
Si yo tuviera espíritu de empresa, alma mercantil, impulsaría las Travesías Dominicales de la Melancolía.
Qué de rutas... Las empleadas de hogar que regresan a la servidumbre un poco antes que los amos, los zapatos todavía bruñidos; las alcohólicas solitarias y enjutas que se atreven a salir dos horas antes de que anochezca; las adelfas en un rincón urbano, las yucas, los cirros que nadie mira; el sol que ilumina las barandillas de las altas oficinas; las palas mecánicas con crisis de ansiedad en el tramo cortado al tráfico; las caravanas que vuelven, las caravanas que se marchan, los del asiento de atrás, los sombreros de paja con vitola y lema; las señoras mayores con el pelo ralo y sin embargo humedecido con colonia; los adolescentes roñosos; las adolescentes montando caballos imaginarios; el abuelo con tirantes y babuchas; las señoritas alt standing; las también señoritas de barriada con las telas a reventar; los grifotas a pie de calle; los turistas con sus alelamientos comprensibles; el silencio de las nubes.
Llenaría mis arcas en paraísos fiscales. No tendría que escribirle a mamá que me mande un manual de armas para traficar en Harare. No moriría de gangrena. Supuraría oro, y la vida me sonreiría siempre con cara de ningún día. No miraría más las estelas ni los mapas. Mamá también estaría en la vida, y yo tendría los ojos cerrados.
Jose Carlos Cataño
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