Sigue la polémica tras el suicidio del profesor Antonio Calvo después de su destitución .
El silencio entorno al suicido del profesor Antonio Calvo de la Universidad de Princeton, el pasado 12 de abril, se ha roto definitivamente y ha abierto un nuevo debate: el de la evaluación de los profesores y de "¿cómo evaluamos al evaluador?".
"Me ha sorprendido la rápida réplica de la Universidad de Princeton a mis Notas en un Diario, luego de varias semanas de negarse a contestar las preguntas que han formulado muchos colegas y alumnos, sobre las razones de la cesantía de Antonio Calvo", asegura a EL PAÍS Ricardo Piglia, escritor argentino y profesor de Princeton, en su sección Notas en un diario, de Babelia, la revista cultural de este periódico.
En dicha respuesta, Piglia expresa su desacuerdo por el despido de su colega y la inconformidad por el sistema de evaluación del profesorado por parte de la universidad que llevó a la destitución del profesor español el 8 de abril, quien cuatro días después se suicidó en su apartamento de Manhattan.
Aunque Princeton se ha reservado el derecho a revelar los motivos de dicha destitución y se ha limitado a señalar que fue procedente, y apunta a "alegaciones de conducta impropia".
Una abrupta despedida en Princeton
Princeton asegura que el despido de Calvo fue procedente
La universidad, a través de su portavoz, Cass Cliatt, contestó en un comunicado diciendo que "el profesor Piglia no tiene conocimiento de primera mano de la información al alcance del comité como para estar informado de su decisión en ese asunto".
Lo cierto es que tras la muerte de Calvo (León, 1965), profesor de español en esa universidad desde 2006 y cuya renovación por otro quinquenio se haría este año, las preguntas y las incógnitas por parte de profesores y alumnos no han cesado.
Ricardo Piglia, ganador el Premio de la Crítica 2011 por su novela Blanco nocturno, está en un año sabático y dicta la cátedra Walter S. Carpenter de Lengua, Literatura y Civilización de España en la Universidad de Princeton (Nueva Jersey, Estados Unidos). En una carta a este diario, titulada Una modesta proposición sobre los criterios de valor, Piglia escribe:
"Me ha sorprendido la rápida réplica de la Universidad de Princeton a mis Notas en un Diario, luego de varias semanas de negarse a contestar las preguntas que han formulado muchos colegas y alumnos. sobre las razones de la cesantía de Antonio Calvo.
La desmentida de la vocera de la universidad a mis opiniones sobre el caso parece la consecuencia de una comprensión literal -y alarmada- de cualquier alusión a cuestiones que -en estos tiempo kafkianos- pueden suscitar problemas legales.
Si las cosas siguen así en EE UU antes de dar una clase los profesores van a tener que consultar a los abogados de la institución.
Desde luego, los escritores, los académicos, los intelectuales, no podemos limitar nuestras discusiones a criterios que promueven el silencio y remiten a tiempos oscuros y a reglas confesionales.
Si me permiten, diré que desde Edmund Wilson a Edward Said muchos de los que pasaron alguna vez por Princeton se han negado a considerar esas tristes convenciones como el marco de su trabajo intelectual.
De lo contrario sería muy difícil imaginar la vida académica y la producción cultural.
Quizá convenga recodar que los profesores del departamento de Español y Portugués recomendaron que se le renovara el contrato a Antonio Calvo. Algunas veces -raras- las recomendaciones de los departamentos no son tenidas en cuenta por la administración. Y este fue un caso. Es habitual también que la universidad consulte a otros miembros del ámbito académico antes de tomar sus decisiones respecto de cargos, ascensos y contrataciones. No hay nada secreto ahí, el procedimiento es público aunque desde luego no son públicos -son confidenciales- los materiales que se usan en la evaluación. Ahora bien ¿se pueden discutir los métodos y los criterios que se emplean al analizar esos materiales en el momento de tomar las decisiones?
