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2 ago 2013

Un SMS contradice la versión de Rajoy en el Congreso sobre Bárcenas


Rajoy, en el debate de ayer. / FOTO: ULY MARTÍN / VÍDEO: ELPAÍS-LIVE

Ayer fue el día en el que Mariano Rajoy pronunció públicamente el nombre de Luis Bárcenas y lo hizo 16 veces, una cada cuatro minutos de su discurso inicial.
 Fue el día en el que, por primera vez, admitió algún error en el caso de su extesorero, aunque fuera solo el del exceso de confianza y ni rozara el fondo de los hechos.
Y el día en el que el presidente del Gobierno fue al Parlamento a hablar del escándalo que le acorrala, aunque para eso haya tenido que haber una amenaza de moción de censura y la presión hasta de medios internacionales de prensa.

“Me equivoqué al mantener la confianza en alguien que ahora sabemos que no la merecía.
 Cometí el error de creer a un falso inocente, pero no el delito de encubrir a un presunto culpable”, aseguró el presidente del Gobierno en algo parecido a un acto de contricción pública.
Su única responsabilidad, según dijo, es la del exceso de confianza en quien llevó durante más de 20 años las cuentas del partido.
 Y explicó que fue cuando conoció que tenía una cuenta opaca en Suiza cuando rompió amarras con él por sentirse traicionado.
“Le apoyé hasta el momento en que, a los cuatro años de iniciadas las investigaciones, llegaron datos que confirmaban la existencia de cuentas millonarias en Suiza, no declaradas a la Hacienda Pública, a nombre del señor Bárcenas
. Esto, además de revelar una manifiesta deslealtad con el partido que le había encomendado sus cuentas, confiado en él y defendido su inocencia, constituía un hecho ilegal que no admitía dudas, puesto que la existencia de ese dinero en Suiza a su nombre, la confirmó el juez y el imputado no pudo negarlo”, explicó Rajoy.
Sin embargo, el pasado 18 de enero, dos días después de conocerse la existencia de esa cuenta, a través de una comisión rogatoria pedida por el juez Ruz, el presidente del Gobierno envió un comprometedor mensaje de texto al móvil de Bárcenas
: “Luis. Lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo”.
Es decir que, en contra de lo que dijo ayer en las Cortes el presidente del Gobierno, la gravedad del descubrimiento de la cuenta no fue suficiente para que cesara su apoyo a Bárcenas.
 Como le respondió el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, solo la existencia de ese mensaje admitido por Rajoy supondría la dimisión de un presidente en Alemania, Reino Unido o Francia.
 “Todos los españoles sabían que el señor Bárcenas era un evasor fiscal y el presidente del Gobierno le seguía mandando afectuosos mensajes de ánimo”, espetó el líder de la oposición. Rajoy no contestó.
Sobre ese pilar de la confianza defraudada hasta que se conoció la cuenta opaca estaba construido todo el discurso de Rajoy de ayer.
No había relato de hechos o explicación de cómo pudo reunir Bárcenas un capital de más de 40 millones de euros.
 Sí había una reiterada declaración de honradez personal y de descalificación de las declaraciones inculpatorias contra el PP o de los papeles de supuesta contabilidad b, tachados de “falsedades” y despreciados como “renglones en papeles arrugados”.
Todo falso y fruto de la estrategia defensiva del extesorero, que como imputado puede mentir, según remachó el presidente, pero acompañado de prevenciones para curarse en salud de posibles nuevas revelaciones o avances de la investigación judicial —
“No me consta” la cuenta b del PP; “por lo que a mí respecta”...— Y sobre los sobresueldos: “Declarar los ingresos privados a Hacienda ya es una responsabilidad individual.
 De eso, ni el señor Bárcenas ni nadie que no sea la Hacienda Pública sabe nada”.
El presidente hizo un largo discurso inicial en el que entró de lleno en el caso Bárcenas y buscó un cara a cara muy duro con el líder de la oposición, para que los suyos le identificaran como el centro de la conspiración contra su partido y su Gobierno.
