Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

8 jul 2012

Armani pasa un día frente al mar




El diseñador feliz Michael Kors es una estrella mediática, creativa y empresarial.

El diseñador Michael Kors.
Hace falta optimismo para aterrizar ahora mismo en el mercado español. Por suerte, es una cualidad que le sobra al diseñador estadounidense Michael Kors (Long Island, 1959).
 Gracias al programa de televisión Project runway, su fama en su país trasciende a la moda
. Pero son sus 30 años de férrea defensa de una filosofía estética –basada en la elegancia deportiva– los que explican que la salida a Bolsa de su compañía se convirtiera en 2011 en la más exitosa de la historia de la industria estadounidense según The Financial Times.
La oferta inicial valoró la empresa en casi 2.400 millones de euros.
 No está mal para un chico que abandonó la escuela de moda y montó en 1981 su propia marca gracias a la experiencia adquirida como vendedor en una tienda.
 Este mes de mayo estuvo en Madrid para inaugurar su primera boutique (Serrano, 32). A la hora de comer, entre croquetas, jamón y un sándwich Club que apenas probó, repasó una carrera marcada por las sonrisas.
¿Cómo es crecer en Long Island? Significa tener lo mejor de dos mundos: la playa y Manhattan. Pero en Long Island no hay cultura, la única actividad posible es ir de compras.
Como soy hijo único, me pasaba el día de compras con mi madre y mi abuela.
¿Era un niño mimado? Bueno… soy hijo único.
Y estaba rodeado por muchas mujeres.
 Mi infancia fue como una película de Almodóvar. Era el único niño, y eso me dio una posición privilegiada para observar caracteres y estilos.
Mi abuela, por ejemplo, era muy llamativa. Su ídolo era Elizabeth Taylor y amaba los colores, las joyas… el más es más.
Mi madre, en cambio, era muy práctica y admiraba a Jackie Kennedy. La hermana de mi padre era hippy, le encantaba Joni Mitchell. Finalmente, mi tía era como Cher…
Creo que mi estilo es una mezcla de la simplicidad de mi madre y el glamour de mi abuela.
¿Supo pronto lo que le gustaba? Inconscientemente, sí.
 Era un poco sabihondo, como todo hijo único. Rediseñé el vestido de novia de mi madre cuando tenía cinco años.
Ella iba a volver a casarse y mi abuela y yo le acompañamos a buscar el traje. Estaba completamente cubierto de lazos
. Le dije que no me gustaba y mi madre le pidió a la costurera que le quitara algunos. Al final, terminó con un diseño mucho más simple.
"Empecé en una tienda. Nunca tuve la ilusión de ser un artista. Se trata de entender a la gente y darle lo que necesita"
Con esa boda, usted pasó de llamarse Karl Anderson a Michael Kors. Mi padre me adoptó y mi apellido cambió.
 A mi madre le pareció que Karl Kors no sonaba muy bien. Así que me cambió el nombre de pila también.
 De todas formas, nunca me llamaron Karl. Era un bebé muy sonriente y me apodaban Chuckle [reírse], y de ahí Chucky. Y ese no era un nombre de verdad.
Empezó a estudiar moda en el Fashion Institute of Technology. ¿Por qué lo dejó? Porque era muy ansioso e impaciente
. Empecé a trabajar en Lothar’s, una tienda muy elegante, con 19 años. Era el tiempo de Studio 54. Cada noche, salías y te cruzabas con Halston o Bianca Jagger.
 Y en la tienda compraban Diana Ross, Nureyev…
 El propietario me dio libertad para diseñar.
Lo hacía todo: diseñaba, vendía, montaba los escaparates. Fue una entrada en la moda estupenda y a los 21 años me independicé.
