La actriz,
de 64 años, ha presentado el calendario Pirelli 2020 en Verona, donde
ha reivindicado el derecho de las mujeres a ser y a hacer lo que quieran.
Whoopi Goldberg, en la presentación del calendario Pirelli 2020 en Verona, Italia.MIGUEL MEDINAAFP
La voz pausada y profunda de Whoopi Goldberg
es suficiente para llenar cualquier espacio. Así lo demostraba tanto en
una pequeña sala abarrotada de periodistas cautivados como en el amplio
escenario del Teatro de la Filarmónica de Verona, donde presentaba el pasado martes el calendario Pirelli 2020 ante unos 500 invitados. La actriz de películas como El Color Púrpura (1985), Ghost (1990), Sister Act (1992) o El rey león
(1994) no es fácil de encasillar. También es humorista, productora,
guionista, cantante, escritora y activista política. Goldberg, quien a
los 64 años ya es bisabuela, ha reivindicado estos días en la ciudad de
Julieta el derecho de las mujeres a ser y a hacer lo que quieran. El almanaque del próximo año recoge el trabajo del fotógrafo Paolo Roversi, en el que el artista busca a la Julieta que hay en cada mujer a través de las actrices Emma Watson, Kristen Stewart, Yara Shahidi, Claire Foy, Mia Goth e Indya Moore, las cantantes Chris Lee y Rosalía
y la propia hija del autor, la artista Stella Roversi. La maestra de
ceremonias, papel en el que ya es una experta tras haber presentado los premios Oscar hasta en cuatro ocasiones
(entre 1994 y 2002), ha mostrado su admiración por el trabajo del
fotógrafo. “Es un calendario extraordinario, pero lo principal de Looking for Juliet
es que puede sorprender a todos. Nunca pensamos en Julieta en términos
actuales, pero la verdad es que todas somos Julieta”, afirmaba Goldberg
un día antes de la presentación.
“Es todo por nosotros, gente que busca el amor, que busca la magia”,
continuaba la actriz. “Porque no es una cuestión de edad, puedes tener
105 años y ser Julieta, puedes tener 64 o puedes tener 22 y seguir
siendo Julieta. Ella está en todas”. Goldberg ha buscado el amor en
varias ocasiones a lo largo de su vida y ha estado casada tres veces. Ahora, según ha resaltado en varias entrevistas, no quiere vivir con
nadie, aunque no duda en responder: “Sí, por supuesto, creo en el amor”. “Tengo una familia maravillosa y unos amigos estupendos, soy muy
afortunada”, señalaba.
Whoopi
Goldberg, Claire Foy, Mia Goth, Yara Shahidi, Paolo Roversi y Stella
Roversi en la presentación del calendario Pirelli 2020 en Verona.MIGUEL MEDINAAFP
Durante el último año, Goldberg ha pasado por diversos problemas de salud. Tras seis meses sin aparecer en el programa de televisión The View,
en el que es una de las tertulianas habituales desde 2007, se comenzó a
especular con que el motivo de su ausencia y de tal secretismo era que
podría presentar los Oscar 2019. La gala no tenía presentador desde la
retirada de Kevin Hart tras hacerse públicos unos chistes homófobos que
había tuiteado hacía tiempo. Sin embargo, en marzo, un mes después de
celebrarse la ceremonia del cine, la actriz reveló que había sufrido una neumonía y una sepsis. Y un mes después de la noticia volvió a ser ingresada en el hospital
por una recaída. Ahora, en la ciudad italiana, todos esos problemas
parecen haber quedado atrás. Con un ánimo sosegado y una sonrisa fácil
no dudaba: “Soy feliz porque he decidido serlo. Es muy duro estar triste
todo el tiempo”.
La actriz se convirtió en bisabuela con 58 años. Sin embargo, lo que de verdad “fue un shock”
fue ser abuela a los 30, admitió. “Mi madre vivió para conocer a sus
bisnietos, 20 años tenía la mayor, y yo solo espero lo mismo. Mi
bisnieta tiene cinco años, así que me he dado a mí misma algún tiempo.
Pero me siento muy afortunada cada día”.
