Para el crítico de cine Jordi Costa, el director de Ágora es fruto de un consenso global del que discrepa. “El 11-S del arte”, dice. Una fobia “personal” que ha desarrollado en un tebeo.
Por supuesto que no le deseo ningún mal”, dice Jordi Costa. Una afirmación tan rotunda como cuestionable teniendo en cuenta que en la página 44 de Mis problemas con Amenábar (un cómic del que el periodista es el guionista), Mostrenco —álter ego de Costa—, convertido por obra del dibujante Darío Adanti en algo así como El increíble crítico Hulk, destripa y decapita al director de Ágora. “Es una escena onírica. De hecho, resucita y es él quien acaba conmigo. En el tebeo al final siempre gana él”, se explica.
“En una época pensé que era el único ser humano al que no le gustaban sus películas”
Estamos en el diminuto camerino del bar donde acaba de presentar el cómic ante unas treinta personas. En unos minutos, en otro lugar de Madrid, mucho más grande y rodeado de cámaras, Alejandro Amenábar desfilará por la alfombra roja en el estreno de su último filme. “Sí, la elección de la presentación y la publicación del cómic en estas fechas es un acto de oportunismo. En realidad, es un golpe de efecto desesperado. Porque lo que Darío y yo hacemos cada vez vende menos. Pero sólo la publicación es oportunista, no la elaboración. El tebeo se ha venido publicando por entregas desde hace más de dos años en las páginas de la revista Mondo Brutto”.
La historia narra la relación, convenientemente exagerada, entre el crítico y el autor en rodajes, festivales o barras de bar. Con dos alicientes: ambos son personajes reales y, según Costa, todo lo que se relata en esas páginas es cierto desde el primer choque entre sus mundos.
Cuando Costa —conocido crítico en esta publicación y otras muchas, teórico del cine extremo, terror de los cineastas comodones, amante de las emociones fuertes en pantalla y, en persona, un auténtico bendito padre de dos vástagos incapaz de usar la fuerza contra nada ni nadie— era todavía un periodista junior, fue enviado al rodaje de Tesis, debut del director. Allí fue humillado en público por un miembro del equipo. “Yo trabajaba entonces en televisión y un ayudante de dirección empezó a gritar que cómo era posible que saliese en pantalla siendo así de feo. Ése fue el primero de una serie de desencuentros con Alejandro Amenábar y séquito, que se reforzó cada vez que veía una película y me sentía la persona más aislada del mundo. Durante una época pensé que era el único ser humano al que no le gustaban sus filmes”. A ese momento, el periodista denomina “el hecho traumático fundacional”.
Costa, defensor de la subjetividad en la crítica, en este caso da un paso más allá. Lo suyo con el autor de Abre los ojos, admite, no es que sea subjetivo, “es que es personal”. “Yo lo veo como la punta de un iceberg, un personaje fruto de una construcción colectiva. La mayoría ha decidido que éste es un icono irreprochable. Y todo el mundo está de acuerdo en dos cosas: en que es un director de un genio irrefutable y, además, en que es muy buen chico. Amenábar es el fruto de un consenso global y total con el que no puedo estar más en desacuerdo. El gran mérito de Amenábar es ser un conjunto vacío. Uno en el que cada cual refleja lo que quiere”.
Oída esta explicación, y vista la tendencia española a arrancar los ojos al vecino a la mínima discrepancia, ¿no es incluso positiva la existencia de alguien que ponga de acuerdo a todo el mundo? “Sí, genera consenso. Pero es que en el arte el consenso es algo que no tiene lugar. Eso está bien para los conflictos sociales. Pero del arte se espera que fascine a unos cuantos e irrite a otros. El consenso no es necesariamente un valor. Por eso digo que es el 11-S del arte. Porque se ha convertido en un modelo para gente que ha venido después que cree que ser algo neutro, inofensivo, es algo bueno”.