¿Estaba Studio 54 a la altura del mito? Merece su estatus legendario. Recuerdo un desfile de Issey Miyake. Las modelos llevaban bengalas en el pelo y sonaba If my friends could see me now [Si mis amigos pudieran verme ahora]
. Eso era justo lo que pensaba: ¡allí estaba yo, a los 18 años, bailando con Óscar de la Renta!
Fui por primera vez cuando apenas llevaba una semana abierto.
 Cuatro amigos decidimos ir en lugar de a nuestro baile de promoción. Habíamos leído que incluso los famosos no podían entrar, pero lo intentamos.
 Yo llevaba dos camisas de seda abiertas hasta el ombligo –en color café y blanco–, gafas de sol, mocasines blancos y el pelo rubio y largo. Y lo conseguimos. Entramos. Empezamos a ir tres o cuatro veces por semana. Era un mundo increíble.
Un momento irrepetible. Había jóvenes, viejos, famosos, decadentes, guapos… la mezcla era asombrosa. Todavía conservo muchos amigos de esa época.
 Soy Leo, así que soy muy fiel.
El año pasado rubricó una de sus más longevas relaciones al casarse con Lance LePere. Sí, nos casamos en la playa de South Hampton.
Estoy muy orgulloso de que ya sean seis los Estados en los que me puedo casar en mi país [los recita]. La noche que se legalizó en Nueva York, salimos del apartamento y fuimos a Christopher Street, frente a Stonewall.
La calle estaba llena de gente, pero nos encontramos con unos vecinos de la playa. Llevan 40 años juntos y uno había estado allí en la primera marcha por los derechos de los homosexuales en 1969. Nos dijo que nunca hubiera podido soñar que algo así sucediera. Fue un momento increíble.
Barack Obama ya se ha pronunciado a favor del matrimonio homosexual. ¿Ve cerca la legalización en todo el país? Llevará tiempo. Pero es algo generacional. Los menores de 40 años no comprenden que esto sea materia de debate. No sé si el matrimonio será legalizado en EE UU con este presidente. Pero ahora ya podemos ver que sucederá.
 Cuando los padres de Obama se casaron, su matrimonio era ilegal en 10 Estados porque era interracial. Y no hace tanto tiempo.
Participa en el concurso ‘Project runway’ desde que se creó en 2004. Antes de ese programa, la moda no era materia televisiva. Ahora proliferan películas, series… ¿Esperaba esta repercusión? Para nada. Al principio, no quise participar.
 Pensaba que iban a hacer algo como Supervivientes, con diseñadores peleándose y manteniendo relaciones sexuales. Pero insistieron en que sería como hacer de tutor para estudiantes de una escuela. “¿Y quién va a querer ver eso?”, me dije. Pero decidí intentarlo. Desde la primera temporada, padres de familia me paran por la calle.
 La gente siente curiosidad por la moda. Todos nos vestimos y queremos saber cómo se crea esa ropa.
El año pasado, su compañía protagonizó una exitosa salida a Bolsa. ¿Produce vértigo una empresa de ese tamaño? Yo empecé en una tienda. Anhelaba expresarme creativamente, pero quería ver mi ropa puesta en los clientes. Nunca tuve la ilusión de ser un artista
. Desde aquella tienda hasta la salida a Bolsa, el camino es recto: se trata de entender a la gente y darle lo que necesita.
 Lo peor que un diseñador puede hacer es vivir aislado en su torre. Mi actitud es la misma que a los 19 años, pero a una escala mayor.
Se habla de la presión que hoy se ejerce sobre los creadores. ¿Era diferente cuando empezó? Esto es como un entrenamiento atlético.
