Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

15 jul 2012

Unidos y separados por la adicción

Eva Rausing llevaba varios días muerta antes de que la policía la encontrara

Su marido, Hans Kristian Rausing, heredero del imperio Tetra Pak, ha sido detenido

El matrimonio fue incapaz de superar la carga de ser demasiado rico

Hans Kristian y Eva Rausing, fotografiados en 2003. / ALAN DAVIDSON (WIREIMAGE)
El abuelo crea.
 El padre expande
. El hijo dilapida. El viejo refrán parece hecho a la medida de Hans Kristian Rausing.
 Su abuelo, Ruben Raising, inventó en los años cincuenta el tetra pak, el envase de cartón que ahora nos parece que siempre ha existido.
 Sus hijos, Hans y Gad, expandieron el floreciente negocio familiar hasta convertirlo en una poderosa multinacional que invadió el globo con envases de cartón y acumular una inmensa fortuna.
A Hans Kristian Rausing, de 49 años, le ha tocado el papel de dilapidador.
 Él, ni ha ampliado el negocio, ni lo ha diversificado. Pero, en realidad, tampoco lo ha dilapidado.
 Sería demasiado fácil describirle como un playboy que ha consagrado su vida al placer.
 Probablemente sería más cierto decir que ha sido siempre un hombre desconcertado, “a la deriva”, como explicaba estos días dramáticos un amigo suyo
. En Eva, de 48 años, encontró a su alma gemela: hija de un millonario ejecutivo de Pepsi, tampoco ella sabía muy bien qué hacer con su vida. La vivieron juntos.
El lunes, la policía le detuvo a él en Wandsworth, en el sur de Londres, porque les llamó la atención su forma errática de conducir.
 En su coche encontraron importantes cantidades de droga dura.
Fueron a su casa, un imponente edificio de estilo georgiano de seis plantas y un sinfín de habitaciones en Cadogan Place, una de las zonas más exquisitas de Londres, en la frontera entre Chelsea y Mayfair.
En Eva, de 48 años, Hans Kristian encontró a su alma gemela: hija de un millonario ejecutivo de Pepsi, tampoco ella sabía muy bien qué hacer con su vida. La vivieron juntos
Allí encontraron algo que no esperaban: el cadáver de Eva en una cama.
 Se cree que llevaba tres o cuatro días muerta y que falleció de sobredosis, aunque la primera autopsia no ha permitido establecerlo. La droga les había unido.
Se habían conocido hace 25 años en un centro de desintoxicación en Estados Unidos.
 Solo la droga les ha podido separar.
Su problema, parece, es haber tenido demasiado dinero.
 Y no saber qué hacer con sus vidas. Él, hijo de Hans, cuya fortuna era ya de miles de millones cuando él nació, nunca se vio tentado por los negocios. Se fue de joven a la India y a Katmandú.
 Y allí tropezó para siempre con la heroína.
Cuando le detuvieron en Wand­­s­­­­worth, Hans Kristian era incapaz de articular frases coherentes.
 El martes le ingresaron en un centro médico, aquejado probablemente del síndrome de abstinencia.
Él era la mitad taciturna de la pareja. El hombre “decente”, “generoso”, “voluntarioso”. Pero también incapaz de encontrar sentido a la vida: ha tenido siempre todos los bienes materiales, pero nunca ha sabido muy bien qué hacer con el tiempo.
Ella había seguido el mismo camino.
 Lo contó en su página de MySpace en 2007. Aún no tenía los 20 cuando fue a la universidad en California. “Lo pasé bien. Demasiado bien, porque lo dejé y no volví a la universidad hasta la avanzada edad de 24 años. Lo que deja unos cuantos años turbios entre medias”, escribe. “Al principio fue divertido, pero el final no fue tan divertido. Tuve la suerte de tener una familia cariñosa y solidaria que me apoyó, aunque entonces no siempre lo supe ver así”, añade.
Hans Kristian nunca se vio tentado por los negocios de su padre. Se fue de joven a la India y a Katmandú. Y allí tropezó para siempre con la heroína
Eva no revela quién es su marido, pero explica que tuvo cuatro hijos, “lo mejor que he hecho en mi vida”. Dos niñas y dos niños que ahora tienen entre 12 y 17 años.
 “Y aún estoy casada, parece increíble, con el más amable, paciente y leal marido. He tenido la suerte inmensa de que siempre me ha aguantado. Muchos no lo habrían hecho”, confiesa.
 Y explica que ha vuelto “al agujero”.
De esos escritos, de las fotografías que se han divulgado de años mejores, de los comentarios de amigos, de conocidos, de la gente que les trató en sus numerosas obras benéficas, casi siempre relacionadas con la atención a las adicciones, solo se puede deducir que no podían vivir separados.
 Ella era “la fuerza motriz” de la pareja, dice una amiga.
 “Dulce, encantadora e infantil, pero brillante y muy dedicada a la causa”, la describe lord Mancroft, antiguo presidente de Mentor, una organización consagrada a proteger a los niños del alcohol y las drogas.
“Estamos de acuerdo en que las drogas son malas”, le comentó un día a Eva el entonces director de Mentor, Eric Carlin. “No, a mí me encantan las drogas. Ese es el problema”, le respondió ella.
Hans Kristian y Eva Rausing siempre estuvieron vinculados a la droga. Disfrutándola. Intentando dejarla. Disfrutándola de nuevo. Ayudando a otros a dejarla. De sus problemas con las drogas, con las drogas más duras, solo sabían los íntimos y quienes trabajaban con ellos en organizaciones como Mentor, o como Action on Addiction. “A veces, la filantropía se concede con pública fanfarria. Nunca fue así en el caso de los Rausling. Ellos daban en silencio y con modestia, sin querer ser nunca el centro de atención”, ha explicado Nick Barton, director de Action on Addiction.
“Estamos de acuerdo en que las drogas son malas”, le comentaron a Eva. “No, a mí me encantan las drogas. Ese es el problema”, respondió ella.
Pero esa publicidad, que nunca quisieron, la encontraron de repente en 2008, cuando se descubrió que Eva llevaba crack y heroína en el bolso un día que asistía a un acto en la Embajada de Estados Unidos en Londres. En su casa encontraron mucha más.
 No llegaron a ser procesados: sus abogados lograron evitarlo, a cambio de que se comprometieran a un tratamiento de desintoxicación. Uno más en su vida.
Desde entonces, Eva y Hans Kristian, siempre inseparables, se fueron recluyendo cada vez más.
 Tenían una gran mansión y tres criados, pero vivían encerrados en dos habitaciones “que habían convertido en un antro de drogas”, ha declarado un amigo que dice que les visitó hace poco. “Estaba lleno de mugre. Nadie hubiera dicho que eran multimillonarios. Eso demuestra el efecto de las drogas. No podían cuidar de sí mismos o de la casa. Solo usaban dos habitaciones, aunque tenían docenas. Es muy, muy triste”.

