En un restaurante puedes rechazar un plato, exigir que el filete esté más o menos hecho, dejar a medias la sopa sin dar explicaciones a nadie.
En un restaurante de lujo uno puede permitirse cualquier veleidad gastronómica y algunos ejecutivos recién ascendidos a una mesa de cinco tenedores la exhiben solo para afirmar su personalidad. Los hay que en principio nunca dan por bueno el primer vino que les ofrece el sumiller; otros, más resabiados, necesitan tener sistemáticamente un altercado previo con el camarero para excitar los jugos gástricos o vaciar la propia frustración.
El camarero cargará con la culpa que en todo caso corresponde al cocinero.
Estos melindres culinarios se suelen dar en tipos que pasaron hambre en su niñez o estuvieron en su juventud condenados a engullir infinitos pinchos de mortadela.
Pero hay casos en que no se permiten estos caprichos y el respeto es obligado, por ejemplo, cuando un amigo te invita a cenar a casa.
Si su mujer ha preparado un plato con una receta propia y resulta que es una bazofia, no puedes devolverla a la cocina.
Deberás poner buena cara, tragártela entera y ponderar la excelente mano de la cocinera entre los besos y sonrisas de la despedida.
Otra cosa distinta es el comentario malvado que uno puede hacer ya en el coche de vuelta con el estómago destrozado.
Tampoco está permitida ninguna clase de rebeldía en los restaurantes famosos de la alta cocina.
Allí el camarero es un oficiante litúrgico que impone mucho respeto; en medio de un plato enorme el manjar se te ofrece como una diminuta instalación imposible de descifrar y el cocinero se aparece a los postres con una mitra faraónica para recibir el aplauso.
En la alta cocina los cocineros son teólogos y entre ellos se engendran disputas encarnizadas como en las antiguas sectas.
El único plato que admite una discusión libre sin reservas en el momento de zampárselo es la paella.
Después del silencio de rigor que produce la primera cucharada está permitido criticar, discutir, burlarse, blasfemar, comparar, alabar o zaherir al cocinero.
La paella es un guiso abierto y democrático que te permite ser natural a la hora de comer como hereje.
El arroz llegó de China como medicina para formar emplastos o cataplasmas. A eso debe su prestigio.
20 feb 2011
ENTREVISTA: ASIA BIBI - Condenada a muerte en Pakistán
"Me llamaron blasfema porque protesté"
Confinada en una celda aislada pasa los días Asia Bibi, la mujer cristiana condenada a la horca por blasfemia en Pakistán.
Esa habitación de tres por tres metros es el destino de los condenados a muerte desde que se dicta sentencia hasta que se consuma.
Bibi ha estado allí los últimos tres meses de los 20 que lleva recluida. El edificio, ahora pintado de rosa, es herencia de la colonia británica y está en la ciudad de Sheikhupura, a unos 50 kilómetros de Lahore, al noroeste de Pakistán. Bibi sale en muy pocas ocasiones de su celda.
Cada vez menos. Las amenazas de muerte de los extremistas o de atacar la prisión son cada vez más reales. Sobre todo desde que en enero pasado mataran al gobernador del Estado, Salman Taseer, justo por defenderla.
La cabeza de Bibi tiene precio: 4.400 euros ha ofrecido un clérigo radical. Pero la mujer parece optimista y fuerte: "Confío en que Dios escuchará mis plegarias, me ayudará a salir de aquí y volveré con mi familia a mi casa", dice nada más dar un fuerte apretón con su mano helada a la periodista.
Bibi recibe a El PAÍS en exclusiva.
Tras el asesinato del gobernador no se ha concedido ningún permiso para hablar con ella. Aunque el superintendente de la prisión no la deja sola y presiona constantemente con el tiempo.
"Confío en que Dios me ayudará a salir de aquí y volveré con mi familia"
Su marido e hijos están amenazados: "Me preocupan más ellos que yo"
Bibi se quita el pañuelo que le cubría la cara y esboza una sonrisa a modo de saludo.
Su cara redonda y morena aparenta menos edad de los 45 años que tiene.
Explica que las horas le parecen eternas: "No hay mucho que hacer en la prisión".
Sus únicas ocupaciones son leer la Biblia y otros textos religiosos y cocinarse sus tres comidas diarias, asegura.
"Por la mañana me hago un té y para el mediodía algo de verduras, pollo y pan.
Me han improvisado en la celda una pequeña cocina", cuenta.
Lo hace para ayudar a pasar el tiempo y se apresura a decir que las autoridades de la prisión la tratan bien. ¿Y si no estuviera aquí elrintendente? "Lo diría también", asegura con la ayuda de un traductor del urdu al inglés.
