Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

25 jun 2012

Los patios árabes de Sorolla vuelven a cobijarse a la sombra de la Alhambra

El palacio del Diamante de Ferrara fue la primera parada de la obra de Joaquín Sorolla (1863-1923) inspirada en los patios árabes andaluces y los jardines que tanto entusiasmaron a Juan Ramón Jiménez. Clausurada la exposición antes de tiempo por el terremoto que el 19 de febrero de este año hizo temblar la región italiana, la luz de estos óleos tardíos del pintor valenciano, en los que deliberadamente desterró la figura humana para situar en el centro la geometría de las plantas y los ambientes intimistas de soportales, estanques y fuentes, llega el viernes al palacio de Carlos V de la Alhambra en una especie de “reencuentro” con Granada y con Andalucía. ¿Regreso o reencuentro?, se pregunta Tomás Llorens, comisario de la muestra.
 Más allá del dilema, para Sorolla el “descubrimiento” de la Alhambra y el Alcázar de Sevilla fue una reconciliación que provocó que en los últimos años de su vida le deslizó hacia una estética y una ética compartida por Juan Ramón.
“Aunque Jiménez y Sorolla eran de generaciones distintas, ambos coincidían en muchas cosas y sobre todo en su visión de España, buscaban esa otra España, honda y alejada de los clichés, que también necesitaban Lorca y Ortega y Gasset”, asegura Llorens.
 El comisario, a quien también se debe la gran muestra de Hooper que en estos momentos triunfa en el Museo Thyssen de Madrid, ha indagado en la correspondencia entre Juan Ramón y Sorolla, pero también en la mantenida por el pintor y su esposa Clotilde.
 De la lectura de ambas ha extraído conclusiones reveladoras.
Sorolla viaja a Sevilla en 1908 con el encargo de a hacer un retrato de Alfonso XIII, “y lo pasa fatal”, según dice. “Detesta las corridas de toros, le marean los flamencos, le escribe a su esposa que se va a acostar temprano por la noche porque no soporta a los andaluces”.
 Como los poetas de la generación del 98, Sorolla abomina de la España casposa y vacía y va buscando la España “verdadera”; cuando “descubre”el Alcazar de Sevilla, en 1908, y un año después la Alhambra y Sierra Nevada, queda cautivado y se “reconcilia” con Andalucía.
 De pronto, se encuentra con la misma música que inspiraba a Juan Ramón.
Se puede decir que la Alhambra cambia la vida de Sorolla.
 Empieza a pintar patios, mármoles, cerámicas, estanques porticados, columnas y también jardines y ambientes interiores en los que se refugia como antes lo habían hecho otros pintores y escritores, y desde luego el propio Juan Ramón, al que conoció en 1904, cuando lo retrató por primera vez.
Posteriormente, cuando Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, le encarga en 1911 decorar las paredes de la institución en Nueva York con los paisajes de España y vuelve a pintar a Juan Ramón Jiménez (en 1916), su atracción por la Andalucía de Juan Ramón es absoluta. Tanto es así, que en este último retrato coloca detrás del poeta Fuente y patio del Alcazar de Sevilla, cuadro que había hecho en 1910 y que vuelve a pintar ahora tal cual detrás de la figura de Juan Ramón.
Jardines de luz, que así se llama la exposición –después de Granada viajará en otoño al Museo Sorolla de Madrid- nos habla en silencio de esta relación a través de unas pinturas evocadoras y llenas de luz.
 Son aproximadamente medio centenar de cuadros, más dos tercios aportados por el Museo Sorolla, estructurados en siete secciones (La Tierra, La Alhambra, El Agua, El Patio, El Jardín, Los Tipos y El Jardín de la Casa Sorolla).
Dice Llorens que en aquella España reencontrada gracias a aquellos jardines andaluces confluyen Juan Ramón y Sorolla.
 “El poeta se siente al comienzo del suyo y proyecta su pregunta, como programa, hacia el futuro, mientras el pintor, que tiene detrás un pasado largo y saturado de experiencias y emociones contrastantes, disuelve la suya en el puro placer de pintar”.