Por primera vez, el ya mítico calendario de la marca de neumáticos va
acompañado de un cortometraje. En el filme Roversi se interpreta a sí
mismo como director de cine entrevistando a candidatas para el papel de
Julieta. “No sé si vemos a suficientes mujeres interpretando papeles
así. No vemos mujeres simplemente juntas. Vemos mujeres ávidas de
romances o sexualizadas, no vemos suficientes mujeres simplemente
divirtiéndose”, comentó Goldberg. “No están esperando a nadie que les
diga quiénes son y qué pueden hacer. Se ponen donde quieren estar. Y esa
es la belleza del asunto. Eso fue lo que Julieta hizo, se puso donde
ella quería estar”, expresaba sobre la actuación de las protagonistas. Hace dos años la actriz fue una de las retratadas para el calendario Pirelli por el fotógrafo Tim Walker, cuyo almanaque estuvo protagonizado por personajes afroamericanos e inspirado en el cuento de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas.
Goldberg hace años que se manifiesta en pos de una mayor diversidad en
la industria. “Creo que ya soy tan vieja que no tengo una heredera. Hay
cientos de ellas y eso es genial. Hace 40 años no podías decir eso, yo
era la bebé y la nueva. Ahora hay muchas y es fascinante verlas. Ha
hecho que envejecer sea más fácil. Ha sido interesante, no difícil”. Sin
embargo, también señalaba que ahora “el problema es convencer a la
gente” de que aún puede actuar. Pero la actriz no pudo dejar la frase
sin un mensaje positivo: “Creo que todos los días que te despiertas vivo
es un día que tienes suerte, es un buen día”. Whoopi Goldberg es una de las actrices más admiradas de Hollywood
tras convertirse en una de las pocas personas en el mundo en ganar los
cuatro premios más importantes de la industria: un Emmy, un Grammy, un
Tony y un Oscar. De esta forma, la pregunta sobre la película que le
otorgó este último galardón —además de un Globo de Oro y un BAFTA— es
inevitable. “¿Un remake de Ghost?”, se atrevió alguien. “Probablemente la han rehecho y me la perdí. Han rehecho El rey león”,
bromeaba. “He actuado en más de 50 películas, alguna la volverán a
hacer. Entiendo el porqué, solo quiero que sean más inteligentes porque
no puedes recrear lo que fue”.
El
activismo está superando con creces la capacidad de movilización de los
partidos, sobre todo, de los de izquierda. Y es urgente que se replantee
la forma en que los ciudadanos nos sumamos a estos compromisos.
Un manifestante disfrazado de oso polar participa en la marcha para el clima, el pasado 6 de diciembre en Madrid. Rodrigo Jiménez EFEEl compromiso ha cambiado. El compromiso que nos exigían los partidos
políticos era sencillo de sobrellevar. Se trataba de sumarse con una
foto, de firmar un manifiesto, de declararse defensor de ciertas causas. Pero una vez que habíamos hecho una declaración pública volvíamos a
nuestra intimidad, en la que incluso podíamos ejercer comportamientos
que se contradecían con nuestra ideología. Se entendía que era lógico un
margen de flexibilidad entre lo que se dice y lo que se hace, porque ya
se sabe que los seres humanos somos imperfectos y contradictorios. La
cuestión es que mientras se trató solo de alinearse con una opción
partidista, el viejo tipo de compromiso verbal funcionaba a las mil
maravillas. Los partidos se contentaban con nombres que sumar a su
causa, a su campaña. Pero debiéramos entender que ahora estamos en otro momento de la
historia. El activismo está superando con creces la capacidad de
movilización de los partidos, sobre todo, de los de izquierda. Y es
urgente que se replantee la forma en que los ciudadanos nos sumamos a
estos compromisos. Una de las afirmaciones ineludibles de la cumbre del
clima ha sido la constatación de que según aumenta nuestro nivel
económico y, por tanto, la capacidad de consumo, se incrementa nuestra
aportación al deterioro del medioambiente; por el contrario, son los más
desfavorecidos quienes menos contaminan pero más sufren el impacto de