Bibi atribuye su castigo a la "mala suerte".
Niega en redondo las acusaciones. "Yo no cometí blasfemia. Nunca hablaría en contra del Profeta. Y creo que Dios ha visto todo y al final las cosas volverán a su lugar", señala con voz suave, pero firme.
Dice que fue acusada de blasfema por tener problemas con algunas personas de su aldea, que la discriminaban a ella y a su familia por ser los únicos cristianos del pueblo.
"Un día protesté ante el recolector de impuestos porque dejaba a sus animales libres y hacían destrozos en mi casa.
Él me insultó y desde ahí comenzó una campaña contra mi", recuerda.
Bibi trabajaba como jornalera en el campo y un día, recogiendo frutas en una plantación, ofreció agua a las otras mujeres.
Dos de ellas se negaron. "Me dijeron que no podían tomar del mismo cubo que una cristiana y comenzó una discusión entre nosotras, pero nunca blasfemé".
Cinco días después, el imán local la acusó en la comisaría y comenzó el calvario que la ha dejado en esta prisión donde es la única condenada a muerte entre 2.400 presos, el 95% hombres.
Bibi, como sus defensores, asegura que el proceso judicial se ha visto afectado por la presión islamista.
A Bibi solo se le humedecen sus ojos negros cuando piensa en su familia. "Estoy más preocupada por ellos que por mí.
He oído los rumores de que también están amenazados de muerte", explica.
Su esposo no falta cada semana a visitarla y siempre lleva consigo a alguno de sus hijos. A pesar de que esas visitas le dan mucha alegría, Bibi le pide que venga menos, cada dos semanas.
Sabe que cada visita es un riesgo. Su familia no le informa completamente de todo lo que pasa por no preocuparla y le insisten en que todo va bien.
A quien más echa de menos es a su hija menor, Isham, de 12 años. "Es mi alegría, una niña muy buena, muy sonriente, y me duele mucho no verla crecer", dice mirándose las manos, que aprieta fuertemente.
La vida de toda la familia ha cambiado.
El padre y los hijos están huyendo. No pueden trabajar ni ir a la escuela. Antes del asesinato del gobernador era difícil, pero posible, entrevistarlos. Ahora no.
Se han vuelto uno de los objetivos principales de los radicales.
Están protegidos y reciben alimentos del Ministerio de Minorías y de algunos grupos cristianos.
Bibi quiere seguir hablando, pero tras 20 minutos de entrevista el superintendente dice basta.
Le ordena a la carcelera, cuyos ojos asoman tras un pañuelo marrón, que se la lleve. Bibi se vuelve a tapar la cara y se levanta de la silla.
Lo tiene asumido: "Tengo que afrontar esta prueba con paciencia y con coraje", comenta.
El proceso judicial puede durar años. Su defensa apeló la pena capital, pero nadie sabe cuándo será la próxima audiencia.
Muchos piensan que lo mejor es esperar algún tiempo a que se calmen los ánimos. Por ahora, Bibi vuelve a su fría celda.
¿Qué hacemos con los genios infames?
Grandes artistas han defendido ideas que promueven el odio -
El veto en Francia al aniversario de la muerte de Céline reabre el debate sobre cómo celebrar a los creadores incómodos .
. .La historia de la literatura universal y la historia universal de la infamia son dos tomos distintos de la misma enciclopedia.
De ahí que, de tanto en tanto, surjan varias preguntas: ¿Es posible que sean la misma persona el artista que crea una obra llena de humanidad y el ciudadano que promueve ideas inhumanas? ¿Se puede conmemorar al primero sin celebrar al segundo?
La primera pregunta tiene una respuesta clara: sí, es posible.
La segunda sigue siendo un campo de minas.
La bondad de Stalin y las preciosas manos de Hitler
El autor de 'Viaje al fin de la noche' se libró de ser fusilado por una amnistía
A la muerte del novelista, su viuda prohibió la reedición de varios panfletos
"Lo peor que se puede hacer con el pasado es borrarlo o ignorarlo", dice Maté
Según una autora, es un error suspender la conmemoración una vez programada
El mes pasado se abrió en Francia un nuevo capítulo de esa antigua diatriba. Tras incluir a Louis-Ferdinand Céline, fallecido el 1 de julio de 1961, en las Celebraciones Nacionales para este año, el Ministerio de Cultura francés decidió sacarlo de la lista. Accedía así a la petición de Serge Klarsfeld, presidente de la asociación de hijos de deportados judíos, de que no se celebrase oficialmente a un antisemita.
Después incluso de haber colgado en la página de los Archivos Nacionales una publicación conmemorativa, el ministro Fréderic Miterrand, sobrino del célebre presidente, ordenó que el cincuentenario de Céline no tuviera reconocimiento oficial. Aun reconociendo el valor literario de su obra, Miterrand fue rotundo: "El hecho de haber puesto su pluma a disposición de una ideología repugnante, la del antisemitismo, no se inscribe en el principio de las celebraciones nacionales".
La polémica, eternamente congelada y descongelada, está otra vez servida.
"Estoy un poco indignado, creía que este tema estaba solucionado cuando se me pidió escribir la nota", dijo Henri Godard, biógrafo de Céline, refiriéndose al texto colgado en la web oficial. "Pensaba que la opinión había evolucionado y que las clases dirigentes lo tenían en cuenta". El revuelo, que todavía dura, ha demostrado que ni la herida estaba cerrada ni el tema solucionado ni la opinión había evolucionado tanto. La pregunta sigue en el aire: ¿qué hacemos con los genios infames?
En 1932, el doctor Louis-Ferdinand Destouches, Céline, publicó una de las grandes novelas de la historia de la literatura, Viaje al fin de la noche.
Aquella obra puso a su autor a la altura de Proust como renovador de la lengua francesa al tiempo que lo convertía en uno de los mejores retratistas de los tiempos modernos: de la guerra mundial al colonialismo pasando por el turbio sueño americano.
La novela está escrita con un lenguaje crudo y antisentimental, lo que hace que, en esa noche, cualquier sentimiento se convierta en una estrella que desprende humanidad y emoción.
Cinco años más tarde, en diciembre de 1937, el mismo Céline publicó una obra violentamente racista que terminaría contaminando la recepción de sus novelas: Bagatelas para una masacre.
Aunque el panfleto, un imparable desahogo alucinado de 240 páginas, trata muchos temas, ha entrado en la historia del odio por pasajes como estos: "Me gustaría establecer una alianza con Hitler (...) A él no le gustan los judíos... A mí tampoco... No me gustan los negros fuera de su lugar... No veo ninguna delicia en que Europa se vuelva completamente negra... No me haría ninguna gracia... Son los judíos de Londres, de Washington y de Moscú los que impiden la alianza franco-alemana (...) Dos millones de boches campando por nuestro territorio nunca podrán ser peores, más saqueadores ni infames que todos esos judíos que nos revientan (...) Siempre y en todas partes, la democracia no es más que el biombo de la dictadura judía".
Lejos de convertirse en piedra de escándalo en Francia, el libro vendió en poco más de un año 75.000 ejemplares, una cantidad que hoy mismo alcanzan muy pocos autores con sus novelas, no digamos ya con un texto de no ficción.
El hecho de que el antisemitismo sea un invento francés del siglo XIX es mucho más que un dato ilustrado por el famoso affaire Dreyfus.
Aunque en 1939 un decreto obligó al editor a retirarlo de las librerías, el asentamiento del gobierno colaboracionista de Vichy convirtió Bagatelas para una masacre de nuevo en un best seller.
Con la liberación de Francia, Céline huyó a Alemania para terminar siendo capturado en Dinamarca.
Se libró de ser fusilado por la amnistía que, en 1951, le permitió volver a su país una vez que su abogado consiguió deshacer la relación entre el doctor Destouches y el escritor Céline, algo, por cierto, que no ha conseguido medio siglo de crítica literaria.
A la muerte del novelista, su viuda, Lucette Destouches, prohibió la reedición de los panfletos -Escuela de cadáveres y Les beaux draps amén de las famosas Bagatelas-. Además, se fue querellando con todos los que los trataban de publicarlos clandestinamente dentro y fuera de Francia.
No es difícil, sin embargo, encontrarlos completos en Internet.
En sus memorias, la señora Destouches recordaba la actitud de su marido hacia unos textos a los que, decía, algunos atribuyen "un poder maléfico": "Cuando supo lo que realmente había pasado en los campos de concentración se quedó horrorizado, pero nunca fue capaz de decir: 'Lo lamento'.
No se le perdonó el no haber reconocido sus culpas y él jamás dijo: 'Me equivoqué'. Siempre aseguró que había escrito sus panfletos con una finalidad pacifista, nada más. En su opinión, los judíos incitaban a la guerra [él había sido herido en la del 14] y quería evitarla. Eso era todo".
Aunque nunca han faltado pacifistas empeñados en apagar el fuego con una lata de gasolina, Céline ha alcanzado una categoría de icono que no tienen reaccionarios tan citados como Robert Brasillach o Drieu La Rochelle.
La razón es simple: como novelista es uno de los más grandes.
Lo que no es tan simple es cómo reconocer esa grandeza sin mancharse las manos.
