25 sept 2010
El fin del mantel VICENTE VERDÚ
Lévi-Strauss relata un mito africano en que hacer de comer se asimila a hacer el amor, con una correspondencia semántica, término a término, en que "las piedras del hogar son las nalgas, la marmita es la vagina, el cucharón, el pene".
Sin llevar las cosas tan lejos, la relación entre la mesa y la cama y la interrelación de numerosas expresiones correspondientes al hambre, la gula y la lujuria ("te comería", "devórame", "hambre de ti", etcétera) ponen a las claras el cruce simbólico entre las plataformas de la cama y de la mesa y entre la sábana y el mantel.
En ambas máquinas del hogar el placer se dispone sobre una superficie plana, un tálamo patente, donde se hacen más explícitos los objetos que se desean y en donde el deseo, sobre el mantel o sobre las sábanas, deja sus marcas, sus máculas y pringues de una consistencia y color cercanos.
El mantel sucio y la cama manchada se retiran con urgencia de la vista puesto que un sentimiento aversivo, posterior a la ingestión opípara, convierte su visión en un testimonio incómodo. Un testimonio agotado y frío. De hecho, a la mesa llegan los alimentos calientes, las carnes recién horneadas tal como si su temple se correspondiera con signos muy parecidos en los cuerpos de los amantes y en cuya fiesta de fuego permanecen vivos.
¿Comer sin mantel? La diferencia entre una comida con o sin mantel significa hoy una diferencia de tiempos y un acortamiento del placer, su voluptuosidad y su dulce concupiscencia.
Un periodo corto destinado a la función de comer o cenar, apenas un tapete o una bandeja en el almuerzo o por la noche ante el televisor, denota un diferente goce a través del alimento.
Un alimento que, salvo en las conmemoraciones y grandes festividades, pasa de ser un manjar, más o menos cumplido, a convertirse en un menú estricto e incluso frío. ¿Muerto?
El mantel abandera simbólicamente la ingesta del festín colectivo y en cuanto reunión gloriosa. De la misma manera que la sábana pulcra y tersa hace pensar en un interminable lanzamiento de los cuerpos al cielo.
El mantel asienta a sus comensales sin aparente limitación y la sábana blanca, fulgurante, anticipa el deslizamiento de un cuerpo en otro a través de una invisible y perpetua cinta de Moebius.
De estos dos escenarios, el comedor y la alcoba, se deduce la plácida lentitud de las reuniones amables y también, por supuesto, una morosa degustación sin reglamento ni racionamiento.
La mesa sin mantel indica tanto prontitud como funcional consumición del plato. Hace sentir el deber de la urgencia y la experiencia práctica. De este modo, también la copulación comercial se apoya en superficies fáciles de reponer, fáciles de convertirse, tarde o temprano, en elementos de paso. De este modo el sexo progresivamente ha pasado de pesar mucho a pesar poco y de abandonar la gravosa responsabilidad de la procreación a la efímera ligereza de la recreación.
Una escena bien conocida en la pintura, El almuerzo sobre la yerba (1863) de Manet, representa simultáneamente el deleite de la comida feliz junto a la presencia de la sexualidad explícita y dorada sobre el cuerpo desnudo de la mujer que nos mira de frente.
Dos figuras masculinas vestidas y abandonadas a la supuesta e inmediata devoración sexual completan junto a la segunda joven del fondo un cruce entre los víveres del cesto derramado y el deseo sexual flotando entre los mínimos intervalos de cuerpo a cuerpo. El mantel que, al fondo, se está extendiendo sobre el suelo de yerba ondula mentalmente el abrazo que envuelve la integridad sexual de la escena plasmada en el lienzo.
Un lienzo que acoge la presencia de hombres y mujeres en una conjunción del sabor y el amor unidos en un cuadro de sombras, árboles y condimentos.
Es que si se tiene imaginación, soñar no cuesta nada pero comer si. O es el canto al canibalismo. porque hay críticos de todo, de cine, pintores, que ven lo que no hay y lo que hay no lo ven por su enorme pedantería.
Sin llevar las cosas tan lejos, la relación entre la mesa y la cama y la interrelación de numerosas expresiones correspondientes al hambre, la gula y la lujuria ("te comería", "devórame", "hambre de ti", etcétera) ponen a las claras el cruce simbólico entre las plataformas de la cama y de la mesa y entre la sábana y el mantel.
En ambas máquinas del hogar el placer se dispone sobre una superficie plana, un tálamo patente, donde se hacen más explícitos los objetos que se desean y en donde el deseo, sobre el mantel o sobre las sábanas, deja sus marcas, sus máculas y pringues de una consistencia y color cercanos.
El mantel sucio y la cama manchada se retiran con urgencia de la vista puesto que un sentimiento aversivo, posterior a la ingestión opípara, convierte su visión en un testimonio incómodo. Un testimonio agotado y frío. De hecho, a la mesa llegan los alimentos calientes, las carnes recién horneadas tal como si su temple se correspondiera con signos muy parecidos en los cuerpos de los amantes y en cuya fiesta de fuego permanecen vivos.
