La
poesía era el punto central de toda la vida intelectual de los
andaluces. Durante seis siglos, por lo menos, fue cultivada con tal celo
y por tan gran multitud de personas que el mero catálogo de los poetas
arábigo-hispanos llenaría tomos en folio.
El
don de improvisar era frecuentísimo, pues hasta el gañán que iba tras
el arado hacía versos sobre cualquier asunto y también los califas y los
príncipes más egregios nos han dejado algunas poesías como testimonio
de su talento. Cualquier obra, que trata de los reyes grandes de
Andalucía recoge también sus dotes poéticas.
La
situación de las mujeres en España era más libre que en los otros
pueblos mahometanos. En toda la cultura intelectual de su tiempo tomaban
parte las mujeres y no es pequeño el número de aquellas que alcanzaron
fama por sus trabajos científicos o disputando a los hombres la palma de
la poesía. Tan alta civilización fue causa de que se les tributase en
España una estimación que jamás el oriente musulmán les había tributado.
Mientras
que allí, con raras excepciones, el amor se funda sólo en la
sensualidad, aquí arranca de una más profunda inclinación de las almas y
ennoblece las relaciones entre ambos sexos. A menudo el ingenio y el
saber de una dama tenían poderoso atractivo para sus adoradores, como
sus prendas y hechizos corporales, y una inclinación común a la poesía o
a la música solía formar el lazo que ligaba dos corazones entre sí.
Como testimonio de lo dicho, los cantos de amor de los árabes
andalusíes manifiestan, en parte, una pasmosa profundidad de
sentimientos. En los movimientos y voces del alma de estos cantares se
halla una mezcla de blandos arrobos y de violentas pasiones.
Si
examinamos ahora algunos cantos de amor de diversos autores, veremos la
variedad de tonos que hay en ellos. Una idea que se repite a menudo en
la poesía de aquella época es la de que dos amantes se ven mutuamente en
sueños durante la ausencia, y así hallan algún consuelo en su
aflicción.
Ibn Jafaja (1058-1138) canta:
Envuelta en el denso velo
de la tenebrosa noche,
vino en sueños a buscarme
la gacela de los bosques.
Vi el rubor que en sus mejillas
celeste púrpura pone,
besé sus negros cabellos,
que por la espalda descoge,
y el vino aromoso y puro
de nuestros dulces amores,
como en limpio, intacto cáliz,
bebí en sus labios entonces.
En perlas vertió el rocío,
que de las sedientas flores
el lindo seno entreabierto
ansiosamente recoge;
Rosas y jazmines daban
en pago ricos olores.
Mas para ti y para mí,
¡oh gacela de los montes!,
¿qué más rocío que el llanto
que de nuestros ojos corre?
El poeta Ibn Darray (958-1030) expresa el mismo pensamiento más sencillamente:
Si en los jardines que habita
me impiden ver a mi dueño,
en los jardines del sueño
nos daremos una cita.
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