La equivocación sería, para muchos expertos, seguir barriendo las vergüenzas debajo de la alfombra.
Bernard-Henri Lévy lo dijo así el mismo día que se anunció la decisión del ministerio de Cultura de su país: "Aunque la conmemoración sirviese solo para eso, para empezar a entender la oscura y monstruosa relación que ha podido existir entre el genio y la infamia, habría sido no solo legítima, sino útil y necesaria".
Para Esther Bendahan, escritora y directora de cultura de Casa Sefarad-Israel en Madrid, es un error suspender la conmemoración una vez programada: "Era una oportunidad de reflexión.
No digo que esté de acuerdo con el planteamiento, pero una vez planteado, hay que defenderlo y aprovecharlo".
La polémica, según Bendahan, surge por la cercanía del horror que alimentó el racismo de muchos intelectuales: "Hablamos de algo muy cercano y, diría, de gran actualidad todavía. Eso hace difícil separar la persona de su obra".
Algo perfectamente fácil de hacer, sin embargo, en el caso de autores como Quevedo, cuyo antisemitismo no hace ya tanto daño como el de un contemporáneo.
Por no hablar de la misoginia o la defensa de la esclavitud de no pocos de sus vecinos en los barrios bajos de la historia del arte.
¿Y cuándo queda el horror lo suficientemente lejos? Para responder, la autora de Déjalo, ya volveremos recurre a una serpiente que se muerde la cola: "Cuando no levanta polémica. Cuando se vive como un fenómeno ajeno a nosotros que ha formado parte de una locura histórica. Cuando es ya más historia que memoria".
El filósofo Reyes Mate, Premio Nacional de Ensayo en 2009 por La herencia del olvido, ha consagrado muchos de sus trabajos a la relación entre historia y memoria a la luz, sobre todo, del Holocausto, pero también de la Guerra Civil y de la dictadura argentina. Para él, "la memoria decisiva no es la de los hechos felices sino la de los infelices, y esa memoria negativa es la que puede ser un elemento crítico importante para una construcción diferente del presente".
Además, apunta, una cosa es conmemorar y otra, celebrar: "Se celebran los triunfos, se conmemoran las derrotas".
Lo curioso es que, a veces, tanto de unos como de otras se pretende dar una versión aséptica.
Cuando, en noviembre de 1996, los restos de André Malraux fueron trasladados al Panteón de París, junto a los de Rousseau, Victor Hugo o Marie Curie, se emitió un sello con un retrato del escritor al que le habían borrado por ordenador el cigarrillo que llevaba la fotografía original.
En el mismo Panteón, por cierto, reposa Voltaire, cuya obra está trufada de comentarios sobre los judíos que hoy serían un escándalo.
Lo peor que se puede hacer con el pasado, dice Mate, es borrarlo o ignorarlo: "A autores como Céline, cuyas posiciones políticas contribuyeron al desastre, conviene recordarlos porque fueron muy significativos.
Si no los tienes en cuenta no te explicas lo que sucedió.
Hay que leer críticamente a Céline, como a Heidegger o a Jünger, porque representa un momento del pasado que ha tenido una importancia enorme en la historia. Difícilmente se puede construir una historia diferente a lo que ellos significaron si no se tiene en cuenta que existieron".
En su opinión, ese argumento sirve tanto para un libro como para un monumento.
De ahí su contrariedad al comprobar que en el edificio central de la institución en la que trabaja, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha desaparecido la inscripción en latín que "honraba" a Franco como presidente del patronato del Consejo: "Han quitado el fresco y han puesto unas baldosas neutras. No hay rastro del pasado. Habría que haber dejado esa inscripción y, al lado, poner una explicación". Para el autor de Justicia de las víctimas, sin huellas se vuelve más difícil leer el pasado. Por eso, dice, "lo que hay que hacer no es eliminar el Valle de los Caídos, sino explicarlo".
Lo mismo cabría decir de los nombres de las calles: "La solución no es eliminarlas. No deberíamos olvidar que hubo una sociedad para la que los generales franquistas fueron personas ilustres.
Si hay muchas, como en Madrid, habría que dosificarlas, pero no se puede borrar de la ciudad ese pasado. Ahí la Ley de la Memoria Histórica afinó poco".
En lo que se refiere a los escritores, la gran pregunta es, apunta Esther Bendahan, si la obra de un autor y sus opiniones tienen genes distintos, es decir, si el arte tiene "su propia verdad".
La cuestión es más espinosa en el caso de un filósofo -que trabaja con sistemas que a veces conllevan una ética- que, por ejemplo, en el de un arquitecto, pero parece que no hay duda de que se puede ser un amoral y un gran artista.