¿Comer sin mantel? La diferencia entre una comida con o sin mantel significa hoy una diferencia de tiempos y un acortamiento del placer, su voluptuosidad y su dulce concupiscencia.
Un periodo corto destinado a la función de comer o cenar, apenas un tapete o una bandeja en el almuerzo o por la noche ante el televisor, denota un diferente goce a través del alimento.
Un alimento que, salvo en las conmemoraciones y grandes festividades, pasa de ser un manjar, más o menos cumplido, a convertirse en un menú estricto e incluso frío. ¿Muerto?
El mantel abandera simbólicamente la ingesta del festín colectivo y en cuanto reunión gloriosa. De la misma manera que la sábana pulcra y tersa hace pensar en un interminable lanzamiento de los cuerpos al cielo.
El mantel asienta a sus comensales sin aparente limitación y la sábana blanca, fulgurante, anticipa el deslizamiento de un cuerpo en otro a través de una invisible y perpetua cinta de Moebius.
De estos dos escenarios, el comedor y la alcoba, se deduce la plácida lentitud de las reuniones amables y también, por supuesto, una morosa degustación sin reglamento ni racionamiento.
La mesa sin mantel indica tanto prontitud como funcional consumición del plato. Hace sentir el deber de la urgencia y la experiencia práctica. De este modo, también la copulación comercial se apoya en superficies fáciles de reponer, fáciles de convertirse, tarde o temprano, en elementos de paso. De este modo el sexo progresivamente ha pasado de pesar mucho a pesar poco y de abandonar la gravosa responsabilidad de la procreación a la efímera ligereza de la recreación.
Una escena bien conocida en la pintura, El almuerzo sobre la yerba (1863) de Manet, representa simultáneamente el deleite de la comida feliz junto a la presencia de la sexualidad explícita y dorada sobre el cuerpo desnudo de la mujer que nos mira de frente.
Dos figuras masculinas vestidas y abandonadas a la supuesta e inmediata devoración sexual completan junto a la segunda joven del fondo un cruce entre los víveres del cesto derramado y el deseo sexual flotando entre los mínimos intervalos de cuerpo a cuerpo. El mantel que, al fondo, se está extendiendo sobre el suelo de yerba ondula mentalmente el abrazo que envuelve la integridad sexual de la escena plasmada en el lienzo.
Un lienzo que acoge la presencia de hombres y mujeres en una conjunción del sabor y el amor unidos en un cuadro de sombras, árboles y condimentos.
Es que si se tiene imaginación, soñar no cuesta nada pero comer si. O es el canto al canibalismo. porque hay críticos de todo, de cine, pintores, que ven lo que no hay y lo que hay no lo ven por su enorme pedantería.
Y la Concha de Oro es para...
Misterios de Lisboa', 'Neds', 'Pa negre' o 'Elisa K', entre los posibles ganadores en una sección Oficial mediocre .
Apatía es la palabra que mejor podría definir el estado de ánimo ante el palmarés de esta 58ª edición del Festival de Cine de San Sebastián que se dará a conocer esta tarde a partir de las cuatro de la tarde. Hay pocas quinielas y poco interés por conocer qué película se llevará la Concha de Oro.
La sensación entre los asistentes al certamen es que esta edición ha sido una de las más pobres tanto a nivel cinematográfico como de alegría en las calles en busca de rostros y estrellas conocidas.
De los 15 quince títulos a competición en la sección oficial no ha habido ninguno que haya destacado especialmente y haya contado con la unanimidad de críticos y periodistas, como sí ha ocurrido en otras ocasiones. Independientemente de que luego el jurado decida en ningún sentido u otro.
Intimismo chino para clausurar el mediocre cine a concurso
Paul Giamatti: "Disfruto de las tonterías de Hollywood porque yo disfruto con las tonterías"
La película de Raúl Ruiz, Misterios de Lisboa, y la española Pa negre, de Agustí Villaronga, han contado con más opiniones favorables. Ahora bien, el jurado, presidido por Goran Paskaljevic, podría decidir entre propuestas más comerciales, como Neds, de Peter Mullan; llamadas a la experimentación en todo festivalero, como Elisa K, de Jordi Cadena y Judith Colell; o apostar por películas pequeñas, muy pequeñas, que saldrían catapultadas de aquí, como la marroquí La mezquita o la argentina Cerro Bayo. En cualquier caso, el jurado ya tomó la decisión el jueves por la tarde: adelantaron sus deliberaciones por la marcha de uno de sus miembros, Lucy Walker, que también había llegado comenzado ya el festival.
Entre los premios que ya se han revelado están el del Público, para Barney's version, con Paul Giamatti en su propio tour de forcé, el del Público al mejor filme europeo para ¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?, de Norberto López Amado y Carlos Carcas, un documental sobre la vida de uno de los grandes arquitectos del siglo XXI; y el de la Juventud, para Abel, el debut como director del actor mexicano Diego Luna.