Bibiana Fernández: "Yo soy adicta por naturaleza"

Ilustración de Bibiana Fernández. / TOMÁS ONDA
Pregunta. Mientras hablamos se pinta el ojo, juguetea con la perra, dice que está mal de la cabeza y que por eso va al psiquiatra. Que tiene estrés, tele y teatro. Y papeleos, y gestorías. ¿Esto es lo que le soluciona el diván?
Respuesta. No, eso me lo soluciono yo. Por eso estoy loca. Los psiquiatras solo te ayudan a verbalizar los problemas. Después está en ti racionalizarlos, sacando fuerza de voluntad y entusiasmo.
P. Y lo que nos faltaba es La gran depresión. ¿No se les ocurre a Loles León y a usted algo más animado?
R. Es la depresión de dos amigas que llegan a nuestras edades, en que vas a cambiar los códigos con los que te has movido –la seducción, los hombres, los amores, la diversión–. Y esta, yo, como es la única referencia que tiene, intenta suicidarse. Entonces llama a la amiga, que ha vivido a rebufo de ella. Las amigas siempre están para ayudarte, como en la vida real.
P. Yo creía que con La gran depresión se referían a los tijeretazos brutales que anunció el miércoles Rajoy.
R. Eso sí que es para deprimirse. Esto, la obra de teatro, es para divertirse.
P. ¿A usted qué le deprime?
R. No soy de carácter depresivo. Pero en estos momentos, por empatía, y aunque a mí me vaya bien, me deprime la situación del país en general.