"La experiencia nos dice que sí. Se ha dicho mil veces: los nazis se emocionaban con la música clásica".
Para Reyes Mate, el arte permite la contradicción de que una forma brillante albergue contenidos terroríficos.
Eso sí, lo que ha cambiado es la mirada sobre el arte: "Después de Auschwitz no podríamos decir de ciertos poemas que sean malos, pero sí que son éticamente discutibles. Lo que añade la experiencia de Auschwitz es el juicio ético, ya no te puedes detener solo en el nivel estético.
Nuestra visión de una obra tiene algo que sin esa experiencia no tendría por qué tener.
El deber de memoria pide que se incluya el juicio moral".
El día que Céline nos resulte tan lejano como Quevedo algo se habrá ganado pero algo se habrá perdido.
Significará que el horror que contribuyó a encender se ha vuelto para nosotros más ajeno que la belleza que él mismo consiguió crear.
Entre tanto, habría que prescindir de la brocha gorda para asumir de una vez por todas que los buenos escritores son a veces malas personas.
Y, de paso, asumir que para reconocer la grandeza de un artista no hace ir con flores a su tumba.
El veto en Francia al aniversario de la muerte de Céline reabre el debate sobre cómo celebrar a los creadores incómodos .
. .La historia de la literatura universal y la historia universal de la infamia son dos tomos distintos de la misma enciclopedia.
De ahí que, de tanto en tanto, surjan varias preguntas: ¿Es posible que sean la misma persona el artista que crea una obra llena de humanidad y el ciudadano que promueve ideas inhumanas? ¿Se puede conmemorar al primero sin celebrar al segundo?
La primera pregunta tiene una respuesta clara: sí, es posible.
La segunda sigue siendo un campo de minas.
La bondad de Stalin y las preciosas manos de Hitler
El autor de 'Viaje al fin de la noche' se libró de ser fusilado por una amnistía
A la muerte del novelista, su viuda prohibió la reedición de varios panfletos
"Lo peor que se puede hacer con el pasado es borrarlo o ignorarlo", dice Maté
Según una autora, es un error suspender la conmemoración una vez programada
El mes pasado se abrió en Francia un nuevo capítulo de esa antigua diatriba. Tras incluir a Louis-Ferdinand Céline, fallecido el 1 de julio de 1961, en las Celebraciones Nacionales para este año, el Ministerio de Cultura francés decidió sacarlo de la lista. Accedía así a la petición de Serge Klarsfeld, presidente de la asociación de hijos de deportados judíos, de que no se celebrase oficialmente a un antisemita.
Después incluso de haber colgado en la página de los Archivos Nacionales una publicación conmemorativa, el ministro Fréderic Miterrand, sobrino del célebre presidente, ordenó que el cincuentenario de Céline no tuviera reconocimiento oficial. Aun reconociendo el valor literario de su obra, Miterrand fue rotundo: "El hecho de haber puesto su pluma a disposición de una ideología repugnante, la del antisemitismo, no se inscribe en el principio de las celebraciones nacionales".
La polémica, eternamente congelada y descongelada, está otra vez servida.
"Estoy un poco indignado, creía que este tema estaba solucionado cuando se me pidió escribir la nota", dijo Henri Godard, biógrafo de Céline, refiriéndose al texto colgado en la web oficial. "Pensaba que la opinión había evolucionado y que las clases dirigentes lo tenían en cuenta". El revuelo, que todavía dura, ha demostrado que ni la herida estaba cerrada ni el tema solucionado ni la opinión había evolucionado tanto. La pregunta sigue en el aire: ¿qué hacemos con los genios infames?
En 1932, el doctor Louis-Ferdinand Destouches, Céline, publicó una de las grandes novelas de la historia de la literatura, Viaje al fin de la noche.
Aquella obra puso a su autor a la altura de Proust como renovador de la lengua francesa al tiempo que lo convertía en uno de los mejores retratistas de los tiempos modernos: de la guerra mundial al colonialismo pasando por el turbio sueño americano.
La novela está escrita con un lenguaje crudo y antisentimental, lo que hace que, en esa noche, cualquier sentimiento se convierta en una estrella que desprende humanidad y emoción.
Cinco años más tarde, en diciembre de 1937, el mismo Céline publicó una obra violentamente racista que terminaría contaminando la recepción de sus novelas: Bagatelas para una masacre.