24 jun 2012

Juan luis Galiardo ha muerto (IN MEMORIAM)


En Atenas por Maruja Torres

Circunstancias personales me han traído a Atenas, coincidiendo con la jornada electoral de supuesto infarto europeo, seguida de presunto alivio ídem, y presidida por la coacción y el miedo provocados hasta el final por los administradores del poder económico y por sus voceros.
Por suerte, ajena a titulares clónicos y a consignas ciegamente admitidas por quienes deberían pensar y pensarse antes de acatar y someterse, he repensado Grecia —la que tanto nos dio— en compañía de Pedro Olalla.
El helenista asturiano, afincado en la capital griega, siempre alza la voz para recordarnos que sólo en el reforzamiento de la ciudadanía —eso que nació aquí, hace tantos años— hallaremos la fuerza para resistir los dictados de los poderes económicos que nos sojuzgan a través del manejo de la deuda que ellos mismos nos ayudaron a crear.
 Sólo más democracia evitará el premeditado desmantelamiento de la democracia.
 Pedro tiene blog y legiones de seguidores en Youtube, y acaba de sacar un nuevo libro imprescindible, Historia menor de Grecia (Acantilado).
Recorrí con Olalla el Ágora, y penetré lentamente con él, a la sombra de olivos y laureles, y entre el perfume dulzón y engañoso de las adelfas —laureles amargos, se llaman, en griego: un potencial veneno—, en el proceso que condujo a la creación de la democracia y de la noción de individuo responsable y con derechos ciudadanos.
 El ayer y el hoy se fundían, con sencillez y claridad.
 Cómo hemos podido renunciar a tantas parcelas de libertad, y cómo hemos permitido que nos gobiernen los lacayos de quienes nos han convertido en sus clientes entrampados.
Tal vez fuera la luz, la luz de Atenas —de aquella que nos fundó—, lo que me anudó el pecho ayer, cuando volví los ojos hacia este sumidero de mediocres sumisos en que hemos devenido.
Volver a empezar, más que nunca.

Pedantes por Juan Cruz

Como dice el maestro Lledó hay que mirar dentro del Sí para ver un pequeño No.

Existe el pedante literario, o periodístico; abunda, te abruma con su conocimiento, pero sobre todo te hunde debajo de la erudición en la que navega, ahíto de datos menudos que conoce “de primera mano”. Un día, en los ochenta a los que ahora regresamos, leí en un libro esta frase:
 “Tomándose su zumo de naranja, Eduardo Sotillos pensó…”. Me dije: ¿y cómo sabe este hombre qué pensó Sotillos tomándose su zumo de naranja?
 Nunca más rompí un libro, creo, pero aquel lo desgarré.
Así que la pedantería periodística o literaria abunda y atosiga, pero ahí está, a la indecisa luz del día, que decía Camilo José Cela, se la ve venir y se la puede neutralizar, echándola a un lado, pues para eso están el olvido y las papeleras…
 Pero, ¿y la pedantería política? La pedantería política tiene consecuencias, por ejemplo en el presupuesto, en las relaciones sociales, culturales, económicas o políticas…
Puedes dejar de oírla, pero sigue haciendo su labor, su pequeña obra de albañilería inversa, carcomiendo las sillas razonables del poder, convirtiendo este en un trampolín de presumidos.
El atril es el primer peligro. Les das un atril (a los políticos, a los jueces, a los periodistas, a los escritores, a los que están siempre cerca de los atriles) y te lanzan el discurso en el que sobrevaloran su alma para presumir del peso que ellos creen que es el peso de su espíritu, cuando en realidad (como recuerda Andrés Ortega en su novela Sin alma) todas las almas pesan lo mismo, 21 gramos…
Ahora hemos escuchado a Artur Mas, el presidente de la Generalitat, hablando bien de Cataluña para hablar mal de los otros países mediterráneos. Por ahí derrochan, pero aquí…
Enumeró las virtudes de la tierra en la que comanda, y añadió: y tampoco hay toros.
Hombre, menos lobos, y menos toros.
 Toda comparación tiende a desmejorar al otro, es la esencia misma de la pedantería. Soy mejor, tú no vales. Los políticos sacan a pasear sus valores en campaña electoral, y después.
 No tienen medida.
El otro es peor. Siempre lo dicen. Incluso cuando ellos empeoran.
Sacar pecho tiene sus virtudes, pero en primer lugar tiene el valor de la presunción, de señalar el alma propia como un alma que pesa sobre la tierra mucho más que el alma ajena. Ángel González, el poeta, escribió que para que el cuerpo pese (y el cuerpo es el alma por otros procedimientos) ha de pasar una larga historia.
Mas se cree que todo el monte es orégano, sobre todo si el monte es suyo.
 Y así saca a relucir los toros (o su ausencia) como un mérito de su tierra, cuando más lejos, y con el mismo peso en el alma, los canarios podemos sacar pecho por lo mismo.
 Y no lo sacamos, porque tampoco es para tanto.
Un brasileño muy culto le dijo una vez a Carmen Balcells que él solo creía en el amor y en la bioquímica. Mas (igual que el resto de la retahíla de pedantes a los que he venido haciendo alusión) recae en esa metáfora cervantina, el vuelo excede el ala.
No se debe sacar a pasear, no debe incurrir en la pedantería, pues como dice el maestro Lledó hay que mirar dentro del Sí para ver un pequeño No. Todo, president, es amor y bioquímica.
Y nada es para tanto.
jcruz@elpais.es