Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

18 may 2011

El español se viste de fiesta el próximo 18 de junio

El Instituto Cervantes prepara los actos para celebrar un idioma que ya hablan 500 millones personas .
¿Será gracias (a la vida) la palabra favorita de Emilio Botín­? ¿Y la de Shakira, bailamos o fútbol? Habrá que esperar hasta el lunes 30 para saber cuál es la palabra predilecta del español del banquero y de la cantante.
 El Instituto Cervantes ha invitado a 34 personalidades de la cultura, la economía, la ciencia y el deporte para participar en la votación de su palabra favorita en español, que se organiza dentro de las actividades del Dí­a del español (Día E).








Entre los embajadores invitados a este concurso por el Instituto Cervantes figuran también el poeta Antonio Gamoneda, el actor Ricardo Darín, la coreógrafa Alicia Alonso, la investigadora Margarita Salas, el baloncestista Pau Gasol o el literato Mario Vargas Llosa.



Carmen Caffarel, directora del Instituto Cervantes, ha destacado esta mañana la fortaleza de un idioma que ya hablan 500 millones de personas y es el segundo más estudiado en el mundo.
En Internet es utilizado por 133 millones de usuarios, por detrás del inglés (477 millones) y del mandarín (361millones).




Algunas de las palabras propuestas por los 34 embajadores son alma, libertad o melifluo, pero hasta el 30 de mayo no se desvelará a quién corresponde cada una.
El Día E incluye conciertos, exposiciones y charlas en los centros del Cervantes de todo el mundo. En total, serán unos 400 actos en una sola jornada, que en Madrid convertirá a la calle de Alcalá en un salsódromo.

Crónicas inadecuadas desde el caos

El periodista cultural de EL PAÍS Javier Rodríguez-Marcos cuenta en el libro 'Un torpe en un terremoto' su experiencia como enviado especial cubriendo el seísmo de Chile del año pasado .
Dos minutos tardó la naturaleza en hundir a Chile en una pesadilla.
 El terremoto del 27 de febrero de 2010 (el enésimo en un país que en 1960 sufrió uno de los seismos más potentes de la historia) destrozó las regiones meridionales, se cobró 525 vidas y derribó las ya de por sí tambaleantes certezas de un periodista cultural español que iba a contar el Congreso de la Lengua de Valparaíso y de repente se vio catapultado en medio del caos.
"Normalmente trato más con las moquetas que con el barro", cuenta Javier Rodríguez-Marcos, redactor de EL PAÍS que fue enviado a cubrir la catástrofe de Chile y que ha narrado su experiencia en el libro Un torpe en un terremoto (Debate).





"Soy inseguro", dice de sí Rodríguez-Marcos, sentado a una mesa del café madrileño La buena vida, donde presenta su obra.
Tan inseguro que cuando la sección de Internacional del periódico le pidió que fuera el enviado especial para escribir de la tragedia chilena, instintivamente hubiese contestado con dos letras y un monosílabo: "No". "Me veía inadapto: si ni siquiera en mi ciudad sería capaz de cubrir una catástrofe, ¿cómo iba a hacerlo en Chile?", asegura con una sonrisa el periodista, licenciado en filología y que siempre se ha ocupado de temas culturales.
Sin embargo, "ese absurdo sentido de la responsabilidad" que conlleva su profesión cambió las cartas encima de la mesa. El "no" se quedó en sus pensamientos. De su boca salió un "sí".






Así, el soldado Rodríguez-Marcos cogió su avión, cumplió su misión y, además, de todas las notas y el material que no había cabido en sus crónicas para el diario sacó un libro que a la narración periodística añade sus peripecias personales, mucho humor y algunas pinceladas históricas. "No soy experto en geología o en Chile. Le dije al editor [Miguel Aguilar] que ese era el único libro que podía escribir, justamente el de un torpe en un terremoto", afirma el autor.
Aunque, según Aguilar, el resultado final es "la respuesta a qué es una crónica".






