"No lo ponen fácil", las cuatro palabras que la duquesa de Sussex le dijo al cantante Pharrell Williams que han vuelto a elevar las críticas de los medios británicos hacia las decisiones de la pareja.
en una jornada familiar campestre en un partido de polo solidario a la que llevó a su bebé y, finalmente, en el estreno de la nueva versión de El rey León rodeada de estrellas.
Con cada una de sus apariciones públicas tras el nacimiento de Archie se ha hecho evidente la presión que los medios ejercen sobre la más novata de la familia real británica.
Un bautizo demasiado privado, un vestido excesivamente holgado e informal, otro demasiado caro, críticas por ir a Wimbledon en vaqueros o por —según algunos tabloides— exigir a su personal de seguridad que advirtieran al público de que se abstuviera de hacerle fotografías, la inoportunidad de asistir a un partido de béisbol y excusarse en la cena oficial durante la visita de Donald Trump… ¡Así no hay quien viva!, que dirían los admiradores de una serie española de televisión.
La duquesa de Sussex se empeña en seguir sonriendo y aferrarse a la mano de su príncipe, pero sin duda, ella que como actriz acostumbrada a las alfombras rojas creía que estaba preparada para soportar el escrutinio público, se ha visto superada por la realidad que supone incorporarse a una casa real como es la británica. Probablemente, Camilla Parker Bowles, la esposa del príncipe Carlos, y Kate Middleton, casada con el príncipe Guillermo, tendrán mil y una anécdotas y consejos para explicarle cómo han conseguido sortear la presión, pero Meghan Markle también ha tenido algunos errores de cálculo y uno de ellos pasa por no sopesar los daños colaterales que han generado algunas de sus decisiones.
Beyoncé la abrazó cariñosamente, Elton John no podía sonreír más a la pareja mientras estrechaba sus manos y Pharrell Williams, –sí, el cantante que convirtió en hit la palabra Happy– volvió a conseguir un titular para los tabloides.
Porque cuando le llegó el turno de saludar a los duques de Sussex, sus poco protocolarios pantalones bermuda combinados con chaqueta y pajarita, dieron para distendir la situación y para que el cantante se atreviera a felicitarles por su relación diciéndoles que en el mundo de hoy es difícil encontrar a dos personas tan enamoradas y con una relación afianzada.
Las cámaras omnipresentes no se perdieron la respuesta de Markle: "No lo ponen fácil".
Cuatro palabras que no señalaron a nadie pero podían tener múltiples destinatarios.
Las reacciones no se hicieron esperar y The Sun publicaba esta semana un artículo que empezaba su defensa de la actitud de los medios de comunicación sin rodeos:
"Queremos quererla, pero es usted la que no lo pone fácil con su actitud de 'pobrecita yo' y su real paranoia".
Y continuaba argumentando que había sido recibida con lo brazos abiertos pero desde su primera aparición "ha sido un desastre de relaciones públicas tras otro".
La presión se intensifica más si cabe ahora que es madre y algunos errores de los que se le atribuyen tienen que ver con su deseo como padres de proteger la privacidad de Archie, su bebé.
Un niño que por otra parte parece haberla unido a su cuñada, con la que también se han empeñado en enemistarla, y que la comentarista Victoria Arbiter, cuyo padre fue secretario de prensa de Isabel II, analiza de la siguiente manera:
"Los bebés son un gran nivelador. En el momento en el que te unes por historias y noches de insomnio, de repente todo lo que importaba antes, ya no importa".
Meghan se marchó a Nueva York y celebró una ostentosa baby shower con sus amigos norteamericanos saltándose el estilo comedido de la familia real británica; y, el gran pecado: la duquesa de Sussex no calibra bien los actos a los que decide asistir porque es "una trabajadora de la familia real y no una actriz de Hollywood que se rodea de publicistas y agentes".
Si a eso se unen las quejas referidas a que el príncipe Enrique ya no sonríe a los medios como antes porque está preocupado, o molesto, con el trato a su esposa, el cóctel de quejas está servido.
La pareja tendrá que decidir cómo afrontarlo y a lo mejor su viaje a Sudáfrica, anunciado para el próximo otoño, puede servir para reconciliarse con la prensa o para hacer un cálculo más milimétrico de sus decisiones.
Incluso a expensas de convertirse en otros correctos pero soberanos aburridos.

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