Y a todo esto, ¿ha visto Ágora? “Sí”. ¿Le ha gustado? “No, aunque técnicamente está muy bien realizada. Otro de los logros de Amenábar es conseguir que ver sus películas sea una obligación aunque sólo sea para tener una opinión”. Y hablando de opinión, ¿sabe si el director conoce el cómic? “Me consta que al menos le han hablado de él, pero no creo que le dé la más mínima importancia. Somos como una hormiga tratando de hacer cosquillas a un elefante. La verdad, conmigo, a pesar de nuestros desencuentros, siempre ha sido una persona extremadamente amable. El cómic es simplemente un desahogo. Yo soy un poco cobarde y no tengo ningún interés en encontrármelo cara a cara. Él está en su Alejandría mental, y yo, en mi vertedero”.
11 oct 2009
Hypatia
En realidad, no tiene sentido ponerse muy estupendos sobre el particular, porque no es mucho lo que sabemos a ciencia cierta de esa extraordinaria mujer a la que, para turbación de los amantes de Egipto, encarna en Ágora Rachel Weisz, la misma actriz que hizo de princesa Nefertiti (sic) en The Mummy returns, aunque aquí está mucho más serena, más filósofa, claro, y viste el adusto tribon y no los sensuales corpiños de fantasía faraónica de la película de Stephen Sommers.
Hypatia nació alrededor de 355 en Alejandría, en plena élite académica de la ciudad, pues era hija de Theon, el último gran nombre que puede asociarse con el célebre Museo, una de las grandes señas de identidad intelectual de la metrópoli. La chica colaboró con su padre, a cuyo lado aprendió astronomía, matemáticas y otros saberes, inclinándose, al parecer, especialmente por la filosofía. Encontramos su nombre por primera vez en los comentarios de Theon al Almagesto de Ptolomeo en los que consta -y podemos vislumbrar el orgullo del sabio progenitor a través de la niebla de los siglos- la anotación: "Edición revisada por mi hija Hypatia la Filósofa". No ha sobrevivido ninguna de las obras originales de Hypatia pero una fuente nos dice que "era por naturaleza más refinada y talentosa que su padre". Vaya usted a saber. Fue una matemática brillante, que escribió comentarios a, por ejemplo, la Arithmetica, la compleja obra del inventor del álgebra, Diofanto de Alejandría (el sabio en cuyo epitafio figura un simpático problema matemático para dilucidar su edad). No hay evidencia de que Hypatia fuera miembro del Museo ni "la última bibliotecaria", y ya ni digamos una belleza, como algunos la han considerado.
La astrónoma vivió en un momento en que las grandes instituciones de la ciudad, que había sufrido los avatares de la historia (como el odio de Caracalla) y, en 365, un gran terremoto seguido de un tsunami, estaban en decadencia y sus monumentos -la gran Biblioteca, el Faro, la tumba de Alejandro- desaparecidos o en ruinas. Sabemos que montó su propia escuela, donde impartió enseñanzas de ciencias pero asimismo de ética, ontología y filosofía (las enseñanzas de Pitágoras, de Platón y el neoplatonismo de Amonio Sacas -ex estibador, lo que hay que ver, de los muelles alejandrinos- y Plotino), en un clima que nos la muestra también como algo cercano a lo que hoy denominaríamos un maestro de vida o incluso un gurú. Entre sus alumnos, muchos de ellos aristócratas y gente influyente, estuvo Sinesio de Cirene -que llegó a ser obispo en la Cirenaica-, del que se conservan 156 cartas en las que habla de la vida en la ciudad y que son la mejor fuente de lo poco que se conoce sobre Hypatia. En una de ellas, explica entusiasmado: "Hemos visto con nuestros ojos, hemos escuchado con nuestros oídos a la señora que legítimamente preside los misterios de la filosofía".
