Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

29 sept 2014

Nena, esto es de lo más normal.................................................... Rosa Montero

Este libro es una joya.
 Y eso que, al principio, resulta un poco árido, un poco espeso. Pero les recomiendo perseverar, porque enseguida se pone estupendo
. Me refiero a Ansiedad, miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior (Seix Barral) de Scott Stossel, un periodista norteamericano cuarentón que vive asediado por las crisis de ansiedad, que pueden atacarle en cualquier momento y dejarle tembloroso, taquicárdico e incapaz de hablar. Además padece miedo a los espacios cerrados (claustrofobia), a la altura (acrofobia), al desmayo (astenofobia), a quedar atrapado lejos de casa (al parecer es una variante de la agorafobia o miedo a los espacios abiertos), a los gérmenes (bacilofobia), a hablar en público (un tipo de fobia social), a volar (aerofobia), a vomitar (emetofobia), a vomitar en un avión, cosa que, para él, debe de ser como una manía al cuadrado (aeronausifobia) y, por último, hasta le tiene miedo al queso (turofobia), una obsesión rarísima que ya me parece la repanocha.
Como comprenderán, yo, que soy una ansiosa de manual, y que he sufrido tres grandes crisis de angustia clínica en mi vida, a los 17 años, a los 21 y a los 30, me he abalanzado sobre este ensayo como cerdita sobre charca de lodo.
 Y debo decir que el pobre Scott es tan catastrófico que, de entrada, su ejemplo puede animar muchísimo a los ansiosos más medianos. Que, por cierto, son (o somos) legión. Según los últimos estudios citados en este libro, se calcula que una de cada seis personas en el mundo sufrirá un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el transcurso de su vida.
Sé que al otro lado de estas páginas hay mucha gente devorada por el ogro de la angustia”
Y sufrir un trastorno de ansiedad no es estar un poco nervioso ni sentirse preocupado por algún problema de tu vida.
 Una crisis clínica cursa con síntomas aparatosos y es inhabilitante mientras dura.
 Recuerdo mi primer ataque de angustia a los 17 años: estaba viendo la televisión una noche, tras la cena, en el comedor vacío de la casa de mis padres, cuando de repente el mundo se alejó de mí, como si estuviera contemplando la realidad a través de un telescopio; es decir, el comedor estaba todavía ahí, pero lejísimos (luego supe que esto se denomina efecto túnel y que es bastante habitual); inmediatamente me entró un ataque de terror absoluto, con el agravante de que ni siquiera sabía a qué le tenía miedo
. Me castañeteaban los dientes, me temblaban las piernas, me entrechocaban las rodillas.
Como lo que me sucedía era incomprensible, deduje que me había vuelto loca y eso aumentó el pánico.
 Además, era incapaz de explicar lo que me pasaba. No podía hablar, no podía comunicarme
. Porque la esencia de todo trastorno mental es la soledad, una soledad tan colosal que resulta inimaginable si no la conoces, si no has estado ahí.
 Una soledad de astronauta vagando perdido en el espacio intergaláctico.
En la España de fines de los sesenta y en mi clase social, la gente no iba al psiquiatra; de modo que me pasé la crisis a pelo, sin un solo ansiolítico.
 Estaba a punto de entrar en la universidad y decidí hacer Psicología para intentar entender lo que me pasaba.
De hecho, tengo la teoría de que la mayor parte de los psiquiatras y psicólogos se dedican a eso porque, de jóvenes, temieron estar locos. Lo cual, por otra parte, no es malo en sí mismo: al contrario, puede proporcionar un mayor entendimiento y una cercanía con los pacientes.
 En cualquier caso, estudié un par de años de Psicología y ahí aprendí que las crisis de angustia, aunque espectaculares, son como la gripe de los trastornos mentales; básicas, muy comunes y, pese al sufrimiento que producen, muy leves.
 Conocer todo esto me hizo ir perdiendo el miedo al miedo; ya sabía que de las crisis se regresaba, que no me iba a quedar ahí atrapada, que eran algo transitorio
. El irme aceptando como era y, sospecho, el empezar a publicar mis textos en torno a los treinta años (porque escribir te cose, te une al mundo), hizo que las crisis se acabaran. Hace tres décadas que no sufro ninguna.
Pueden volver. No me apetecen, pero no las temo
. Y hasta les estoy agradecida por haberme enseñado el espacio exterior mental, ese lugar inhóspito y aterrador de la dolencia psíquica. Cosa que me ha hecho conocer mejor al ser humano.
 Cuento todo esto, como Scott cuenta sus tremendas, agobiantes y a menudo desternillantes experiencias, porque sé que al otro lado de estas páginas hay mucha gente devorada por el ogro de la angustia
. Personas que se sienten perdidas, que se creen morir, que piensan que se les ha ido la cabeza para siempre
. Y que son incapaces de hablar de ello. A mí, a los 17 años, me hubiera servido de mucho que alguien me dijera: nena, esto es de lo más normal; respira tranquila y espera a que se pase.
 Así que aprovecho el estupendo libro de Stossel para decirlo ahora.
@BrunaHusky
www.facebook.com/escritorarosamontero, www.rosa-montero.com

Si yo fuera catalán......................................................................Javier Marías

Huele a artificial esa fiebre. Se propaga cuando en España hay un Gobierno del PP del que uno entiende que cualquiera quiera separarse.

