Pues no le arriendo la ganancia a Iker, con esa carita de niño bueno, tan aleda de las caras de los otros grandes del futbol, claro que el futbol no es un Deporte de élite si eres disciplinado, y buenas piernas y un balón puedes ser un buen deportista, creo que Ike refleja eso y no ostenta su privilegio.
Iker Casillas, a sus 29 años, se considera una persona "sencilla y normal".
Asegura que la fama y el éxito no le han cambiado, sino que le han convertido en alguien más comprometido.
Por eso Iker estaba ayer feliz cuando recibió en Ginebra el título de Embajador de Buena Voluntad del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
"Si en el terreno de juego mi trabajo consiste en impedir que marquen goles, en el PNUD tendré que ayudar a marcarlos.
Es fundamental llamar la atención sobre las malas condiciones en las que viven las personas en el mundo entero, para que se materialicen las promesas que el mundo ha hecho para mejorar sus vidas", dijo tras el nombramiento. El portero del Real Madrid y de la selección fue propuesto por otro deportista, Zinedine Zidane, que también tiene este título. "Estoy feliz de estar aquí porque el PNUD trabaja para acabar con la pobreza aplicando soluciones duraderas. Solo trabajando en equipo se puede ganar la batalla contra la pobreza".
"Estamos encantados de tener a Iker Casillas trabajando con nosotros para ayudar a los países a alcanzar los ODM y derrotar la pobreza", proclamó Rebeca Grynspan, representante de la ONU.
"Él no solo es un modelo a seguir para los jóvenes de todo el mundo, sino también un socio muy comprometido con la necesidad de sensibilizar y crear oportunidades reales para mejorar las vidas de los más vulnerables".
Los contactos entre el futbolista español y el PNUD comenzaron después de que el capitán de la selección española levantase el trofeo de campeón del mundo el pasado 11 de julio en Sudáfrica.
Aprovechando el fichaje de Casillas, la ONU va a lanzar un Comic Book en el que participarán además todos los Embajadores de Buena Voluntad de las agencias de las Naciones Unidas que son futbolistas, como los ex madridistas Raúl, Ronaldo, Zidane y Figo y también con Vieira, Drogba, Adebayor, Baggio y Ballack.
El cómic se lanzará en las próximas semanas en Nueva York. Casillas, además, colabora de manera regular con iniciativas solidarias promovidas con PLAN, una ONG dedicada al apoyo de la infancia, con la que visitó proyectos en Sanambele (Malí) y Macchu Pichu (Perú).
25 ene 2011
"Después de la gala, dimito como presidente"
Alex de la Iglesia deja la Academia por su desacuerdo con la 'Ley Sinde' .
Tengo que reconocer que estos dos años al frente de la Academia han sido de los mejores de mi vida.
He aprendido mucho, he conocido gente estupenda, pero desde un ángulo distinto al del director.
Comencé reconociendo que me bajaba películas, sobre todo porno, y sentó fatal a los distribuidores, a los exhibidores y toda la profesión en general. Incluso me llamó mi madre. Esas declaraciones adolescentes me llevaron a reunirme con ellos y entender su punto de vista.
Lo mismo me ha pasado con el problema que nos ocupa, la posición de los creadores en la Red. Empecé haciéndolo fatal, sin conocer el tema a fondo y dejándome llevar por mis prejuicios, que son muchos y variados.
Conducido de nuevo por el método ensayo-error, decidí reunirme con los que quisieran hacerlo para explicarme su punto de vista.
Y de pronto descubrí que había muchos puntos en común.
Nadie estaba a favor del todo gratis, estaban de acuerdo en reconocer los derechos (y obligaciones) del autor frente a su obra, y a todos les parecía correcto buscar una manera ágil y eficaz de hacerlo.
Yo, por mi parte, reconocí que el modelo de mercado necesitaba ser ampliado y corregido, que la oferta legal no era suficiente, y que compartir archivos con libertad era algo inamovible y deseado por todos. Conocí a David Bravo, a Julio Alonso, a Josep Jover, a Francisco George del Partido Pirata, a David Maeztu, hablé con Enrique Dans, y muchísimos más, por Twitter.