las sociedades desarrolladas. El movimiento ecologista no debiera entrar
en la vieja y manida táctica de los partidos de buscar rostros que les
proporcionen visibilidad, porque lo único que consiguen es que el foco
de atención sean los personajes célebres y no las causas. Ya no es el
momento, a mi entender, de corralitos VIP en las manifestaciones, lo
urgente es transmitirle a los ciudadanos la idea de que nuestros hábitos
de vida han de ir adaptándose a la asunción de la austeridad. Y eso
precisa de líderes que sepan expresar la urgencia del cambio, que sean
convincentes, que transmitan confianza. Greta ha cumplido un papel
esencial para que el mensaje calara en la población adolescente y
juvenil. Si su presencia ha acaparado toda la atención no ha sido
responsabilidad suya sino de los medios que, de manera irritante, solo
advierten su presencia e ignoran la de jóvenes activistas de Angola o de
la Amazonia. Todos contaminamos. Entre otras cosas, porque no sabemos cómo
movernos, disfrutar, estar en casa o trabajar sin contaminar, pero hay
que disminuir el impacto individual en la medida de lo posible. Hay
personas que se sienten agredidas cuando se les conmina a no viajar
tanto en avión, o se les insinúa que se puede elegir otro tipo de ocio
que no sea un crucero, hay personas que compran ropa para tirarla a los
dos meses, las hay que presumen de la baratura de un modelito sin tener
en cuenta de dónde procede, cuánto contamina su producción, cuántas
vidas esclaviza. Y hay quien afirma que el compromiso individual no
arregla nada, que es pueril, como de ecologista de salón, que la única
salida es la presión a los acuerdos internacionales. En mi opinión, esa
exigencia política a los estados ya no puede estar exenta de un cambio
sustancial en nuestro día a día. Adoro a Harrison Ford, pero es
insostenible que aparezca en unas imágenes informativas calificado (no
sé por qué) de valiente por su defensa del planeta y en otras del
corazón celebrándosele su colección de jets privados, helicópteros y
avionetas. Es probable que Nueva York albergue una cantidad notable de
detractores de Trump, pero no parecen advertir la contradicción entre
esa posición política y las toneladas de basuras que arrojan a las
calles, o esa costumbre habitual de encender el aire acondicionado para
contrarrestar una calefacción asfixiante. No es necesario que los líderes ecologistas sean puros o coherentes
al extremo, es imposible en este sistema, pero el asunto es tan crucial
que necesitamos discursos a la altura de esta causa, que nos animen a
sumarnos con palabras y con hechos.
Cuando se
cumplen 80 años del estreno de 'Lo que el viento se llevó' recordamos el
relato más chocante y triste que rodeó a aquel clásico: el de la
intérprete afroamericana, lesbiana y valiente.
Hattie
McDaniel con Vivien Leigh, que daba vida a Escarlata O'Hara. El
personaje de la sirvienta Mammy era el único que se atrevía a desafiar a
la caprichosa Escarlata.Everett Collection
Protagonizó una de las películas más famosas de la historia del cine, Lo que el viento se llevó,
pero le prohibieron asistir al estreno; se convirtió en la primera
actriz negra en ganar el Oscar, pero no pudo sentarse en la misma mesa
que sus compañeros de reparto;
fue relegada a papeles de criada por los
blancos y rechazada por los negros, que no entendían que se plegase al
estereotipo al que Hollywood había reducido a su raza.
Murió sin un
dólar y su Oscar se lo llevó el viento, pero siempre fue fiel a sí misma
y su mejor frase no la escribió ningún guionista, sino ella misma:
“Prefiero interpretar a una criada por 700 dólares que ser una por 7”.
Se llamaba Hattie McDaniel y sus luces y sombras estarán para siempre
unidas a la historia del cine.
Hattie McDaniel (Kansas, EE UU, 1893; Los Ángeles, EE UU, 1952) era la
menor de los 13 hijos de una pareja de esclavos liberados que había
recalado en Kansas huyendo de la pobreza más extrema.
