Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

30 dic 2019

“No veía el lado agotador de Hollywood."

“No veía el lado agotador de Hollywood. Paré y me di cuenta de que tenía que cuidarme”

“No veía el lado agotador de Hollywood. Paré y me di cuenta de que tenía que cuidarme”

 Pasó seis años alejada de los focos. Ahora, a los 50, esta oscarizada actriz opta al Globo de Oro por su papel de Judy Garland en la película sobre sus últimos años de vida que se estrena en España a principios del nuevo año

. ¿Será capaz de abandonar la larga sombra de Bridget Jones?

EN ALGÚN MOMENTO empezaremos la entrevista”, le insistí a Renée Zellweger.
“No, no”, respondió ella.
Era mediados de agosto, y yo había ido al hotel Beverly Wilshire de Los Ángeles (California, EE UU) para preguntar a Zell­weger por su nueva película, Judy.
 En el filme, que se estrena en enero en España, ella interpreta el papel de la cantante y actriz Judy Garland en el último año de su vida, cuando se encontraba en la más absoluta miseria.
 Se trata de un papel de transformación interpretado con tanta entrega que será difícil que Zellweger —que ahora tiene 50 años— resulte derrotada en la competición por el Oscar a la mejor actriz de este año. 
 Teniendo en cuenta que acaba de pasar seis años alejada de la pantalla, lograrlo sería toda una hazaña.

Para llegar hasta aquí, primero hubo que convencer a la actriz de que por lo menos dejase que le hiciese la entrevista.
 Mientras un relaciones públicas no dejaba de mandarme correos electrónicos retrasando la llegada de Zellweger, nuestra cita para comer se acercaba cada vez más a la hora de la merienda.
 Después de dos horas apareció Zellweger, pequeña y discreta con su ropa deportiva y el cabello rubio recogido bajo una gorra gastada de los Texas Longhorns. 
“Gracias por esperar”, dijo con timidez. “Tengo un lío tremendo”.

Me contó que tenía que recuperar la costumbre de la agenda del estrellato con sus sesiones fotográficas, sus inacabables pruebas de vestuario, sus apariciones en festivales de cine y nuestra entrevista. Si Judy conquista el final de la temporada de galardones, la actriz va a tener que hablar mucho de sí misma. 
Lo cual está bien, supone. ¿Pero no sería más divertido hablar de otras cosas?
Cuando por fin se rindió a la entrevista, empezó a disfrutar de ella. Con Judy le pasó algo muy parecido.
 El director, Rupert Goold, la fue animando cautelosamente para que aceptara el proyecto a base de persuasión, consciente de que una oferta precipitada podría resultar abrumadora.
 Le mandaron el guion en 2017. “Al principio no entendía por qué pensaron en mí para el papel”, recuerda. 
En la película había muchas canciones en directo, porque la historia sigue los pasos de una Garland casi en la indigencia después de aceptar un contrato de cinco semanas para cantar en un local nocturno de Londres. 
A pesar de haber sido candidata al Oscar por el musical Chicago, Zellweger no se considera a sí misma una gran vocalista.

Pero Goold pensaba que la vulnerabilidad que la actriz había mostrado en Jerry Maguire y el descaro que le granjeó un premio de la Academia de Hollywood por Cold Mountain la convertían en la opción perfecta para el papel.

“Garland tenía una inmediatez emocional increíble”, me explicó el director por teléfono.
 “Uno tiene la sensación de encontrarse ante un espíritu que poseía una inocencia y un optimismo innatos, y yo quería a alguien que tuviese esa clase de fragilidad”. 
También me explicó que la experiencia de Zellweger en Hollywood, que había atraído la curiosidad por sus relaciones sentimentales y la especulación de la prensa sensacionalista sobre hipotéticas operaciones de cirugía estética, podría servirle para construir una protagonista que se ve obligada a luchar constantemente contra los rumores dañinos.
Así que Zellweger se puso a investigar.
 Como Goold insistió en que no quería playback, la intérprete reservó varias horas en un estudio y contrató a un profesor de canto para comprobar si el estilo vocal característico de Garland estaba a su alcance.
 Trabajó con un coreógrafo y un diseñador de vestuario a fin de reproducir la postura encorvada e indolente de Garland. 
Y leyó hasta la última de las biografías, vio todos los vídeos antiguos y escudriñó los foros de los admiradores de la estrella en busca de cualquier detalle que fuese de utilidad.
Desde 2010, la actriz pasó seis años alejada de la maquinaria de Hollywood.
Desde 2010, la actriz pasó seis años alejada de la maquinaria de Hollywood.

