Siempre entre las nubes hay esos huequitos de Sol que te dan valor.
Un Blues
Del material conque están hechos los sueños
23 sept 2016
La pasión por el detalle del cronista Gabo..................................................Javier Lafuente
Luzangela
Arteaga, la periodista que colaboró con el Nobel en la reportería de
‘Noticia de un secuestro’, recuerda el proceso del libro a los 20 años
de su publicación.
Gabriel García Márquez en mayo de 1996 en Madrid. Santi Burgos
Darío Arizmendi, por aquel entonces y todavía hoy director de 6AM,
de Caracol Radio, cogió a una ni siquiera treintañera Luzangela
Arteaga, la retiró de la cabina del programa y le soltó sin más
miramientos: “Yo soy muy amigo de Gabo,
está preparando algo especial, no sé qué, pero me pidió a una persona
detallista, reservada, alguien especial. He pensado en ti. Te vas mañana
para Cartagena”. -Así, con un golpe seco, entró en mi vida el maestro. Así, con un golpe seco, entró en mi vida el maestro.
Arteaga recuerda, en una tarde del eterno otoño bogotano, ya con 51 años, cómo llegó a la ciudad del Caribe colombiano,
marcó al teléfono que le había dado Arizmendi y se dirigió a la casa
“absolutamente blanca” de García Márquez. Aquel día se encontró con
alguien “muy serio, analítico, enteramente diferente a lo que fue en
adelante”. El Nobel colombiano le invitó a seguir y directamente se
sentaron en una mesa de trabajo: “Mira, en esto estoy trabajando”, le
vino a decir antes de leerle lo que sería el esbozo del primer capítulo
de su próxima obra, Noticia de un secuestro,
de cuya publicación este año se cumplen 20 años. En los siguientes dos
años, Arteaga sería la sombra en la reportería con la que Gabo regresaba
al periodismo.
En octubre de 2013, Maruja Pachón y su marido, Alberto Villamizar, le
habían propuesto a García Márquez escribir un libro a partir de la
experiencia de ella durante su secuestro de seis meses dos años atrás.
El escritor tenía bien avanzado el primer borrador cuando se percató,
como cuenta en la introducción de la crónica, que no tenía sentido
desvincular aquel rapto de otros nueve que ocurrieron por aquel entonces
en una Colombia azotada por el narcotráfico y supeditada a los desmanes de Pablo Escobar, personaje implícito en toda la obra.
Es en ese instante cuando el papel de Arteaga, muy cauta a la hora de
hablar del libro en estos 20 años, adquiere un papel fundamental.
“Aquel día en su casa me contó los detalles interminables que quería
corroborar”, recuerda la periodista. “Para él, fue un regalo maravilloso
que todos los protagonistas de algo tan espantoso abriesen su corazón y
se lo entregaran”. Pero no era suficiente. Gabo quería más. “Necesitaba
ambientar lo que le contaban, lo de afuera, confirmar hasta el último
detalle, saber cuánto frío hacía, los semáforos que había, las balas que
disparaban, quería saberlo absolutamente todo. Esa fue mi tarea durante
los dos años siguientes”. Después de hacer interminables entrevistas, donde Gabo, como recuerda
Maruja Pachón, iba y venía para sonsacar cada uno de los detalles a los
personajes, su prima hermana y secretaria privada, Margarita,
transcribía las horas de grabación. Después, se reunía con Arteaga: “Un
encuentro con el maestro era sinónimo de tarea para dos meses”. Ambos se
sentaban a revisar los apuntes sobre la transcripción, a hablar de los
escenarios. De los detalles. Siempre los detalles. Fue ahí cuando
Arteaga se percató de la grandeza del Nobel. “No había espacio para la
duda y si la había, seguíamos hasta verificarlo. Si no lo conseguíamos,
no se incluía”. La minuciosidad de Gabo no tenía límites. “Quería ir a la casita donde
llevaron a Maruja y a Beatriz, quería entrar al baño… O meterse en el
