Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

1 ago 2009

Archipiélago de sueños

Archipiélago de sueños
Las islas han sido siempre territorio propicio para mitos, leyendas y metáforas de la condición humana. Han excitado la imaginación de aventureros, piratas y exploradores, e inspirado magníficos relatos




Desde mucho antes de que Tomás Moro situara la sociedad perfecta en la imaginaria isla de Utopía, las islas han sido espacios en los que los hombres han proyectado sus sueños.
Territorios de leyendas y quimeras. Como si sus superficies, claramente delimitadas por el mar, las convirtieran en bancos de pruebas, en laboratorios ideales para que la imaginación humana, la individual y también el imaginario colectivo campen a sus anchas.


La Atlántida y Utopía simbolizaban la ciudad, el espacio político de la civilización

Colón sugirió que el Paraíso Terrenal debía de hallarse en las cercanías de la isla de Trinidad
Algunas pertenecen sólo al mundo de la literatura, otras al del mito, pero incluso las reales, las que se pueden hallar en los mapas y visitar en vacaciones, suelen estar aureoladas de misterio, como si la fantasía formara parte de los cúmulos de nubes que delatan su cercanía en el mar cuando su perfil todavía no ha aparecido en el horizonte.

La isla mítica por excelencia es la Atlántida. Fue Platón quien por primera vez habló de ella en el diálogo Critias, donde la describe como un vasto imperio cuyo centro estaba en una isla fortificada por Poseidón y situada más allá de las columnas de Hércules.
Sus reyes eran los hijos del dios del mar y sus reinados se describían con la añoranza de una Edad de Oro perdida, cuyas sabiduría y mesura terminaron destruidas por unos descendientes corruptos y abusadores de su poder.

El hundimiento de la Atlántida vendría a ser el equivalente del Diluvio, el castigo a la maldad humana y a la injusticia.

En el corazón de toda leyenda suele haber un grano, por pequeño que sea, de verdad. La búsqueda de la legendaria Atlántida ha propiciado todo tipo de teorías disparatadas, pero la mayor parte de los historiadores sitúa hoy el origen del mito en un hecho ocurrido hace 3.600 años en la zona del mar Egeo y, en particular, en las islas de Creta y Santorini (Thera).

La espléndida civilización micénica, que prosperó en ellas y cuyas ruinas todavía hoy podemos admirar, desapareció efectivamente de manera súbita, coincidiendo con el momento en que, según los rastros hallados por los geólogos, una gigantesca inundación arrasó las costas del mar Egeo, causada por la explosión del volcán de la isla de Thera.
Con una violencia equivalente a una bomba atómica de 700 kilotones, la catastrófica erupción hundió en el mar el centro de la isla, lanzando un tsunami monstruoso y dejando tan sólo un escarpado arco terrestre, que hoy es una de las principales atracciones turísticas del archipiélago griego de las islas Cícladas, y una leyenda.

Durante la Edad Media, otras islas míticas, como la isla itinerante de San Borondón -seguramente sugerida por avistamientos de las desconocidas tierras americanas en distintas latitudes- o la isla de las Amazonas, alimentaron la imaginación de los marinos europeos. Pero estas islas ya no evocaban tanto ecos de un trágico pasado como espejismos de un porvenir lleno de peligros, pero también de posible fortuna.

Buen ejemplo de esa mirada fue, en el año 981, el vikingo Eric el Rojo, quien lanzó la que se podría considerar primera campaña publicitaria de la Historia al bautizar la isla de Groenlandia con ese nombre -que significa Tierra Verde-, como si, en vez del territorio frío e inhóspito que era, fueran a encontrar en ella los posibles colonos fértiles praderas.

Los cuentos de islas rebosantes de riquezas han excitado a aventureros y consolado las penurias del presente. Con ese imaginario en la cabeza se hizo a la mar Cristóbal Colón en 1492, como perfecto ejemplo de la mentalidad de la época, escindida entre las nacientes ciencias renacentistas y la fantasía.