Fue sin embargo una respuesta que obligó Rodríguez-Marcos a prescindir de algunos de los principios de su oficio. "El libro de estilo de EL PAÍS deja claro que las dificultades que tiene un periodista para conseguir una noticia no son a su vez noticias", explica. Pero una cosa son las 700 palabras de una crónica y otra las 158 páginas de su libro: "Caben los alrededores de la noticia, lo que no sale en la fotografía".
Y caben las reflexiones del autor sobre su profesión y la a veces sutil línea que la separa de la narrativa.
Rodríguez-Marcos recorre a la dicotomía del erizo (el escritor) y el zorro (el periodista): "El primero sabe una sola cosa importante, mientras que el otro sabe muchas cosas. Lo importante es tener siempre claro en que madriguera estás trabajando".



Cuatro terremotos




Agobiado por tener que cubrir un seísmo, a su llegada Rodríguez-Marcos descubrió que, como afirmaban los chilenos, le tocaría contar cuatro terremotos a la vez: el temblor de la tierra, el tsunami, el derrumbe social debido a saqueos y pillajes y la intervención del Ejército, que estableció un toque de queda que Chile no veía desde los tiempos del dictador Augusto Pinochet.
Pese a ello el autor fue testigo de la gran dignidad con la que el país reaccionó ante el drama: "Se organizaron espontáneamente, distribuían comida y había mucha solidaridad".
Y mucha hospitalidad, como pudo comprobar el mismo periodista, que transcurrió su estancia en Chile acampado en una tienda en el jardín de una familia de la ciudad de Concepción.




El viaje le sirvió a Rodríguez-Marcos también para hacer amigos, ya que sigue en contacto con muchos de los chilenos que conoció: "Al principio eran como animales narrativos.
Todos querían explicarte cómo les había afectado el terremoto y qué estaban haciendo en ese momento". Además de los cuentos, el periodista añadió a su bagaje de experiencias una serie de imágenes atroces. Entre ellas, recuerda la de "un edificio recién construido que se cayó entero, como un árbol. Durante días los bomberos buscaron entre los escombros una víctima que decían que seguía sepultada. Hubo un instante en el que todos callaron para que se pudiese oírle. Pero en un momento dado decidieron que ya no podían encontrarle y suspendieron las búsquedas". También recuerda el miedo, aunque no por su seguridad: "Soy bastante inconsciente y eso no me preocupaba. Lo que sí me espantaba era no mandar la crónica a tiempo".





Hacia el final del libro, Rodríguez-Marcos explica que a veces tiene la impresión de encontrarse todavía en Chile.
Entre tanto sin embargo esa tragedia ha desaparecido de los medios de comunicación. "Las catástrofes pasan de grandes titulares a casi nada, pero pensar que un periódico pueda contarlo todo es irreal.
Cuando el tsunami en Japón, las revueltas árabes cayeron en el olvido durante unos días", afirma el periodista. La actualidad manda, la fecha del diario condena lo que ya ha pasado y "la muerte lenta importa poco porque no es fotogénica".



Tal vez su libro pueda contribuir al recuerdo de la catástrofe y, para el autor, de cuando se convirtió en cronista de internacional.
Fue la primera y última vez, ya que si se lo volviesen a pedir tiene clarísima la respuesta: "Diría que no. Sigo pensando que no soy la persona adecuada".
 O igual pensaría que no, pero acabaría subiéndose al avión. Ya saben, ese absurdo sentido de la responsabilidad.

DOS POEMAS INGLESES Por Jorge Luis Borges (1934)

DOS POEMAS INGLESES



Por Jorge Luis Borges (1934)







I.



El inútil amanecer me encuentra en una esquina desierta; he sobrevivido a la noche.



Las noches son olas orgullosas; olas pesadas y oscuras, abrumadas con todos los tintes del despojo, abrumadas con cosas imposibles y deseables.



Las noches tienen un hábito de regalos misteriosos y de rechazos, de cosas a medio entregar, a medio rehusar, de joyas con un hemisferio oscuro.



Las noches actúan de esa manera, te lo advierto.



El oleaje, esa noche, me dejó los acostumbrados retazos y cabos sueltos: algunos odiados amigos para charlar, música para los sueños, y el humear de amargas cenizas. Cosas que no le sirven a mi corazón hambriento.