Durante años se quiso ver a Hypatia como la última pagana, irreductible, enfrentada al cristianismo hirsuto representado por héroes como San Antonio que consideraba bañarse pecaminoso y en consecuencia era llevado a través de los canales del Delta por un ángel. El brutal asesinato de la erudita a manos de una turba de fanáticos en marzo del 415 habría sido un martirio y la manifestación de la victoria definitiva de una religión sobre otra, un hecho similar a la precedente destrucción del Serapeum y de la estatua de Serapis -y de los fondos supervivientes de la Biblioteca que allí se guardaban-, que marcó el fin del paganismo. Forster abonaba esta teoría que en realidad no se sostiene, pues Hypatia siguió en activo tras la radical clausura del templo, congregaba entre sus alumnos tanto a paganos como a cristianos, predicaba la moderación y se mantenía al margen de los peligrosos conflictos doctrinarios. Su muerte, a los 60 años (y no cuarentona), fue más bien producto de envidias políticas en el seno de una lucha por el poder.
La gran influencia de Hypatia en la vida alejandrina -el prefecto Orestes, cristiano, asistía a sus clases- molestaba al ambicioso nuevo obispo de la ciudad, Cirilo, elegido en el 412 y que ya había provocado disturbios soltando a los monjes de la Tebaida en la ciudad contra los judíos y las autoridades. Parece que fue él el que difundió la especie de que la astrónoma practicaba la magia negra y la brujería (sabía usar un astrolabio, lo que nos puede parecer raro hasta a nosotros) y el que incitó a la caterva de parabolanos -auténticos talibanes cristianos- a que detuvieran su carro aquel funesto día cerca del viejo Cesareum, le arrancaran la ropa, la arrastraran hasta el edificio convertido en iglesia y la desollaran con afilados fragmentos de cerámica.
Desgraciadamente no hubo, como en el filme, un fiel Davo que le diera una muerte misericordiosa. Los despojos de la filósofa fueron llevados al Kinaron, fuera de las murallas y quemados.
No cabe sino recibir el regreso de Hypatia, y su ejemplo, con alegría. Un personaje femenino extraordinario, libre, que destacó en un tiempo en el que la mujer tenía poco o ningún acceso al conocimiento y a la fama. La primera científica conocida. La postrera llama de la sabiduría y la tolerancia en un mundo embrutecido que se despeñaba en la barbarie. Un faro en fin de la ciudad que, esplendorosa en su ruina, continúa iluminándonos.
Hypatia nació alrededor de 355 en Alejandría, en plena élite académica de la ciudad, pues era hija de Theon, el último gran nombre que puede asociarse con el célebre Museo, una de las grandes señas de identidad intelectual de la metrópoli. La chica colaboró con su padre, a cuyo lado aprendió astronomía, matemáticas y otros saberes, inclinándose, al parecer, especialmente por la filosofía. Encontramos su nombre por primera vez en los comentarios de Theon al Almagesto de Ptolomeo en los que consta -y podemos vislumbrar el orgullo del sabio progenitor a través de la niebla de los siglos- la anotación: "Edición revisada por mi hija Hypatia la Filósofa". No ha sobrevivido ninguna de las obras originales de Hypatia pero una fuente nos dice que "era por naturaleza más refinada y talentosa que su padre". Vaya usted a saber. Fue una matemática brillante, que escribió comentarios a, por ejemplo, la Arithmetica, la compleja obra del inventor del álgebra, Diofanto de Alejandría (el sabio en cuyo epitafio figura un simpático problema matemático para dilucidar su edad). No hay evidencia de que Hypatia fuera miembro del Museo ni "la última bibliotecaria", y ya ni digamos una belleza, como algunos la han considerado.
La astrónoma vivió en un momento en que las grandes instituciones de la ciudad, que había sufrido los avatares de la historia (como el odio de Caracalla) y, en 365, un gran terremoto seguido de un tsunami, estaban en decadencia y sus monumentos -la gran Biblioteca, el Faro, la tumba de Alejandro- desaparecidos o en ruinas. Sabemos que montó su propia escuela, donde impartió enseñanzas de ciencias pero asimismo de ética, ontología y filosofía (las enseñanzas de Pitágoras, de Platón y el neoplatonismo de Amonio Sacas -ex estibador, lo que hay que ver, de los muelles alejandrinos- y Plotino), en un clima que nos la muestra también como algo cercano a lo que hoy denominaríamos un maestro de vida o incluso un gurú. Entre sus alumnos, muchos de ellos aristócratas y gente influyente, estuvo Sinesio de Cirene -que llegó a ser obispo en la Cirenaica-, del que se conservan 156 cartas en las que habla de la vida en la ciudad y que son la mejor fuente de lo poco que se conoce sobre Hypatia. En una de ellas, explica entusiasmado: "Hemos visto con nuestros ojos, hemos escuchado con nuestros oídos a la señora que legítimamente preside los misterios de la filosofía".
Durante años se quiso ver a Hypatia como la última pagana, irreductible, enfrentada al cristianismo hirsuto representado por héroes como San Antonio que consideraba bañarse pecaminoso y en consecuencia era llevado a través de los canales del Delta por un ángel. El brutal asesinato de la erudita a manos de una turba de fanáticos en marzo del 415 habría sido un martirio y la manifestación de la victoria definitiva de una religión sobre otra, un hecho similar a la precedente destrucción del Serapeum y de la estatua de Serapis -y de los fondos supervivientes de la Biblioteca que allí se guardaban-, que marcó el fin del paganismo. Forster abonaba esta teoría que en realidad no se sostiene, pues Hypatia siguió en activo tras la radical clausura del templo, congregaba entre sus alumnos tanto a paganos como a cristianos, predicaba la moderación y se mantenía al margen de los peligrosos conflictos doctrinarios. Su muerte, a los 60 años (y no cuarentona), fue más bien producto de envidias políticas en el seno de una lucha por el poder.
La gran influencia de Hypatia en la vida alejandrina -el prefecto Orestes, cristiano, asistía a sus clases- molestaba al ambicioso nuevo obispo de la ciudad, Cirilo, elegido en el 412 y que ya había provocado disturbios soltando a los monjes de la Tebaida en la ciudad contra los judíos y las autoridades. Parece que fue él el que difundió la especie de que la astrónoma practicaba la magia negra y la brujería (sabía usar un astrolabio, lo que nos puede parecer raro hasta a nosotros) y el que incitó a la caterva de parabolanos -auténticos talibanes cristianos- a que detuvieran su carro aquel funesto día cerca del viejo Cesareum, le arrancaran la ropa, la arrastraran hasta el edificio convertido en iglesia y la desollaran con afilados fragmentos de cerámica.
Desgraciadamente no hubo, como en el filme, un fiel Davo que le diera una muerte misericordiosa. Los despojos de la filósofa fueron llevados al Kinaron, fuera de las murallas y quemados.
No cabe sino recibir el regreso de Hypatia, y su ejemplo, con alegría. Un personaje femenino extraordinario, libre, que destacó en un tiempo en el que la mujer tenía poco o ningún acceso al conocimiento y a la fama. La primera científica conocida. La postrera llama de la sabiduría y la tolerancia en un mundo embrutecido que se despeñaba en la barbarie. Un faro en fin de la ciudad que, esplendorosa en su ruina, continúa iluminándonos.
Hypatia, la otra gran alejandrina
Hypatia, la otra gran alejandrina
La película de Alejandro Amenábar 'Ágora' provoca un alud de publicaciones sobre la gran erudita y aviva la controversia en torno a su figura. La astrónoma y filósofa vivió una época crucial marcada por la intolerancia
JACINTO ANTÓN 09/10/2009
Entre Cleopatra y Justine, la antigua reina y el personaje moderno de Lawrence Durrell, está Hypatia, la otra gran alejandrina. Juntas, las tres mujeres representan perfectamente el alma de Alejandría, la capital de los Ptolomeos -con los inigualables Biblioteca y Museo, el alto Faro y el Soma, la resplandeciente tumba del fundador, Alejandro Magno- pero también la ciudad arruinada de innumerables calles en las que se arremolina el polvo de la historia, la ciudad de las rencillas religiosas, la decrépita y melancólica del Viejo (Kavafis), la ciudad recreada por E. M. Forster, la ciudad, en fin, "de las cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera, pero con más de cinco sexos", como la describió Durrell en su Cuarteto. Alejandría... con Atenas y Roma la gran partera de nuestra civilización y el crisol de tantos sueños, amores y maravillas.
Congregaba entre sus alumnos tanto a paganos como a cristianos y predicaba la moderación
Su muerte brutal fue más fruto de envidias políticas que de causas religiosas
Si Cleopatra representa la gran Alejandría de la antigüedad clásica y el momento emblemático en el que la historia se adhiere al mito para no dejar de reencarnar hasta Hollywood con esfinges, senos y áspides, la ficticia Justine simboliza la metrópoli de devastados romanticismo y literatura, la que huele a podredumbre y a Jamais de la vie -el perfume del personaje- y que no se atalaya desde ningún lugar mejor que desde la terraza del Cecil Hotel, abierta a los viejos puertos donde duermen sumergidas las ruinas de palacios y templos. A distancia de una y de otra, de Cleopatra y de Justine, tan diferente de ambas, Hypatia, científica, filósofa, unos dicen que virgen (otros que promiscua), es el arquetipo de una tercera Alejandría, la que, suspendida en el fiel de la historia, envuelta en un clima de catástrofe y fanatismo, se aferra un último momento a su evanescente grandeza intentando reinventarse a sí misma para precipitarse luego en el caos, la oscuridad y la sinrazón, las sombras y la decadencia que serán ya para siempre, también, su herencia.
Ahora, la nueva película de Alejandro Amenábar, Ágora, ofrece para un público amplio por primera vez (si exceptuamos aquella serie televisiva de Carl Sagan, Cosmos, que dio a conocer a mucha gente en los años setenta el nombre de la pensadora y científica) la figura de Hypatia. Es un propósito noble que de entrada sólo cabe alabar y que ha provocado un estimable y curioso fenómeno de hypatismo que se traduce en un asombroso brote de publicaciones sobre la astrónoma, especialmente en el género de la novela histórica -también interesantes biografías como la de Dzielska en Siruela o la reivindicativa monografía a cargo de un grupo de jóvenes científicas españolas (editorial Hipatia, 2009)-. Ágora, hay que recordarlo, es una ficción cinematográfica, sujeta a las convenciones del género (el filme se centra en un personaje imaginario, el esclavo Davo, enamorado de la protagonista), pero ya ha creado controversia entre los que creen que se trivializa, adultera y falsifica la vida y la obra de Hypatia.
En realidad, no tiene sentido ponerse muy estupendos sobre el particular, porque no es mucho lo que sabemos a ciencia cierta de esa extraordinaria mujer a la que, para turbación de los amantes de Egipto, encarna en Ágora Rachel Weisz, la misma actriz que hizo de princesa Nefertiti (sic) en The Mummy returns, aunque aquí está mucho más serena, más filósofa, claro, y viste el adusto tribon y no los sensuales corpiños de fantasía faraónica de la película de Stephen Sommers.
Hypatia nació alrededor de 355 en Alejandría, en plena élite académica de la ciudad, pues era hija de Theon, el último gran nombre que puede asociarse con el célebre Museo, una de las grandes señas de identidad intelectual de la metrópoli. La chica colaboró con su padre, a cuyo lado aprendió astronomía, matemáticas y otros saberes, inclinándose, al parecer, especialmente por la filosofía. Encontramos su nombre por primera vez en los comentarios de Theon al Almagesto de Ptolomeo en los que consta -y podemos vislumbrar el orgullo del sabio progenitor a través de la niebla de los siglos- la anotación: "Edición revisada por mi hija Hypatia la Filósofa". No ha sobrevivido ninguna de las obras originales de Hypatia pero una fuente nos dice que "era por naturaleza más refinada y talentosa que su padre". Vaya usted a saber. Fue una matemática brillante, que escribió comentarios a, por ejemplo, la Arithmetica, la compleja obra del inventor del álgebra, Diofanto de Alejandría (el sabio en cuyo epitafio figura un simpático problema matemático para dilucidar su edad). No hay evidencia de que Hypatia fuera miembro del Museo ni "la última bibliotecaria", y ya ni digamos una belleza, como algunos la han considerado.
