Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

22 jul 2010

El modisto Valentino aloja en su castillo de las afueras de París, abierto al público, un espectacular legado de 10.000 bocetos, 2.000 cartas y valios


Sumergida entre las felicitaciones de Navidad de la realeza europea, hay una gran foto de Valentino en bañador.
Debe tener veinte -ya bronceados- años y no cuesta entender por qué el retratado la ha elegido para que ocupe un lugar preferente en el centro consagrado a su legado.
Un proyecto que ha montado en el granero de su castillo del siglo XVII en Domaine de Wideville, a las afueras de París. Está muy guapo. Y pletórico.
Si algo le aterra al diseñador de moda de 78 años es que Valentino Garavani Archives resulte mínimamente sospechoso de ser un mausoleo.
Valentino cada vez está mas moreno, y dicen que eso hace mucho daño a la piel, la piel estirada que hace que sus ojos suban hacía la frente con mirada de estupor y sin pestañear, como se puede poner al Sol o Rayos Uva que casi parece un berebere, y asombrado, a mi pena no me da ninguna porque está forrado de pasta y puede convertir sin varita mágica un pajar en un salón de Baile, como la cenicienta, pero con mucho oro, no vestirá a la ya aburrida jet, de sobra están vestidas para andar por su yate donde invita a sus amigos, esa casa no la habitará solo, tendrá un pequeño apartamento donde sería el lugar para guardar la segadora o la carreta.
Esperemos que no se estire más, porque entonces si que parecerá un pulpo en un garaje,.



El Museo Valentino de Roma fue desechado por las autoridades locales
Desde la retirada de Il Maestro (como gustaban de llamarle sus costureras) en 2008, Giancarlo Giammetti, eterno socio y compañero vital, se ha dedicado a recopilar y ordenar más de 10.000 bocetos.
Son las tripas de este peculiar museo que se podrá visitar a partir de septiembre con cita previa. Para el año que viene, se espera haber digitalizado todo el material para que se pueda consultar por Internet. "La tecnología es una forma de dirigirse a una audiencia joven con un lenguaje que puede entender más fácilmente. Los archivos Valentino no son un museo de cera. Queremos algo vivo y no un puro ejercicio de nostalgia", explica Giammetti, tal vez apropiadamente, vía correo electrónico.

La apuesta por la tecnología no termina ahí. Si bien los dibujos se pueden apreciar mejor gracias a unas clásicas lupas, la instalación concebida por los diseñadores Patrick Kinmoth y Antonio Monfreda les ha buscado unos modernos compañeros. Una decena de iPad recorren la galería de 40 metros de largo que ocupa la buhardilla del granero. Muestran de forma animada bocetos que Valentino realizó en la pantalla táctil del invento. "La idea fue de Giammetti", explica Kinmoth rodeado por los artefactos.
"Es un ejemplo típico de cómo funciona su tándem desde hace 40 años. Valentino rellena con arte lo que Giammetti organiza y dispone. En este caso, la animación permite asistir a su proceso creativo. Ver qué dibuja primero, cómo compone la silueta... Es una representación gráfica de la forma en que Valentino piensa".

"Dibujar siempre ha sido un momento increíble", explica el creador, también por correo electrónico. "Solo frente a un papel blanco. Pero estos bocetos no buscaban mi propia gratificación. Tampoco eran para revistas o amigos. Su objetivo era explicar un vestido al taller. La realización de un traje es la razón última de su existencia. Nunca ha sido un proceso tortuoso.
Era una tarea que estaba obligado a hacer. Debía producir cientos de dibujos al año, así que necesitaba ser racional".
Lo curioso es que esos trajes finales están clamorosamente ausentes en los 2.000 metros cuadrados del pajar reformado en museo. Una solitaria túnica verde agua -que lució Jackie Kennedy en 1967- recuerda el oficio del italiano e, involuntariamente, también que éste no es ya el propietario de la firma que lleva su nombre y que fundó en Roma en 1962.
Es la compañía quien se ha quedado con el grueso de su producción. Miles de trajes ideados a lo largo de una carrera de medio siglo, ya que Valentino empezó como aprendiz en los talleres de alta costura de París en la década de los cincuenta.

La túnica de Jackie y la foto de Valentino en bañador se miran en la planta baja del granero. Dividida en dos salas que retratan una vida a las faldas del poder y la riqueza. De Audrey Hepburn a Berlusconi, de Diana Vreeland a Carlos de Inglaterra. Instantáneas sin firma o imágenes míticas de Richard Avedon o Horst, salpicadas por ilustraciones y pinturas de Botero y Viramontes.
"Había que representar la vida de Valentino ya que es indisoluble de su obra", explica Kinmoth -que ya colaboró en la retrospectiva que tomó el Ara Pacis de Roma en 2007 para celebrar su 45 aniversario- frente a una gran pantalla que proyecta el documental Valentino: el último emperador, estrenado en 2008. Los estudiantes podrán consultar hasta 2.000 cartas personales, además de 120.000 artículos de prensa y los 15 libros editados hasta el momento sobre el diseñador.

Aunque tener un granero de 2.000 metros cuadrados en un rincón del jardín de 80 hectáreas de un castillo que perteneció al ministro de finanzas de Luis XIII es una razón difícilmente superable para hacerse un museo a domicilio, no deja de ser extraño que las ansias de posteridad de Valentino no hayan encontrado acomodo en alguna institución cultural más convencional. "Había un proyecto en Roma para un museo Valentino", admite Giammetti. "Pero el cambio en la administración de la ciudad hizo que este proyecto se dejara de lado".

Nada como sus fiestas retrata el mundo de Valentino, construido a la medida de las fantasías de un niño que soñaba con Hedy Lamarr y Judy Garland desde la platea del cine de Voghera en el norte de Italia.
Valentino Garavani aprendió el arte de recibir de Jackie Onassis en Capri en los años sesenta.
Desde entonces se ha esforzado en convertirse en un anfitrión legendario. "Siempre me ha gustado. Tengo talento para entretener, para acoger y ser agradable", admitía en una entrevista con este diario en 2007.

Dotes que desplegó el 7 de julio para celebrar el nacimiento de los archivos en sus imponentes jardines.
Era la última noche de la semana de la alta costura y un helicóptero transportó a los miembros del séquito más rezagados, los que debían asistir al segundo turno del desfile de sus sucesores en el corazón de París, la Place Vendôme.
El resto -Jessica Alba, Natalia Vodianova o Marc Jacobs- llegaron en coches o, como en el caso de Gwyneth Paltrow y sus hijos, salieron de las habitaciones de invitados del castillo. A medianoche, con el champán agitando la pista de baile y las conversaciones en los sofás, Valentino y Giammetti podían respirar tranquilos. Un museo de cera no era.

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