Pero cada vez que la actriz se sorprendía a sí misma extendiéndose demasiado en sus explicaciones, afloraba la timidez. 
“Menudo trabajo. ¡De lo más divertido!”, repetía una y otra vez.
Las secuencias más trágicas de Judy son las que muestran cómo la intérprete es obligada a cantar a pesar de que su voz está devastada por el tiempo y las adicciones.
 Goold se apoyó en ese suspense: “Le dije a Renée que iba a estructurar el guion de manera que no se desarrollase solo en torno a la pregunta de si Judy Garland podía ofrecer lo que se le pedía en ese momento, sino si Renée Zellweger podía hacerlo”.
 La actriz interpretó las canciones en directo delante de una audiencia, y ahora recuerda las escenas con la emoción de alguien que ha practicado la caída libre y ha sobrevivido.
 “Estaba eufórica. Me parecía estar flotando.
 Me refiero a hacer cosas que nunca había hecho.
 No me permití pensar demasiado en ello. 
Por suerte, fue como un torbellino y no tuve tiempo de pararme a pensar que preferiría no tener que hacerlo”.
Con todo, Zellweger ha aprendido a recelar de los proyectos que le exigen demasiada responsabilidad sin darle tiempo para digerirlo todo como correspondería.
 Garland fue víctima de la explotación de la máquina de Hollywood, que rara vez le concedía tiempo para descansar, y Zellweger afirma que sabe lo que es llegar “a un punto en el que ya no sabes si vas a poder aguantar y tener que hacerlo de todas maneras”.
En 2010, después de haber trabajado casi sin interrupción durante toda su carrera, Zellweger se apartó de Hollywood durante un paréntesis que duró seis años, hasta que reapareció en la secuela El bebé de Bridget Jones
 “Me mentía a mí misma, y no sé por qué”, confiesa. “No veía el lado agotador de aquello, y llegó un momento en el que paré y me di cuenta de que tenía que cuidarme”.
No se arrepiente de haber aceptado varios grandes proyectos al año, pero el tiempo que pasó retirada la ayudó a establecer un orden de prioridades.
“En lugar de pensar que ojalá pudiese preparar una fiesta como las que se preparan para alguien especial, tuve que decirme a mí misma que era yo la que iba a ir a la fiesta. 
Y no me sentí como si el derecho a tomar esa decisión fuese un privilegio de esta profesión”, explica Zellweger.
Liberada de esa obligación, la actriz empezó una terapia, viajó, asistió a clases en la Universidad de California en Los Ángeles e incluso escribió un proyecto piloto para Lifetime (al final, el canal no lo aprobó):
 “Me había retirado por un tiempo, así que no me dediqué a rumiar las viejas experiencias emocionales de siempre para contar historias.
 Estaba viviendo experiencias nuevas, y en ellas todo es instructivo”.
Sin esta perspectiva no habría podido interpretar a Judy Garland. “El papel me permitió valorar la poca experiencia que pueda tener de cómo sortear un personaje público que era un lastre para mi vida”, remata.
Al cabo de unas semanas tras aquel encuentro, asistí a la fiesta que siguió a la presentación de Judy en el Festival Internacional de Cine de Toronto. 
La película, que se había proyectado por primera vez esa misma noche, había puesto al público en pie e inspirado apasionados tuits. Cuando Zellweger salió al escenario, rompió a llorar.
En la fiesta, que se celebró en un lugar cercano a la sala de proyección, todo el mundo estaba deseando felicitar a la actriz, pero una hora más tarde la abarrotada reunión seguía esperando a su estrella. 
 “¿Dónde está Renée?”, oí que preguntaba un relaciones públicas. “¿Alguien la ha visto?”. Por fin, alguien confirmó que Zellweger estaba a punto de entrar en el edificio. La vi subiendo pausadamente las escaleras con un vestido azul cielo y unos zapatos blancos con unos tacones vertiginosos. 
Acompañada por dos representantes, iba absorta en su concentración, como preparada para entrar en la primera de las muchas fiestas de esta temporada en las que sería el centro de atención.
Después de todo lo que había trabajado en su papel y solo le dedicaron una ovación de tres minutos con el público en pie. ¿Cómo se sintió?
“No sé cómo tomármelo”, dijo por fin.