Imaginemos la siguiente situación: ¿Qué sucede si un departamento -y sus alumnos- valoran la relación de un profesor con sus estudiantes y su calidad académica y algunos de sus evaluadores -muchos de los cuales han sido contratados para trabajar con él en los cursos y por lo tanto pueden tener conflictos de trabajo de distinto tipo- dicen que sus actitudes son incorrectas y la administración lo suspende y además le impide el acceso a su oficina?
Uno de los debates más productivos del pensamiento contemporáneo discute qué quiere decir interpretar un testimonio y cómo se deben considerar los relatos de un testigo. Sería bueno que la administración de la universidad estuviera a la altura de las cuestiones que se discuten en sus claustros. De lo contrario corremos el riesgo de caer en la superstición contemporánea -típica de la web y del periodismo sensacionalista- y creer -como ironizaba Borges- que lo más revelador y lo más verdadero de un hombre son las indiscreciones de sus amigos. El procedimiento de escuchar todas las versiones es legitimo pero el problema no es lo que dicen esas versiones sino cómo se interpretan, es decir, en qué contexto y en qué situación específica se consideran -y se evalúan- las opiniones, las experiencias y los juicios de valor.
Estamos en el territorio del teorema de Gödel, para recordar a otro eminente princetoniano (que tenía muy malos modales, dicho sea de paso).
¿Cómo evaluamos al evaluador? Creo que esa preguntas sintetiza muchas de las cuestiones que ha suscitado este trágico acontecimiento".
24 may 2011
SEPTIEMBRE
SEPTIEMBRE.
Cadenciosos, adormilados instantes vagamente
enlazados al nervio vital que marca el instante
se abren, se difunden, forman un estoicismo aparente
y melancólico; crecen en mil formas y colores
entre atenuadas luces, entre farragosas brumas
o sombras, entre el silencio que se despierta sutil
entre el pensamiento que se agudiza. La multitud
en torno se hace un nudo en el asfalto, progresa
impasible con paso anónimo rodando tropezando
acallando o consumiendo existencia. Encerrado
entre ella recorro calles, plazas, patios, avenidas,
edificios grises de una ciudad sin límites ni fondo
buscándote incesante hasta tropezar con el mutismo
denso de la inoperancia, que me devuelve apenado
y con desmaña al inicio de todo lo que fue nuestro,
vencido un día más, vacío e inhábil en la pálida
mañana. Del techo del salón parecen pender mágicos
pájaros volanderos; de las paredes oscilar verdes
sargazos de un mar que antes nos mecía amantes
soñadores y serenos, en el diván del eficaz acomodo,
donde tantas veces con pasión, en escarceo erótico
sublime e incesante, nos amamos.
Tu presencia en este septiembre que se extravía
necesariamente, es axiomática, como un deslumbre
portentoso de figurado amanecer al que no se puede
renunciar aunque del tiempo despiadado surja un caño
en destilo indeleble de sangre y dolor ni la fase lunar
sea favorable al consuelo. Entonces me enredo
en este silencio generoso, para sentir la luz de tus ojos
disolverse aquietada como mieles en mágica dulzura
del destierro, ahí donde surrealista busco el centro
de toda poesía sin hallarlo. Instante sin esperanza,
efímero, coagulado momento; tiempo frustrado inútil
e irreversible al que maniático impenitente me aferro.
Poder de los conjuros:
Perpetúo la alegría de verte
danzar entre esferas enredada como una torre etérea
de fuego y viento; de hender y acometer con éxito
el céfiro displicente que corretea por estos umbrosos
salones –en otrora centro de quietud y dicha-
que nos tutelaron y complacieron; de verte crear,
con el impulso próvido de tus pies y de todo tu cuerpo,
caracteres armónicos de lirismo ensalzado y dulzura
mistérica en plástica belleza rítmica. Recuerdo,
y hago presente, momentos en danza estelar única,
envolviéndome en sutil música de íntimos letargos.
