Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

1 nov 2009

AUTORRETRATO

Karl Lagerfeld

Con él se extinguirá una forma de entender la moda. Retirado Valentino y muerto Yves Saint Laurent, se acerca el final de una estirpe, la de los grandes monarcas del estilo. Adicto al cambio y alérgico a la nostalgia, el septuagenario diseñador, fotógrafo y editor continúa en plena forma: “ir en mi contra es un lujo que sale muy caro”.

Incluso para alguien tan acostumbrado a la soledad de lo excepcional, éste es un momento crítico. Karl Lagerfeld es el último de una estirpe. La de los grandes monarcas de la moda, formados en la era dorada de la alta costura parisiense. Muerto Yves Saint Laurent y retirado Valentino, permanece como el único superviviente de un oficio que se extingue. Pero que nadie espere que el septuagenario alemán enarbole con orgullo esa bandera. Detesta la cuestión generacional, aborrece la nostalgia y mentar glorias pasadas es la forma más rápida de exasperarle. "La verdad es que los talleres de los años cincuenta eran de lo más sórdido", apostilla con el característico deje teutónico que tanto impresiona la primera vez que uno se enfrenta a su vertiginosa elocuencia.

“El diseñador torturado esconde un complejo de inferioridad por no ser artista”

“Mi madre era divertida y ácida, no mala. siempre tenía razón. Fue perfecta para mí”

“Nunca he querido hijos. Los trataría como a mí y estarían demasiado consentidos”

“Me gusta que piensen que soy perverso. Y tengo un vicioso talento para la venganza”
Para explicar la longevidad de Lagerfeld hay que entender ciertos aspectos de su personalidad. Además del olfato para identificar el signo de los tiempos, está la germánica intelectualización de cuanto le rodea. Su pose es extravagante y le gusta desafiar las convenciones, pero su disciplina le sitúa a años luz del hedonismo desbocado de Valentino y de la atormentada existencia de Saint Laurent. "Me mantuve a una distancia prudencial de la locura en los sesenta y setenta", admite. "Soy un voyeur, no una víctima. Mi instinto de supervivencia creó un muro de cristal. Me gusta la idea de la decadencia, pero no lo soy demasiado. No me interesan las drogas, ni el tabaco, ni el alcohol. La verdad es que no siento la necesidad de paraísos artificiales".

Si con Valentino mantuvo una relación suficientemente cordial como para asistir a las interminables celebraciones de su 45º aniversario en la moda, con Saint Laurent mantuvo una rivalidad histórica. El planteamiento que Lagerfeld hace de su antagonismo vital arroja otra clave sobre ese espíritu de supervivencia en el que le gusta reconocerse. "Lo conocí muy bien a los 20 años. Hasta que apareció Pierre Bergé y lo estropeó todo. Pero la auténtica historia es muy distinta a lo que lees por ahí. Yves interpretaba el papel de la víctima, pero no lo era. Me parecen patéticos todos esos lloros sobre el chiffon. Hay algo impúdico en semejante despliegue de emociones. En el fondo, el diseñador torturado esconde un complejo de inferioridad por no ser artista. Todos querrían ser grandes artistas, pero han acabado haciendo ropa. Igual que querrían ser de la alta sociedad y sólo pueden vestirla".

Un libro que él desprecia, The beautiful fall, apunta que la enemistad entre Lagerfeld y Saint Laurent se debió a motivos bastante menos conceptuales. Coloca en el centro del conflicto al tormentoso Jacques de Bascher. "Se dice que fue mi novio, pero no es cierto", asegura. "Era la persona más divertida y más distinta a mí que he conocido. Salvaje, chic y divertido. Tenía todos los defectos y todas las cualidades. Para mí era divino, pero otros lo encontraban diabólico". De Bascher, que murió de sida en 1989, está enterrado junto a la otra figura fundamental de la vida de Lagerfeld -su madre- en un castillo de Bretaña que fue propiedad del diseñador durante 15 años. "Es terrible vivir junto a alguien que sabe que va a fallecer", recuerda. "Cuando era joven fantaseaba con la idea de morir a los 23, pero, a los 30, cuando le llegó la hora de morir, ya no quería desaparecer tan pronto".