A este desánimo en la propuesta oficial del certamen, última edición que dirige Mikel Olaciregui, se ha unido la nula presencia de estrellas del cine. Solo Julia Roberts, que recibió el único premio Donostia concedido este año, consiguió traer a gente a las calles, aunque la poca empatía de la actriz estadounidense provocó una gran desilusión entre el público y los periodistas. Ni siquiera su presencia vino acompañada de una buena película.
Julia Roberts aprovechó su presencia en San Sebastián para presentar Come reza ama, un filme que sí logró unir como en pocas ocasiones a crítica y público, pero por su ínfima calidad. La rueda de prensa que ofreció Roberts junto al actor español Javier Bardem fue una de las más sosas que se recuerdan en los últimos años.
Y la desilusión llego a las calles la noche de la ceremonia del Donostia. La intérprete de Pretty woman hizo el recorrido que separa el hotel María Cristina, donde se alojó con sus tres hijos, su marido y un potente séquito, del Kursaal en un automóvil con los cristales tintados: centenares de personas que esperaron horas en la alfombra negra (este año se abandonó el habitual roja) se fueron de vuelta a su casa con la sensación de tomadura de pelo.
Julia Roberts no solo se negó a descender por la escalinata del escenario del Kursaal, lo que provocó que la gala se retrasara media hora, sino que también se tuvo que cambiar rápido y veloz el vídeo que habían preparado los responsables del festival sobre la carrera cinematográfica de la actriz, que lo vio esa mañana y exigió cambios.
Apatía es la palabra que mejor podría definir el estado de ánimo ante el palmarés de esta 58ª edición del Festival de Cine de San Sebastián que se dará a conocer esta tarde a partir de las cuatro de la tarde. Hay pocas quinielas y poco interés por conocer qué película se llevará la Concha de Oro.
La sensación entre los asistentes al certamen es que esta edición ha sido una de las más pobres tanto a nivel cinematográfico como de alegría en las calles en busca de rostros y estrellas conocidas.
De los 15 quince títulos a competición en la sección oficial no ha habido ninguno que haya destacado especialmente y haya contado con la unanimidad de críticos y periodistas, como sí ha ocurrido en otras ocasiones. Independientemente de que luego el jurado decida en ningún sentido u otro.
Intimismo chino para clausurar el mediocre cine a concurso
Paul Giamatti: "Disfruto de las tonterías de Hollywood porque yo disfruto con las tonterías"
La película de Raúl Ruiz, Misterios de Lisboa, y la española Pa negre, de Agustí Villaronga, han contado con más opiniones favorables. Ahora bien, el jurado, presidido por Goran Paskaljevic, podría decidir entre propuestas más comerciales, como Neds, de Peter Mullan; llamadas a la experimentación en todo festivalero, como Elisa K, de Jordi Cadena y Judith Colell; o apostar por películas pequeñas, muy pequeñas, que saldrían catapultadas de aquí, como la marroquí La mezquita o la argentina Cerro Bayo. En cualquier caso, el jurado ya tomó la decisión el jueves por la tarde: adelantaron sus deliberaciones por la marcha de uno de sus miembros, Lucy Walker, que también había llegado comenzado ya el festival.
Entre los premios que ya se han revelado están el del Público, para Barney's version, con Paul Giamatti en su propio tour de forcé, el del Público al mejor filme europeo para ¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?, de Norberto López Amado y Carlos Carcas, un documental sobre la vida de uno de los grandes arquitectos del siglo XXI; y el de la Juventud, para Abel, el debut como director del actor mexicano Diego Luna.
A este desánimo en la propuesta oficial del certamen, última edición que dirige Mikel Olaciregui, se ha unido la nula presencia de estrellas del cine. Solo Julia Roberts, que recibió el único premio Donostia concedido este año, consiguió traer a gente a las calles, aunque la poca empatía de la actriz estadounidense provocó una gran desilusión entre el público y los periodistas. Ni siquiera su presencia vino acompañada de una buena película.
Julia Roberts aprovechó su presencia en San Sebastián para presentar Come reza ama, un filme que sí logró unir como en pocas ocasiones a crítica y público, pero por su ínfima calidad. La rueda de prensa que ofreció Roberts junto al actor español Javier Bardem fue una de las más sosas que se recuerdan en los últimos años.
Y la desilusión llego a las calles la noche de la ceremonia del Donostia. La intérprete de Pretty woman hizo el recorrido que separa el hotel María Cristina, donde se alojó con sus tres hijos, su marido y un potente séquito, del Kursaal en un automóvil con los cristales tintados: centenares de personas que esperaron horas en la alfombra negra (este año se abandonó el habitual roja) se fueron de vuelta a su casa con la sensación de tomadura de pelo.
Julia Roberts no solo se negó a descender por la escalinata del escenario del Kursaal, lo que provocó que la gala se retrasara media hora, sino que también se tuvo que cambiar rápido y veloz el vídeo que habían preparado los responsables del festival sobre la carrera cinematográfica de la actriz, que lo vio esa mañana y exigió cambios.
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