Buscaba embarrar el terreno y dejar en segundo plano las peticiones de explicaciones concretas y al resto de grupos. Incluyó multitud de citas del propio Rubalcaba sobre la imposibilidad de convertir las investigaciones judiciales en responsabilidad política y sobre la presunción de inocencia, con la teatralidad de usar repetidamente la coletilla enfática de “fin de la cita” como señuelo para la posteridad.
Además de la confianza defraudada, y con un discurso bien elaborado y eficaz, Rajoy incidía en el perjuicio para la imagen de España de quienes le exigen explicaciones y responsabilidades, en lo que supone de retroceso en el camino hacia el final de la recesión y, especialmente, en la descalificación de la amenaza de moción de censura por parte del líder socialista.
“Un fraude constitucional” que daña la imagen de España, según Rajoy.
El discurso buscaba cohesionar a los suyos con una impresión de contundencia, de defensa ante un ataque exterior y, sobre todo, de señuelos para llenar el vacío de los datos concretos.
Fue especialmente claro en rechazar las peticiones de dimisión formuladas por todos los portavoces salvo Josep Antoni Duran Lleida (CiU).
Rajoy lo descartó:
“No voy a dimitir y no voy a convocar elecciones anticipadas. La endeblez de sus argumentos y la fuerza de mis razones hacen que ni siquiera sopese esa posibilidad. A mí lo que se me pide es que me declare culpable. No se me piden explicaciones. Yo no me voy a declarar culpable porque no lo soy”.
Tampoco respondió a ningún detalle que le pidió la oposición, especialmente, a ninguna de las 20 preguntas sobre Bárcenas y sus relaciones con el presidente del Gobierno que le hizo de forma contundente la portavoz de UPyD, Rosa Díez.
 No respondió porque, de forma inusual en la Cámara, Rajoy llevaba escrita la réplica y la leyó sin inmutarse y sin modificar ni una sola línea para contestar a las cuestiones que le planteaban los portavoces.
 Ni tomó nota siquiera mientras hablaban. Leyó fielmente el texto precocinado con el cuidado de quien repite el alegato minuciosamente prefabricado con sus asesores políticos y legales, porque no quiere verse condenado políticamente en el futuro, ni atado por sus palabras en el Parlamento.
Afeó a todos que tuvieran de antemano decidido rechazar su versión si no coincidía con su prejuicio, pero él hizo justo eso con su réplica: responder lo que le había preparado su Gabinete. No cambió siquiera para responder a acusaciones tan duras como la de Joan Coscubiela (ICV) que le llamó reiterada y abiertamente “corrupto”.
Para intentar explicar que no ha ayudado a Bárcenas dejó caer que con el Gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero el extesorero fue exculpado y con el suyo encarcelado.
 En esa insinuación omitió que el PP fue expulsado de la causa por el juez por ejercer como defensor y no como acusación, que la comisión rogatoria de Suiza llegó en enero; que los papeles surgieron con posterioridad y que la Fiscalía intentó durante dos meses quedarse con parte de la investigación de la contabilidad b publicada por EL PAÍS hasta que IU presentó una querella. Y dijo que se mantienen los fiscales del caso obviando que el artículo 23 del Estatuto Fiscal dificulta que se aparte a los encargados de las investigaciones.
Sobre los supuestos sobresueldos a dirigentes del PP utilizó eufemismos como “remuneraciones complementarias por razón del cargo” y “anticipos o suplidos a justificar por gastos inherentes al desempeño del cargo”
. Pero todo “en blanco” e incluido en la contabilidad oficial del partido.
En el último tramo, Rajoy volvió a enunciar las medidas anticorrupción que anunció en febrero en el debate sobre el estado de la nación, que solo han sido objeto de una reunión de la comisión que se creó en La Moncloa.
El presidente, felicitado a la salida del pleno por sus diputados, llega así a las vacaciones a la espera del desarrollo del proceso penal y la reacción de Bárcenas desde Soto del Real. Allí está encarcelado “el tesorero infiel”, según ironizó Rubalcaba, que se convirtió en delincuente solo cuando empezó a declarar contra el PP.

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