mucho. Todo con mucha intensidad.
P. ¿Se les ha pasado ya ese duelo de divas que siempre arrastraron?
R. No lo tenemos. En la vida real yo no lo siento así. Soy amiga de Loles desde hace más de veinticinco años, y algunas veces que nos hemos peleado, antes de trabajar juntas le dije que yo no tenía veinticinco años para invertir en una nueva amiga.
P. ¿Cómo están los hombres?
R. Es que me retiré de los hombres. Hay quien se retira de los toros. Yo hasta los cincuenta años más o menos me dediqué a amar, y a partir de entonces, a trabajar y a otras cosas.
P. Dice que los cambió por la moda. ¿Esta le da mejores prestaciones?
R. Lo que hice fue cambiar unas pasiones por otras. Yo no sé vivir la vida desde la no pasión.
P. ¿Qué le parece irresistible en ellos?
R. Todo. Son tan distintos, mucho más simples, más sencillos. Yo no valoro a las personas en función del sexo, excepto que me vaya a acostar con ellos, pero porque me gusta la penetración, no porque me parezcan mal las relaciones con mujeres.
P. Cuenta que en vez de invertir en Bolsa invierte en bolsos. ¿Dan beneficios? ¿Los tiene en el Ibex 35?
R. Ningún beneficio más que el placer de la compra, pero tampoco me pueden engañar. Tienen el valor sentimental de los recuerdos, y no suben o bajan más que del armario.
P. Veo que Little Hope, su perra, participa activamente en la entrevista. Y creo que come pinchos de tortilla.
R. Alguna vez le habré dado una chispita. Pero no. Ella vive, como yo, a régimen draconiano. Y ocupa tanto espacio en mi vida porque no tengo hijos, hermanos ni madre y, a fin de cuentas, es un elemento más de tu familia.
P. La llamaron loba, y dijo que, en todo caso, sin dientes. ¿Cómo muerde?
R. Ya no tengo ganas de morder. Como mucho, aúllo. Para que no se acerquen.
P. ¿Sin Almodóvar sería la misma, la cuarta parte, la mitad?
R. No lo sé, pero lo que sí sé es que sería de otra manera. La influencia de un hombre como Pedro, en lo profesional y en lo humano, te tiene que marcar, o si no es que eres tonta. Porque es un hombre brillante, inteligente, con sentido del humor, agudo, muy emocional. Con él he vivido, desde la amistad, momentos irrepetibles.
P. “Tengo el cuerpo viciado y la mente más todavía”. ¿A qué es adicta sin remisión?
R. A todo. Yo soy adicta por naturaleza. A la vida, para empezar. Y, en consecuencia, a todas aquellas cosas que acarrea: el amor, las relaciones, dependencias mil.
P. ¿Hay algo que le prohíba su religión?
R. Hacer daño a los demás de un modo intencionado.
P. “El humor es una tabla de salvación”. ¿Usted lo tiene?
R. Sí, aunque con el tiempo se va escapando. Pero también se pierde la elasticidad, y tampoco puedes saltar lo mismo. Ahora es que me río menos, y lo echo de menos. Todo tiene menos gracia, y eso es una putada.
P. ¿Se iría antes a la cama con el Banco Central Europeo o con el Gobierno de España?
R. Uy, qué malos compañeros de cama. Preferiría no acostarme con ninguno de los dos. No me fío de ellos. Yo estuve con muchos hombres que no eran de fiar, pero se les notaba. 
A estos se les nota mucho, pero por otras razones.