La cartografía del mundo, en la época del Descubrimiento, pintó en los mapas islas imaginarias, tomó por tierra firme lo que no eran sino islas -tal fue el caso de Cuba- y llevó a Colón a sugerir, durante su tercer viaje, que el Paraíso Terrenal debía de hallarse en las inmediaciones de la isla de Trinidad.

El mundo crecía a los ojos de los hombres, islas y continentes parecían brotar de la nada, más allá del horizonte. Eran "no lugares", tierras nuevas que abrieron paso a la idea de que otros mundos eran posibles en este mundo. Otras formas de vivir.

Una isla vino a poner nombre a ese descubrimiento intelectual, la isla de Utopía, en la que Tomás Moro imaginó una sociedad libre de las explotaciones e infelicidades de la nuestra. No era ya el perdido jardín del Paraíso Terrenal que buscaba Colón, sino un paraíso de igualdad y justicia construido en la Tierra por los seres humanos, no por Dios. Una verdadera rebelión contra la fatalidad del destino.

La imaginaria isla de Utopía fue presentada como el hallazgo de un marinero que habría viajado con Américo Vespucio en sus viajes a tierras americanas, sellando así la alianza intelectual de la modernidad, la que hermana el conocimiento del mundo con la emancipación de los hombres. Moro publicó su libro el año 1516, tan sólo 24 años después del Descubrimiento de América, pero su referente lejano hay que buscarlo en el mito de la perdida Atlántida.

Tanto Utopía como la Atlántida usan la isla como expresión simbólica de la ciudad, es decir, del espacio político de la civilización humana. Platón se sirvió de la leyenda de un reino perdido por la ambición de sus gobernantes para criticar el imperialismo de la Atenas de su época.
Y Tomás Moro planteó en su sociedad utópica el núcleo de la pugna política de los tiempos modernos: el que enfrenta a libertad e igualdad, a propiedad privada y social, a individuo y comunidad.

No es extraño, pues, que las islas hayan jugado también un papel simbólico fundamental en la literatura. Desde la Ítaca de Ulises a la isla de Robinson Crusoe (inspirada por la muy real isla de Juan Fernández), pasando por La isla del tesoro, de Stevenson; la terrible isla de El señor de las moscas, donde los niños náufragos de William Golding redescubren el ceremonial de la crueldad, o las islas que son escenarios de experimentos científicos o de catástrofes ecológicas, como La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells; la isla de La invención de Morel, de Bioy Casares, o la imaginada por Cristina Fernández Cubas en El año de Gracia.

Alimentado por leyendas y por ficciones literarias, queda también el recuerdo de las numerosas islas que durante los siglos XVI, XVII y XVIII se convirtieron en guaridas de piratas, como la isla de la Tortuga, descubierta por Cristóbal Colón y en la que los bucaneros construyeron su fortaleza, o la república de Barataria, un conjunto de islas y marismas situado cerca de la ciudad de Nueva Orleans, donde los corsarios de los hermanos Jean y Pierre Laffite rindieron un sangriento homenaje a Cervantes. Individuos enfrentados al orden social, como islas a la deriva, los piratas reflejaron brutalmente las contradicciones del moderno pensamiento utópico, pues en las sociedades que levantaron en sus islas, como la Cofradía de Hermanos de la Costa, el ansia de libertad y la fraternidad coexistían con la violencia, la esclavitud y la codicia.

No tiene nada de raro tampoco que haya sido en dos islas donde se produjeran, con todas sus contradicciones, dos de las revoluciones sociales más significativas de los últimos 200 años: la revolución antiesclavista de los negros haitianos y la revolución socialista cubana. Pero ya en el mismo libro de Utopía, Moro trazaba el retrato en claroscuro del esfuerzo humano por hallar un orden social igualitario (sus virtudes y también sus riesgos).