Más aficionada a
seguir el ritmo del góspel que interpretaba su madre en la iglesia que a
los libros, no tardó en subirse al escenario para colaborar en la
paupérrima economía familiar. No tenía claro cuál sería su futuro, pero
sí sabía que no quería seguir el camino de la servidumbre al que
parecían condenadas las mujeres de su raza.
Prefirió formar junto a dos
de sus hermanos un grupo de vodevil en el que su vis cómica no tardó en
destacar.
“Actuaba con la cara pintada de
blanco, algo que ninguna otra mujer hacía entonces”, resumió Watts.
Cuando el crash del 29 se llevó todo por delante, también acabó con su espectáculo y ella recaló en Millwakee. "Aterricé allí rota", escribió en 1947 en The Hollywood Reporter.
"Alguien me dijo que en el hotel Suburban Inn de Sam Pick buscaban una
asistente para el baño de mujeres. Salí corriendo y cogí el trabajo. Una
noche, cuando todos los artistas se habían ido, el gerente pidió que
algún voluntario se subiese al escenario, pedí una canción a los músicos
y comencé a cantar. No volví a trabajar en los baños. Durante dos años
protagonicé el espectáculo del local”. Hattie
McDaniel, en una escena de 'Lo que el viento se llevó', la película que
la convirtió en la primera afroamericana en ganar un Oscar.Everett Collection
Destacar en el negocio del espectáculo en los albores de los años
treinta y acabar en Hollywood era una secuencia lógica y hacia allí se
encaminó. Pero el Hollywood que se encontró McDaniel no era un campo de
rosas para los negros. El código Hays
—un sistema de autorregulación de los estudios para restablecer la
buena imagen de Hollywood tras el aluvión de escándalos de los años
veinte— prohibía los romances interraciales y no permitía que los negros
accediesen a papeles violentos.
Doce años después de que la industria crease
unos galardones para premiarse a sí misma una mujer negra se subía al
escenario por primera vez y no era para limpiarlo
Los actores negros ocupaban papeles irrelevantes y a menudo sin
acreditar: eran chóferes, camareros, turba y especialmente sirvientes. Hattie había huido del servicio en la vida real, pero no podría hacerlo
en la pantalla. No tardó en destacar. En 1934, el director John Ford
le echó el ojo y fomentó su estilo atrevido y sarcástico. Apareció en
docenas de películas con algunas de las estrellas más populares de
Hollywood y exprimiendo cada minuto en pantalla se convirtió en uno de
los rostros más familiares del país. Estaba cumpliendo un sueño poco
probable para la hija de un esclavo. El productor de Lo que el viento se llevó, David O. Selznick, le dio a McDaniel el papel de Mammy a pesar de que no encarnaba los valores
que se le suponían a una abnegada criada: era sarcástica, altiva y la
única que se atrevía a pararle los pies a la indómita Escarlata
(interpretada por Vivien Leigh). Eso sí, estaba enmarcada dentro de ese cliché de sirviente que no tiene vida al margen de su amo. La
actriz Hattie McDaniel, con el Oscar a Mejor Actriz Secundaria que
recibió en 1940. Por aquel entonces los intérpretes secundarios no
recibían una estatuilla, sino una placa.Getty Images El 15 de diciembre de 1939 alrededor de 300.000 personas acudieron a
Atlanta para el estreno de la película en el Loew's Grand Theatre. Durante tres días la ciudad se engalanó para festejar el mayor
acontecimiento de su historia. Las limusinas desfilaron por la calle
principal, se celebraron recepciones, ondearon miles de banderas
confederadas y hubo un baile de disfraces. Hattie McDaniel no recibió
una invitación. La ley Jim Crow, que imponía la segregación de
los negros en lugares públicos, seguía vigente en el sur. Todavía
faltaban 16 años para que a pocos kilómetros de allí, Rosa Parks se negase a ceder su asiento en el autobús. A pesar del desdén con el que fue tratada, McDaniel hizo su papel a
la perfección dentro y fuera de la pantalla. "Me encantó Mammy", declaró
al hablar con la prensa sobre el personaje. "Creo que la entendí porque
mi propia abuela trabajaba en una plantación similar a Tara", añadió.