Aunque el panfleto, un imparable desahogo alucinado de 240 páginas, trata muchos temas, ha entrado en la historia del odio por pasajes como estos: "Me gustaría establecer una alianza con Hitler (...) A él no le gustan los judíos... A mí tampoco... No me gustan los negros fuera de su lugar... No veo ninguna delicia en que Europa se vuelva completamente negra... No me haría ninguna gracia... Son los judíos de Londres, de Washington y de Moscú los que impiden la alianza franco-alemana (...) Dos millones de boches campando por nuestro territorio nunca podrán ser peores, más saqueadores ni infames que todos esos judíos que nos revientan (...) Siempre y en todas partes, la democracia no es más que el biombo de la dictadura judía".
Lejos de convertirse en piedra de escándalo en Francia, el libro vendió en poco más de un año 75.000 ejemplares, una cantidad que hoy mismo alcanzan muy pocos autores con sus novelas, no digamos ya con un texto de no ficción.
El hecho de que el antisemitismo sea un invento francés del siglo XIX es mucho más que un dato ilustrado por el famoso affaire Dreyfus.
Aunque en 1939 un decreto obligó al editor a retirarlo de las librerías, el asentamiento del gobierno colaboracionista de Vichy convirtió Bagatelas para una masacre de nuevo en un best seller.
Con la liberación de Francia, Céline huyó a Alemania para terminar siendo capturado en Dinamarca.
Se libró de ser fusilado por la amnistía que, en 1951, le permitió volver a su país una vez que su abogado consiguió deshacer la relación entre el doctor Destouches y el escritor Céline, algo, por cierto, que no ha conseguido medio siglo de crítica literaria.
A la muerte del novelista, su viuda, Lucette Destouches, prohibió la reedición de los panfletos -Escuela de cadáveres y Les beaux draps amén de las famosas Bagatelas-. Además, se fue querellando con todos los que los trataban de publicarlos clandestinamente dentro y fuera de Francia.
No es difícil, sin embargo, encontrarlos completos en Internet.
En sus memorias, la señora Destouches recordaba la actitud de su marido hacia unos textos a los que, decía, algunos atribuyen "un poder maléfico": "Cuando supo lo que realmente había pasado en los campos de concentración se quedó horrorizado, pero nunca fue capaz de decir: 'Lo lamento'.
No se le perdonó el no haber reconocido sus culpas y él jamás dijo: 'Me equivoqué'. Siempre aseguró que había escrito sus panfletos con una finalidad pacifista, nada más. En su opinión, los judíos incitaban a la guerra [él había sido herido en la del 14] y quería evitarla. Eso era todo".
Aunque nunca han faltado pacifistas empeñados en apagar el fuego con una lata de gasolina, Céline ha alcanzado una categoría de icono que no tienen reaccionarios tan citados como Robert Brasillach o Drieu La Rochelle.
La razón es simple: como novelista es uno de los más grandes.
Lo que no es tan simple es cómo reconocer esa grandeza sin mancharse las manos.
La equivocación sería, para muchos expertos, seguir barriendo las vergüenzas debajo de la alfombra.
Bernard-Henri Lévy lo dijo así el mismo día que se anunció la decisión del ministerio de Cultura de su país: "Aunque la conmemoración sirviese solo para eso, para empezar a entender la oscura y monstruosa relación que ha podido existir entre el genio y la infamia, habría sido no solo legítima, sino útil y necesaria".
Para Esther Bendahan, escritora y directora de cultura de Casa Sefarad-Israel en Madrid, es un error suspender la conmemoración una vez programada: "Era una oportunidad de reflexión.
No digo que esté de acuerdo con el planteamiento, pero una vez planteado, hay que defenderlo y aprovecharlo".
La polémica, según Bendahan, surge por la cercanía del horror que alimentó el racismo de muchos intelectuales: "Hablamos de algo muy cercano y, diría, de gran actualidad todavía. Eso hace difícil separar la persona de su obra".
Algo perfectamente fácil de hacer, sin embargo, en el caso de autores como Quevedo, cuyo antisemitismo no hace ya tanto daño como el de un contemporáneo.
Por no hablar de la misoginia o la defensa de la esclavitud de no pocos de sus vecinos en los barrios bajos de la historia del arte.
¿Y cuándo queda el horror lo suficientemente lejos? Para responder, la autora de Déjalo, ya volveremos recurre a una serpiente que se muerde la cola: "Cuando no levanta polémica. Cuando se vive como un fenómeno ajeno a nosotros que ha formado parte de una locura histórica. Cuando es ya más historia que memoria".
El filósofo Reyes Mate, Premio Nacional de Ensayo en 2009 por La herencia del olvido, ha consagrado muchos de sus trabajos a la relación entre historia y memoria a la luz, sobre todo, del Holocausto, pero también de la Guerra Civil y de la dictadura argentina. Para él, "la memoria decisiva no es la de los hechos felices sino la de los infelices, y esa memoria negativa es la que puede ser un elemento crítico importante para una construcción diferente del presente".
