Siempre entre las nubes hay esos huequitos de Sol que te dan valor.
Un Blues
Del material conque están hechos los sueños
15 ene 2019
La capital mundial de las palmeritas
La locura palmeril ha
tomado un pequeño pueblo madrileño, con seis pastelerías compitiendo y
más de 100.000 ejemplares despachados en dos días de feria. ¿Qué tienen
las palmeritas de Morata de Tajuña?.
De la mano a tu boca. RODRIGO CASTELEIRO
Mientras ustedes leen esto, alguien en Nueva York le está dando un
mordisco a uno de los dulces más típicos de Morata de Tajuña. Un pequeño
pueblo de 7.548 habitantes, situado al sureste de Madrid, que en los
últimos años ha puesto en el mapa sus celebradas palmeritas. Una versión
minimalista –y jugosísima– de la tradicional palmera de toda la vida,
que ha llegado, incluso, hasta Japón. Y que ha colapsado ferias, aquí,
mientras algunos seguíamos buscando a ciegas la palmera perfecta. Que no es exactamente como recordábamos: lo primero que sorprende de
esas otras palmeras es que caben en la mano. Una versión a escala de
nuestra infancia, que, sin embargo, maravilla al primer bocado. Todo un
descubrimiento, y eso que su existencia era uno de los secretos peor
guardados: en el último evento celebrado en esa localidad, a mediados de
diciembre, se vendieron cerca de 116.000 de esas palmeras más pequeñas y
gorditas (esto, solo en las dos mañanas que duró la segunda Feria de la Palmerita de Morata). Unos 5.400 kilos, en total, despacharon las seis pastelerías de ese municipio. Y, aún así, se quedaron cortas de género. Es decir, que no hablamos únicamente de la posibilidad de facturar la
merienda: allí está pasando algo. Porque palmeras hay muchas –y una
fiebre, también, por ellas–, pero que en un pueblo, con perdón, de esas
dimensiones y sin tanto tirón turístico, a priori, se formen esos
atascos a las puertas de sus obradores, los domingos, o colas de hasta
dos horas en esos días de feria es, como mínimo, para coger el desvío de
la A-3 y salir de dudas. ¿Estamos ante un calco de La Roda? ¿Son las
palmeritas de Morata una suerte de miguelitos o de nicanores? Su alcalde, Ángel Sánchez,
cree que, como mínimo, tienen un nombre propio. Así que fuimos a
comprobarlo visitando tres de sus pastelerías más famosas. El resultado,
ya se lo adelanto, les va a hacer salivar. El secreto está en su almíbar Asumámoslo: las palmeras de nuestra infancia eran, en su gran
mayoría, secas. De ahí que sea tan difícil, acaso, encontrar buenas
palmeras tostadas. Pero si aparcan en Morata de Tajuña y se dejan guiar
por su olor lo que se encontrarán serán unas palmeras de un tamaño
inferior, sí, pero más amalgamadas y jugosas por el almíbar en el que
está bañado su hojaldre, mucho más blandito. Cada establecimiento,
además, utiliza una cobertura diferente: las hay de chocolate normal, fondant, blanco, rellenas de nata... Un orgasmo en la palma de la mano.
Luis de la Torre y su hija Loli, en el obrador donde crearon las palmeritas. RODRIGO CASTELEIRO
Casi les diría que son más un bollo, que una palmera al uso. Porque
también su forma varía: al estar cortadas de forma artesanal, cada una
es diferente. Pero todas ellas son igual de peligrosas: te puedes comer
más de una y más de tres sin ser especialmente goloso. Y eso que durante
décadas Morata fue conocida, sobre todo, por su huerta. Si vienen por
aquí a desayunar o merendar no pueden irse sin llevarse algunos de sus
ajos o tomates. Pero tampoco sin conocer el obrador que cambió el gusto
de toda una comarca; y esto me lleva a hablarles de la familia De la Torre, mi primera parada de este viaje.
Pastelería De la Torre: los creadores de las palmeritas Es 2 de enero y en el obrador de la pastelería De la Torre
se respira un olor a roscón y mazapanes que tapa, provisionalmente y
por las fechas señaladas, el verdadero aroma de esta familia. Loli de la
Torre y José Rhodes –nada que ver con el pianista–
trabajan a destajo junto a sus hijos para cumplir con la demanda de
esos días. Lo hacen en el mismo obrador que el padre de Loli levantó
hace setenta años en lo que entonces era un chamizo y una montaña de
ladrillos refractarios, sacados de la cementera local, con los que Luis
de la Torre, el abuelo de la familia, construyó aquel horno de leña que
habría de cambiar la vida de sus paisanos. En aquel espacio, que luego fue ocupado por un horno más profesional –a
razón de 50.000 pesetas de la época–, y donde su nieto José apura en
esos momentos una crema pastelera, fue donde se crearon las famosas
palmeritas. Lo cuenta el propio creador: "Yo era agricultor y mi vida
era el campo, pero tenía un amigo que trabajaba en una fábrica de
magdalenas y empecé a repartir sus productos y, entremedias, pues me
quedaba muchas veces mirando cómo los hacía. Con el tiempo empecé
también a repartir otros productos de otros obradores y a fijarme más. Y
fue cuando decidí construir ese horno, en el año cincuenta, para hacer
yo mismo magdalenas y también tortas; hasta que otro de esos obradores
que frecuentaba me vendió su horno, mucho más moderno. Como también
había repartido palmeras y eran todas muy duras, me puse a hacer ensayos
para ver si conseguía que salieran más jugosas".
A su lado, su hija Loli asiente y pone en valor el tesón de su padre,
de 83 años. "No salía del obrador en todo el día, siempre haciendo
pruebas y más pruebas, tirando muchas masas, y con mi madre enfadada",
evoca, "pero un día la casa se empezó a inundar del olor del chocolate
con el hojaldre mojadito. Y, mira, cuando probé esa primera palmera con
almíbar fue una maravilla". A finales de los ochenta, esta familia de
Morata tenía ante sí la receta que iba a revolucionar la gastronomía y
el turismo local, aunque las otras panaderías y pastelerías no tardarían
en versionarla. ¿Traición o visión de futuro? Y los datos le dan la razón: según fuentes municipales, en Morata de
Tajuña se venden unos 60.000 kilos de palmeritas al año. En un pueblo,
recordemos, que no llega a ocho mil habitantes. Toda una locura que se
explica, acaso, por ese hojaldre que se deshace en la boca y deja un
sabor a mantequilla con ese ligero toque a almíbar marca de la casa. Y
con el contraste de una cobertura de chocolate un pelín más amarga que
consigue que las palmeritas de la familia De la Torre no empalaguen lo
más mínimo. Aunque en su horno hay sitio también para palmeras
glaseadas, de chocolate blanco, de caramelo o de Oreo. A 15 euros el
kilo, en el caso de las de chocolate, y a 16 el resto. Las auténticas de Morata. RODRIGO CASTELEIROAsí nació el pueblo de las palmeritas Resuelve Loli de la Torre, la heredera legítima de esa textura: "Creo
que hay negocio para todos. Nosotros somos los precursores y antes solo
teníamos nosotros las palmeritas, pero viendo su auge la gente empezó a
hacerlas a su imagen y semejanza. Yo no te digo que las nuestras sean
las mejores, solo que aquí fue el sitio donde se empezaron a hacer y por
eso en nuestra caja pone que son las auténticas palmeritas de Morata. Luego te puede gustar más la cobertura de unas o de otras. Pero cada uno
lo hace como buenamente puede y quiere. Todas son parecidas y todas son
pequeñas y blandas, pero cada una tiene su toque".
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