19 julio, 2009 - 09:53
La mala educación
Me reprochaban en casa que estuviera viento en youtube algunas de las apariciones estelares de este personaje de la televisión que se llama Risto (o Evaristo) Mejide. Sé que era una pérdida de tiempo, y probablemente lo que voy a escribir sea una pérdida de líneas. Pero de lo que quería hablar es de la mala educación. Lo que hay en el fondo de esas intervenciones, aparentemente acordadas según el guión prescrito por los programadores, es mala educación. Lo mismo que dice Risto sobre los cantantes se puede decir de otra manera. En la vida cotidiana (también en este blog) eso sucede: lo que se puede decir, muy libremente, de modo que ni hiera ni insulte se dice para que hiera e insulte, y entonces argumentos que son muy válidos, que son críticas perfectamente legítimas sobre opiniones o hechos, caen en el lado en el que cae Risto Mejide. A Risto lo han expulsado para darle otro programa. Su actuación, sobre todo la última, me parece ineducada y patética; cuando ya se queda sin argumentos con los que continuar su actuación grandilocuente y despectiva, lanza a un lado los papeles y le dice a la concursante que haga lo que quiera. Creo que una sociedad que permite que este valor de la mala educación se desarrolle es una sociedad condenada a acabar con la conversación para convertirla en un artificio en el que se supone más débil (el que no insulta) pierde la vez y la voz. Quería hablar de eso y no he encontrado mejor ejemplo, el más extralimitado, que esa figura rutilante y simbólica de este señor maleducado que tantas visitas tiene ahora en la tele y en su sucedáneo apocopado, youtube. Todo insulto lleva implícito un chantaje; en la sociedad española abundan los chantajistas, en los medios y en la vida diaria; una militante actuación contra ellos debe contener también el desprecio.
20 jul 2009
UNA FRASE
Si quieres estar pleno, déjate estar vacío. Si quieres renacer, déjate morir.
Si te dejas llevar como una hoja al viento, pierdes contacto con tus raíces.
Si dejas que te agite la inquietud, pierdes contacto con quien eres.
— Lao Tzu, “Tao-te king”
Si te dejas llevar como una hoja al viento, pierdes contacto con tus raíces.
Si dejas que te agite la inquietud, pierdes contacto con quien eres.
— Lao Tzu, “Tao-te king”
Entre el sí y el no de una mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler, porque no cabría. Miguel de Cervantes
Entre el sí y el no de una mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler, porque no cabría.
— Miguel de Cervantes y Saavedra
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Arturo Pérez Reverte: “Al final todo se sabe” (Patente de Corso)
Por fin se desveló el misterio. Desde hace cuatrocientos cincuenta años, los investigadores navales ingleses se han esforzado en averiguar por qué el Mary Rose, ojito derecho de la flota de Enrique VIII, se fue a pique en el año 1545 frente a Portsmouth, durante un combate con los franchutes.
En realidad ya se sabía algo: el barco no se hundió por los cañonazos enemigos, sino porque las portas de las baterías bajas estaban abiertas durante una maniobra complicada, entró agua por ellas y angelitos al cielo. Glu, glu, glu. Todos al fondo.
Pero faltaba el dato clave: un estudio médico del University College de Londres –eso suena a serio que te rilas, colega– acaba de establecer la causa exacta del hundimiento.
El agua entró por las portas abiertas, en efecto. Pero tan imperdonable descuido marinero fue posible porque la tripulación de esa joya de la marina inglesa no era inglesa, pese a lo que su propio nombre indica. Ni hablar. El Mary Rose estaba tripulado por spaniards. Sí. Por españoles. Naturalmente, eso lo explica todo.
No estoy de coña, señoras y caballeros. O la guasa no es mía. Los perspicaces investigatas del University College afirman eso después de pasar veinte años estudiando dieciocho cráneos rescatados del barco.
Tras concienzudos estudios antropológicos, la conclusión es que diez de esos cráneos procedían del sur de Europa, debido, ojo al dato, a la composición específica de sus dientes. Se dice, por otra parte, que Enrique VIII iba escaso de marineros cualificados y enroló a extranjeros.
Así que, con aplastante lógica científica, los investigadores han llegado a la conclusión de que éstos sólo podían ser españoles. Tal cual, oigan. Ni italianos, ni portugueses ni franceses.
Lo de los dientes es decisivo. A ver quién tiene el colmillo así de retorcido, o tantas caries. O tan malos dientes de leche. Vaya usted a saber. El caso es que,bueno. Blanco y en tetrabrik, eso. Leche.
Lo más fino es la conclusión del profesor Hugo Montgómery, jefe del equipo investigador. «En el estruendo de la batalla, se habría necesitado una cadena de mando muy clara y disciplinada para cerrar a tiempo las portas», afirma este Sherlock Holmes de la osteología náutica. Y es que la palabra disciplina en boca de un inglés lo explica todo.
Otra cosa habría sido que el Mary Rose hubiese estado en las competentes manos de leales súbditos británicos. No se habría hundido bajo ningún concepto. Pero a ver qué se podía esperar con una tripulación española –lo más normal del mundo, por otra parte, a bordo de un barco inglés–. O sea. Con torpes y sucios meridionales, todo el día oliendo a ajo y rezando el rosario, flojos de idiomas, que no entendían las eficaces órdenes que se les daban en perfecta parla de allí. Así, el hundimiento estaba cantado, claro. Elemental, querido Watson.