Además, apunta, una cosa es conmemorar y otra, celebrar: "Se celebran los triunfos, se conmemoran las derrotas".
Lo curioso es que, a veces, tanto de unos como de otras se pretende dar una versión aséptica.
Cuando, en noviembre de 1996, los restos de André Malraux fueron trasladados al Panteón de París, junto a los de Rousseau, Victor Hugo o Marie Curie, se emitió un sello con un retrato del escritor al que le habían borrado por ordenador el cigarrillo que llevaba la fotografía original.
En el mismo Panteón, por cierto, reposa Voltaire, cuya obra está trufada de comentarios sobre los judíos que hoy serían un escándalo.
Lo peor que se puede hacer con el pasado, dice Mate, es borrarlo o ignorarlo: "A autores como Céline, cuyas posiciones políticas contribuyeron al desastre, conviene recordarlos porque fueron muy significativos.
Si no los tienes en cuenta no te explicas lo que sucedió.
Hay que leer críticamente a Céline, como a Heidegger o a Jünger, porque representa un momento del pasado que ha tenido una importancia enorme en la historia. Difícilmente se puede construir una historia diferente a lo que ellos significaron si no se tiene en cuenta que existieron".
En su opinión, ese argumento sirve tanto para un libro como para un monumento.
De ahí su contrariedad al comprobar que en el edificio central de la institución en la que trabaja, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha desaparecido la inscripción en latín que "honraba" a Franco como presidente del patronato del Consejo: "Han quitado el fresco y han puesto unas baldosas neutras. No hay rastro del pasado. Habría que haber dejado esa inscripción y, al lado, poner una explicación". Para el autor de Justicia de las víctimas, sin huellas se vuelve más difícil leer el pasado. Por eso, dice, "lo que hay que hacer no es eliminar el Valle de los Caídos, sino explicarlo".
Lo mismo cabría decir de los nombres de las calles: "La solución no es eliminarlas. No deberíamos olvidar que hubo una sociedad para la que los generales franquistas fueron personas ilustres.
Si hay muchas, como en Madrid, habría que dosificarlas, pero no se puede borrar de la ciudad ese pasado. Ahí la Ley de la Memoria Histórica afinó poco".
En lo que se refiere a los escritores, la gran pregunta es, apunta Esther Bendahan, si la obra de un autor y sus opiniones tienen genes distintos, es decir, si el arte tiene "su propia verdad".
La cuestión es más espinosa en el caso de un filósofo -que trabaja con sistemas que a veces conllevan una ética- que, por ejemplo, en el de un arquitecto, pero parece que no hay duda de que se puede ser un amoral y un gran artista.
"La experiencia nos dice que sí. Se ha dicho mil veces: los nazis se emocionaban con la música clásica".
Para Reyes Mate, el arte permite la contradicción de que una forma brillante albergue contenidos terroríficos.
Eso sí, lo que ha cambiado es la mirada sobre el arte: "Después de Auschwitz no podríamos decir de ciertos poemas que sean malos, pero sí que son éticamente discutibles. Lo que añade la experiencia de Auschwitz es el juicio ético, ya no te puedes detener solo en el nivel estético.
Nuestra visión de una obra tiene algo que sin esa experiencia no tendría por qué tener.
El deber de memoria pide que se incluya el juicio moral".
El día que Céline nos resulte tan lejano como Quevedo algo se habrá ganado pero algo se habrá perdido.
Significará que el horror que contribuyó a encender se ha vuelto para nosotros más ajeno que la belleza que él mismo consiguió crear.
Entre tanto, habría que prescindir de la brocha gorda para asumir de una vez por todas que los buenos escritores son a veces malas personas.
Y, de paso, asumir que para reconocer la grandeza de un artista no hace ir con flores a su tumba.
Una boda de 1.900 invitados para Guillermo y Kate
Entre los asistentes representantes de todas las casas reales, Beckham y miembros de las ONG en las que colaboró Diana de Gales .
Guillermo y Kate Middleton ya están enviando las invitaciones para su boda, que se celebrará el 29 de abril en la Abadía de Westminster de Londres.
Entre los asistentes estarán representantes de todas las casas reales, familiares, amigos y hasta el futbolista David Beckham, con quien el novio mantiene una buena amistad. Quien no ha sido convocada es Sarah Ferguson, exmujer de Andrés de Inglaterra que mantiene unas tensas relaciones con la reina Isabel por sus últimos escándalos.
