Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

26 abr 2011

Ahora sí,

Ahora sí, ahora se pone bonita la tarde. Una inmensa columna de nubes la atraviesa. En sus puntas el viento celeste la despeina con los colores del crepúsculo. Los arreboles de poniente le dan de lleno, y todos los que estamos a su sombra quedamos teñidos de una luz cobriza, con carácter. Mientras, también por debajo de la columna, hacia lontananza, se abre un lago azul turquesa, una claridad inalterable. Los vencejos gritan por primera vez esta temporada. Ya se han lanzado. Ya vienen doblándose como hélices de barco a embestir contra los aleros.


Ese claro azul turquesa es el último en caer. Inlocalizable, sólo cosa del aire y la distancia. Todos los otros estratos enrojecen, intensifican sus rosas y sus malvas y poco a poco van recibiendo a la noche, a sus primeras estrellas. El claro azul turquesa, no. No conoce términos medios. Lo han puesto ahí porque sí. Como si se tratara de una perla en la inmensidad. De pronto, cuando ya llegue la noche y los vencejos en parte hayan saciado su hambre, desaparecerá.

Publicado por José Carlos Cataño

Entrevista a Daniel Marín

48 años

ROSA MONTERO
 Hace unos días, el dictador sirio, Bachar El Asad, levantó el toque de queda en su país como muestra de "aperturismo".
Una pamema, porque, mientras tanto, sus matones se dedican a ametrallar a la muchedumbre indefensa.
Pero no es de esos cientos de asesinatos de lo que quería hablar hoy, sino, precisamente, del toque de queda. Que llevaba 48 años en vigor.
Déjenme que lo repita: los sirios llevaban 48 años soportando un estado de excepción. Y lo sorprendente no es que El Asad haya acabado por fin con esa clamorosa anomalía legal, sino que el toque de queda haya durado medio siglo sin que pasara nada.
 Sin que el hecho sorprendiera demasiado.
 ¿No es extraordinario que esa aberración haya pasado desapercibida durante tanto tiempo?
 Oh, sí, por supuesto, se sabía que Siria estaba gobernada represivamente y que El Asad era un tipo duro de pelar.
 Pero, al mismo tiempo, era ese señor alto de pinta occidental y pasable elegancia, un hombre que, para más inri, se parece inquietantemente al príncipe Felipe, solo que más feo y más tristón.




Era, en fin, uno de "nuestros hijos de puta", parafraseando el célebre dicho del presidente Roosevelt sobre Somoza o quizá sobre el dictador haitiano Duvalier, porque he oído atribuirle el cuento a ambos.
Y es que, en efecto, Occidente (y no solo Estados Unidos: no nos escudemos en el tópico) ha tenido y tiene mucho miserable en nómina, mucho asesino sentado en los banquetes oficiales, mucho torturador paseando del bracete con los famosos líderes del llamado mundo libre.



Las revueltas de la zona árabe nos están estallando en la cara de los países democráticos, en esa cara tan dura que hemos vuelto siempre elegantemente hacia otro lado, para no tener que contemplar ese abuso tan indiscreto y zafio de un toque de queda que dura medio siglo.

Guillermo, la sombra de Carlos

Cada uno es hijo de su padre y de su madre, pero quizás el príncipe Guillermo lo sea un poco más que la mayoría de los ciudadanos.
La tormentosa relación que vivieron Carlos y Diana de Gales desde que se casaron en 1981 marcó su infancia.
La trágica muerte de lady Di en 1997 marcó su adolescencia.
Y las presiones para que sea él, y no su padre, quien suceda en el trono a Isabel II amenazan con marcar su vida adulta.
Aunque, digan lo que digan las encuestas, muy poca gente cree que eso pueda realmente ocurrir.




La sombra de sus padres amenaza con marcar no solo su vida, sino la de su futura mujer, Catalina Middleton.
 Las comparaciones entre Kate y Diana por un lado y entre Carlos y Guillermo por el otro, van a ser el pan suyo de cada día.
 Son parejas muy distintas por muchas razones.
 Entre otras, porque les separan 30 años y una crisis que llegó a hacer temblar los cimientos de la monarquía británica pero que ha acabado por acercarla un poco a la tierra, aunque el carácter estirado de los Windsor ayuda poco.
Carlos y Diana se casaron por conveniencia y formaban una pareja desequilibrada: por edad, por formación, por carácter, por objetivos en la vida. Guillermo y Catalina parece que tienen una relación mucho más equilibrada.






Diana llegó virgen al altar de la catedral de San Pablo, como mandaban los cánones de la corte.
 Kate ha convivido durante ocho años con su pareja, pero a nadie le importa ya la virginidad de la futura princesa.






Guillermo afronta, sin embargo, otra comparación más complicada. No porque salga malparado, sino por lo contrario. Su espejo no es un mito muerto una noche de verano junto al Sena.
Su espejo es un hombre vivo, despreciado por la prensa y del que la mayoría de los británicos desconfía.
El reto de Guillermo no es superar a su padre: el reto de Guillermo es no hacerle sombra. Porque una vez casado, y sobre todo en cuanto tenga descendencia, se multiplicarán las voces pidiendo que Carlos renuncie a heredar el trono de Isabel II y sea Guillermo el próximo rey.
Algo que, si hace unos años parecía un imposible, hoy parece una quimera.






Todo hace pensar que Guillermo se lleva bien con su padre y con su madrastra, Camila. Los agoreros pronósticos de que la muerte de Diana alejarían al padre y al hijo no se han visto confirmados por la realidad.
 No hay ni un solo indicio de que el joven príncipe tenga ambición de desbancar al padre, que esta semana se ha convertido en el heredero de la corona que lleva más tiempo esperando para alcanzar el trono: casi 60 años.






No es que Guillermo genere un enorme entusiasmo popular, pero tampoco despierta el rechazo que Carlos suscita entre muchos ciudadanos.
 El príncipe de Gales, sin embargo, ha tenido las cosas más difíciles que su hijo. Las relaciones con su padre, el duque de Edimburgo, han sido siempre tormentosas.
Con su madre, la reina, siempre frías.
El contraste queda en evidencia viendo las añejas imágenes del niño Carlos saludando a Isabel II con un gélido apretón de manos al volver la reina de un largo viaje.
 Qué diferencia con los cariñosos abrazos con los que Diana premiaba a Guillermo y a su hermano Enrique en las mismas circunstancias.