La astrónoma vivió en un momento en que las grandes instituciones de la ciudad, que había sufrido los avatares de la historia (como el odio de Caracalla) y, en 365, un gran terremoto seguido de un tsunami, estaban en decadencia y sus monumentos -la gran Biblioteca, el Faro, la tumba de Alejandro- desaparecidos o en ruinas. Sabemos que montó su propia escuela, donde impartió enseñanzas de ciencias pero asimismo de ética, ontología y filosofía (las enseñanzas de Pitágoras, de Platón y el neoplatonismo de Amonio Sacas -ex estibador, lo que hay que ver, de los muelles alejandrinos- y Plotino), en un clima que nos la muestra también como algo cercano a lo que hoy denominaríamos un maestro de vida o incluso un gurú. Entre sus alumnos, muchos de ellos aristócratas y gente influyente, estuvo Sinesio de Cirene -que llegó a ser obispo en la Cirenaica-, del que se conservan 156 cartas en las que habla de la vida en la ciudad y que son la mejor fuente de lo poco que se conoce sobre Hypatia. En una de ellas, explica entusiasmado: "Hemos visto con nuestros ojos, hemos escuchado con nuestros oídos a la señora que legítimamente preside los misterios de la filosofía".
Durante años se quiso ver a Hypatia como la última pagana, irreductible, enfrentada al cristianismo hirsuto representado por héroes como San Antonio que consideraba bañarse pecaminoso y en consecuencia era llevado a través de los canales del Delta por un ángel. El brutal asesinato de la erudita a manos de una turba de fanáticos en marzo del 415 habría sido un martirio y la manifestación de la victoria definitiva de una religión sobre otra, un hecho similar a la precedente destrucción del Serapeum y de la estatua de Serapis -y de los fondos supervivientes de la Biblioteca que allí se guardaban-, que marcó el fin del paganismo. Forster abonaba esta teoría que en realidad no se sostiene, pues Hypatia siguió en activo tras la radical clausura del templo, congregaba entre sus alumnos tanto a paganos como a cristianos, predicaba la moderación y se mantenía al margen de los peligrosos conflictos doctrinarios. Su muerte, a los 60 años (y no cuarentona), fue más bien producto de envidias políticas en el seno de una lucha por el poder.
La película de Alejandro Amenábar 'Ágora' provoca un alud de publicaciones sobre la gran erudita y aviva la controversia en torno a su figura. La astrónoma y filósofa vivió una época crucial marcada por la intolerancia
JACINTO ANTÓN 09/10/2009
Entre Cleopatra y Justine, la antigua reina y el personaje moderno de Lawrence Durrell, está Hypatia, la otra gran alejandrina. Juntas, las tres mujeres representan perfectamente el alma de Alejandría, la capital de los Ptolomeos -con los inigualables Biblioteca y Museo, el alto Faro y el Soma, la resplandeciente tumba del fundador, Alejandro Magno- pero también la ciudad arruinada de innumerables calles en las que se arremolina el polvo de la historia, la ciudad de las rencillas religiosas, la decrépita y melancólica del Viejo (Kavafis), la ciudad recreada por E. M. Forster, la ciudad, en fin, "de las cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera, pero con más de cinco sexos", como la describió Durrell en su Cuarteto. Alejandría... con Atenas y Roma la gran partera de nuestra civilización y el crisol de tantos sueños, amores y maravillas.
Congregaba entre sus alumnos tanto a paganos como a cristianos y predicaba la moderación
Su muerte brutal fue más fruto de envidias políticas que de causas religiosas
Si Cleopatra representa la gran Alejandría de la antigüedad clásica y el momento emblemático en el que la historia se adhiere al mito para no dejar de reencarnar hasta Hollywood con esfinges, senos y áspides, la ficticia Justine simboliza la metrópoli de devastados romanticismo y literatura, la que huele a podredumbre y a Jamais de la vie -el perfume del personaje- y que no se atalaya desde ningún lugar mejor que desde la terraza del Cecil Hotel, abierta a los viejos puertos donde duermen sumergidas las ruinas de palacios y templos. A distancia de una y de otra, de Cleopatra y de Justine, tan diferente de ambas, Hypatia, científica, filósofa, unos dicen que virgen (otros que promiscua), es el arquetipo de una tercera Alejandría, la que, suspendida en el fiel de la historia, envuelta en un clima de catástrofe y fanatismo, se aferra un último momento a su evanescente grandeza intentando reinventarse a sí misma para precipitarse luego en el caos, la oscuridad y la sinrazón, las sombras y la decadencia que serán ya para siempre, también, su herencia.