La austera luna de miel de Kate y Guillermo
Seis habitaciones para Guillermo y Kate
La princesa no quiere carroza
Guillermo también quiere que sus exnovias Jecca Craig y Olivia Hunt le acompañen en la celebración. Kate, por su parte, también se ha acordado de su ex novio Rupert Finch.
La pareja ha reservado un espacio especial en la abadía para sus compañeros de la universidad de St. Andrews donde comenzó su historia de amor.
En la lista de asistentes se encuentran los familiares de la difunta madre de Guillermo, Diana, como sus hermanas lady Jane Fellowes y Lady Sarah McCorquodale y su hermano, el conde Charles Spencer.
La reina y su esposo el príncipe Felipe estarán a la cabeza del grupo de la familia real británica junto con el padre del novio Carlos y el príncipe Harry que será el padrino de la ceremonia.
Los padres de Kate, Michael y Carole Middleton, también tendrán asientos de primera fila junto con la hermana Pippa, su dama de honor, y su hermano James.
Sin embargo, solo 600 personas han sido invitadas a una recepción a la hora del almuerzo en el Palacio de Buckingham ofrecida por la reina, y un grupo aún más pequeño, 300 personas, asistirá a una cena y baile organizados por el príncipe Carlos ya por la noche.
La invitación que se está enviando estos días desde las oficinas del príncipe Carlos en Clarence House dicen: "El Lord Chamberlain en nombre de la reina invita al matrimonio de Su Alteza Real el Príncipe Guillermo de Gales con la señorita Catalina Middleton en la Abadía de Westminster el viernes, 29 de abril 2011 a las 11.00".
La tarjeta también fija las normas para vestir ese día: "uniforme de mañana o traje de calle."
Se espera representantes de las casas reales de España, Holanda, Noruega, Suecia, Dinamarca y Bélgica y dignatarios de Medio Oriente, el emperador de Japón y los reyes de Malasia, Tailandia y Tonga. Guillermo, muy vinculado a obras sociales, quiere que 80 personas de estas organizaciones le acompañen entre ellos personas sin hogar y miembros del Royal Marsden Hospital, del que Diana fue mecenas.
Guillermo y Kate Middleton ya están enviando las invitaciones para su boda, que se celebrará el 29 de abril en la Abadía de Westminster de Londres.
Entre los asistentes estarán representantes de todas las casas reales, familiares, amigos y hasta el futbolista David Beckham, con quien el novio mantiene una buena amistad. Quien no ha sido convocada es Sarah Ferguson, exmujer de Andrés de Inglaterra que mantiene unas tensas relaciones con la reina Isabel por sus últimos escándalos.
La austera luna de miel de Kate y Guillermo
Seis habitaciones para Guillermo y Kate
La princesa no quiere carroza
Guillermo también quiere que sus exnovias Jecca Craig y Olivia Hunt le acompañen en la celebración. Kate, por su parte, también se ha acordado de su ex novio Rupert Finch.
La pareja ha reservado un espacio especial en la abadía para sus compañeros de la universidad de St. Andrews donde comenzó su historia de amor.
En la lista de asistentes se encuentran los familiares de la difunta madre de Guillermo, Diana, como sus hermanas lady Jane Fellowes y Lady Sarah McCorquodale y su hermano, el conde Charles Spencer.
La reina y su esposo el príncipe Felipe estarán a la cabeza del grupo de la familia real británica junto con el padre del novio Carlos y el príncipe Harry que será el padrino de la ceremonia.
Los padres de Kate, Michael y Carole Middleton, también tendrán asientos de primera fila junto con la hermana Pippa, su dama de honor, y su hermano James.
Sin embargo, solo 600 personas han sido invitadas a una recepción a la hora del almuerzo en el Palacio de Buckingham ofrecida por la reina, y un grupo aún más pequeño, 300 personas, asistirá a una cena y baile organizados por el príncipe Carlos ya por la noche.
La invitación que se está enviando estos días desde las oficinas del príncipe Carlos en Clarence House dicen: "El Lord Chamberlain en nombre de la reina invita al matrimonio de Su Alteza Real el Príncipe Guillermo de Gales con la señorita Catalina Middleton en la Abadía de Westminster el viernes, 29 de abril 2011 a las 11.00".
La tarjeta también fija las normas para vestir ese día: "uniforme de mañana o traje de calle."
Se espera representantes de las casas reales de España, Holanda, Noruega, Suecia, Dinamarca y Bélgica y dignatarios de Medio Oriente, el emperador de Japón y los reyes de Malasia, Tailandia y Tonga. Guillermo, muy vinculado a obras sociales, quiere que 80 personas de estas organizaciones le acompañen entre ellos personas sin hogar y miembros del Royal Marsden Hospital, del que Diana fue mecenas.
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