 No hubiera podido ser director creativo de Céline si antes no hubiera trabajado para una marca japonesa [ICB]. Vas aprendiendo.
 No envidio a los que empiezan ahora. En los ochenta, diseñábamos dos colecciones al año y punto. Ahora hay que lanzar gafas, relojes… En aquella época, las actrices se compraban un vestido en unos grandes almacenes para ir a los Oscar.
 Ahora hay que hacerles incontables diseños a medida. Doy gracias por haber tenido tiempo de entrenarme. La moda, como la vida, se ha acelerado mucho.
¿Qué siente al ver la pasarela de Nueva York tomada por una nueva generación?
 La moda necesita renovación. No puedes seguir defendiendo que Michael Kors o Marc Jacobs son jóvenes diseñadores de Nueva York. Hay un punto en el que tienes que pasar a ser lo establecido, aunque no resulte fácil asumirlo. Cuando me dieron el premio del CFDA a toda una carrera, mi primera reacción fue: “¡Si todavía soy muy joven!”.
Trabajó en Céline de 1997 a 2004. ¿Le gustaría volver a diseñar para otra firma? Me divertí y aprendí. Pero estoy muy contento de no tener que hacerlo más.
 Es duro, porque compites contigo mismo. Cuando me fui, me sentí como unos padres cuyo hijo no va bien en el colegio. La gente no se da cuenta de lo complicado que es trabajar para otra marca. Admiro a los que se atreven.
Sus anuncios están protagonizados por mujeres bronceadas y de aspecto saludable. ¿Qué opina de los cánones de belleza que promueve la industria? Una mujer de 30 años con dos hijos y una talla 40 puede pensar que tiene un aspecto horrible si se compara con algunas fotos de moda.
 Lo que nadie le está diciendo es que la chica de la imagen tiene 14 años. Usar modelos demasiado jóvenes no es realista a menos que sea para vender ropa a adolescentes.
 Yo me intereso por la edad y la historia de las modelos con las que trabajo. Quiero estar seguro de que hacen esto porque les gusta. Es nuestra responsabilidad.
Y si un diseñador no sabe diseñar para una mujer con cuerpo de mujer, tal vez debería dedicarse a hacer edificios en lugar de ropa. Soy amigo de Jennifer Hudson y la he vestido muchas veces.
 Lo hice cuando utilizaba una talla mayor y también ahora. Estoy tan orgulloso del aspecto que tenía entonces como del que tiene hoy.
Las agencias culpan a los diseñadores de la delgadez de las modelos; estos, a las revistas… ¿Dónde empieza el problema? Empezó cuando la gente cogió miedo a mostrar algo realista en la pasarela. Con la aparición de Internet, muchos pensaron que tenían que hacer ropa llamativa para captar el interés. La mayoría de esa ropa no está pensada para la vida real.
Si le dijeras a un diseñador que solo va a vivir de lo que muestre en pasarela, tendrías una industria muy diferente. Se dejaría de presentar ropa que no se produce y que no se puede llevar. Y si tuvieras que hacer ropa más pragmática, también podrías mostrarla en cuerpos más realistas. Pero para enseñar locuras necesitas un gigante sin formas.
 Linda Evangelista o Christy Turlington hoy serían consideradas mujeres grandes.
Es absurdo. Vivimos en un tiempo en el que se quiere alcanzar lo inalcanzable. La gente quiere ser joven para siempre. Se vuelve loca con dietas, ejercicio y cirugía…
¿Es posible una moda feliz? Por supuesto. Si tengo éxito es porque nunca olvido la excitación que sentía cuando me compraba algo nuevo. La moda debe hacerte sentir vivo.