La gran ola te trajo.



Palabras, unas palabras, tu risa; y tú tan indolente, tan incesantemente hermosa. Charlamos y has olvidados las palabras.



El destrozado amanecer me encuentra en una calle desierta de mi ciudad.



Tu figura que se aleja, los sonidos que van a formar tu nombre, la cadencia de tu risa: estos son los insignes juguetes que me dejaste.



Los pongo de cabeza en la madrugada, los pierdo, los recupero; se lo cuento a un puñado de perros vagabundos y a las pocas estrellas extraviadas de la aurora



Tu oscura y espléndida vida...














II.






¿Con qué puedo retenerte?



Te ofrezco calles descarnadas, desesperados ocasos, la luna de rasgados suburbios.



Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado larga y lentamente la luna solitaria.



Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas que los vivos han honrado en mármol; el padre de mi padre, caído en la frontera de Buenos Aires, dos balas en los pulmones, barbado y muerto, arropado por sus soldados en el cuero de una vaca; el abuelo de mi madre –apenas veinticuatro años- al frente de una carga de trescientos hombres en el Perú, ahora fantasmas sobre caballos desvanecidos.



Te ofrezco cualquier hallazgo que puedan guardar mis libros, cualquier hombría, el humor que pueda tener mi vida.



Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.



Te ofrezco ese núcleo de mí mismo que he salvado, de algún modo: ese corazón que no comercia con palabras, que no trafica con sueños, y que no ha sido tocado por el tiempo, por el júbilo, por las adversidades.



Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla, contemplada al atardecer, años antes de que tú nacieras.



Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías acerca de ti misma, auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.



Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el ansia de mi corazón; Estoy tratando de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.

La balada de la cárcel de Reading (fragmento)

Oscar Wilde


La balada de la cárcel de Reading (fragmento)



" Sólo sabía que idea obsesiva apresuraba su paso, y por qué miraba al día deslumbrante con tan ávidos ojos; aquel hombre había matado lo que amaba, y por eso iba a morir. Aunque todos los hombres matan lo que aman, que lo oiga todo el mundo, unos lo hacen con una mirada amarga, otros con una palabra zalamera; el cobarde con un beso, ¡el valiente con una espada!
 Unos matan su amor cuando son jóvenes, y otros cuando son viejos; unos lo ahogan con manos de lujúria, otros con manos de oro; el más piadoso usa un cuchillo, pues así el muerto se enfría antes.
 Unos aman muy poco, otros demasiado, algunos venden, y otros compran; unos dan muerte con muchas lágrimas y otros sin un suspiro: pero aunque todos los hombres matan lo que aman, no todos deben morir por ello.
No todo hombre muere de muerte infamante en un día de negra vergüenza, ni le echan un dogal al cuello, ni una mortaja sobre el rostro, ni cae con los pies por delante, a través del suelo, en el vacío.
No todo hombre convive con hombres callados que lo vigilan noche y día, que lo vigilan cuando intenta llorar y cuando intenta rezar, que lo vigilan por miedo a que él mismo robe su presa a la prisión.
No todo hombre despierta al alba y ve aterradoras figuras en su celda, al trémulo capellán con ornamentos blancos, y al director, de negro brillante, con el rostro amarillo de la sentencia.
No todo hombre se levanta con lastimera prisa para vestir sus ropas de condenado mientras algún doctor de zafia lengua disfruta y anota cada nueva crispación nerviosa, manoseando un reloj cuyo débil tictac suena lo mismo que horribles martillazos.
No todo hombre siente esa asquerosa sed que le reseca a uno la garganta antes de que el verdugo, con sus guantes de faena, franquee la puerta acolchada y le ate con tres correas de cuero para que la garganta no vuelva a sentir sed.
No todo hombre inclina la cabeza para escuchar el oficio de difuntos ni, mientras la angustia de su alma le dice que no está muerto, pasa junto a su propio ataúd camino del atroz tinglado.
No todo hombre mira hacia lo alto a través de un tejadillo de cristal, ni reza con labios de barro para que cese su agonía ni siente en su mejilla estremecida el beso de Caifás. "