¿Cómo tomarse qué? ¿Esa adoración?
“Pues sí”, respondió arrugando el gesto. 
“¿Qué se puede decir a eso? Felicidades por ser afortunada”. 



 

La civilización del estupor........................Rosa Montero

Debería crearse una nueva asignatura que enseñara a los niños a discriminar las falsedades y a desarrollar espíritu crítico.



Debería crearse una nueva asignatura que enseñara a los niños a discriminar las falsedades y a desarrollar espíritu crítico
EL ÚLTIMO informe Pisa nos ha dejado bastante atribulados, y con razón, por el hecho de que los alumnos españoles hayan empeorado sus resultados en ciencias y matemáticas: es un varapalo. 
Pero creo que no le hemos prestado suficiente atención a otro dato del informe que me parece espeluznante: sólo el 8,7% de los chavales de la muestra total, es decir, menos de 1 de cada 10, es capaz de diferenciar entre lo que es un dato y lo que es una opinión.
Recordemos aquí, para agobiarnos un poco más, que PISA ha evaluado a 600.000 estudiantes de 15 años procedentes de 79 países. 
Lo que significa que a casi 550.000 de esos adolescentes, tiernos brotes del futuro, savia nueva de la OCDE y demás topicazos, les parece lo mismo e igual de creíble decir que en 2018 murieron 47 mujeres en España asesinadas por sus parejas o exparejas, que sostener, pongamos, que muchas de las denuncias por malos tratos son mentiras inventadas por féminas perversas.
Puede que una buena parte de esos estudiantes ya haya perdido la virginidad; algunos fumarán y beberán, y, en suma, se creerán mayores y muy listos, con esa tontería propia de la edad que todos conocimos; pero lo cierto es que son incapaces de interpretar y valorar la información más básica. 
Van ciegos y perdidos bajo el diluvio de datos en el que vivimos, un guirigay gritón y confuso que aturde al más templado y que puede desarbolar por completo a quienes están tan mal preparados como ellos.
 Eso sí que es un fracaso educativo. 
Un fracaso que se veía venir, porque estamos hablando de los quinceañeros, pero hay muchos adultos con la cabeza igualmente llena de serrín.
 No sólo debería crearse una nueva asignatura en los colegios que enseñara a los niños a discriminar las falsedades, a desarrollar espíritu crítico y moverse por la selva de fake news, sino que también habría que poner clases nocturnas de repesca para mayores.

Rosa Montero


La formidable Nuria Oliver, de la Real Academia de Ingeniería y una autoridad mundial en inteligencia artificial (le acaban de nombrar directora de una unidad de investigación Ellis), viene a decir en un capítulo del libro colectivo Los nativos digitales no existen (Deusto Ediciones) que las multitareas, como por ejemplo “chatear o navegar por Internet mientras se ve la televisión o se escucha música”, nos están fosfatinando literalmente el cerebro. Cita investigaciones internacionales que demuestran cosas alucinantes, como una que midió el impacto de las interrupciones en el trabajo de oficina: al parecer se necesitan al menos 25 minutos para recuperarse de una llamada o un e-mail y volver a ser igual de productivos que antes. 
Pero sobre todo menciona dos estudios que me dejaron pasmada. Uno fue hecho en 2014 en el University College de Londres sobre la influencia de la multitarea en la estructura del cerebro. Descubrieron que juguetear con el maldito móvil mientras se hace otra cosa nos afecta físicamente la sesera; y, así, cuanto más tiempo pasas chateando y viendo la tele,, por ejemplo, menor densidad de materia gris tienes en el córtex del cíngulo anterior, un rincón del cerebro de nombre complicado pero máxima importancia, porque ese córtex es esencial en el procesamiento de la información, así como en la detección de errores y conflictos.
 Lo cual me temo que resulta muy coherente con los resultados del informe PISA y con el desparrame mental que mostramos los humanos últimamente, más proclives que nunca, se diría, a tragarnos sin dificultad cualquier embuste (yo creía que la edad me estaba reduciendo las entendederas, pero ahora veo que es el móvil el que se está comiendo mi cerebro: esa parte casi es un alivio).
El otro estudio al que me refería no deja de tener su horripilante gracia.
 Lo hicieron en la Universidad de Londres y encontraron que las personas distraídas por la tecnología experimentaban una disminución de su coeficiente intelectual superior a si hubieran consumido marihuana. 
 Bueno, supongo que depende de la cantidad de hierba que te metas, pero de todas formas los que hemos vivido los años de la psicodelia sabemos de qué abismos de modorrez estamos hablando. Bienvenidos a la civilización del estupor, amigos. 

