Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

24 mar 2011

La juez interroga a Ana Rosa Quintana por el 'caso Mari Luz'

La mujer del asesino dice que fue "engañada y coaccionada" .
El asunto de la polémica confesión ante las cámaras de Isabel Muñoz llevó ayer a Ana Rosa Quintana a declarar ante la juez como imputada por la cobertura del caso Mari Luz. La presentadora de El programa de Ana Rosa (Telecinco) y consejera delegada de Cuarzo, la productora del magacín, compareció en la tarde de ayer ante el Juzgado de Instrucción número 43 de Madrid que investiga las circunstancias que rodearon la entrevista con la mujer de Santiago del Valle, condenado a 22 años de cárcel por el asesinato de Mari Luz Cortés.
 Quintana entró y salió del juzgado por el garaje dentro de un toderreno para esquivar a los medios.







Además de Quintana, declararon ante la magistrada María del Coro Cillán, Ignacio Abad, periodista de sucesos y responsable del equipo de investigación del programa; Patricia Pardo, la reportera que entrevistó el 23 de febrero a García en el parque de Brasilia (Madrid) y otros tres periodistas más de Cuarzo.
Los imputados terminaron de declarar cerca de las ocho de la tarde.



Por la mañana, Cillán tomó declaración a Isabel García, en calidad de perjudicada, quien se ha personado como acusación particular en las diligencias abiertas para esclarecer el modo en que se hizo la entrevista en la que confesó que su marido mató a la niña, en contra de lo que afirmó en el juicio, cuando culpó a su cuñada.
García, que sufre una minusvalía psíquica, señaló que los periodistas de Cuarzo le ofrecieron entre 600 y 800 euros por intervenir en el espacio, pero que finalmente no le pagaron.
 "No me dejaban hablar con nadie", reconoció.



La mujer, que ha declarado durante cerca de cuatro horas, acudió con el abogado de oficio Mariano Francisco García, que sostuvo que su clienta "había sido engañada, amenazada y coaccionada".
"La tuvieron controlada 12 días y no la dejaron ni a sol ni a sombra, aprovechándose de su estado psicológico", según el letrado.



La magistrada en su providencia llamó también a declarar a la redactora de informativos de Antena 3 Ainhoa Lujambio, citada como testigo.
Fuentes de la cadena privada señalaron ayer que "no se había recibido notificación alguna" por lo cual no acudió al juzgado.

Belleza y estrellato: Ella

Ojos color violeta (tal vez exacta la descripción, pero inevitablemente cursi), personalidad excesiva y siempre morbosa, anhelada para encabezar la portada del papel cuché con afanes de sofisticación o amado por la clase media, musa ancestral entre homosexuales de cualquier época, al igual que otras diosas sólidas o provisionales como Judy Garland, Edith Piaf, Marilyn Monroe, Madonna, Kylie Minogue y Lady Gaga, todas ellas volcánicas folladoras de tíos, supervivientes algunas de ellas por cerebro, determinación o suerte a un millón de desastres afectivos, al peso brutal de simbolizar eternamente a diosas mediáticas (qué grima me provoca ese concepto presuntamente intelectual en boca de tanto hortera y analfabeto triunfador), carnales y etéreas.








Fallece la actriz Elizabeth Taylor


De repente, el último verano. La ganadora de dos oscars, en el rodaje de De repente, el último verano, del director Joseph L. Mankiewicz, en 1959.- JOHN KOBAL (GETTY)






Ha muerto una mujer a la que nunca deseaste imaginar vieja



Elizabeth Taylor no necesitaba ser buena actriz; ella era otra cosa

Ha muerto Liz Taylor, una mujer a la que nunca deseaste imaginar vieja, encarnación de la belleza absoluta que jamás precisará maquillaje, imagen junto a la de Ava Gardner de la actriz más guapa que ha filmado una cámara.
Por razones viscerales siempre estaré enamorado de la que volvió loco a Sinatra y a cualquier hombre con buen gusto.
 Cuentan que ambas abusaron de una personalidad muy golfa, que transgredieron todo aquello a lo que las obligaba su estatus y una conveniente moral.
Pero creo posible, según certifica la leyenda, que Ava Gardner, la hembra más deseada universalmente, se buscara macarras anónimos o joveznos sensuales cuando se lo pedía su vitalista, sensual y alcoholizado organismo.
 A Liz Taylor, tan pasota ella pero siempre tan estratégica, solo la imagino apareándose con individuos famosos o anónimos, pero todos ellos en posesión de millones de dólares.



Cómo no enamorarse de ese rostro increíble, de ese cuerpo armonioso y sensual durante tanto tiempo aunque perteneciera a una mujer bajita, de esa chica que podría simbolizar a la soñada hembra que supones a tu lado mirando la luna.
 Y no sé si era buena o mala actriz, pero era imposible escapar de su campo magnético. Consintió a los 34 años que Mike Nichols la filmara gorda y borracha, desgarrada y adúltera, haciendo méritos al lado de Richard Burton, su sadomasoquista y shakespeariano marido, para que el público se olvidara de su belleza y descubriera su talento en ¿Quién teme a Virginia Woolf?
Lo hizo muy bien, pero no era lo suyo, no necesitaba afearse y ser ordinaria para demostrar que los mitos son vulnerables y tienen corazón.
Estaba fantástica sufriendo e intentando provocar el deseo de su psicoanalizable y desdeñoso marido, ese impresionantemente guapo y castigador Paul Newman, treintañero y en camiseta, en La gata sobre el tejado de zinc.
No era un problema de padre dominante, sino de atormentados gustos sexuales.
 Que resucite Tennessee Williams y lo jure. Tampoco podía retener al turbio Brando, obsesionado con caballistas desnudos en Reflejos en un ojo dorado.
Y sufría con mucho estilo amando sin futuro al trágico Montgomery Clift en Un lugar en el sol.
También era la pareja ideal del viril Rock Hudson en Gigante, aunque ese insoportable niñato que siempre tenía que rascarse algo y poner ojitos en plano y contraplano llamado James Dean la amara en vano.



Con Joseph Losey, ese director tan artista, intelectual, perseguido y sobrevalorado (de acuerdo, El sirviente es perversa y magnífica), Taylor y su alcohólico marido, ese Richard Burton de voz prodigiosa y seductores ojos, intentaron encontrar su lugar en el sol mediante el cine de autor, que los críticos como Dios y la academia mandan reconocieran la infinita sensibilidad, los matices, la capacidad camaleónica dando vida a personajes nada convencionales de esa pareja tan guapa, frívola, inestable y hollywoodiense.
En vano.
 El cine que interpretaron a las órdenes de Losey era cargante y hueco, antes y ahora.
Liz Taylor no necesitaba ser una gran actriz.
Era otra cosa. Esa persona a la que siempre te apetece mirar.
 Incluso cuando habla. Cosas del estrellato. El de verdad.

Superviviente de todo... y de sí misma, Maruja Torres

.En su autobiografía no siempre fidedigna -al fin y al cabo, no era perfecto- el edulcorado cantante y pésimo actor Eddie Fisher, su marido previo a Richard Burton, cuenta una anécdota preciosa.
Es una anécdota de despedida que define muy bien a la encantadora de serpientes y mujer de rompe y rasga que fue Elizabeth Taylor. "La vi por última vez a finales de los setenta. En el restaurante Sardi's.
 Miré más allá de mi mesa y allí estaba ella, sentada cerca.
Nos sonreímos mutuamente, cálidamente, creo, y ciertamente sin rencor.
Por entonces ambos habíamos pasado por mucho.
Envié una botella de Dom Pérignon a su mesa.
Levantó su copa y formuló las palabras 'Mazel tov'. Aquello éramos nosotros, dos viejos judíos que se reunían".
 El único viejo judío era Fisher: Taylor se había convertido años antes, cuando se casó con Mike Todd, que la dejó viudita.






Del tejado de zinc al panteón de oro

Maggie, la eterna

Belleza y estrellato: Ella

Liz Taylor




Los mejores ojos de Hollywood han sido británicos: Vivien Leigh, Jean Simmons y Elizabeth. Siempre lo he pensado, y si tuviera que elegir no sé, Vivien Leigh los tenía preciosos y expresivos Liz Taylor los tiene azul Violeta pero misteriosos, Jean Simmons, muy dulces, y una mirada muy particular.

En 1994, durante la ceremonia de los Oscar, tuve a Elizabeth Taylor a dos metros.
 Ella, colosal en su pequeña estatura.
Acababa de recibir el premio humanitario Jean Hersholt por su trabajo contra el sida -su amistad con Rock Hudson la inició en ello- y, en el pequeño escenario, lo aferraba como quien empuña un lanzallamas.
Lo primero que te noqueaba era su mirada violeta -los mejores ojos del cine de Hollywood han sido británicos: Vivien Leigh, Jean Simmons, Elizabeth- y, lo segundo, su férreo carácter.
Un periodista se atrevió a preguntarle por un marido o así y ella le fulminó con su silencio. Era alguien.



Para empezar, fue buena actriz desde sus interpretaciones juveniles, lo continuó siendo a pesar de que no siempre tuvo a su alcance buenas películas que colmaran tanto su sed de Four Roses como de diamantes.
Pero Un lugar en el sol, El árbol de la vida, Gigante y ¿Quién teme a Virginia Woolf?, cuatro grandes melodramas, siguen ahí.
Con ella y su energía.
Por no hablar de aquella hembra enfurecida -tenía en la cama a Paul Newman y este pensaba en su compañero de universidad, hay que entenderla- de La gata sobre el tejado de zinc.
Fue buena actriz, digo, pero era tan guapa que no podíamos verlo.



También fue buena madre, pero tuvo tantos maridos que no supimos ni nos dejó verlo. Maridos: el actor británico Michael Wilding (dos hijos); Nick Hilton (hijo de Conrad, fundador del imperio hotelero, tío abuelo de Paris: un memo; ningún hijo); Mike Todd, que la dejó viuda al estrellarse su avión mientras promocionaba su producción La vuelta al mundo en 80 días, en accidente de avión privado, que son más fardones pero más peligrosos que las líneas regulares (una hija, preciosa, Liza); Eddie Fisher (dos adulterios: uno porque él estaba casado con la arpía deliciosa Debbie Reynolds cuando se liaron; dos, porque le puso los cuernos con Richard Burton; ningún hijo); Richard Burton (dos matrimonios y una hija adoptiva, enferma de polio, Maria); y un político y un albañil, el primero un chorizo y el segundo una víctima de los excesos, como ella, a quien conoció fregando suelos en la clínica de rehabilitación Betty Ford.



Sobrevivió a todo: a la fama, a la belleza, al alcohol, a las pastillas, a los buenos enemigos y a los malos amigos, a las pasiones, y a sí misma.



Four Roses ahora mismo, jabata Elizabeth.

Maggie, la eterna

PEDRO ALMODÓVAR
Sabía que no tardaría en ocurrir.
Fueron muchos matrimonios, muchas enfermedades y muchas operaciones a las que ha sobrevivido esta mujer esplendorosa.




Del tejado de zinc al panteón de oro

Belleza y estrellato: Ella

Superviviente de todo... y de sí misma




Michael Jackson y Liz Taylor, juntos contra el sida

El legado en la Red de la última gran estrella

Liz Taylor





Desde que Tennessee Williams la escribiera, ha debido haber cientos de Maggie, la gata pero ninguna como la que Elizabeth Taylor interpretó al lado de Paul Newman, dirigida por Richard Brooks.
La he visto miles de veces y siempre me ha impactado su fuerza, su belleza, su garra, su humanidad, su pasión, lo bien que le sienta la combinación y su ancestral conocimiento y tolerancia de esa cualidad tan masculina (y femenina) que es la homosexualidad.
No es un secreto que Nick, igualmente bordado por Paul Newman, bebía hasta anegarse por el dolor de la muerte de su íntimo amigo (no recuerdo el nombre del personaje) cuya amistad ni el propio autor se atrevió a especificar hasta qué punto era íntima (la moral de la época y del propio Hollywood se lo habrían impedido).



He conocido a muchas estrellas, pero nunca tuve la oportunidad de conocerla a ella.
Pero mi dvdteca y mi memoria está llena del arte que nos regaló en sus películas y en su propia vida.
Cuando ya no hubo personajes, o no estaban a su altura, en esa industria cegata que ha dilapidado el talento de tantas actrices geniales de más de 40 años, Elizabeth Taylor tuvo lo que Billy Wilder calificaría como un gran tercer acto en su propia vida.
 Supo llenar el vacío de personajes con el mejor de ellos, el personaje solidario que dedicó los últimos casi 30 años de su vida y la potencia arrolladora de su fama a favor de los enfermos de sida, en un país en el que todavía sigue siendo un estigma.
Elizabeth Taylor fue mucho más que una de las mejores actrices americanas desde los años cuarenta hasta los ochenta.
 La mujer que interpretó como nadie la vulgaridad hortera (Reflejos en un ojo dorado, de Huston, o su mítica ¿Quién teme a Virginia Woolf?) fue también icono de moda, modelo de mujer independiente que no escondía sus pasiones, ingeniosa, vital, inconformista.
 Una mujer a la que su propia importancia no le impedía poseer algo que pocas actrices guapas poseen: sentido del humor.




Ha muerto una de las actrices más hermosas de la historia del cine. El milagro de los ojos violeta. Mejor dicho, no ha muerto. El cine es eterno. Las películas nos sobrevivirán. Maggie es eterna.