Siempre recordaremos por ti

Gabriel García Márquez (Aracataca, 1928) no se está yendo, se está marchando su memoria. Y con ella su genialidad. Su hermano lamenta que los estragos le hayan llegado antes de tiempo, por la quimioterapia que le salvó en 1999 de un cáncer linfático. Pero físicamente se encuentra bien. 
"A veces da la sensación de que hay personas que quisieran que se muriera, porque la noticia de su muerte sería importante, pero se van a quedar pendientes mucho rato", expresó con malestar Jaime García Márquez, ingeniero civil y exsubdirector de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano creada por Gabo. "Todavía le tenemos, podemos hablar con él, sigue con alegría, con entusiasmo, lleno de humor". Y lanzó al aire, con un suspiro: "Que se demore, que se demore mucho ese momento".

7 jul 2012

Extasis

Eran tiempos inocentes cuando salía un desnudo con toda espontaneidad, sin que la diva del momento estuviera pensando en cobrar millonadas por lucir sus divinas carnes y hasta contratara seguros para salvaguardar el trasero, las tetas, la manos o las partes del cuerpo que se aseguran los famosos cuando les da por esas extravagancias. Hoy día un desnudo en películas de ámbito comercial es tan exorbitantemente caro (y no es que sean desnudos integrales siquiera) que uno tendría que darse por eternamente agradecido y afortunado porque el semidiós o la semidiosa de la pantalla se digna mostrar su olímpico palmito para inaudito disfrute de los ordinarios mortales.

El cine que tira más a lo suyo, que no se gasta unos dinerales de campeonato y que no se preocupa tanto por los resultados en taquilla tiende a ser más humilde, así como los intérpretes que por módicos precios a veces se avienen a aparecer con toda naturalidad como los trajeron al mundo, sin montar un revuelo por ello.

Por eso se echan de menos aquellos tiempos en que Hedy Lamarr salía completamente ligera de ropa sin los menores remilgos ni con tanta pamplina de sobresueldos y demás.

Era la inocencia del cine, parecido a los desnudos en las pinturas de Miguel Ángel. Mientras otros de mirada sucia sólo veían perdición carnal, el artista concebía sus obras como tributos místcos a un Dios que creó algo tan fascinante como la figura humana.

También se podría aludir a la falta de vergüenza de la infancia, la que en la Biblia portaban Adán y Eva, felices en su desnudez hasta que aprendieron lo que era el pecado.


En este largometraje de incipiente inmersión en la técnica sonora, Hedy se solaza en el éxtasis de la juventud tras el fracaso de su matrimonio con un hombre mayor frío y soso, y abandonándolo se deja llevar por su cuerpo que le pide acción, que para eso se nos ha concedido.

Tal audacia de desafiar la moralidad que asfixia los impulsos naturales le costó a la pobre Hedy en su vida real ser vendida por sus padres como una yegua a un magnate obsesionado con ella que la mantuvo encerrada y la celó como un cancerbero, persiguiendo las copias de “Éxtasis” para impedir que otros viesen desnuda a su prisionera. Hasta que con suerte y ardides ella pudo escapar del degenerado fantoche.

Aquel cine de antaño oscilaba entre aquella plasticidad turgente de erotismo naïve y la sutileza de las elipsis. La representación panteísta de la naturaleza subrayaba la lujuria que preside el proceder de millones de especies, la búsqueda entre seres que precisan del contacto sexual para reproducirse, en el caso de los animales, o para experimentar el goce de la unión, en el caso humano, esté de por medio o no el objetivo de la perpetuación. Con esta imponente base visual (heredera del expresionismo alemán) se desarma cualquier pretensión de artero morbo, presentando la atracción, el enamoramiento y la pasión como comportamientos perfectamente normales y necesarios, opuestos a la represión y la tibieza. El matrimonio de la chica con el cónyuge equivocado es una esclavitud para sus sentimientos y sus sentidos. Hay algún paralelismo con el cautiverio forzoso al que la actriz fue sometida por el marido indeseado. Se trata en ambos casos de maridos amargados, egocéntricos y enfermizos, incapaces de amar a una mujer en un plano de igualdad y expansión.

Notable film checoslovaco amenazado sin éxito por un loco pronazi que quiso convertir en su pelele a una estrella, un trozo de celuloide de una era que conviene evocar, con una heroína que destacó por su belleza, su inteligencia, su labor contra los nazis, su contribución a la ciencia (sí, nuestra era de las telecomunicaciones le debe una parte a ella), al cine y cuya aventurera vida fue digna de ser considerada como una película por derecho propio.



PUBLICADO EN LA SECCION DE HISTORIA DEL BLOG DEL CINE "AS TIME GOES BY"