 

Mis vecinos de otro tiempo............................Javier Marías

Aún rondan por estas plazas y calles las sombras de mis vecinos de otro tiempo, admirables y dignos de remembranza.

SE CUMPLEN veinticinco años de vivir donde vivo la mayor parte del tiempo, en el Madrid de los Austrias, así que llevo ya largo rato paseando por sus calles. 
Esta capital y sus nefastos Ayuntamientos (pronto tocará un repaso al actual, a la bajura de los anteriores) se han caracterizado por destruir y demoler cuanto había, luego poco queda con antigüedad. Uno de sus escasos aciertos fue la colocación de placas conmemorativas en los muros, a la manera londinense.
 La mayoría (no todos, ay) son romboidales y de color crema, y se distinguen bien.
 Pero, como poco no fue arrasado, lo más frecuente es que recen: “Aquí estuvo la casa en la que se alojó Alexandre Dumas en 1846” (poco después de sus Tres mosqueteros), o “Junto a este lugar se erigió la Casa del Tesoro, donde vivió Velázquez de 1652 a 1660 y tenía el obrador en el que pintó Las Meninas”, o “… el Palacio del Conde de Lemos, editor de la Segunda Parte del Quijote”.
 Bien está que se recuerden los edificios fantasmas, que habitaron mis vecinos de otro tiempo, admirables y dignos de remembranza. 

Así sabemos algo de ellos, y nos cabe imaginar que vieron cielos parecidos a los que vemos y respiraron los mismos aires (más puros pero más hediondos).
 La gente que pasa por estas zonas apenas se fija y les trae sin cuidado: no sólo las hordas turísticas, que no saben quién fue nadie, sino los propios españoles, cada día más voluntariamente ignorantes.
 Y sin embargo aquí, en estas calles y plazas, anduvieron algunos de los mejores individuos que han pasado por nuestra historia.
 En la Plaza de Oriente no sólo vivió Velázquez, sino también Verdi en 1863, cuando vino a presentar La forza del destino, y Giovanni Battista Sacchetti, principal arquitecto del Palacio Real, muerto en 1764, y Herrera Barnuevo, arquitecto y pintor de Felipe IV, muerto un siglo antes, en 1671. 
Mucho más tarde, en 1918, el notable poeta uruguayo Vicente Huidobro, y también el mítico tenor Gayarre, sobre cuya vida vi de niño una película interpretada por Alfredo Kraus, y siempre que pienso en uno u otro me acuerdo de una deliberada metedura de pata de mi abuelo Emilio, médico tan simpático como impertinente, que tras una actuación del segundo fue a felicitarlo con este comentario demente: 
“Qué bárbaro, Kraus, cómo canta; de lejos parece una gallina”. Muy cerca, en la calle de Santa Clara, vivió y se mató el joven Larra en 1837, y algo más acá, en la del Espejo, tuvo Goya su casa en 1777, que también la tuvo en el 6 de la calle Santiago, al lado, aunque ahí no hay placa.
 Sí la hay, en cambio, de George Borrow, “Don Jorgito el inglés” en el barrio entre 1836 y 1840, al que hoy casi nadie lee, pero que escribió un divertidísimo libro viajero, La Biblia en España
 En la prolongación, en Milaneses, tuvo sus juegos callejeros de infancia Lope de Vega, junto a otra iglesia desaparecida, San Miguel de los Octoes.
 Y casi enfrente, ya en Mayor, vivió y murió Calderón de la Barca, y paseó Boccherini.
 En Mayor esquina a Coloreros fue asesinado en 1622 Juan de Tassis, Conde de Villamediana, de vida audaz y pendenciera y poesía que merece ser leída, y en la esquina con Almudena emboscaron y despacharon a Juan Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, el hermano bastardo de Felipe II, el Lunes de Pascua de 1578. 
Muy cerca estuvieron las mansiones de la Princesa de Éboli, conocida tal vez por las masas como “la del parche en el ojo”, y en ellas fue arrestada por orden del mismo Rey en 1579.