Teniendo posturas absolutamente divergentes, el diálogo era fluido y sobre todo, constante. Soy un tipo con el genio fácil y dado a la respuesta rápida y poco meditada. Esta gente me dio una lección.
Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan.
Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo.
Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran. En este país cambiar de opinión es el mayor de los pecados. Creo que tenemos instalado el chip de la intransigencia desde hace tiempo. Hablé de ello en mi última película. La única manera de arrancárnoslo es mirar a la cara a la gente y decir lo que piensas con el convencimiento de que puede no ser cierto, que puedes estar diciendo o haciendo una tontería.
No voy a dejar de discutir, pero francamente, prefiero hacerlo como director que como presidente. Lo coherente es dejarlo. Acabaré lo que he empezado, eso sí, no quiero decepcionar a los compañeros de profesión, y prometo no empañar la ceremonia con este asunto.
Quiero que sea la fiesta que todos esperamos. El debate continuará, pero en un lugar adecuado.
Después de la gala, dimito como presidente. Seguiré siendo miembro de la Academia, discutiendo y metiendo la pata como siempre, pero como director de cine, que es lo mío.
Tengo que reconocer que estos dos años al frente de la Academia han sido de los mejores de mi vida.
He aprendido mucho, he conocido gente estupenda, pero desde un ángulo distinto al del director.
Comencé reconociendo que me bajaba películas, sobre todo porno, y sentó fatal a los distribuidores, a los exhibidores y toda la profesión en general. Incluso me llamó mi madre. Esas declaraciones adolescentes me llevaron a reunirme con ellos y entender su punto de vista.
Lo mismo me ha pasado con el problema que nos ocupa, la posición de los creadores en la Red. Empecé haciéndolo fatal, sin conocer el tema a fondo y dejándome llevar por mis prejuicios, que son muchos y variados.
Conducido de nuevo por el método ensayo-error, decidí reunirme con los que quisieran hacerlo para explicarme su punto de vista.
Y de pronto descubrí que había muchos puntos en común.
Nadie estaba a favor del todo gratis, estaban de acuerdo en reconocer los derechos (y obligaciones) del autor frente a su obra, y a todos les parecía correcto buscar una manera ágil y eficaz de hacerlo.
Yo, por mi parte, reconocí que el modelo de mercado necesitaba ser ampliado y corregido, que la oferta legal no era suficiente, y que compartir archivos con libertad era algo inamovible y deseado por todos. Conocí a David Bravo, a Julio Alonso, a Josep Jover, a Francisco George del Partido Pirata, a David Maeztu, hablé con Enrique Dans, y muchísimos más, por Twitter.
Teniendo posturas absolutamente divergentes, el diálogo era fluido y sobre todo, constante. Soy un tipo con el genio fácil y dado a la respuesta rápida y poco meditada. Esta gente me dio una lección.
Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan.
Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo.
Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran. En este país cambiar de opinión es el mayor de los pecados. Creo que tenemos instalado el chip de la intransigencia desde hace tiempo. Hablé de ello en mi última película. La única manera de arrancárnoslo es mirar a la cara a la gente y decir lo que piensas con el convencimiento de que puede no ser cierto, que puedes estar diciendo o haciendo una tontería.
No voy a dejar de discutir, pero francamente, prefiero hacerlo como director que como presidente. Lo coherente es dejarlo. Acabaré lo que he empezado, eso sí, no quiero decepcionar a los compañeros de profesión, y prometo no empañar la ceremonia con este asunto.
Quiero que sea la fiesta que todos esperamos. El debate continuará, pero en un lugar adecuado.
Después de la gala, dimito como presidente. Seguiré siendo miembro de la Academia, discutiendo y metiendo la pata como siempre, pero como director de cine, que es lo mío.
Los libros toman la ciudad rosa
La localidad india de Jaipur celebra el festival literario más grande de Asia .