Ahora, la nueva película de Alejandro Amenábar, Ágora, ofrece para un público amplio por primera vez (si exceptuamos aquella serie televisiva de Carl Sagan, Cosmos, que dio a conocer a mucha gente en los años setenta el nombre de la pensadora y científica) la figura de Hypatia. Es un propósito noble que de entrada sólo cabe alabar y que ha provocado un estimable y curioso fenómeno de hypatismo que se traduce en un asombroso brote de publicaciones sobre la astrónoma, especialmente en el género de la novela histórica -también interesantes biografías como la de Dzielska en Siruela o la reivindicativa monografía a cargo de un grupo de jóvenes científicas españolas (editorial Hipatia, 2009)-. Ágora, hay que recordarlo, es una ficción cinematográfica, sujeta a las convenciones del género (el filme se centra en un personaje imaginario, el esclavo Davo, enamorado de la protagonista), pero ya ha creado controversia entre los que creen que se trivializa, adultera y falsifica la vida y la obra de Hypatia.
En realidad, no tiene sentido ponerse muy estupendos sobre el particular, porque no es mucho lo que sabemos a ciencia cierta de esa extraordinaria mujer a la que, para turbación de los amantes de Egipto, encarna en Ágora Rachel Weisz, la misma actriz que hizo de princesa Nefertiti (sic) en The Mummy returns, aunque aquí está mucho más serena, más filósofa, claro, y viste el adusto tribon y no los sensuales corpiños de fantasía faraónica de la película de Stephen Sommers.
Hypatia nació alrededor de 355 en Alejandría, en plena élite académica de la ciudad, pues era hija de Theon, el último gran nombre que puede asociarse con el célebre Museo, una de las grandes señas de identidad intelectual de la metrópoli. La chica colaboró con su padre, a cuyo lado aprendió astronomía, matemáticas y otros saberes, inclinándose, al parecer, especialmente por la filosofía. Encontramos su nombre por primera vez en los comentarios de Theon al Almagesto de Ptolomeo en los que consta -y podemos vislumbrar el orgullo del sabio progenitor a través de la niebla de los siglos- la anotación: "Edición revisada por mi hija Hypatia la Filósofa". No ha sobrevivido ninguna de las obras originales de Hypatia pero una fuente nos dice que "era por naturaleza más refinada y talentosa que su padre". Vaya usted a saber. Fue una matemática brillante, que escribió comentarios a, por ejemplo, la Arithmetica, la compleja obra del inventor del álgebra, Diofanto de Alejandría (el sabio en cuyo epitafio figura un simpático problema matemático para dilucidar su edad). No hay evidencia de que Hypatia fuera miembro del Museo ni "la última bibliotecaria", y ya ni digamos una belleza, como algunos la han considerado.
La astrónoma vivió en un momento en que las grandes instituciones de la ciudad, que había sufrido los avatares de la historia (como el odio de Caracalla) y, en 365, un gran terremoto seguido de un tsunami, estaban en decadencia y sus monumentos -la gran Biblioteca, el Faro, la tumba de Alejandro- desaparecidos o en ruinas. Sabemos que montó su propia escuela, donde impartió enseñanzas de ciencias pero asimismo de ética, ontología y filosofía (las enseñanzas de Pitágoras, de Platón y el neoplatonismo de Amonio Sacas -ex estibador, lo que hay que ver, de los muelles alejandrinos- y Plotino), en un clima que nos la muestra también como algo cercano a lo que hoy denominaríamos un maestro de vida o incluso un gurú. Entre sus alumnos, muchos de ellos aristócratas y gente influyente, estuvo Sinesio de Cirene -que llegó a ser obispo en la Cirenaica-, del que se conservan 156 cartas en las que habla de la vida en la ciudad y que son la mejor fuente de lo poco que se conoce sobre Hypatia. En una de ellas, explica entusiasmado: "Hemos visto con nuestros ojos, hemos escuchado con nuestros oídos a la señora que legítimamente preside los misterios de la filosofía".
