Don de llanto
Escrito por: Ángeles Mastretta el 28 Oct 2009 - URL Permanente
¿Por qué han llorado, a lo largo de la historia, en todas las culturas, todos los seres humanos? ¿Es llorar nuestro privilegio o nuestra debilidad? ¿Nuestra fortaleza o nuestro consuelo? ¿Quiénes han llorado más: los hombres o las mujeres? ¿Quién con más venia? ¿Quién con más donaire? ¿Quién por desamor? ¿Quién por derrota? ¿Quién como invocación? ¿Quién como un salmo? ¿Quién para acompañar la risa?
Como las cascadas y los atardeceres, como la intrépida memoria, las lágrimas no piden explicación, se explican solas.
Llorar es un don. No sé si un don que se pierde. Yo lo traigo medio desequilibrado, pero la suma de lo que va y viene, da paz.
Punto y aparte: Salió en México la minuciosa y bella biografía de Gabriel García Márquez.
30 oct 2009
26 oct 2009
AGUA DE ROCÍO

Trémula oscuridad soñada
desde una lúgubre soledad,
caricias….,
abrazos....,
y besos….,
ensalza la razón
y arritmia el corazón.
¿Qué deidad esconden las sombras?
que mi cuerpo acaricia,
besa mis labios,
e inquieta el alma.
¿Quién es ella?,
que la pasión transforma en amor
y el amor en romántica pasión,
¿Quién es?.
Incógnita desvelada en fragancia,
envuelve el ambiente
en “Agua de Roció”,
y revelan tu nombre,
es ella, mi Princesa…,
mi Amor…,
mi Amiga…,
mi Vida…,
Mía.
Autor/a: José Antonio González
El mar de la tierra (Juan Cruz)
26 octubre, 2009 - 01:45
El mar de la tierra
He estado en Iguazú. Un espectáculo natural inconmensurable; fuerte, bello, insólito. Las cataratas caen a una velocidad vertiginosa; el agua adquiere todas las texturas posibles, como si estuviera creciendo en el contacto del agua con la roca una roca más, una roca de agua, o de tierra. En algún momento, si uno fija la vista en esa secuencia endiablada del agua cayendo sobre el lecho del río Iguazú, da la impresión de que lo que cae es una inmensa torrentera de piedras líquidas que se rompen mientras caen. Lo que resulta más insólito, más evocador y más envolvente, es el sonido, ese motor inmenso que parece convertir las cataratas en el mar de la tierra; catedrales inmensas que se van haciendo de agua cada vez más sólida, más densa, más concreta. El agua como si fuera al tiempo un sonido y una alucinación, una pesadilla y una voz, la voz repetida del agua cayendo violentamente sobre el agua turbulenta del lecho del río. He estado en Machu Pichu; aquella es la belleza tranquila, inquieta y ansiosa, que requiere silencio. Aquí el sonido es la belleza misma, y el silencio en el que la contemplas es la única respuesta posible a esa inmensidad en la que el sonido es también un silencio, el silencio atosigante del agua cuando es el mar de la tierra.
El mar de la tierra
He estado en Iguazú. Un espectáculo natural inconmensurable; fuerte, bello, insólito. Las cataratas caen a una velocidad vertiginosa; el agua adquiere todas las texturas posibles, como si estuviera creciendo en el contacto del agua con la roca una roca más, una roca de agua, o de tierra. En algún momento, si uno fija la vista en esa secuencia endiablada del agua cayendo sobre el lecho del río Iguazú, da la impresión de que lo que cae es una inmensa torrentera de piedras líquidas que se rompen mientras caen. Lo que resulta más insólito, más evocador y más envolvente, es el sonido, ese motor inmenso que parece convertir las cataratas en el mar de la tierra; catedrales inmensas que se van haciendo de agua cada vez más sólida, más densa, más concreta. El agua como si fuera al tiempo un sonido y una alucinación, una pesadilla y una voz, la voz repetida del agua cayendo violentamente sobre el agua turbulenta del lecho del río. He estado en Machu Pichu; aquella es la belleza tranquila, inquieta y ansiosa, que requiere silencio. Aquí el sonido es la belleza misma, y el silencio en el que la contemplas es la única respuesta posible a esa inmensidad en la que el sonido es también un silencio, el silencio atosigante del agua cuando es el mar de la tierra.
25 oct 2009
Las fronteras (difusas) de la ficción
Las fronteras (difusas) de la ficción
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 19 de Octubre de 2009
Llevo a un amigo mejicano a cenar al Madrid viejo, que entre septiembre y octubre, cuando todavía no han entrado los fríos ni las lluvias, me parece uno de los lugares más agradables de Europa.