Un desfile de celebridades literarias, entre ellas dos premios Nobel: J. M. Coetzee y Orhan Pamuk, en un palacio indio estilo rajastani, rodeados por más de 50.000 asistentes, mucha música, un poco de vino y cerveza.
Es la combinación del Festival de Literatura de Jaipur, el más grande de Asia, según sus organizadores.
Este quinto año del evento ha sido el de su masificación. Se ha superado por mucho los esperados 50.000 asistentes.
Y la cultura y la fiesta se han dejado sentir en la "ciudad rosa", Jaipur, al norte de India.
Durante cinco días en cuatro diferentes escenarios se han escuchado desde charlas del proceso creativo hasta discusiones sobre Cachemira.
Entre los eventos más concurridos ha sido en el que se ha escuchado al escurridizo Nobel sudafricano J. M. Coetzee leer su historia corta 'The Old Woman and the Cats' y en otra conferencia, hablar sobre gran futuro del "inglés imperial" en la literatura.
La otra gran estrella del festival fue el otro Nobel, el turco Orhan Pamuk, que además de hablar de cómo intenta escribir sobre las contradicciones humanas, compartió escenario con su pareja sentimental, la escritora Kiran Desai.
Pero se escuchó a otros grandes autores, entre ellos Martin Amis, Irvine Welsh, Ahmed Rashid o Vikram Seth.
En el marco de Jaipur se presentó también el ganador del primer premio DSC de literatura. Nombrado por una compañía de construcción india y con un premio de 50.000 dólares, será el más alto para el sur de Asia, superando los anteriores 30.000 del Man Asia Literary Prize. Los requerimientos son que debe ser una novela que tenga como tema el sur de Asia y debe ser en inglés o estar traducida al inglés.
El ganador de este primer premio ha sido Home Boy, del autor paquistaní H. M. Naqvi. Es la historia de tres jóvenes raperos paquistaníes en busca de la fama en Nueva York poco antes del 11 de septiembre.
Así Naqvi se une a la lista de escritores de ficción paquistaníes que están siendo aclamados internacionalmente como Mohammed Hanif, Asi Sethi y Mohisin Hamid.
"Tal vez una de las mejores cosas del festival es que se impulsan a los nuevos talentos", asegura Nilanjana Roy, una reconocida crítica literaria india. Y el ambiente del festival es sumamente relajado, con los grandes escritores conviviendo con otros más jóvenes, pero también con la audiencia.
Cada día, al final de los eventos literarios se ha escuchado música y se ha bebido alcohol.
Jaipur e India también han puesto su colorido.
A la entrada del palacio cada mañana se presenciaba a los vecinos duchándose en la bomba de agua, por ahí pasó la procesión de un cadáver hacia el crematorio y el desfile de un novio a caballo hacia su boda.
Un desfile de celebridades literarias, entre ellas dos premios Nobel: J. M. Coetzee y Orhan Pamuk, en un palacio indio estilo rajastani, rodeados por más de 50.000 asistentes, mucha música, un poco de vino y cerveza.
Es la combinación del Festival de Literatura de Jaipur, el más grande de Asia, según sus organizadores.
Este quinto año del evento ha sido el de su masificación. Se ha superado por mucho los esperados 50.000 asistentes.
Y la cultura y la fiesta se han dejado sentir en la "ciudad rosa", Jaipur, al norte de India.
Durante cinco días en cuatro diferentes escenarios se han escuchado desde charlas del proceso creativo hasta discusiones sobre Cachemira.
Entre los eventos más concurridos ha sido en el que se ha escuchado al escurridizo Nobel sudafricano J. M. Coetzee leer su historia corta 'The Old Woman and the Cats' y en otra conferencia, hablar sobre gran futuro del "inglés imperial" en la literatura.
La otra gran estrella del festival fue el otro Nobel, el turco Orhan Pamuk, que además de hablar de cómo intenta escribir sobre las contradicciones humanas, compartió escenario con su pareja sentimental, la escritora Kiran Desai.
Pero se escuchó a otros grandes autores, entre ellos Martin Amis, Irvine Welsh, Ahmed Rashid o Vikram Seth.
En el marco de Jaipur se presentó también el ganador del primer premio DSC de literatura. Nombrado por una compañía de construcción india y con un premio de 50.000 dólares, será el más alto para el sur de Asia, superando los anteriores 30.000 del Man Asia Literary Prize. Los requerimientos son que debe ser una novela que tenga como tema el sur de Asia y debe ser en inglés o estar traducida al inglés.
El ganador de este primer premio ha sido Home Boy, del autor paquistaní H. M. Naqvi. Es la historia de tres jóvenes raperos paquistaníes en busca de la fama en Nueva York poco antes del 11 de septiembre.
Así Naqvi se une a la lista de escritores de ficción paquistaníes que están siendo aclamados internacionalmente como Mohammed Hanif, Asi Sethi y Mohisin Hamid.
"Tal vez una de las mejores cosas del festival es que se impulsan a los nuevos talentos", asegura Nilanjana Roy, una reconocida crítica literaria india. Y el ambiente del festival es sumamente relajado, con los grandes escritores conviviendo con otros más jóvenes, pero también con la audiencia.
Cada día, al final de los eventos literarios se ha escuchado música y se ha bebido alcohol.
Jaipur e India también han puesto su colorido.
A la entrada del palacio cada mañana se presenciaba a los vecinos duchándose en la bomba de agua, por ahí pasó la procesión de un cadáver hacia el crematorio y el desfile de un novio a caballo hacia su boda.
Muere Jaime Salinas, editor en el lugar sin límites JUAN CRUZ
Era hijo del poeta Pedro Salinas.- Vivía retirado en un pequeño pueblo de Islandia -
Jaime Salinas contaba que, en sus años gloriosos de Alfaguara, cuando había publicado lo más importante de la producción literaria iberoamericana, uno de aquellos autores a los que él agasajó y aupó como sólo saben hacerlo los buenos editores apareció ante su vista, en un restaurante o en un aeropuerto.
Él creía que el escritor ahora famoso abría los brazos para hacerle el cálido agasajo que sin duda merecía, por sus desvelos.
Pues no. El escritor abría los brazos para saludar a una persona que estaba detrás de Jaime Salinas.
Estaba acostumbrado el maestro de editores, que trabajó con Carlos Barral y con Javier Pradera, que le puso ilusión a la tarea de reconstruir Alfaguara, la Alfaguara de Camilo José Cela y de Jorge Cela Trulock.
Él sabía que el editor, el personaje que aúpa y agasaja, edita y se arriesga editando, ha de quedarse a un lado en cuanto el libro alienta su aventura y el éxito distrae las gratitudes del autor.
Él se sabía le lección, de modo que aquel día, cuando el autor esquivó su abrazo, siguió su ánimo como si tal cosa.
Es decir, el ánimo inseguro de un poeta que, en lugar de escribir versos o novelas, se dedicó en la vida a hacer más feliz la vida de los otros, que es en realidad otro de los objetivos del trabajo de un editor como debe ser.
Su vida, de la que su sobrino Carlos Marichal, hijo de Juan Marichal, recién fallecido también en México, ha hecho una excelente síntesis que se puede leer en la edición digital de EL PAÍS, es el reflejo de un país cuya historia ha generado muchísimas perversiones, concentradas algunas de ellas en la guerra civil y en torno a la guerra civil. La guerra civil convirtió a Salinas (y a su familia, a don Pedro, el gran poeta, a su hermana Solita, esposa de Marichal, fallecida ya también) en un transterrado, como le gustaba decir a José Gaos (y fue Marichal quien divulgó ese término).
Jaime se hizo un norteamericano a garrotazos, sirvió en la guerra mundial, y finalmente sintió otra vez el latido de este país, al que lo convocó Seix Barral; después hizo el viaje de vuelta a Madrid, de la mano de José Ortega Spottorno, el fundador de EL PAÍS, y de Javier Pradera, para hacer de Alianza Editorial un éxito que es imposible despegar de la historia editorial española.