Durante años se quiso ver a Hypatia como la última pagana, irreductible, enfrentada al cristianismo hirsuto representado por héroes como San Antonio que consideraba bañarse pecaminoso y en consecuencia era llevado a través de los canales del Delta por un ángel. El brutal asesinato de la erudita a manos de una turba de fanáticos en marzo del 415 habría sido un martirio y la manifestación de la victoria definitiva de una religión sobre otra, un hecho similar a la precedente destrucción del Serapeum y de la estatua de Serapis -y de los fondos supervivientes de la Biblioteca que allí se guardaban-, que marcó el fin del paganismo. Forster abonaba esta teoría que en realidad no se sostiene, pues Hypatia siguió en activo tras la radical clausura del templo, congregaba entre sus alumnos tanto a paganos como a cristianos, predicaba la moderación y se mantenía al margen de los peligrosos conflictos doctrinarios. Su muerte, a los 60 años (y no cuarentona), fue más bien producto de envidias políticas en el seno de una lucha por el poder.
10 oct 2009
Dos mujeres y una época

Dos mujeres y una época
LA MUERTE de Leon Troski ha vuelto a las librerías, esta vez envuelta en una novela: El hombre que amaba a los perros. Leonardo Padura, su autor, es un cubano que siempre se ha sentido atraído por el asesinato de Trotsky, un episodio inquietante en el que se mezclan política y espionaje, sangre y folletín. Al interés del momento histórico (1940) se une la circunstancia de que en él tienen cameos algunas figuras curiosas, como Diego Rivera y Frida Kahlo, cuyas efigies son hoy carne de souvenir turístico. Formando parte del paisaje y de la época, dos mujeres que sólo han alcanzado categoría de actrices de reparto: Caridad del Río y Tina Modotti (por orden de aparición). Ambas coincidieron en el México postrevolucionario, pero seguramente nunca llegaron a cruzarse. En estos últimos años, algunos escritores han desempolvado la biografía de Tina Modotti para ir tras sus huellas, pero Caridad del Río permanece en el ostracismo, aplastada por su papel de malona.
El hombre que amaba a los perros es Ramón Mercader, el asesino que clavó el piolet en la cabeza de Trotsky. Mercader ha pasado a los manuales como un ejecutor a las órdenes de Stalin, pero la inductora real fue su madre, una mujer de la alta burguesía catalana que para matar el aburrimiento se hizo estalinista y vivió entregada a la estética del terror. Se llamaba Caridad del Río. Pocas cosas ciertas sabemos de ella. Las puertas de la Historia se le cerraron, y las contadas referencias que encontramos están impregnadas de juicios moralizantes. Se le atribuye más maldad que a Belcebú y más crimenes que al propio Stalin. Como agente soviética, Caridad participó en muchas operaciones de liquidación. En la URSS recibió tratamiento de heroína (su hijo Ramón fue, asímismo, condecorado héroe). Está enterrada en París, en un tumba que nadie visita.
Tina Modotti, al igual que Caridad, era estalinista y estuvo en la guerra española. Emigrante italiana en Estados Unidos, fue actriz, modelo, fotógrafa y activista política. Vivió en el México postrevolucionario y formó parte de la pandilla de Coyoacán (Rivera y Kahlo). Hoy se rehabilitan su recuerdo y su obra (las fotografías de Tina Modotti, conceptuales y sin adjetivos, son de gran fuerza testimonial y artística). Ella está enterrada en el DF y en su lápida puede leerse el poema que le dedicó Pablo Neruda.
Modotti y del Río, mujeres malas o buenas, merecen una novela por sí mismas. A ver si de una vez entran en la Historia.
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