Y en la búsqueda de conocimiento y de justicia emprendida por nuestra civilización hace ya más de cinco siglos, de alguna manera las islas han terminado por convertirse en la metáfora de la condición humana: individuos que vivimos en sociedad, como islas en un archipiélago. Un curioso archipiélago que tiene la prodigiosa capacidad de soñarse a sí mismo.

31 jul 2009

Coto Matamoros lleva en el cuello la soga asesina de la droga

Coto Matamoros lleva en el cuello la soga asesina de la droga
Dice que sigue en sus trece
de marcharse de esta vida.
La expectación crece y crece
ante su actitud suicida.

Dice que está en su derecho
y no voy a discutirlo.
Tampoco voy a aplaudirlo.
Mas su decisión desecho.

Afirma continuamente
que no tiene otra salida,
aunque hay una de valientes:
plantarle cara a la vida.

Siempre ha sido de cobardes
el recurrir a la huída
y hoy de eso Coto hace alarde
con su decisión suicida.


Hace ya tiempo que Coto,
vividor y manirroto,
lleva en el cuello la soga
asesina de la droga,
y nos ha estado engañando
al negar que consumía,
mientras la gente veía
que se venía suicidando.


Por no pagar a sus hijos
lo que a sus hijos debía,
de escondrijo en escondrijo
Coto se escapa y la lía.

Pero hay algo aún más fuerte
que su vergonzosa huída:
el negociar con su muerte
tras negociar con su vida.

Si se va, me daría pena,
y creo que de irse es capaz.
Si no lo hace, ¡enhorabuena!
Y, si no, descanse en paz.

Clásicos prodigiosos

Clásicos prodigiosos
El verano parece una estación propicia a los clásicos. ¿Quién se priva de un buen par de horas seguidas de lectura, o más, aprovechando las vacaciones? Los clásicos proporcionan seguridad: uno sabe que tiene tiempo por delante, que se lo ha ganado y que la lectura es un placer que se aprecia doblemente si la lentitud y la libertad lo acompañan.



La imaginación específicamente jamesiana del relato es un excitante enigma acerca del problema mismo de la creación

Edith Wharton nos deja un testimonio singular y valiosísimo sobre el conflicto que acabó con la vieja Europa
Empecemos por Francia. No puedo ocultar mi debilidad por Flaubert y ese admirable libro inconcluso que es Bouvard y Pécuchet. En 1872, con cincuenta años a las espaldas, Flaubert no se encuentra bien de salud, la muerte acecha (Louise Colet, George Sand, Teophile Gautier), pasa por serias estrecheces económicas y, en un ataque de negrura, decide escribir lo que se calificó de "gigantesca enciclopedia de la memez". Bouvard y Pécuchet son dos oficinistas rutinarios que se pasan el día copiando insulsos papeles: pura rutina.
Y, de pronto, Bouvard hereda una fortuna y ambos amigos se retiran al campo con la sola intención de aprender cuanto se ha escrito; lo que ocurre es que su mediocridad, la lectura indiscriminada y el utópico afán por saberlo todo les conduce al disparate.
Ese saber que se convierte en un dislate no está lejos de la situación actual en que la vulgarización de la información nos aleja cada vez más de las fuentes de verdad. Un libro maravillosamente escrito -todo Flaubert es un prodigio de precisión-, actual, luminoso e imperecedero.

Y en prodigio no le va a la zaga Marcel Proust. Con la publicación del séptimo y último volumen de En busca del tiempo perdido (El tiempo recobrado) finaliza la laboriosa traducción de Carlos Manzano de una de esas raras obras que alcanzan el grado de genialidad. La novela del siglo XX sería inconcebible sin el aporte de dos maestros que abren puertas aún no cerradas: Henry James y Marcel Proust. El primero aporta la teoría del punto de vista; el segundo, el sentido moderno del tiempo. En busca del tiempo perdido es una lectura obligada de toda persona culta y de todo aquel que quiera sumergirse en una vida compleja, rica, apasionante y plena de intensidad que se abre, se recorre e incluso se saborea a partir de una magdalena.