Hattie McDaniel, en 'The Hollywood Reporter' en 1947
La opinión de la comunidad negra se dividió al momento del
lanzamiento y la película fue llamada por algunos como "arma de terror
contra la América negra" y un insulto al público negro. Se realizaron
manifestaciones en varias ciudades.ç
No todos se volcaron contra la
interpretación de McDaniel: la crítica la colocó a la altura de Vivien
Leigh, y Los Angeles Times escribió que su trabajo era "digno de los premios de la Academia", , tal y como recoge el libro Backwards and in Heels: The Past, Present And Future Of Women Working In Film.
Cuando el 29 de febrero de 1940 Fay Bainter leyó su nombre en la
noche de los Oscar, 12 años después de su creación, una mujer negra se
subía al escenario por primera vez, y no era para limpiarlo. La hija de
dos antiguos esclavos, ataviada con un vestido turquesa y con dos
gardenias blancas por tocado pronunció su discurso con la voz
entrecortada: “Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, miembros
de la industria cinematográfica e invitados de honor: este es uno de los
momentos más felices de mi vida y quiero agradecer su amabilidad a cada
uno de ustedes que participó en seleccionarme para uno de sus premios. Me ha hecho sentir muy, muy humilde; y siempre lo sostendré como un faro
para cualquier cosa que pueda hacer en el futuro. Sinceramente espero
ser siempre un crédito para mi carrera y para la industria
cinematográfica. Mi corazón está demasiado lleno para deciros cómo me
siento, y puedo daros las gracias y que Dios os bendiga”.
La actriz no iba a contracorriente solamente dentro de la industria. Su
vida afectiva también era inusual. A pesar de sus cuatro efímeros
matrimonios, los mentideros de la meca del cine la incluyeron en lo que
se denominaba “círculos de costura”,
una manera de llamar a las lesbianas de Hollywood y a los que
pertenecían leyendas como Joan Crawford, Greta Garbo, Myrna Loy, Barbara
Stanwyck o Marlene Dietrich. Según el biógrafo Kenneth Anger, Hattie
fue amante de Tallulah Bankhead, célebre por pasar por la cama de la
mitad de las actrices de Hollywood y por haber sido una de las favoritas
para interpretar a Escarlata. Nada de eso trascendió al gran público. La industria generaba demasiado dinero y nadie estaba dispuesto a
permitir que sus estrellas desafiaran la moralidad imperante.
Publicistas y productores emparejaron a homosexuales y lesbianas
formando matrimonios tan creíbles para los espectadores como risibles
intramuros. El éxito de Lo que el viento se llevó hizo a McDaniel
tremendamente popular, pero también la encasilló. Tras la Segunda Guerra
Mundial empezaban a respirarse aires nuevos, pero ella siguió aferrada a
los papeles de criada y formó parte del reparto de la hoy denostadísima
Canción del sur, una mancha que Disney sigue intentando borrar de su historia. Al final de su carrera volvió a la radio y tuvo uno de esos pequeños
triunfos que de nuevo sus compañeros no quisieron ver: se hizo con el
papel de Beulah, otra vez una criada estereotipada, pero le había
quitado el papel a un hombre blanco. Era la primera vez que una mujer
afroamericana protagonizaba un programa de radio y se llevaba por ello
mil dólares a la semana. Fue un éxito efímero, pues poco después de
firmar el contrato le detectaron un tumor en el pecho. Murió el 26 de
octubre de 1952 con 57 años.
Hattie McDaniel, con Clark Gable, que fue quien recomendó al productor David O'Selznick que diese el papel de Mammy a la actriz.Everett CollectionEn su testamento pidió dos cosas: ser enterrada en el cementerio
Hollywood Forever y que su Oscar fuera entregado a la Universidad de
Howard. Y tras su fallecimiento recibió su enésima bofetada: el
cementerio no aceptaba a negros por muy famosos que fuesen. Se la
enterró en el camposanto de Angelus-Rosedale. A la ceremonia enviaron
flores muchas de las estrellas que trabajaron con ella, pero solo James Cagney asistió en persona. Hoy nadie sabe qué pasó con su premio de la Academia. Unos afirman
que fue arrojado al río Potomac durante las revueltas que se produjeron
tras el asesinato de Martin Luther King Jr. en 1968. Otros, con menos
sentido de la épica, que simplemente está perdido en algún sótano, pues
debido a su forma de placa –hasta 1944 los actores secundarios no
recibieron estatuilla– es más difícil de identificar. Paradójicamente, es lo más valioso que tenía cuando falleció: tras toda
una vida trabajando no le quedaba un céntimo en el bolsillo. Gran parte
de su pequeña fortuna se había ido en ayudar a sus compañeros menos
afortunados.
El actor,
que asegura que ahora está sobrio, mantiene una buena relación con todas
sus exparejas y presume de hijos, una de ellas Dakota, nacida de su
matrimonio con Melanie Griffith.
Don Johnson, en Toronto (Canadá), el pasado mes de septiembre.Rich PolkGetty Images
No todo el mundo puede presumir de llevarse bien con sus exparejas. Pero Don Johnson asegura que la relación con las mujeres que han ocupado su corazón es excelente. El actor, que cumple 70 años este domingo 15 de diciembre, ha estado casado en cinco ocasiones (dos de ellas con Melanie Griffith). Sus dos primeros matrimonios, cuando el actor no tenía ni 20 años,
fueron anulados a los pocos días. Su juventud fue la de un chico rebelde
de Flat Creek, un pequeño municipio de Misuri (EE UU), que soñaba con
ser jugador profesional de bolos, pero que se divertía con sus amigos
robando coches. La primera vez que le detuvieron tenía solo 12 años. Una
caótica vida, llena de juergas y adicciones, que arrastró en sus
primeros años de carrera en el mundo de la interpretación. Fue
trabajando en la película El experimento Harrad, de 1973, donde conoció a Melanie Griffith. Él tenía 22 años y ella, 14. La joven no actuaba en el largometraje, sino su madre, Tippi Hedren, que llevaba de vez en cuando a su hija al set de rodaje. Pronto se enamoraron y Griffith se sumó al alocado estilo de vida del actor, rodeada de estrellas de Hollywood,
pero también de drogas y alcohol. Cuando la actriz cumplió la mayoría
de edad, decidieron contraer matrimonio. Fue una unión muy breve, de tan
solo seis meses.
La ceremonia duró unos 10 minutos, pero esta vez la vida de casados se
prolongó más: siete años.
Fruto de este segundo enlace nació su hija Dakota, que ha seguido el mismo camino que sus padres, conocida por protagonizar la saga Cincuenta sombras de Grey.
Sin embargo, se interpuso en su camino el actor español Antonio Banderas y el matrimonio volvió a separarse en 1996. Ese mismo año Griffith y Banderas se dieron el "sí, quiero", para, 18 años después, anunciar su separación.
Mientras, Johnson conoció a Kelley Phleger, una maestra de preescolar
con la que lleva 20 años casado y con la que ha tenido tres hijos (el
actor tiene en total cinco): Grace, de 19 años; Jasper, de 17; y Deacon,
de 13. No obstante, ambos actores muestran la buena sintonía entre las
dos familias, dados a compartir en redes sociales sus reuniones
navideñas y de cumpleaños o apareciendo todos juntos en los estrenos de
las películas. Un ejemplo de ello es la última edición del Festival del
Cine de Toronto (Canadá), celebrado en septiembre, donde Don Johnson,
Dakota Johnson y Antonio Banderas coincidieron. Los dos actores
publicaron en sus respectivas cuentas de Instagram imágenes junto a la
actriz. Su padre biológico escribió en la publicación: "Mirad con quién
me he encontrado", con una fotografía de los dos posando muy sonrientes. Más efusivo se mostró Banderas: "Reencuentro en Toronto con mi radiante
Dakota", en una instantánea de los dos abrazándose y riéndose. Melanie
Griffith no tardó en reaccionar contestando con varios iconos de
corazón, como muestra del cariño que hay entre todos. Cuando Banderas y
Griffith se casaron, Dakota Johnson era una niña de apenas siete años,
por lo que prácticamente se crio junto al actor español. Pero la vida de Don Johnson no ha sido siempre tan feliz. