No es nada raro que las medidas de seguridad se extremen porque está la flor y nata de los que decidirán como va a ser nuestro mundo, y resulta que hoy todo el idem sabe quien está y dónde, tanto airear que se reúnen en Sitges, medidas de seguridad? porque dicen hasta el Hotel o palacio. igual es que se han reunido en Las Islas Caimán y ponen Sitges para que hablemos de esto, a qué sale la Reina Dña Sofía? qué tiene una Reina que decir sobre el futuro de nuestro Planeta? ni la Reina de Inglaterra va, o a lo mejor si y nos engañan.....tengo ya un espiritu tan emparanoiado que dice el piberio que veo conspiracines en todas partes, y encima que nos dicen que la verdadera Crisis está por llegar, en el año 2.012, jo parece cuando se especulaba con el 1º milenio en la Edad Media....
Ayer viendo un Debate de los que no sacas nada en claro , se hacían la misma pregunta, si son las mayres fortunas del mundo las que se reúnen y contaban que el año pasado se decidió la gripe A para mover dinero, no lo creo, la verdad, si fue en otra ocasión la Reina de Holanda es porque dicen que es una de las fortunas más grandes , pero nuestra o la que tenemos, a qué va? es tan rica Dña Sofía que nos da ejemplo de no despilfarrar comprando en verano unas alpargatas con su cuñada? su hermano, Contastino si tiene fortuna, pero no sé de que negocios se ocupa en Londres.
6 jun 2010
El Club Bilderberg

El Club Bilderberg
Ya las conspiraciones no son lo que eran. Hace unos años, algunos que se mostraban como iniciados, antiguos espías de los servicios secreto de la extinta URSS y periodistas de investigación que decían valer más por lo que callaban que por lo que decían, empezaron a mencionar el Club Bilderberg, del que formaban parte los personajes más poderosos del mundo y que sonaba a una especie de logia conspirativa que se reunía cada año en secreto. Se comentaba, siempre a toro pasado, que en tal año la reunión fue en un castillo bávaro, que en tal otro en un hotel de la isla de La Toja, pero siempre después, porque el poder allí reunido era tanto que la mejor medida de seguridad era no dar publicidad. Tampoco se ha dicho nunca qué decisiones se han tomado, pero como pasa con todo lo que no es transparente se especula de todo.
La idea que tengo es que no son precisamente hermanitas de la caridad, pero tampoco me los imagino como los malos de los cómics, reunidos y hablando en voz baja sobre cómo dominar el mundo, en un congreso en el que se dan cita Lex Luthor, el Jocker, Los Hermanos Dalton y hasta el Conde Drácula.
Y lo que sorprende es que este año se anuncie su reunión en Sitges, como un concierto de rock, aunque seguramente nunca sabremos de qué hablaron o qué decidieron, si es que decidieron algo.
Es lo que digo, que ya no se conspira como antes, y si ahora el Club Bilderberg se reúne a la luz del día, si nos enteramos en la prensa del cambio de Gran Maestre de una logia masónica y si hasta los espías y los miembros de rarísimas sociedades secretas tienen tarjeta de visita, nos vamos a quedar sin misterio; y es una pena, porque el misterio siempre da para mucho, y si se estira debidamente suele desembocar en buena literatura y buen cine, pero por contra, si se estira el misterio, suele dar muy mal periodismo.
De Emilio González Déniz
5 jun 2010
Io sono l 'amore
La casualidad es azar, no hay nada detrás, pero a veces, en su capricho, semeja una revelación, una señal de lo alto. Toda la semana se han pasado las secciones vecinas intentando definir a las clases media y alta –por barruntar dónde se va a fijar la frontera del órdago fiscal– en esta sociedad difusa en que la conciencia de clase ha pasado a mejor vida, y en las carteleras, dos tratados sobre la burguesía europea para despejar dudas.
La primera –por riguroso orden de proximidad a la excelencia– ya se ha convertido en un fenómeno boca a boca en medio continente y ha recaudado, dice ufano su director, "un millón de libras en el Reino Unido".
Io sono l"amore (Yo soy el amor) –el paréntesis también es título– es el segundo largo de un director, Luca Guadagnino, cuya filmografía previa no permitía prever la altura y riesgo de esta obra, ni la sofisticación alambicada de su discurso.
La adinerada familia Recchi, fundadora de una próspera industria textil, asiste a los últimos días del patriarca en su lujoso palacete del centro de Milán.
Su heredero, Tancredi Recchi (Pippo Delbono), habrá de compartir el imperio familiar con su propio hijo, Edoardo (Flavio Parenti), nieto del padrone y la más firme promesa de primogenitura digna para estos Agnelli de ficción.
El relato se centra, sin embargo, en la esposa de Tancredi, Emma (Tilda Swinton, también productora), cuyo nombre es una cita obvia a Flaubert y una invención de su esposo, que la rebautizó tras traerla de Rusia para desposarla, y en la irrupción de la pasión, vehículo de la destrucción del sólido universo de lo decente: antes de que su madre se abandone a ella, la pequeña Elisabetta (Alba Rohrwacher) confiesa su amor por otra joven y huye a Londres para poner tierra de por medio con la respetabilidad milanesa.
Es todo más viejo (decimonónico, para más señas) que jugar a las tabas, efectivamente. Y la sombra de Visconti –al que cita de continuo Guadagnino– está tenazmente presente. Pero a la vez, el realizador se propone una renovación del lenguaje del melodrama con apuestas arriesgadísimas –lo freudiano y lo onírico se convierten en excursos visuales, y la antítesis entre la soleada boscosidad de San Remo y la grisura de la bauhausiana vivienda milanesa (donde una polilla turba el descanso marital) se vuelve una elegía de la sensualidad– que tienen detrás un trabado discurso.
"Tancredi fue a Rusia a comprar arte y compró a Emma; Edoardo, incapaz de asumir que ama a su amigo Antonio, lo compra, invirtiendo en su restaurante", subraya Guadagnino, encorajinado y vehemente (un ímpetu verbal simpático, salpicado por su patente ceceo). Desbocado, remata: "La burguesía milanesa comprando lo que ama no es una casualidad: Italia es el laboratorio y el futuro de Europa, un país controlado por hombres que compran los placeres sexuales negando al otro, al que debería ser amado, su subjetividad; hombres incapaces de enfrentarse a la alteridad, que eligen pagar para convertirla en el agujero de su deseo". En esos funestos términos, Io sono l"amore es, además de un bello drama, un airado manifiesto.
A su lado, Pastel de boda, de Denys Granier-Deferre, es una casi inocente sátira sobre la burguesía francesa de provincias –en este caso bordelesa– centrada en los esponsales entre una hija de viejos ricos y un hijo de nuevos ricos.
La cinta, no exenta de condescendencia parisienne –en París nació, en 1949, el director y allí ejerce como profesora la autora de la novela, Blandine Le Callet–, es una pieza pura de comedia de costumbres, con viejos ricos desnortados y nuevos ricos ridículos, metidos en un castillo-hotel de fingida fisonomía aristocrática.
"Es el tipo de gente de provincias que se pone participios en los apellidos para aparentar nobleza", dice este director, que luce –se habrán fijado– un distinguido guión en mitad del apellido.
La primera –por riguroso orden de proximidad a la excelencia– ya se ha convertido en un fenómeno boca a boca en medio continente y ha recaudado, dice ufano su director, "un millón de libras en el Reino Unido".
Io sono l"amore (Yo soy el amor) –el paréntesis también es título– es el segundo largo de un director, Luca Guadagnino, cuya filmografía previa no permitía prever la altura y riesgo de esta obra, ni la sofisticación alambicada de su discurso.
La adinerada familia Recchi, fundadora de una próspera industria textil, asiste a los últimos días del patriarca en su lujoso palacete del centro de Milán.
Su heredero, Tancredi Recchi (Pippo Delbono), habrá de compartir el imperio familiar con su propio hijo, Edoardo (Flavio Parenti), nieto del padrone y la más firme promesa de primogenitura digna para estos Agnelli de ficción.
El relato se centra, sin embargo, en la esposa de Tancredi, Emma (Tilda Swinton, también productora), cuyo nombre es una cita obvia a Flaubert y una invención de su esposo, que la rebautizó tras traerla de Rusia para desposarla, y en la irrupción de la pasión, vehículo de la destrucción del sólido universo de lo decente: antes de que su madre se abandone a ella, la pequeña Elisabetta (Alba Rohrwacher) confiesa su amor por otra joven y huye a Londres para poner tierra de por medio con la respetabilidad milanesa.
Es todo más viejo (decimonónico, para más señas) que jugar a las tabas, efectivamente. Y la sombra de Visconti –al que cita de continuo Guadagnino– está tenazmente presente. Pero a la vez, el realizador se propone una renovación del lenguaje del melodrama con apuestas arriesgadísimas –lo freudiano y lo onírico se convierten en excursos visuales, y la antítesis entre la soleada boscosidad de San Remo y la grisura de la bauhausiana vivienda milanesa (donde una polilla turba el descanso marital) se vuelve una elegía de la sensualidad– que tienen detrás un trabado discurso.
"Tancredi fue a Rusia a comprar arte y compró a Emma; Edoardo, incapaz de asumir que ama a su amigo Antonio, lo compra, invirtiendo en su restaurante", subraya Guadagnino, encorajinado y vehemente (un ímpetu verbal simpático, salpicado por su patente ceceo). Desbocado, remata: "La burguesía milanesa comprando lo que ama no es una casualidad: Italia es el laboratorio y el futuro de Europa, un país controlado por hombres que compran los placeres sexuales negando al otro, al que debería ser amado, su subjetividad; hombres incapaces de enfrentarse a la alteridad, que eligen pagar para convertirla en el agujero de su deseo". En esos funestos términos, Io sono l"amore es, además de un bello drama, un airado manifiesto.
A su lado, Pastel de boda, de Denys Granier-Deferre, es una casi inocente sátira sobre la burguesía francesa de provincias –en este caso bordelesa– centrada en los esponsales entre una hija de viejos ricos y un hijo de nuevos ricos.
La cinta, no exenta de condescendencia parisienne –en París nació, en 1949, el director y allí ejerce como profesora la autora de la novela, Blandine Le Callet–, es una pieza pura de comedia de costumbres, con viejos ricos desnortados y nuevos ricos ridículos, metidos en un castillo-hotel de fingida fisonomía aristocrática.
"Es el tipo de gente de provincias que se pone participios en los apellidos para aparentar nobleza", dice este director, que luce –se habrán fijado– un distinguido guión en mitad del apellido.
Yo Soy El Amor

Yo soy el amor es una historia de una familia de alta burguesía industrial que se ve asediada por cambios internos, que suceden de forma más o menos natural, pero definitivamente destructiva. Una familia donde la mujer está relevada, donde los sentimientos son contenidos. La problemática se inicia con la herencia de poderes del abuelo al padre e hijo, que hace que cada uno al cambiar de postura hallé su auténtica y nueva realidad.
Io sono l´amore pretende hablar de un amor encontrado, descubierto pero que no se habla. Los dialogos son escasos, se trata de un lenguaje de silencios y gestos, pequeños detalles dentro del hermetismo.
Luca Guadagnino filma desde la distancia y muestra con los espacios del film el alma de sus personajes. La búsqueda de identidad en las localizaciones. Por eso, el primer cambio hacia el amor se da cuando la hija se va fuera a estudiar y conoce un amor verdadero, prohibido por los ojos conservadores y que abrirá los ojos a una madre que reconoce su verdadera necesidad de amar y ser amada. Los espacios así (caserio, fabricas, despachos) convierten a los protagonistas en objetos que al contacto con la naturaleza se liberan. La esposa perfecta encuentra la pasión en el cocinero, quizás por eso, porque reaviva sus sentidos y su instinto encerrado y escapa con él del corse de mujer ‘florero’ y madre con sindrome de la casa vacía. Y quizás no existan más razones, o apenas se mentan, mientras se cruzan los retazos de cada uno de los miembros de la familia y se masca poco a poco el fin de la misma.
En ese sentido, la narración visual, con el hilado imágenes que suplen las conversaciones, eximen a los personajes de la obligación de hablar o superar las convenciones que les atan de forma expresa, pero también hace que la historia se vuelva pueril e insuficiente.
Esto se ve en el uso de símbolos demasiado simples, como son el corte de pelo como acto de liberación o rebeldía, el cambio del tipo de ropa de ellas, el regodearse en la satisfacción de comerse el plato preparado por el cocinero-objeto de deseo, o en los planos intercalados de las flores y la naturaleza en medio del acto de pasión, sentimiento no muy bien desarrollado ni justificado y más bien mudo. Y yo me pregunto ¿dónde está ese amor? ¿Quién es el amor?
Tilda Swinton aprovecha esta película de Luca Guadagnino (segundo trabajo sobre el amor juntos) para andar a sus anchas.
Esto no es sólo por sus habilidades actorales e idiomáticas ( su papel es de una rusa italoparlante) sino porque es productora del film, y se nota. Su personaje que es el de la esposa que se enamora por encima de la pervivencia de la dinastia familiar, su comodidad y las apariencias, está bien interpretado gracias a esa rara belleza que a veces roza la fealdad, la elegancia y otras una frialdad que ayuda a este ser desorientado, que sólo parece no tambalearse en su farsa.
Tilda Swinton, protagonista absoluta, trata de contarnos una histora de amor, pero sólo llega a transmitirnos el drama de Emma y un ciclo vital que se renueva o se descubre por primera vez, al tiempo que la empresa familiar cae.
Por otro lado, se apuntan tintes de drama coral de clases, tipo inglés, con mansión, ricos y criados y la represión de una dura educación en las normas sociales; también recuerdan a esas historias de sagas familiares llenas de secretos, donde el cine italiano ha hecho grandes filmes como ‘Novecento’ o ”La mejor juventud’; o incluso el principio puede recordar a la irlandesa ‘Dublineses’ de John Huston, con su nieve, su cena y sus secretos. Todos estos ejemplos son filmes de contención, pero de mensaje tangible y accesible. Sin embargo, aquí hay algo de presunción.
Yo soy el amor ( Io sono l´amore) es una de esas películas que se quedan entremedias de una gran verdad íntima.
Resulta muy clara en sus intenciones pero no deja translucir lo suficiente la expresión del tema tal y como se merece.
De hecho es obvio desde la cena inicial y el título, pero la metamorfosis de los personajes no convence y el recurso final que desencadena la decisión inevitable está muy manido.
Resulta que me gustó y había situaciones que me recordaban perfectamente a Novecento, y me intraquilizaba porque qué veia en ella que me recordaba tb Dublinesses pero ya veo que no fui yo sola la que me parecía que esa Historia ya me la habían contado. Es una película exquisita, y un gozo para los sentidos , no solo la vista, el tacto, el oido, el sabor, y no encontré ell olfato, pero entre tanta comida y flores sería natural que todo oliese muy bien.
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