Y, hablando de Henry James, aparece por primera vez en España El sentido del pasado. Un día de otoño de 1900, James se encuentra con el editor americano de Kipling, F. N. Doubleday, que le propone escribir otra serie de relatos de fantasmas en la línea de Otra vuelta de tuerca. Entonces James concibió la historia de Ralph Prendel, un joven norteamericano que hereda una casa en Londres y, cuando entra en ella, descubre que el pasado se halla allí. En ella encuentra el retrato familiar de un joven antepasado, y una noche, a la luz de una vela y ante un espejo, descubre que es ese joven del pasado, el cual, a su vez, ahora desea visitar el presente; entonces comprende que cuando vuelva a entrar en la casa se cambiará con él. Ahí se detiene el libro, inconcluso.
Evidentemente, James se sintió incapaz de concluir su fantasmal historia. Tan sólo nos quedan las notas posteriores, donde especula sobre la continuación del relato. Pero el drama, el problema del pasado que atrapa y la imaginación específicamente jamesiana del relato es todo un excitante enigma acerca del problema mismo de la creación. Un libro singular y fascinante, un reto y un misterio todavía vivos.

Amigo de James fue Iván Turguénev, de quien llegan sus Novelas cortas, un volumen impagable ordenado y traducido por Víctor Gallego. En su prólogo, Gallego advierte con claridad del sentido de esta recopilación al hacer notar que, si en sus novelas Turguénev "analiza problemas de índole social o se ocupa de la pintura de tipos y modelos característicos de un determinado momento histórico", en sus novelas cortas, por el contrario, el centro es la intimidad de las personas en torno a un espacio de su vida en el que "confiesan un error, una conducta vergonzosa, una oportunidad perdida". La exquisita sensibilidad de Turguénev describe lo que sus personajes hacen y dicen y es desde esa posición narrativa desde donde nos muestran el interior de sus miedos, sus angustias, sus expectativas, sus extravíos.

Al revés que Turguénev, Nikolái Leskov es un escritor inmerso en la tradición rusa. Mientras Tolstói, Dostoievski o Turguénev hacen confluir la literatura rusa con su homónima occidental, Leskov se aparta de todas las novedades que trae consigo la novela decimonónica y se centra en el relato clásico, tanto en temas como en escritura. Por razones de trabajo, Leskov viajó extensamente por Rusia, cuyas tradiciones, costumbres y modos de vida conoció muy bien, y de ello se aprovecha para contar sus historias. Su escritura es sumamente original precisamente por no apelar a modas exteriores.
Su obra más celebrada es Lady Macbeth de Mtsenk, que Shostakóvich convirtió en una ópera admirable. El peregrino encantado cuenta la historia de Iván Severianich, un gigante que ha vivido una vida tormentosa es una sucesión de aventuras y hechos extraordinarios que relata a sus compañeros de viaje mientras se dirige a un monasterio donde espera encontrar aquello que le falta por entender: lo que pueda dar sentido a esa vida exuberante que ha vivido.

Pero antes de la novela decimonónica un gran libro crearía un gran mito, el último gran mito del mundo occidental, pues los que podrían haberlo seguido, como Drácula o el monstruo de Frankenstein, son más símbolos que mitos.
Es el Fausto de Goethe. Más de sesenta años estuvo Goethe empeñado en la escritura de esta obra; es decir: empezó a escribirlo siendo joven y lo finalizó en su lúcida vejez.
Naturalmente, en un principio es el ansia de saber lo que empuja a su personaje coincidiendo con la juventud del autor; después, la lucidez y la transformación de la individualidad en un deseo de solidaridad muestran el cambio de visión de la madurez hacia una visión más abierta del mundo ("a muchos millones de hombres les abro espacios donde puedan vivir, no seguros, es cierto, pero sí libres y en plena actividad").
El pacto con el diablo tiene una intención que se tuerce cuando la sabiduría obliga a Fausto a pensar qué significa ese pacto con el diablo, incluso qué parte de la naturaleza humana es el diablo. Se trata de un tema que está en el centro de nuestro sentido de la vida, en el centro de la condición humana. La traducción de Miguel Salmerón es excelente.