Donde Jaime Salinas desarrolló su enorme potencia (la potencia de un hombre aparentemente frágil) profesional fue en Alfaguara; acabó convirtiéndola no sólo en la editorial que fue sino también en un medio de comunicación, en un lugar sin límites, donde la fiesta interminable de la edición tuvo su asiento. Jaime organizó comités de lecturas en los que las esgrimas verbales de Juan García Hortelano y Juan Benet, junto a más jóvenes, como Javier Marías y Vicente Molina-Foix, o ante personajes de la cultura crítica, como Rafael Conte, dieron paso a un catálogo implacable y poderoso que ahora es el asombro de quienes miran los viejos catálogos de la historia editorial española. Ishiguro decía, hablando de lo que hizo T. S. Eliot (y de lo que hicieron sus sucesores) en Faber and Faber, que el catálogo es la conciencia de una editorial.
En el caso de la Alfaguara de Salinas, el catálogo fue su conciencia, que pesó poderosamente (y benéficamente) en aquellos que le sucedieron: José María Guelbenzu, Luis Suñén, Manuel Rodríguez Rivero, Guillermo Shavelzon, así hasta Amaya Elezcano y Pilar Reyes, que es quien ahora sigue en el timón de aquel barco que tanto se movía con Jaime al frente.
Jesús de la Serna, el gran periodista, suele decir que el capitán del barco es como el director de un periódico: come solo en su camarote.
Pasa con el editor; Jaime Salinas, que tuvo muchísima gente alrededor siempre, y que ha muerto junto a su gran amigo Gudbergur Bergsson, gran escritor islandés, novelista, traductor del Quijote, era un hombre de extremas fidelidades, acendradas no sólo en el mundo de la cultura literaria, sino más allá; silencioso cuando tocaba, atentísimo siempre, desarrolló la facultad del encantamiento (de la que tanto vive el mundo editorial) no sólo para contentar autores díscolos o mimosos; puso esa facultad a disposición de la amistad.
Recuerdo muy nítidamente su reencuentro, después de muchos años, con Günter Grass, su querido autor de los tiempos de Alfaguara.
Jaime pidió whisky, como siempre, y Grass pidió coñac. Y se pusieron a hablar, como si no hubiera pasado el tiempo. En esta ocasión el autor le abrazó, consciente de que aquellas fiestas que Salinas hizo para agasajarle y para contar que era uno de los grandes escritores del mundo, cuando aún no se sabía del todo, le convirtieron aquí, en lengua española, en la figuira que siguió siendo.
Salinas no buscaba gratitud. Era un editor, habitante exigente (consigo mismo, con los otros) de ese lugar sin límites que es la sensibilidad de quien regala su energía para que los demás sean felices.
Jaime Salinas contaba que, en sus años gloriosos de Alfaguara, cuando había publicado lo más importante de la producción literaria iberoamericana, uno de aquellos autores a los que él agasajó y aupó como sólo saben hacerlo los buenos editores apareció ante su vista, en un restaurante o en un aeropuerto.
Él creía que el escritor ahora famoso abría los brazos para hacerle el cálido agasajo que sin duda merecía, por sus desvelos.
Pues no. El escritor abría los brazos para saludar a una persona que estaba detrás de Jaime Salinas.
Estaba acostumbrado el maestro de editores, que trabajó con Carlos Barral y con Javier Pradera, que le puso ilusión a la tarea de reconstruir Alfaguara, la Alfaguara de Camilo José Cela y de Jorge Cela Trulock.
Él sabía que el editor, el personaje que aúpa y agasaja, edita y se arriesga editando, ha de quedarse a un lado en cuanto el libro alienta su aventura y el éxito distrae las gratitudes del autor.
Él se sabía le lección, de modo que aquel día, cuando el autor esquivó su abrazo, siguió su ánimo como si tal cosa.