La noche del antiguo barrio de los Austrias está en todo su esplendor, con las terrazas animadas y los bares y tabernas a rebosar. Para más felicidad, la gente dejó las chanclas y los calzoncillos callejeros para otras temporadas, los hombres ya no parecen porqueros sin fronteras, y a las señoras da gloria verlas. Todo vuelve a la normalidad, dentro de lo que cabe. Paseo con mi amigo por el barrio, y al doblar a la izquierda en la Cava Baja lo veo pararse, sorprendido. «No me digas –exclama– que el capitán Alatriste tiene un restaurante aquí.» Le respondo que sí, que ya lo ve. Que allí está la taberna del capitán, justo en el sitio donde vivía con Caridad la Lebrijana.
Aclaro después que nada tengo que ver con el asunto; que Félix Colomo, el propietario, me pidió permiso para darle ese nombre, y yo me limito a ir de vez en cuando –la comida es estupenda y el lugar, bellísimo–, pagando rigurosamente la cuenta. Mi amigo no es muy de leer libros, pero el capitán le suena bastante. Hasta el punto de que, descubro sorprendido, cree en la existencia del veterano soldado de los tercios. «Qué bueno –termina diciendo– que te inspires en personajes reales, como hiciste con la Reina del Sur.» Me lo quedo mirando, para comprobar si habla en broma. Pero no. Lo dice en serio aunque es mejicano, como digo, y oyó decir más de una vez que Teresa Mendoza es personaje de ficción.
Entonces comprendo que el tiempo y el extraño azar de la literatura, incluso para los no lectores –o especialmente entre ellos–, han hecho su trabajo. Y sonrío feliz, de medio lado, enseñando el colmillo como un lobo satisfecho.
Déjenme que les diga una cosa. En confianza. Ni reales academias, ni premios millonetis –aunque nunca me presenté a ninguno–, ni listas de más vendidos, ni críticas favorables en suplementos literarios.
Lo que más calienta el corazón de quien, como yo, cuenta historias dándole a la tecla, es que alguien que nunca leyó un libro suyo hable con familiaridad de un personaje o un suceso narrados, imaginarios, y lo haga convencido de su existencia real.
Como si los conociera de toda la vida. Demostrando así que el novelista, con mayor o menor fortuna, logró salvar la barrera entre lo verosímil y lo inverosímil, y lo inventado forma ahora parte de un mundo exterior a la literatura misma. Un ámbito que ya no le pertenece y sobre el que no tiene control alguno. Ésa, en mi opinión, es una de las grandes satisfacciones morales que puede obtener un autor de su trabajo. Comprobar que consiguió mezclar realidad y ficción, y hacerlo creíble. Llevarse al lector al huerto, y también al no lector. Borrar la frontera.
En mi vida como novelista tuve alguna vez ese delicioso privilegio, y les aseguro que no hay nada más satisfactorio. Ni divertido. Es cierto que el amigo Alatriste me da muchas alegrías, pero no sólo él.
En casa tengo una espléndida carta de una señora, hispanista seria y respetabilísima directora de un centro de investigación histórica de París, que con mucho protocolo pide detalles sobre la localización exacta, en la Biblioteca Nacional de Madrid, del manuscrito Papeles del alférez Iñigo Balboa, en el que –eso, al menos, dice la nota a pie de página de una de las novelas– me basé para contar la historia del soldado de Flandes.
Otro de mis gozos literarios es la desesperación de los benditos e ingenuos lectores guiris –un ruso se quejó por carta hace menos de un mes– que patean Sevilla, mapa en mano y con cuarenta grados a la sombra, buscando inútilmente la iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas. Por no hablar de cómo me revolqué de risa malvada cuando en el bicentenario de Trafalgar, al descubrirse un monumento conmemorativo junto al cabo del mismo nombre, un historiador descubrió, estupefacto, que en la relación de barcos españoles participantes en el combate figuraba, también, el nombre de mi imaginario navío de 74 cañones Antilla.
Pero de esas y otras ocurrencias, el mayor premio literario lo obtuve en la calle Juárez de Culiacán, Sinaloa; allí donde las cambiadoras clandestinas, todas guapas y maquilladas, blanquean en público los dólares que los automovilistas bajan de la sierra oliendo a cola de borrego y polvo blanco, convirtiéndolos en moneda nacional. Me encontraba frente al mercadito Buelna, grabando una entrevista para un programa de televisión con mis queridos amigos los periodistas mejicanos Javier Solórzano y Carmen Aristegui, cuando se acercó una cambiadora de cierta edad, muy prieta y arreglada, a preguntar qué hacíamos. «Es sobre la Reina del Sur», explicó Javier. A lo que la señora respondió, con absoluta naturalidad. «¿Teresita Mendoza?... Yo la conocí muy bien. En esta misma esquina se ponía.»
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 19 de Octubre de 2009
Llevo a un amigo mejicano a cenar al Madrid viejo, que entre septiembre y octubre, cuando todavía no han entrado los fríos ni las lluvias, me parece uno de los lugares más agradables de Europa.
La noche del antiguo barrio de los Austrias está en todo su esplendor, con las terrazas animadas y los bares y tabernas a rebosar. Para más felicidad, la gente dejó las chanclas y los calzoncillos callejeros para otras temporadas, los hombres ya no parecen porqueros sin fronteras, y a las señoras da gloria verlas. Todo vuelve a la normalidad, dentro de lo que cabe. Paseo con mi amigo por el barrio, y al doblar a la izquierda en la Cava Baja lo veo pararse, sorprendido. «No me digas –exclama– que el capitán Alatriste tiene un restaurante aquí.» Le respondo que sí, que ya lo ve. Que allí está la taberna del capitán, justo en el sitio donde vivía con Caridad la Lebrijana.
Aclaro después que nada tengo que ver con el asunto; que Félix Colomo, el propietario, me pidió permiso para darle ese nombre, y yo me limito a ir de vez en cuando –la comida es estupenda y el lugar, bellísimo–, pagando rigurosamente la cuenta. Mi amigo no es muy de leer libros, pero el capitán le suena bastante. Hasta el punto de que, descubro sorprendido, cree en la existencia del veterano soldado de los tercios. «Qué bueno –termina diciendo– que te inspires en personajes reales, como hiciste con la Reina del Sur.» Me lo quedo mirando, para comprobar si habla en broma. Pero no. Lo dice en serio aunque es mejicano, como digo, y oyó decir más de una vez que Teresa Mendoza es personaje de ficción.
Entonces comprendo que el tiempo y el extraño azar de la literatura, incluso para los no lectores –o especialmente entre ellos–, han hecho su trabajo. Y sonrío feliz, de medio lado, enseñando el colmillo como un lobo satisfecho.
Déjenme que les diga una cosa. En confianza. Ni reales academias, ni premios millonetis –aunque nunca me presenté a ninguno–, ni listas de más vendidos, ni críticas favorables en suplementos literarios.
Lo que más calienta el corazón de quien, como yo, cuenta historias dándole a la tecla, es que alguien que nunca leyó un libro suyo hable con familiaridad de un personaje o un suceso narrados, imaginarios, y lo haga convencido de su existencia real.
Como si los conociera de toda la vida. Demostrando así que el novelista, con mayor o menor fortuna, logró salvar la barrera entre lo verosímil y lo inverosímil, y lo inventado forma ahora parte de un mundo exterior a la literatura misma. Un ámbito que ya no le pertenece y sobre el que no tiene control alguno. Ésa, en mi opinión, es una de las grandes satisfacciones morales que puede obtener un autor de su trabajo. Comprobar que consiguió mezclar realidad y ficción, y hacerlo creíble. Llevarse al lector al huerto, y también al no lector. Borrar la frontera.
En mi vida como novelista tuve alguna vez ese delicioso privilegio, y les aseguro que no hay nada más satisfactorio. Ni divertido. Es cierto que el amigo Alatriste me da muchas alegrías, pero no sólo él.
En casa tengo una espléndida carta de una señora, hispanista seria y respetabilísima directora de un centro de investigación histórica de París, que con mucho protocolo pide detalles sobre la localización exacta, en la Biblioteca Nacional de Madrid, del manuscrito Papeles del alférez Iñigo Balboa, en el que –eso, al menos, dice la nota a pie de página de una de las novelas– me basé para contar la historia del soldado de Flandes.
Otro de mis gozos literarios es la desesperación de los benditos e ingenuos lectores guiris –un ruso se quejó por carta hace menos de un mes– que patean Sevilla, mapa en mano y con cuarenta grados a la sombra, buscando inútilmente la iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas. Por no hablar de cómo me revolqué de risa malvada cuando en el bicentenario de Trafalgar, al descubrirse un monumento conmemorativo junto al cabo del mismo nombre, un historiador descubrió, estupefacto, que en la relación de barcos españoles participantes en el combate figuraba, también, el nombre de mi imaginario navío de 74 cañones Antilla.
Pero de esas y otras ocurrencias, el mayor premio literario lo obtuve en la calle Juárez de Culiacán, Sinaloa; allí donde las cambiadoras clandestinas, todas guapas y maquilladas, blanquean en público los dólares que los automovilistas bajan de la sierra oliendo a cola de borrego y polvo blanco, convirtiéndolos en moneda nacional. Me encontraba frente al mercadito Buelna, grabando una entrevista para un programa de televisión con mis queridos amigos los periodistas mejicanos Javier Solórzano y Carmen Aristegui, cuando se acercó una cambiadora de cierta edad, muy prieta y arreglada, a preguntar qué hacíamos. «Es sobre la Reina del Sur», explicó Javier. A lo que la señora respondió, con absoluta naturalidad. «¿Teresita Mendoza?... Yo la conocí muy bien. En esta misma esquina se ponía.»
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