Carlos Boyero | 27 de abril de 2012
Cualquier espectador medianamente iniciado solo necesita ver un par de
imágenes y escuchar un diálogo para identificar al autor de ese cine.
El inconfundible mundo de ese artista tan fiel a sí mismo llamado Robert Guédiguian también está ambientado casi siempre en una Marsella que
ya nos resulta familiar (escenario que siempre habíamos asociado en el
cine con la mafia y el tráfico del heroína), contándonos historias de
perdedores dignos educados en la supervivencia y protagonizado
inevitable o vocacionalmente por su esposa Ariane Ascaride, por ese
señor tan calvo como humano llamado Jean-Pierre Darroussin y por el más
duro, turbio o atormentado Gérard Meylan.
Imagino que las razones para que utilice machaconamente a la misma
actriz y a los mismos actores película tras película no obedece
exclusivamente al amor que siente por su esposa o para evitar que esta
le pida el divorcio, ni a la presumible y vieja amistad que profesa
hacia esos intérpretes, sino porque cree que esos rostros y esa forma
de ser, de sentir y de actuar responde modélicamente a los personajes
que crea, que son los irremplazables transmisores de su mundo.
Guédiguian, concienciado autor de un cine
político (ya sé que algún listo creyó descubrir la teoría de la
relatividad al afirmar que todo el cine es político, pero tampoco es
eso), actitud que le emparenta con el inglés Ken Loach y el italiano
Gianni Amelio, a veces acierta plenamente y en algunas ocasiones
(pocas) puede resultar previsible o cansino, pero jamás hay rasgos de
impostura ni de fórmula en su cine.
Hay mucho corazón en él.
Y compromiso con lo pretende contar.
Cosas que no supones una bula, que precisan estar acompañadas de complejidad y de talento.
Y Guédiguian lo tiene.
Las nieves del Kilimanjaro (que nadie se despiste creyendo que
es una nueva adaptación del relato de Hemingway) es el Guédiguian que
más me ha conmovido desde hace mucho tiempo.
Y confieso que al principio me asaltan temores de asistir a un panfleto puro y duro.
El protagonista es un líder sindical del puerto que se prejubila, que
en medio de la crisis ha colaborado para encontrar un pacto posibilista
con la empresa.
No es un pringado, un falsario, un oportunista, un trepa.
Es alguien honrado y con inquebrantable
sentimiento de clase, respaldado por una familia cálida, con un
presente y un futuro nada amenazantes, con elementos para llenar su
tiempo en una jubilación que no presenta síntomas de depresión
.
Un suceso brutal y traumático, una violencia incomprensible, va a
alterar la cabeza y la percepción sobre las personas y las cosas de
este hombre y de su esposa, gente con sentimiento de afirmación en la
vida y que estaban punto de hacer el soñado viaje a África que les han
regalado sus hijos y sus amigos.
Guédiguian va a retratar de forma veraz y compleja los sentimientos,
las contradicciones y los dilemas morales de gente decente después de
sufrir una barbarie, el desasosiego y el cuestionamiento de principios
que parecían estar muy claros, la complicada solidaridad de los que han
encontrado un buen trato en su despido hacia los verdaderamente
desesperados, la morralla joven que no cobra indemnizaciones, ni pacta
convenios, ni va a encontrar trabajo, ni está respaldada por ningún
colectivo en tiempos sombríos.
E inevitablemente, asocio algunas cosas que me está contando Guédiguian con la potente y emocionante Los lunes al sol.
Y celebras la lucidez, la sutileza , la piedad, el respeto y el afecto de este director hacia sus criaturas.
Y que no haga trampas con ellos.
Y que sepa contagiarlo al espectador.
Guédiguian no es un progre
esquemático y previsible. Es inteligente, es honesto, es de verdad.
Como
su cine.