Poco después de la Diada, se me preguntó en una entrevista por Cataluña, y contesté que hasta ahora no le había dedicado aquí una columna entera principalmente por dos razones: una, para no bailar al son de Mas, Junqueras y Forcadell, como lleva haciendo todo el mundo desde 2012; dos, porque me cuesta sentir el menor interés por esa cuestión.
 Si a mí me daría lo mismo que dejara de existir una nación llamada España en pro de un conjunto más amplio, Europa, no me pidan que comprenda el empecinamiento de una porción de catalanes en tener pasaporte propio, embajadas, selecciones deportivas y un ridículo ejército, como ha previsto la susodicha Carme Forcadell, esa especie de monja a la vez mandona y presumida, elevada a la categoría de “madre de la patria” pese a su inmensa capacidad para soltar sandeces como la siguiente, el 11 de septiembre:
“Hoy, 300 años después de la derrota, hemos recuperado Barcelona”. Supongo que quería decir que la Cataluña más cerril se la había arrebatado a los barceloneses peligrosamente cosmopolitas, porque ya me explicarán a quién, si no.
Es cierto que Cataluña posee unas características muy marcadas, una lengua y una tradición cultural muy fuertes, y que su status no debería ser el mismo que el del resto de comunidades.
 Es respetable que muchos de sus habitantes deseen ser independientes, sin más razón que su voluntad o antojo
. Pero uno se pregunta qué ha pasado, de 2012 a hoy, para que todo eso se haya exacerbado.
 Tras siglos de convivencia –casi nunca forzada–, ¿ha ocurrido algo muy grave? ¿Ha habido, por ejemplo, un amotinamiento de la población brutalmente reprimido por la Guardia Civil? ¿Se ha suspendido el Estatuto de Autonomía? ¿Se ha destituido o encarcelado al Presidente de la Generalitat? ¿Ha sucedido algo tan imperdonable como para prender la mecha, para que se tome una determinación tan tajante como escindirse de España?
Uno no lo ve, aunque se esfuerce.
 Pequeñas afrentas, sí: una no pequeña la inició la tontuna de Zapatero, la prosiguió el PP al impugnar el nuevo Estatut aprobado en referéndum y la remató el Tribunal Constitucional al darle la razón a ese partido incompetente.
 Gran tacto el de todos ellos. Pero ¿en verdad es eso tan insoportable e irreversible como para crear la contagiosa fiebre, para romper todo vínculo? No olvidemos que ese nuevo Estatut se molestó en votarlo un número más bien exiguo de catalanes.
 El día de la consulta no pareció importarle tanto al conjunto.
 Y menosprecio catalán a los demás lo hay a diario.
Lo decisivo de una independencia no es el hecho en sí, sino en manos de quién queda uno”
Huele a artificial esa fiebre. Se propaga cuando en España hay un Gobierno del PP del que uno entiende que cualquiera quiera separarse.
 Cuando hay una aguda crisis económica.
 Cuando la Generalitat se anticipa a Rajoy en sus recortes, de modo que los catalanes los padecen por partida doble.
Todo esto pasa inadvertido porque desde hace dos años no hay más urgencia ni asunto que la independencia.
 Es como si a los catalanes se los hubiera narcotizado o hipnotizado con eso, y hubieran dejado de existir los demás problemas y abusos, que sufren tanto como el resto.
 Una gigantesca cortina de humo para tapar que CiU y ERC llevan a cabo políticas tan feroces y derechistas como la del PP. Apenas se diferencian.
Personalmente, me traería sin cuidado que Cataluña se independizara, y me consta que lo mismo les ocurre a no pocos madrileños, que piensan:
“Pues bueno, y allá se las compongan”. Ahora bien, si yo fuera catalán estaría aterrado ante la posibilidad. Intento imaginarme un Madrid independiente (ya sé que no es comparable, pero al fin y al cabo somos sólo un millón menos que en Cataluña)
. Un Madrid aislado, al que no salvarían de vez en cuando Andalucía, Asturias, Aragón o la propia Cataluña.
Al que tampoco salvaría nunca la Unión Europea, de la que estaríamos excluidos.
 Un Madrid que quedaría a merced del PP durante décadas, si no para siempre.
 En el que el partido gobernante haría lo que le diera la gana sin cortapisas y sin rendir cuentas a nadie. Lo decisivo de una independencia no es el hecho en sí, sino en manos de quién queda uno, sin que nadie pueda venir en nuestra ayuda.
 El panorama catalán no es mucho mejor, en ese aspecto: una casi segura alternancia de CiU y ERC. El primero con todas las trazas de ser tan corrupto como el que más en España, tan dedicado a los negocios (y no al bienestar de los ciudadanos) como el PP.
 El segundo, además de calamitoso, frívolo y aventado, parece tener una dificultad congénita para entender la pluralidad y la democracia, así como nula idea de cómo gobernar, y quizá por eso se resiste a entrar en la Generalitat.
La única vez que lo hizo, en tiempos recientes, fue en el llamado “tripartito”, con las responsabilidades difuminadas, y aun así su relativo mando resultó desastroso.
Esa es la cuestión. La independencia, muy bien.
 El aislamiento, lo sobrellevaremos y nos bastamos.
 Pero ¿en qué manos quedamos? ¿Quién podrá venir en nuestro auxilio si las cosas salen mal o nos arrepentimos?
Yo doy gracias a que España no esté sola y dependa no sólo de Europa, sino del conjunto de sus comunidades, lo cual impide dictaduras o que ningún Gobierno se eternice.
Eso no sucedería en un Madrid independiente, me temo, ni en una Cataluña independiente, estoy casi seguro.
 Así que lo dicho: con las perspectivas actuales, si yo fuera catalán tendría pánico. elpaissemanal@elpais.es