Es decir, el ánimo inseguro de un poeta que, en lugar de escribir versos o novelas, se dedicó en la vida a hacer más feliz la vida de los otros, que es en realidad otro de los objetivos del trabajo de un editor como debe ser.
Su vida, de la que su sobrino Carlos Marichal, hijo de Juan Marichal, recién fallecido también en México, ha hecho una excelente síntesis que se puede leer en la edición digital de EL PAÍS, es el reflejo de un país cuya historia ha generado muchísimas perversiones, concentradas algunas de ellas en la guerra civil y en torno a la guerra civil. La guerra civil convirtió a Salinas (y a su familia, a don Pedro, el gran poeta, a su hermana Solita, esposa de Marichal, fallecida ya también) en un transterrado, como le gustaba decir a José Gaos (y fue Marichal quien divulgó ese término).
Jaime se hizo un norteamericano a garrotazos, sirvió en la guerra mundial, y finalmente sintió otra vez el latido de este país, al que lo convocó Seix Barral; después hizo el viaje de vuelta a Madrid, de la mano de José Ortega Spottorno, el fundador de EL PAÍS, y de Javier Pradera, para hacer de Alianza Editorial un éxito que es imposible despegar de la historia editorial española.
Donde Jaime Salinas desarrolló su enorme potencia (la potencia de un hombre aparentemente frágil) profesional fue en Alfaguara; acabó convirtiéndola no sólo en la editorial que fue sino también en un medio de comunicación, en un lugar sin límites, donde la fiesta interminable de la edición tuvo su asiento. Jaime organizó comités de lecturas en los que las esgrimas verbales de Juan García Hortelano y Juan Benet, junto a más jóvenes, como Javier Marías y Vicente Molina-Foix, o ante personajes de la cultura crítica, como Rafael Conte, dieron paso a un catálogo implacable y poderoso que ahora es el asombro de quienes miran los viejos catálogos de la historia editorial española. Ishiguro decía, hablando de lo que hizo T. S. Eliot (y de lo que hicieron sus sucesores) en Faber and Faber, que el catálogo es la conciencia de una editorial.
En el caso de la Alfaguara de Salinas, el catálogo fue su conciencia, que pesó poderosamente (y benéficamente) en aquellos que le sucedieron: José María Guelbenzu, Luis Suñén, Manuel Rodríguez Rivero, Guillermo Shavelzon, así hasta Amaya Elezcano y Pilar Reyes, que es quien ahora sigue en el timón de aquel barco que tanto se movía con Jaime al frente.
Jesús de la Serna, el gran periodista, suele decir que el capitán del barco es como el director de un periódico: come solo en su camarote.
Pasa con el editor; Jaime Salinas, que tuvo muchísima gente alrededor siempre, y que ha muerto junto a su gran amigo Gudbergur Bergsson, gran escritor islandés, novelista, traductor del Quijote, era un hombre de extremas fidelidades, acendradas no sólo en el mundo de la cultura literaria, sino más allá; silencioso cuando tocaba, atentísimo siempre, desarrolló la facultad del encantamiento (de la que tanto vive el mundo editorial) no sólo para contentar autores díscolos o mimosos; puso esa facultad a disposición de la amistad.
Recuerdo muy nítidamente su reencuentro, después de muchos años, con Günter Grass, su querido autor de los tiempos de Alfaguara.
Jaime pidió whisky, como siempre, y Grass pidió coñac. Y se pusieron a hablar, como si no hubiera pasado el tiempo. En esta ocasión el autor le abrazó, consciente de que aquellas fiestas que Salinas hizo para agasajarle y para contar que era uno de los grandes escritores del mundo, cuando aún no se sabía del todo, le convirtieron aquí, en lengua española, en la figuira que siguió siendo.
Salinas no buscaba gratitud. Era un editor, habitante exigente (consigo mismo, con los otros) de ese lugar sin límites que es la sensibilidad de quien regala su energía para que los demás sean felices.
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