Lo asombroso de Lagerfeld es que no sólo ha desplegado una carrera de una enorme vitalidad y potencia a lo largo de medio siglo. Además, ha exhibido su talento en distintos frentes y disciplinas. A una velocidad tan constante como mareante. Se instaló en París a principios de los años cincuenta y, tras su época como aprendiz en Balmain y Jean Patou, trabajó como freelance para varias firmas. Hasta que estableció una relación duradera con Chloé en los años setenta. A partir de la década siguiente -y hasta hoy- compaginó su trabajo de diseño de prêt-à-porter y alta costura en Chanel (lo que ya significa, al menos, ocho colecciones al año) con la dirección creativa de la casa peletera italiana Fendi y la de sus propias líneas (colecciones de hombre y mujer, de gafas, de novias o de perfumes). En 1987 empezó a fotografiar sus campañas de publicidad y a disparar reportajes y retratos para revistas como Harper's Bazaar, Vogue o Visionaire. Su triángulo profesional se cierra con su faceta de librero y editor. Este ávido coleccionista -propietario de una biblioteca con más de 200.000 volúmenes- inauguró una tienda de libros en 1999 y poco después lanzó una editorial en colaboración con Steidl.

"Es un omnívoro cultural", opina el periodista Tim Blanks, que lo entrevistó por primera vez hace 20 años. "Es el último de una raza, porque ya no existe la cultura para producir tipos así. Las revoluciones que él ha vivido, su sentido de la historia y su devoción por el conocimiento ya no son valores que la sociedad promueva. Aunque va a toda velocidad, es producto de un tiempo más lento en el que se permitía el aprendizaje". Por famosa que sea su colección de 20 iPods, su infancia pertenece ciertamente a otra era. El único hijo varón de una cultivada pareja de ascendencia sueca, rusa y alemana, nació teóricamente en 1938 en Hamburgo. La cautela se debe a una confusión alimentada por él desde la aparición de un acta de bautismo fechada en 1933. "Esto no es un tribunal, así que puedo decir lo que me dé la gana", responde. "¿A quién le importa si nací cinco años antes o después? Este lío me hace reír y me permite tener en menor consideración a los periodistas. Por perezosos. Es divertido ver los infantiles esfuerzos de la gente para escribir algo con sentido sobre ti".

Su padre, un pragmático industrial nacido en 1880, hablaba nueve idiomas. Su madre, violonchelista de indocumentada fortuna, había vivido en el alocado Berlín de los años veinte. La familia se trasladó al campo en 1943, y allí, aislado y rodeado de adultos -su hermana y su hermanastra fueron enviadas a internados-, se formó su carácter. Le gusta contar que la velocidad y el ingenio de su discurso se deben al peculiar instinto de su madre. Su escasa paciencia para las diatribas de un niño le obligaba a contar las historias muy rápido, antes de que ella consiguiera escapar de la habitación. Y a esmerarse para captar su atención. "Tú tienes seis años, pero yo no. Haz un esfuerzo", le espetaba. Lagerfeld, que habla tres idiomas, asegura que no fue al colegio y que jamás pisó una iglesia. Una vidente predijo que sería cura, y la idea asustó tanto a su madre como para prohibirle que se acercara a un templo. Ni siquiera para una boda.

"Siempre me sentí protegido por mis padres", explica. "Nunca tuve necesidad de escapar al mundo exterior porque me gustaba la libertad y protección de la que gozaba en el interior de casa. Mi madre era ácida, pero no mala. Era divertida y siempre tenía razón. Fue perfecta para mí. Yo nunca quise ser un niño, de todas formas. Odiaba a los otros chavales y los usaba para que me lavaran la bici. Pasaba el tiempo dibujando o aprendiendo idiomas". Desde la muerte de su madre, Lagerfeld se enorgullece de no tener lazos familiares que le perturben. "Constantemente estoy de mal humor conmigo mismo, nunca miro el reloj... Siempre supe que no estaba hecho para la vida en familia o en pareja. Me gusta estar solo". Su hermana vive en Estados Unidos junto a su marido, sus hijos y un devoto y religioso círculo de familiares políticos en el que cuesta imaginar a Lagerfeld. "Soy demasiado raro para la América profunda", explica divertido. Su obstinada renuncia a la nostalgia explica que vendiera la casa de Hamburgo y Gran Champ, el castillo en el que enterró a su madre y a De Bascher.

Tal vez, el dato definitivo para entender a Lagerfeld esté encerrado en esa terca huida hacia delante. En su firme defensa de que el futuro es lo único que importa y que en él todo es posible. El definitivo triunfo de la voluntad. Capaz de doblegar hasta el más primario de los apetitos. En la trastienda de su librería, más de 50.000 volúmenes cubren por completo las altas paredes de su estudio fotográfico. Se cuelan por todos los rincones, desde los camerinos hasta la cocina. Envuelto en ese apabullante tapiz de letras, en el curso de una conversación de dos horas regada por abundante Coca-Cola Light y marcada por su mordaz carisma, Lagerfeld repite varias veces una idea: "No es tan importante hacer las cosas como saber que puedes hacerlas. La posibilidad es excitante, aunque no la uses".

No puede estar quieto. No quiere hacerlo. Empezó el siglo quitándose de encima 47 kilos y subastando su colección de mobiliario del siglo XVIII y sus valiosas pinturas clásicas. Obtuvo 30 millones de dólares por la operación y adaptó su hôtel particulier de la Rue de l'Université a su nueva figura y estética. Lo decoró con piezas de afiladas líneas de Jean Michel Frank o Eileen Grey y pantallas de plasma. No le duró mucho. Nunca lo hace, en realidad. En los últimos 50 años ha tenido más de 20 residencias: en Biarritz, Montecarlo, Berlín, Roma o, recientemente, en Vermont (EE UU). El año pasado cerró la casa de París, que redecoró cinco veces en los 30 años que allí vivió de alquiler, y se trasladó a un apartamento en Quai Voltaire, a orillas del Sena. Un piso de ocho habitaciones y tres baños desapareció para convertirse en un laboratorio hipermoderno -casi un platillo volante- de un único espacio. Todo cristal, Corian, acero y muebles diseñados después de 2000. Ya planea su próximo movimiento, harto de oír su nombre por la megafonía de los barcos de turistas que recorren el río. "Es poco saludable estar demasiado apegado a los espacios, ya que no puedes llevarlos contigo. Por eso he tenido casas tan distintas. En dos o tres de ellas ni siquiera llegué a vivir: no me gustaron cuando estuvieron terminadas. Colecciono cosas, pero no quiero poseerlas. Construyo decorados de películas. Cuando quiero ver una nueva, lo cambio todo".

Por mucho que a Lagerfeld le guste la soledad, en esas películas tiende a utilizar abundantes extras. Los amigos son el único vínculo afectivo que reconoce. "No son como la familia. Son una elección", argumenta. "Nunca veo a gente de mi generación. Me aburren mortalmente. Tengo un presente más que placentero, ¿por qué desperdiciarlo recordando el pasado? Así que mis amigos son más jóvenes, o mucho más mayores". Entre ellos está Stephen Gan, de 42 años y fundador de la revista Visionaire. "Conocí a Karl en 1996", recuerda. "En esa época organizaba fantásticas cenas en su jardín de la Rue de l'Université. Recibí una llamada diciendo que Karl quería 'gente joven y divertida'. Le pedí a Hedi Slimane uno de los primeros trajes que había diseñado. Era de seda brillante. Cuando me presentaron a Karl, lo primero que me dijo fue: '¿Lila?' con cara de asombro. Yo sabía que era estridente, pero Hedi me había dicho: 'Si no puedes ponértelo en casa de Karl Lagerfeld, ¿dónde vas a poder?'. Después llevé a Hedi a conocerle y a partir de ahí empezó a perder peso. El deseo por la moda consiguió alterar por completo su silueta".

Su fascinación por la belleza y la juventud se ha concentrado últimamente en un modelo, Baptiste Giacobini, que protagoniza sus campañas publicitarias, desfiles y exposiciones. En la última edición de la feria de arte de Basel presentó una serie de imágenes de gran tamaño en platino de Giacobini, escultóricamente desnudo y emulando a un dios contemporáneo. Las ocho se vendieron -por 25.000 dólares cada una- la noche de la inauguración. Lagerfeld está encantado con él: "Cuando le preguntaron si no le importaba estar desnudo, ¿sabe qué dijo?: 'Pero si todo el mundo sabe que los chicos están hechos así'. ¿No es un planteamiento saludable? Estoy muy orgulloso de haberlo encontrado. Vi en él algo que los demás no veían".

A sí mismo, tal vez. Aunque niega buscar su reflejo en otros hombres, admite que se interesó por el chico porque le recordaba a él en su juventud. No pudo resistir la tentación de jugar a El retrato de Dorian Gray, una novela que ya inspiró uno de sus libros de fotografías. "No estoy seguro de que yo fuera tan mono", confiesa sarcástico. "Es el mismo tipo de hombre, eso sí. Está increíblemente dotado para la transformación y es muy inteligente... Si tuviera un hijo no me importaría que fuera como él. Me entiende mejor que los demás".

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