 

Miguel e Isabel...........Como va cambiando









Miguel Boyer, tres décadas junto a Isabel Preysler......................................... Mábel Galaz

El exministro dejó su carrera política y se alejó de la vida pública por quien ha sido su mujer durante 26 años.

 

Miguel Boyer e Isabel Preysler, en julio de 2012 en su casa de Madrid.

Miguel Boyer e Isabel Preysler han vivido una historia de amor durante casi 30 años, los primeros de manera clandestina
. Fue una relación que comenzó turbulentamente —ambos estaban casados— y que pronto se convirtió en una de las más sólidas del panorama social español. Boyer lo dejó todo por ella, incluso el Ministerio de Economía del gobierno de Felipe González.
 Ella, a cambio, redujo al máximo sus apariciones públicas para acomodarse a la vida más discreta que él prefería.
 Desde que en 27 febrero de 2012 Boyer sufriera un derrame cerebral, Preysler no se ha separado de su marido. "Salgo con mis amigos, intento llevar una vida normal, pero mi prioridad es Miguel".
 En su lujosa casa de la urbanización madrileña de Puerta de Hierro han discurrido los últimos días del exministro
. Allí su familia dispuso todas las comodidades posibles para facilitar el día a día de Boyer que, aunque bastante recuperado, tenía problemas de movilidad tras su accidente cerebral.
  Su muerte ha sido algo inesperado para toda la familia.
 El fallecido ingresó en la mañana del lunes en la clínica Rúber al sentirse mal.
Fue en su casa donde la pareja se dejó ver por última vez hace dos años
. En una exclusiva a la revista ¡Hola! el matrimonio posó y habló de la enfermedad de Boyer, que le mantuvo en coma y muy grave durante varias semanas
. "Estoy contento, muy contento. Gracias a mi mujer, me he salvado" confesaba el exministro de Economía. Y añadía: "De lunes a sábado hago rehabilitación; por la mañana, en un centro especializado, y por la tarde, en casa, y además nado en la piscina
. Solo tengo palabras de agradecimiento hacia mis médicos y mis amigos". Y, además, confesaba cómo había comprobado que "la vida te puede cambiar en cuestión de segundos".
Este verano Boyer se decidió a pasar unos días de vacaciones fuera de su domicilio
. Estuvo con Isabel Preysler en casa de unos amigos en Marbella. "Han sido solo unos pocos días. Miguel por muy bien que esté donde mejor se encuentra es en casa", explicaba Preysler.
Toda la familia ha manejado con discreción la enfermedad de Boyer
. "Está bien, va poco a poco", han repetido una y otra vez tanto Isabel Preysler como Ana, la única hija del actual matrimonio del exministro.
Los hijos de Isabel Preysler han estado también muy pendientes estos años del "tío Miguel" como llamaban al tercer marido de su madre.
Pero ha sido Ana, la hija del matrimonio, el gran apoyo de su padre.
 La joven, de 25 años, ha heredado la inteligencia del exministro y la elegancia de su progenitora. Una de las últimas alegrías que recibió Boyer fue ver cómo su hija iniciaba su vida laboral como analista financiera y comenzaba una relación con el tenista Fernando Verdasco.
A los 36 años Isabel Preysler se casó con Miguel Boyer, entonces presidente del Banco Exterior de España, de 48 años
. Fue una ceremonia tan discreta que no asistió ninguno de sus familiares.
 Para ella era su tercera boda, la segunda para él.
 Se celebró en los juzgados de la calle de Pradillo, en Madrid. Actuaron como testigos Margarita Vega Penichet y el abogado José María, Amusátegui.
Ella se había casado de blanco a los 20 años con Julio Iglesias; con 29 años volvió a contraer matrimonio canónico, vestida de salmón, con Carlos Falcó, marqués de Griñón
. Boyer estuvo casado hasta esa fecha con la ginecóloga Elena Arnedo, con quien tenía dos hijos. Preysler aportaba al matrimonio tres hijos, Chabeli, Julio José y Enrique, de su matrimonio con Julio Iglesias, y una niña, Tamara, de su matrimonio con Carlos Falcó.
 De su unión nació Ana.