carro donde las sacaron para trasladarlas al lugar en el que se
encontraron con Marina. Le habían contado, como refleja en el libro, que
podían respirar y ver un poquito. Él quería saber hasta dónde. Busqué
durante dos años el carro pero fue imposible”, rememora Arteaga. Aunque
ahora ríe, fue un trabajo exhaustivo de comprobación, de empeñarse a
fondo. “Vivía con la angustia de no tener ninguna imprecisión, tuve el
cuidado de que todo lo que le enseñaba lo acompañaba con un documento”,
relata, mientras enseña una muestra de los papeles que aún conserva:
recortes de periódicos, de revistas, documentos, derechos de petición… No todas se usarían. Algunas eran por mera curiosidad, como los
resúmenes que le tuvo que hacer de las novelas que veía Pacho Santos, exvicepresidente de Colombia, durante su cautiverio. Durante esos dos años, la joven Arteaga no podía contar nada a sus
compañeros de profesión, a los que escudriñaba con algunos detalles como
si se trataran de inocentes preguntas de periodista inquieta. Las jornadas de trabajo presenciales con Gabo tenían hora de inicio
pero nunca se sabía cuándo acababan. A medida que el libro se concretaba
y la confianza entre ambos iba a más, los sobresaltos podían llegar en
cualquier momento. Arteaga dejaba todo lo que estaba haciendo, como
aquel domingo que se pasó pegada al teléfono después de dar de almorzar a
sus hijas hasta bien entrada la noche. “Me llamó desde México, había
estado hablando con Beatriz y le había contado el detalle del perfume
que le había regalado uno de sus secuestrados y que le había dicho 'mi
amor' . Estaba completamente indignado. Vivió tan intensamente lo que
escuchó de sus protagonistas, lo llevó tan adentro que sintió la misma
ira y frustración”.
García Márquez con los alumnos de la Escuela de EL PAÍS en 1996. GORKA LEJARCEGUI
Han pasado dos décadas y Arteaga ha vuelto a desempolvar la ingente
documentación que guarda de entonces. Hablará de ello el próximo jueves
en Medellín, durante los premios que organiza la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano,
creada por el escritor. Será una forma de celebrar el vigésimo
aniversario de la crónica que leyó por primera vez ante un grupo de
estudiantes de la Escuela de EL PAÍS, en Madrid. Aquellos dos años
fueron una lección de periodismo que Arteaga nunca olvidará. Como
tampoco lo hará uno de sus últimos encuentros con Gabo. Al poco de
publicarse Noticia de un secuestro, Darío Arizmendi supo que el
escritor y periodista se encontraba a punto de coger un vuelo. “Ve al
aeropuerto y le haces una entrevista”. Arteaga llegó, se saludó
cariñosamente con Gabo y le contó la encomienda: —Uy, yo no le voy a contestar a usted más preguntas, le dijo entre risas. No, le hubiese culpado si no lo hubieses hecho. —Maestro, al menos no me puede culpar por intentarlo.
Una fiesta de historias
Una fiesta de historias para mentes curiosas es el lema de
la cuarta edición de los Premios García Márquez que organiza, desde este
jueves y hasta el sábado, la fundación que creó el Nobel colombiano,
con sede en Cartagena e inspirada en la Escuela de Periodismo UAM/EL
PAÍS. En la recta final del plebiscito que supondrá un punto de
inflexión en la historia reciente de Colombia, el periodismo absorberá
durante tres días la segunda ciudad del país. Martin Baron, director del
Washington Post, ocupa el lugar más privilegiado entre los
invitados, que hablarán, obviamente, de paz, pero también de música,
literatura y periodismo latinoamericano. EL PAÍS, con motivo de sus 40
años, contará con un stand, proyectará el documental sobre el 23-F y ofrecerá varios talleres de periodismo en las escuelas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario