10 may 2011
Gris
ROSA MONTERO
En estos tiempos resbaladizos, una de las pocas cosas que podemos decir sin miedo a equivocarnos es que la vida es un maldito lío.
Una lectora me escribe contando que se sintió fatal porque, en medio del júbilo general, ella no se alegró de la muerte de Bin Laden.
La entiendo muy bien e incluso creo que mi desasosiego es aún peor, porque yo sí me alegré de la muerte de Laden, y al mismo tiempo me parece un sentimiento primitivo y bárbaro que no puede conducir a nada bueno.
En fin, ojalá lo hubieran detenido y lo hubieran llevado a juicio, en vez de entrar allí a sangre y fuego (por no mencionar las torturas en Guantánamo).
Pero la realidad se empeña en ser como es, tozudamente ambigua y éticamente gris, una realidad en la que toda decisión es conflictiva.
Las contradicciones se ven con especial claridad en el caso de Libia ¿Debemos estar ahí? ¿No debemos estar? ¿No se está convirtiendo la intervención occidental en un disparate? Además, lo cierto es que las guerras las carga el diablo...
O sea, al final siempre habrá demasiada muerte, siempre habrá dolor e injusticia.
Y, sin embargo...
Antes de esta intervención ya había empezado la masacre y Gadafi bombardeaba a la gente indefensa.
Yo hubiera deseado que se actuara antes, que se impidieran las primeras matanzas. Tal vez, entonces el conflicto no habría alcanzado estas dimensiones.
O sí, porque, como hemos dicho, las guerras las promueve el diablo.
Pero, ¿cuál es la otra opción? ¿Permanecer de brazos cruzados y mirando para otra parte, como hicimos en Ruanda mientras los hutus asesinaban a un millón de tutsis, o como repetimos en Sierra Leona, mientras pelaban a machetazos a los niños, cortándoles las orejas, las narices, los brazos, las piernas?
¿Puede uno sentirse éticamente más limpio tan solo porque, al volverte de espaldas, la sangre de las carnicerías te salpica menos?
A mí, la verdad, no me es bastante.
En estos tiempos resbaladizos, una de las pocas cosas que podemos decir sin miedo a equivocarnos es que la vida es un maldito lío.
Una lectora me escribe contando que se sintió fatal porque, en medio del júbilo general, ella no se alegró de la muerte de Bin Laden.
La entiendo muy bien e incluso creo que mi desasosiego es aún peor, porque yo sí me alegré de la muerte de Laden, y al mismo tiempo me parece un sentimiento primitivo y bárbaro que no puede conducir a nada bueno.
En fin, ojalá lo hubieran detenido y lo hubieran llevado a juicio, en vez de entrar allí a sangre y fuego (por no mencionar las torturas en Guantánamo).
Pero la realidad se empeña en ser como es, tozudamente ambigua y éticamente gris, una realidad en la que toda decisión es conflictiva.
Las contradicciones se ven con especial claridad en el caso de Libia ¿Debemos estar ahí? ¿No debemos estar? ¿No se está convirtiendo la intervención occidental en un disparate? Además, lo cierto es que las guerras las carga el diablo...
O sea, al final siempre habrá demasiada muerte, siempre habrá dolor e injusticia.
Y, sin embargo...
Antes de esta intervención ya había empezado la masacre y Gadafi bombardeaba a la gente indefensa.
Yo hubiera deseado que se actuara antes, que se impidieran las primeras matanzas. Tal vez, entonces el conflicto no habría alcanzado estas dimensiones.
O sí, porque, como hemos dicho, las guerras las promueve el diablo.
Pero, ¿cuál es la otra opción? ¿Permanecer de brazos cruzados y mirando para otra parte, como hicimos en Ruanda mientras los hutus asesinaban a un millón de tutsis, o como repetimos en Sierra Leona, mientras pelaban a machetazos a los niños, cortándoles las orejas, las narices, los brazos, las piernas?
¿Puede uno sentirse éticamente más limpio tan solo porque, al volverte de espaldas, la sangre de las carnicerías te salpica menos?
A mí, la verdad, no me es bastante.
Mitificación DAVID TRUEBA
La mitificación es uno de los más claros ejemplos de trascendencia y modelado de la realidad a semejanza de los recursos de la ficción.