Yo mismo, modestia aparte, también he investigado un poco el asunto. Y fíjense. No sólo coincido con las conclusiones británicas, sino que, tras estudiar con una lupa la dentadura postiza de la madre que parió al profesor Montgómery, me encuentro en condiciones de iluminar otros rincones oscuros del naufragio. Y puedo confirmar que, en efecto, así no había quien mandara un barco.
Sé de buena tinta –una tinta Montblanc, cojonuda– que el naufragio se produjo cuando el almirante british, que se llamaba George Carew, ordenó «Todo a estribor» y el timonel, que casualmente era de Ondarroa, respondió «Errepika ezazu agindua, mesedez», que significa, más o menos, repíteme la orden en cristiano o verdes las van a segar. Y mientras el almirante mandaba a buscar a alguien que tradujese aquello a toda tralla, una marejada cabroncilla empezó a colarse dentro.
«Cierren portas, voto al Chápiro Verde», ordenó entonces el almirante, algo inquieto. Entonces, desde abajo, el contramaestre, un tal Jordi, que era de Palafrugell, respondió. «Digui’m-ho an català si us plau», con lo que míster Carew se quedó de boniato a media maniobra. «Pero de qué van estos mendas» inquirió, ya francamente contrariado.
Mientras tanto, los demás tripulantes, que también eran indígenas de aquí, estaban en los entrepuentes tocando la guitarra y bailando flamenco, costumbre habitual de todos los marineros españoles, sin excepción, en situaciones de peligro.
Fue entonces cuando los oficiales, nativos de Bristol y de sitios así, rubios y tal, empezaron a gritar: «¡El barco zozobra, el barco zozobra!». Y abajo, algunos tripulantes, que eran tartamudos y además de Cádiz, respondieron, con palmas de tanguillo y mucho arte: «Pues más vale que zo-zobre a que fa-falte, pi-pisha». Y claro. En dos minutos, el Mary Rose se fue a tomar por saco.
Dicen los libros de Historia que las últimas palabras del almirante Carew, antes de ahogarse como un salmonete, fueron: «No puedo controlar a estos truhanes». Pero no. Lo que realmente dijo fue: «No puedo controlar a estos hijos de puta».
'Warlock'

Los hombres son como el maíz
'Warlock', de Oakley Hall.
17 de julio de 2009.- Pues, efectivamente, se trataba de un 'western', novela del Oeste americano, o como prefieran, lo que demuestra que la literatura está donde uno quiera ponerla, fuera de juicios previos y fuera de que si te la coges con papel de fumar es asunto tuyo o de la papelera que lo industrializó. Porque lo cierto es que 'Warlock', de Oakley Hall (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, traducción de Benito Gómez Ibáñez), que inspiró cosas fílmicas como 'El hombre de las pistolas de oro' y varios mitos duelistas en torno a Tombstone, es literatura en plan literatura.
Veamos recursos que tiene y que no tienen las pelis y las novelas de quiosco correspondientes. Lo primero y notable es que no hay exaltación del héroe, ni la historia gira en torno a su solitaria y semidivina épica, aunque sin quitarle que sea alguien especial, distinto, pero también inquietante, imprevisible, con los demonios en la canana del alma.
Lo que comunica precisamente a este héroe rápido en desenfundar con el tema de la narración es que esos demonios son universales y los comparte, por ejemplo, con un juez al que nadie ha nombrado y que de paso filosofa sobre la vida humana; con una señorita que ha decidido socorrer a los necesitados con una obcecación malsana y al mismo tiempo encomiable; con un médico entregado a su profesión y renegado de los asuntos humanos; con un comité de ciudadanos que identifica la paz con el comercio, lo que no obsta para que contrate pistoleros a sueldo; con un malo malote cuyo inconsciente se pasa el tiempo rindiendo cuentas al padre; con un jugador desahuciado que emplea lo que resta de existencia en matar prójimos, a la vez que es el rendido amigo del héroe benefactor, o sea, tan criminal como afectuoso; con un hermano redimido del mal que mantiene a su perverso hermano en el punto de mira, sabiendo qué pasará, pero sin saber qué hacer; y así todo el rato...
El resultado es, inevitablemente, una novela coral, en la que el deber ser del lector (ése que siempre se pone delante del libro, pero no de su vida) impide que pueda identificarse con nadie ni con nada, sin gratificación posible, sin buena conciencia, sin esperanza. Dicho de otro modo, es una novela ante la que el lector ha de colocarse, sin que le ofrezca mucha salvaguarda.
Mientras tanto, el paisaje, los detalles de la vida cotidiana, el temblor del miedo a sentir, el pánico de la acción, las miserias de la política y del progreso, se van apoderando de la novela y de su atmósfera moral, más allá de la trama y de los peliculones al uso, hasta que uno acaba preguntándose qué clase de país se ha podido fundar con semejantes orígenes, cómo han sobrevivido a esos comienzos o cómo se han engañado, o, sencillamente, qué clase de peste es la raza humana. Diríamos que es un Eclesiastés en bestia, sin consuelo al mismo tiempo que el único consuelo posible. Y todo lleno de vísceras y sangre que, cuando uno se acostumbra, hasta le hacen pensar que quedan bien decorando nuestro desnudo corazón.
Unas palabras del juez Holloway que, acertadamente, los editores han recogido en la faja promocional:
"Los hombres son como el maíz. El sol los quema, el invierno los congela, y la Caballería los pisotea. Aun así siguen creciendo. Pero mientras haya un poco de whisky, nada de eso importa".
Es lo que más se parece en toda esta novela a lo que suponíamos que era un 'western' o como se llame.
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