Me resiento de la vida real que no me libera
de nuestra historia personal ni me ofrece el señuelo
de caer en tu muerte profunda y habitarla.
Septiembre, con toda su carga de belleza azulina triste
y dormida, se va alejando –viento pasional
que nos arrebata y nos huye-, entre seducciones
tibias y colores que parecen perfeccionar -chispas
de electricidad estática- estos atardeceres grises
donde aparecen y reaparecen tus ojos –amapolas
sublimes suavemente bañadas en el baile de luz-,
mellando lo más profundo de mi ser, ahí donde el amor
-¡ay, dolor!- un día más -dejada la maravillosa quimera
que a veces me retiene feliz-, punza, se retuerce,
se encoge, se desalienta, muere un poco más…
Teo Revilla Bravo. 2001.
Cadenciosos, adormilados instantes vagamente
enlazados al nervio vital que marca el instante
se abren, se difunden, forman un estoicismo aparente
y melancólico; crecen en mil formas y colores
entre atenuadas luces, entre farragosas brumas
o sombras, entre el silencio que se despierta sutil
entre el pensamiento que se agudiza. La multitud
en torno se hace un nudo en el asfalto, progresa
impasible con paso anónimo rodando tropezando
acallando o consumiendo existencia. Encerrado
entre ella recorro calles, plazas, patios, avenidas,
edificios grises de una ciudad sin límites ni fondo
buscándote incesante hasta tropezar con el mutismo
denso de la inoperancia, que me devuelve apenado
y con desmaña al inicio de todo lo que fue nuestro,
vencido un día más, vacío e inhábil en la pálida
mañana. Del techo del salón parecen pender mágicos
pájaros volanderos; de las paredes oscilar verdes
sargazos de un mar que antes nos mecía amantes
soñadores y serenos, en el diván del eficaz acomodo,
donde tantas veces con pasión, en escarceo erótico
sublime e incesante, nos amamos.
Tu presencia en este septiembre que se extravía
necesariamente, es axiomática, como un deslumbre
portentoso de figurado amanecer al que no se puede
renunciar aunque del tiempo despiadado surja un caño
en destilo indeleble de sangre y dolor ni la fase lunar
sea favorable al consuelo. Entonces me enredo
en este silencio generoso, para sentir la luz de tus ojos
disolverse aquietada como mieles en mágica dulzura
del destierro, ahí donde surrealista busco el centro
de toda poesía sin hallarlo. Instante sin esperanza,
efímero, coagulado momento; tiempo frustrado inútil
e irreversible al que maniático impenitente me aferro.
Poder de los conjuros:
Perpetúo la alegría de verte
danzar entre esferas enredada como una torre etérea
de fuego y viento; de hender y acometer con éxito
el céfiro displicente que corretea por estos umbrosos
salones –en otrora centro de quietud y dicha-
que nos tutelaron y complacieron; de verte crear,
con el impulso próvido de tus pies y de todo tu cuerpo,
caracteres armónicos de lirismo ensalzado y dulzura
mistérica en plástica belleza rítmica. Recuerdo,
y hago presente, momentos en danza estelar única,
envolviéndome en sutil música de íntimos letargos.
Me resiento de la vida real que no me libera
de nuestra historia personal ni me ofrece el señuelo
de caer en tu muerte profunda y habitarla.
Septiembre, con toda su carga de belleza azulina triste
y dormida, se va alejando –viento pasional
que nos arrebata y nos huye-, entre seducciones
tibias y colores que parecen perfeccionar -chispas
de electricidad estática- estos atardeceres grises
donde aparecen y reaparecen tus ojos –amapolas
sublimes suavemente bañadas en el baile de luz-,
mellando lo más profundo de mi ser, ahí donde el amor
-¡ay, dolor!- un día más -dejada la maravillosa quimera
que a veces me retiene feliz-, punza, se retuerce,
se encoge, se desalienta, muere un poco más…
Teo Revilla Bravo. 2001.
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