A lo largo de los siglos, elevar a mitos a personas, lugares y acontecimientos, ha sido algo tan necesario como el comer.
El mito escapa al control.
En cambio, en la mixtificación hay una manipulación consciente, elaborada, falseada. El siglo XXI se despertó con la perfecta encarnación del mal en el ataque a las Torres Gemelas y en cuestión de minutos Osama Bin Laden era el icono del lado oscuro, el nuevo Fu-Manchú de la amenaza terrorista.
Tras cazar a su enemigo más buscado, el presidente Obama difundió un mensaje de casi diez minutos, desde un pasillo de la Casa Blanca, con aire de improvisación de madrugada, pero leído y en plano fijo.
Al tratarse de un maestro de la oratoria, estudioso de los pastores religiosos más carismáticos y de los discursos sociales más relevantes del siglo XX americano, fue significativo que Barack Obama trastabillara en dos ocasiones en la misma frase, aquella en la que recordaba que desde el día de los atentados la prioridad de la defensa norteamericana fue capturar a Bin Laden y ponerlo a disposición de la justicia.
El resto del discurso fue la búsqueda de amparo en las víctimas de Al Qaeda, franquicia del terrorismo islamista.
Osama Bin Laden estaba muy cerca, demasiado cerca de Islamabad y del mundo.
No había cuevas remotas, sino mansiones hiperprotegidas y telecomunicaciones de alto nivel.
Demasiado cerca estuvo también en su día, en la guerra de Afganistán, cuando comenzó su nexo con la política exterior norteamericana.
Esa cercanía, el manejo de los medios audiovisuales a la vez que reivindicaba un falso esencialismo primitivo, el aspecto entre siniestro y místico, su metralleta en sandalias y su capacidad para globalizar el terror, todo eso ayudó a fabricar el mito más rotundo de este recién nacido siglo.
A la manera de un Hitler, se especulará con su cadáver, pero tampoco tendrá tumba.
Tras los vertidos de Fukushima y la petrolera BP, el mar lo recibió sin poder quejarse. El mérito de un mito es su permanencia tras la desaparición física.
Devolverlo al tamaño real, a la dimensión que él y sus enemigos levantaron, llevará tiempo.
A lo largo de los siglos, elevar a mitos a personas, lugares y acontecimientos, ha sido algo tan necesario como el comer.
El mito escapa al control.
En cambio, en la mixtificación hay una manipulación consciente, elaborada, falseada. El siglo XXI se despertó con la perfecta encarnación del mal en el ataque a las Torres Gemelas y en cuestión de minutos Osama Bin Laden era el icono del lado oscuro, el nuevo Fu-Manchú de la amenaza terrorista.
Tras cazar a su enemigo más buscado, el presidente Obama difundió un mensaje de casi diez minutos, desde un pasillo de la Casa Blanca, con aire de improvisación de madrugada, pero leído y en plano fijo.
Al tratarse de un maestro de la oratoria, estudioso de los pastores religiosos más carismáticos y de los discursos sociales más relevantes del siglo XX americano, fue significativo que Barack Obama trastabillara en dos ocasiones en la misma frase, aquella en la que recordaba que desde el día de los atentados la prioridad de la defensa norteamericana fue capturar a Bin Laden y ponerlo a disposición de la justicia.
El resto del discurso fue la búsqueda de amparo en las víctimas de Al Qaeda, franquicia del terrorismo islamista.
Osama Bin Laden estaba muy cerca, demasiado cerca de Islamabad y del mundo.
No había cuevas remotas, sino mansiones hiperprotegidas y telecomunicaciones de alto nivel.
Demasiado cerca estuvo también en su día, en la guerra de Afganistán, cuando comenzó su nexo con la política exterior norteamericana.
Esa cercanía, el manejo de los medios audiovisuales a la vez que reivindicaba un falso esencialismo primitivo, el aspecto entre siniestro y místico, su metralleta en sandalias y su capacidad para globalizar el terror, todo eso ayudó a fabricar el mito más rotundo de este recién nacido siglo.
A la manera de un Hitler, se especulará con su cadáver, pero tampoco tendrá tumba.
Tras los vertidos de Fukushima y la petrolera BP, el mar lo recibió sin poder quejarse. El mérito de un mito es su permanencia tras la desaparición física.
Devolverlo al tamaño real, a la dimensión que él y sus enemigos levantaron, llevará tiempo.
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