Edith Wharton, bien conocida por el lector español, amiga y discípula de Henry James, comparece por partida doble. De una parte, con un relato titulado Almas rezagadas. Es la historia de una mujer que se divorcia de su marido para convivir con su amante, un artista prometedor.
El problema se plantea cuando el entorno social -en este caso representado por las gentes biempensantes del hotel- presiona para que contraiga nuevo matrimonio, a lo que el amante no se opone, pero ella sí. En realidad, lo que él desea es asentarse y volver a escribir, reducirla a ella al papel de musa en casa, y Lydia se encuentra en una encrucijada. El final es abierto.
El otro libro se titula Francia combatiente y es una narración de sus experiencias en el frente de batalla durante la Primera Guerra Mundial. Wharton residía en Francia desde cuatro años antes.
La invasión alemana de 1914 le produjo tal impacto que queda reflejado en este libro; una faceta inédita, pues: la de escritora reconvertida en audaz reportera de guerra que nos deja un testimonio singular y valiosísimo sobre el conflicto que acabó con la vieja Europa, dentro de la cual vivía ella rodeada por la mejor sociedad de la época, lo que no fue óbice para que realizara hasta seis arriesgadas expediciones a la zona de combate. Un libro fascinante.

Nathaniel Hawthorne es el primer novelista norteamericano y Sherwood Anderson el primer novelista norteamericano moderno. Hawthorne, originario de Nueva Inglaterra, escribe como un puritano: acosando al alma, pues no en vano pertenecía a una antigua familia de estirpe calvinista. Musgos de una vieja casa parroquial es un libro de relatos que tienen como fondo esa casa parroquial de Concord donde se hospedó un verano para escribir estos cuentos a veces fantasmagóricos, a veces alegóricos, que nacen de la extraordinaria imaginación de un hombre capaz de sublimar por medio de ella su educación puritana. Sus temas son el mal, la moral y el pecado; su estilo, un romanticismo oscuro y fatalista que se manifiesta en claroscuro. El libro contiene relatos maestros como 'La hija de Rapaccini', 'El joven Goodman Brown', 'El entierro de Roger Malvin' o 'Egotismo o la serpiente en el pecho'.

George Willard es un joven vecino de Winesburg que anhela salir de su pueblo y convertirse en escritor. Escribe para el periódico del pueblo y contempla a sus habitantes, gente normal y corriente.
Sherwood Anderson concibió un modo de narrar que cambió el viejo naturalismo por un realismo de nuevo cuño que se convirtió en el origen de todo el posterior realismo americano. Winesburg, Ohio es un conjunto unitario de relatos que opera como una novela, pues Anderson sostenía que "la verdadera historia de la vida no era más que una historia de momentos".
Así noveló la vida de Winesburg, por un novedoso sistema de aproximaciones parciales (sus diversos habitantes) al total (la vida del pueblo). Willard es el clásico ejemplo de escritor que empieza observando lo que tiene alrededor, el mundo de su juventud, para crear un espacio propio y, a partir de ahí, abrir la puerta y salir a conocer el mundo; el chico que sale del pueblo a buscar la vida. Con ello crea también un modo de mostrar las cosas como son, bien distinto del modo seudovictoriano de sus antecesores inmediatos.

Reflexón

La lectura es un placer que se aprecia doblemente si la lentitud y la libertad lo acompañan. El verano literario trae nuevas ediciones de Flaubert, Proust, James o Goethe, al igual que obras fundamentales de Shólojov, Greene y Maugham.