En la recóndita Plaza del Biombo, en la iglesia de San Nicolás, fue bautizado Ercilla en 1533.
 Tampoco él es hoy muy leído, pero fue autor del célebre poema épico La Araucana, quizá menos olvidado en Chile; y si uno cruza Mayor hasta Pretil de los Consejos, verá el lugar que albergó el Estudio de Humanidades que dirigió López de Hoyos y del que fue discípulo el joven Cervantes.
 En Arenal se encuentra la iglesia de San Ginés, que considera hijos suyos a Quevedo, Lope de Vega y al gran músico Tomás Luis de Victoria, al primero por haber sido bautizado, al segundo por haber casado allí, y al tercero porque en 1611 falleció “cabe su muro”.
 Al subir una bocacalle, Fuentes, uno se entera de que en una pensión se hospedó, en 1862 y 1863, un Pérez Galdós veinteañero. Me parece bien que, pese a los tiempos que corren, se recuerde al torero “Frascuelo”, muerto en 1898, y en otro lugar el sitio donde estuvo el Gran Oriente, sede de los masones mucho antes de que los persiguiera Franco. 
También me gusta la placa de alguien cuyo nombre desconocía, en memoria del maestro José Cubiles, cuyo piano sonó en la Plaza de Oriente entre 1928 y 1971: cuarenta y tres años de melodías bien merecen un homenaje. 
En la Costanilla de San Andrés se erigieron las casas de Ruy González de Clavijo, justamente recordado por haber sido embajador del Rey Enrique el Doliente en la Corte de Tamerlán el Grande, en la remota Transoxiana, entre 1403 y 1405. 
Y también anduvo por aquí mi madre: vivió en Mayor 11 y 13 cuando era muy jovencita.
Ya que los edificios no perviven apenas, que al menos se sepa que aún rondan por estas plazas y calles las sombras de mis vecinos más distinguidos de los últimos cinco o seis siglos. Extrañamente, hacen compañía.

29 dic 2019

Tamara Falcó: “Hay gente que pensaba que era pija y tonta pero me daba igual”

La hija de Isabel Preysler y Carlos Falcó, reciente ganadora de 'MasterChef Celebrity', vive una ola de popularidad.

 Se declara feminista y preocupada por seguir con los pies en la tierra.

Tamara Falcó, como imagen de la ginebra Tanqueray Ten, en Madrid, el pasado 11 de diciembre. En vídeo, perfil de Tamara Falcó. Foto: B.P (EL PAÍS) | Vídeo: EPV

Tamara Falcó frente a frente no habla con la boca cerrada ni sesea como una niña pija

Su voz suena segura, alta y clara. 

Se parece más que nunca a su madre, Isabel Preysler: una piel cuidada y un maquillaje suave. 

Viste de negro, un traje diseñado por ella. Está feliz. Aunque han pasado ya varias semanas de su triunfo en MasterChef Celebrity todavía le dura la alegría.

 "Una amiga mía me dice: 'Anda que la que has liado solo con freír un par de huevos". 

Pero Tamara sabe que su triunfo no ha sido solo el logrado en un concurso televisivo. 

Se ha ganado a la calle. "La gente ahora me para. Me felicitan y me dicen que no pensaban que fuera así". Y es que sabía la imagen que proyectaba

"Hay gente que pensaba que era pija y tonta, pero me daba igual". Pero Tamara Falcó no tiene un pelo de tonta. 

Cuando decidió entrar en el concurso de Televisión Española, además de hacerlo porque era una buena oportunidad de trabajo, pensó que tenía la posibilidad de darse a conocer de otra manera: "Sé la imagen que muchos tenían de mí. Tantas horas de televisión permiten que se te conozca más. Creo que lo he conseguido". 

El camino no ha sido fácil. "Durante todo el concurso conté con la ayuda de un coach. 

 Nadie se imagina lo duro y exigente que es el concurso. A veces, cuando estaba agotada, me preguntaba: ¿qué hago aquí?". 

Pero la constancia es una virtud de Tamara Falcó, de 38 años, que en ocasiones se convierte en cabezonería.

Como no es tonta quiere aprovechar el tsunami que vive. 

La llaman más que nunca para eventos y recibe a este periódico en uno de la ginebra Tanqueray. Se mueve entre estilistas, maquilladores y cámaras con comodidad.

 Vive la fama como algo cotidiano. La conoce desde niña: "Siempre he tenido un fotógrafo cerca".

 No le molesta. "Solo cuando dicen algo de mí que no es cierto o tergiversan algo", admite. 

Isabel Preysler, Tamara Falcó, Mario Vargas Llosa y Xandra Falcó, tras la final de 'MasterChef Celebrity'.
Isabel Preysler, Tamara Falcó, Mario Vargas Llosa y Xandra Falcó, tras la final de 'MasterChef Celebrity'.
Estos días acapara más portadas que su madre, la reina del papel cuché, y muchos ven en ella a su sucesora.
 "Lo de mami es imposible de conseguir. Ella tiene una fama mundial".
 Se nota que está muy unida a ella, que es su referente.
- ¿A quién quiere más, a papá o a mamá?
- A los dos. Mi padre [Carlos Falcó, marqués de Griñón] ha estado en todos mis momentos importantes, pero yo he vivido siempre con mi madre.
Tamara Falcó se independizó, pero duró poco en su piso de soltera. Regresó pronto a Miraflores, la casa familiar de la urbanización madrileña de Puerta de Hierro.
 Allí convive, además de con su madre, con su abuela y con el escritor y pareja de Isabel Preysler, Mario Vargas Llosa
He tenido mucha suerte con todas las parejas de mi madre.
 Tío Julio [Iglesias] siempre cuenta conmigo y me dice que por poco no soy hija suya; con tío Miguel [Boyer] he crecido, él me educó.
 Ahora con Mario todo es muy fácil.
 Es tan inteligente. Me gusta hablar con él de política internacional. El otro día me estuvo explicando lo que sucede en Bolivia.
 La de España la sigo, aunque a veces es difícil entender algunas cosas". Todavía no ha leído el último libro de Vargas Llosa, Tiempos recios. 
Tiene otro entre manos.
 "Me ha dicho que si lo leo me lo regala. 
Y le he respondido: ¿Y si no, lo tengo que pagar?". 
Tamara Falcó junto a dos de sus hermanos, Enrique Iglesias y Ana Boyer, y la pareja de esta última, el tenista Fernando Verdasco, tras el concierto de Enrique en Madrid, a principios de diciembre.
Tamara Falcó junto a dos de sus hermanos, Enrique Iglesias y Ana Boyer, y la pareja de esta última, el tenista Fernando Verdasco, tras el concierto de Enrique en Madrid, a principios de diciembre.
Estudió Ciencias de la Información, pero dice que lo suyo es la moda.
 Quiere seguir diseñando, pero sin olvidar los fogones. "Alessandro Michele, director creativo de Gucci, es skater, por ejemplo. Yo puedo ser diseñadora y chef". 
Cree que no está en condiciones de abrir un restaurante, ni tan siquiera asociarse con nadie.
 Pero ha pensado algo:
 "Quiero lanzar unos vídeos de recetas de cocina sana. Algo que ayude a la gente".

Hace un par de años, Tamara Falcó engordó por un problema de tiroides. Su aumento de peso ocupó portadas.
¿No es excesivo el culto al cuerpo que impera en estos tiempos?
-Claro que sí. Todos se fijaban en mis kilos de más, pero yo no estaba gorda, estaba enferma.
 Ahora como más que nunca, pero como sano con ayuda de mi nutricionista.
 Cuanto mejor comes mejor te encuentras. 
Ahí están las Kardashian, que no son mi estilo, pero olé, se atreven con todo con las curvas que tienen.
-La gente está empeñada en buscarle pareja. ¿No le resulta incómodo?
-La vida es mejor compartida, pero soy de esas personas que no he tenido suerte.
 También creo que estar con alguien por estar con alguien no es lo que quiero.
 A los hombres también les pasa a cierta edad: si ese no se ha casado algo tiene que tener, se suele decir. Nos pasa a las chicas pero a ellos también.
-¿Qué piensa del feminismo?

-Si el feminismo es igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, soy feminista
 Pero no creo que los hombres sean inferiores. 
En algunos deportes, por ejemplo, estamos en desventaja, pero no por ello somos inferiores nosotras; ellos tienen unos atributos y nosotras, otros.
-¿Ha seguido el movimiento Me Too?
- Si es verdad que hay tantas violaciones, tantos acosos como se han denunciado es un espanto. Si hay gente que está jugando con este tema me parece un horror.
Otra prueba de que no tiene un pelo de tonta es que está viendo cómo gestionar esta creciente fama y el dinero que está generando: "Tengo a mi hermana Ana, que es muy buena con los números, para que me ayude".