A corta distancia

Torrencial, imparable, muerta de calor, pese al ventilador del camerino. Dice que vive crionizada, “como Walt Disney”, mientras que “a Loles le gusta el útero materno”. Lleva un pequeño crucifijo al cuello. Se maquilla mientras habla sin tregua: “Yo puedo hacer cinco cosas a la vez”. Termina ya la obra de teatro que interpreta en Madrid, pero asegura que esta ‘depresión’ no la quiere olvidar. Simplemente, dejarla descansar un mes para irse a México. Asegura ser más pu­­dorosa para los desnudos del alma que para los del cuerpo. En todo parece tener las ideas claras. A pesar del psiquiatra.
P. Loles y usted en busca de la felicidad. ¿La han encontrado?
R. Yo, en muchos momentos de la vida, sí, por lo cual me siento muy afortunada. La he peleado y sufrido mucho, pero también la he disfrutado mucho. Todo con mucha intensidad.
P. ¿Se les ha pasado ya ese duelo de divas que siempre arrastraron?
R. No lo tenemos. En la vida real yo no lo siento así. Soy amiga de Loles desde hace más de veinticinco años, y algunas veces que nos hemos peleado, antes de trabajar juntas le dije que yo no tenía veinticinco años para invertir en una nueva amiga.
P. ¿Cómo están los hombres?
R. Es que me retiré de los hombres. Hay quien se retira de los toros. Yo hasta los cincuenta años más o menos me dediqué a amar, y a partir de entonces, a trabajar y a otras cosas.
P. Dice que los cambió por la moda. ¿Esta le da mejores prestaciones?
R. Lo que hice fue cambiar unas pasiones por otras. Yo no sé vivir la vida desde la no pasión.
P. ¿Qué le parece irresistible en ellos?
R. Todo. Son tan distintos, mucho más simples, más sencillos. Yo no valoro a las personas en función del sexo, excepto que me vaya a acostar con ellos, pero porque me gusta la penetración, no porque me parezcan mal las relaciones con mujeres.
P. Cuenta que en vez de invertir en Bolsa invierte en bolsos. ¿Dan beneficios? ¿Los tiene en el Ibex 35?
R. Ningún beneficio más que el placer de la compra, pero tampoco me pueden engañar. Tienen el valor sentimental de los recuerdos, y no suben o bajan más que del armario.
P. Veo que Little Hope, su perra, participa activamente en la entrevista. Y creo que come pinchos de tortilla.
R. Alguna vez le habré dado una chispita. Pero no. Ella vive, como yo, a régimen draconiano. Y ocupa tanto espacio en mi vida porque no tengo hijos, hermanos ni madre y, a fin de cuentas, es un elemento más de tu familia.
P. La llamaron loba, y dijo que, en todo caso, sin dientes. ¿Cómo muerde?
R. Ya no tengo ganas de morder. Como mucho, aúllo. Para que no se acerquen.
P. ¿Sin Almodóvar sería la misma, la cuarta parte, la mitad?
R. No lo sé, pero lo que sí sé es que sería de otra manera. La influencia de un hombre como Pedro, en lo profesional y en lo humano, te tiene que marcar, o si no es que eres tonta. Porque es un hombre brillante, inteligente, con sentido del humor, agudo, muy emocional. Con él he vivido, desde la amistad, momentos irrepetibles.
P. “Tengo el cuerpo viciado y la mente más todavía”. ¿A qué es adicta sin remisión?
R. A todo. Yo soy adicta por naturaleza. A la vida, para empezar. Y, en consecuencia, a todas aquellas cosas que acarrea: el amor, las relaciones, dependencias mil.
P. ¿Hay algo que le prohíba su religión?
R. Hacer daño a los demás de un modo intencionado.
P. “El humor es una tabla de salvación”. ¿Usted lo tiene?
R. Sí, aunque con el tiempo se va escapando. Pero también se pierde la elasticidad, y tampoco puedes saltar lo mismo. Ahora es que me río menos, y lo echo de menos. Todo tiene menos gracia, y eso es una putada.
P. ¿Se iría antes a la cama con el Banco Central Europeo o con el Gobierno de España?
R. Uy, qué malos compañeros de cama. Preferiría no acostarme con ninguno de los dos. No me fío de ellos. Yo estuve con muchos hombres que no eran de fiar, pero se les notaba. 
A estos se les nota mucho, pero por otras razones.

Lo lorquiano por Elvira Lindo

Escribo de memoria: estaba Lorca en unos ensayos teatrales en Madrid cuando se presentó en el patio de butacas una señora con su hija. Decía la mujer que aquella niña recitaba al poeta con tal sentimiento que parecía poseída por el alma de Federico y que, fuera como fuera, Lorca la tenía que escuchar. Tan pesada se debió de poner esa madre que los presentes no tuvieron otra que dejar que la criatura saliera al escenario y recitara unos versos del granadino.
 Y contaron luego, aquellos que presenciaron la escena, que en la cara del poeta se fue transparentando el horror que sentía cada vez que alguien, niña recitadora o joven aflamencado, se apropiaba de sus versos para convertirlos en algo paródico que poco tenía que ver con la intención con la que él se entregaba a la poesía. Lorquianos hubo desde el principio de los tiempos. Con Lorca vivo y recitando. Y me atrevo a asegurar que el primer antilorquiano fue el propio poeta, porque mientras él sabía cómo contener su lenguaje poético para que no desbarrara, sus imitadores se engolfaban en él convirtiéndose en un eco populachero de su estilo
. Lorca no se puede imitar. De la misma forma que no se podía imitar a Buñuel. Dalí, en cambio, acabó convirtiéndose en una parodia de sí mismo. Sobre esto teorizó con mucho tino Woody Allen, que hablaba de los artistas inimitables. Imposible, decía, tratar de parecerse a Thelonious Monk, por ejemplo, o a Buñuel. Son artistas únicos que provocan admiración, pero que no crean escuela. Con ellos se acaba el molde.
El domingo pasado nos sentamos en sendas butacas del Teatro Real. Íbamos con miedo, que no con prejuicios, a que saliera una vez más aquella niña rediviva que en los treinta horrorizó al pobre poeta. La niña salió. Se trataba de Aynadamar de Osvaldo Golijov, que bucea en el alma de Lorca y lo convierte en personaje, de la misma forma que hace con Margarita Xirgu o con Mariana Pineda.
Lorca no se puede imitar. Ni Buñuel. Dalí, en cambio, acabó convirtiéndose en una parodia de sí mismo
Lorca, en opinión del compositor, es una mezzosoprano, Kelly O’Connor.
 Elección muy discutible porque Lorca era un hombre, que sepamos, con voz grave de hombre, que sepamos, y de físico rudo, algo perfectamente compatible con la condición homosexual
. En la obra, lo que pretende ser un acercamiento a su alma se convierte en uno de esos trasvases de géneros que yo creía superados, pero que viven un irritante revival en nuestros días: sin ir más lejos, ahí tenemos a Blanca Portillo haciendo de Segismundo.
 Me explican una y otra vez que la elección se debe a la excelencia de Portillo en escena. Sigo sin entenderlo: también hay actores excelentes que no necesitarían forzar su condición varonil para interpretar el personaje. Si seguimos así, acabaremos viendo Doña Rosita la Soltera interpretada por un actor con mucha pluma y a un director ofreciendo una razón simbólica: Federico y Rosita en un mismo cuerpo.
Lo que vimos el domingo en el Real fue un redoble de tambor de lo lorquiano.
Para empezar, mostrar a Lorca como personaje acaba por convertir cualquier función en una de fin de curso. García Lorca fue un personaje real que hasta poco antes de su muerte no temió por su vida y, por tanto, tuvo tiempo de ser alegre, de reír con una risa que se escuchaba a distancia, de llenar sus versos de un ritmo insólito y dibujar sus dramas con pinceladas de humor.
 Siempre me irrita el melodramatismo con el que se recita, por ejemplo, El romancero gitano, parece que quien lo recitara estuviera pensando más en el barranco de Víznar que en aquel presente en que Lorca escribía los poemas y se los daba a leer a sus amigos. Y me sorprende aún más que su memoria se convierta en un panfleto cuando en sus poemas no hay rastro de un compromiso facilón. ¿Lo han leído de verdad? Todo se tergiversa, todo se manipula, su obra, su vida o su homosexualidad, que se quiere ver con los ojos de ahora y no enmarcada en la realidad en la que fue vivida.
Ahí tenemos a Blanca Portillo haciendo de Segismundo. Me explican una y otra vez. Sigo sin entenderlo
Por eso esperamos como agua de mayo que de una vez por todas se publiquen los diarios del que fuera su último amor, no novelas ni otras ficciones, no, las palabras reales del muchacho de Albacete que le inspiró un poema inédito y la última carta que escribiera en su vida.
 Estamos deseando ver un Lorca real descrito por un hombre que lo amó, antes de que diluyamos su figura en personajes de ficción y su poesía en cientos de interpretaciones lorquianas.
 El adjetivo lorquiano se puso a funcionar desde que Lorca comenzó a hacerse popular; el simbolismo que ha acabado engullendo a la persona real se multiplicó con su asesinato.
El asesinato. Hay un momento en el oratorio Aynadamar que me dejó perpleja. Es la escena en la que asistimos a su muerte
. Lorca, es decir, la mezzosoprano Kelly O’Connor, se agacha, se pone a cuatro patas, y el verdugo le dispara pueden imaginarse ustedes dónde.
Así unas cinco veces, por si no nos habíamos enterado. Tampoco lo entiendo. Nadie puede asegurar que el poeta fuera asesinado de esa manera.
Hubo un rumor difundido por José Luis Trescastros, uno de los asesinos que formaron parte del pelotón de fusilamiento, pero no hay más prueba que su fanfarronería de taberna. Inesperadamente, en el Teatro Real, lo poético se tornó soez.
Y yo lo imaginaba a él, en primera fila, espantado, como cuando tenía delante a la monstruosa niña lorquiana.
No deja de ser un Comentario de andar por casa, debe ser lo que le atrae a la gente que la lee, Elvira, porque se piensa "Eso mismo contaría yo y de esa forma" de tan cercana que quiere ser, es usted muy simple en artículos y novelas como usted las llama.

“¿Ma-si-vo?” por Juan Cruz

La ironía de la presidenta de Madrid sobre los que salieron a recibir a los mineros sobresalía por su extrema inoportunidad y su despectiva descripción de lo que no le gustaba.

 

Manifestantes, indignados, en todo caso ciudadanos preocupados por el presente, por el futuro, y por dejar en el hombro del otro la solidaridad que forma parte de la esperanza. Seres humanos que de pronto sienten que quizá quedándose en casa no cumplen con la función civil que les da vida y salen a la calle, uno a uno, hasta convertirse en una multitud que canta, grita o baila.
 O se encabrita.
Se celebra mucho cuando pasa en otro sitio, en Tahrir, por ejemplo. Aquí a veces cae sobre esos que se juntan para gritar aquel No de Raimon el chaparrón de la ironía, forma enrevesada del desprecio.
Pues eso, seres mostrando solidaridad, eran los que abrigaron en la Puerta del Sol de Madrid a los mineros que venían del norte.
 Hubo gente que se dedicó a contarlos, para explicar que esta ciudad, que es tantas veces el blanco móvil de las chanzas porque representa el epicentro de las burocracias, es mucho más que la capital del Reino. Es, también, un lugar en el que se abraza al que viene, sobre todo si llega en son de paz aunque el ánimo lo tenga en guerra.
Por eso salieron a la calle tantos madrileños, para que los mineros que venían en fila desde tan lejos entendieran que ahí había también, aguardándolos, esa lucecita que ellos llevaban como símbolo de su estado de ánimo. Oscuros, pero aún capaces de iluminarse a sí mismos.
Le dijeron a la presidenta de Madrid, en una conferencia de prensa, lo que había sucedido, por si ella tenía algo que decir. Le dijeron que el pueblo de Madrid había dado su apoyo masivo a los mineros que vinieron a protestar porque el futuro se les hizo túnel.
Y al escuchar eso, Esperanza Aguirre puso la cara de decir ironías y preguntó a su vez:
—¿Ma-si-vo?
Lo dijo así, silabeando, como mostrando, con la mirada que ella guarda para jugar al póquer con la información del otro, que ese adjetivo superaba con creces los merecimientos del apoyo. “¿Ma-si-vo?”.
 Ella balbuceó luego alguna cifra menor, hasta que alguien de la sala debió decirle “Veinte mil”. Fue entonces cuando Esperanza Aguirre agarró de nuevo la ironía propia por el cuello, la retorció por la vía aritmética y se lanzó a un excurso más largo, para que el otro se callara
. Vino a decir que esa cantidad no era casi nada, pues para salir concejal en Madrid hacía falta llenar varias veces el Bernabéu de personas “distintas”. Subrayo “distintas” porque ella misma lo subrayó con la voz, imagino que para indicar que los que se habían reunido en la Puerta del Sol eran todos iguales.
Como era un día de tanto chaparrón, me pareció que esa ironía que vertía la presidenta de Madrid sobre los que salieron a recibir a los mineros para mostrarles su apoyo sobresalía por su extrema inoportunidad y por su despectiva descripción de lo que no le gustaba.
 La presidenta se constituyó entonces, como los que aplauden la desgracia, en parte de una grada que muestra incomprensión o desdén por el prójimo que no va en el carril que ella quiere.
 Y eso, cuando menos, es un desprecio de su propia función institucional, pues ella es la presidenta de cada uno de esos veinte mil que quizá no constituyen un contingente masivo (“¿ma-si-vo?”), pero que uno a uno, como decía Mario Benedetti, resultan mucho más que dos.
jcruz@elpais.es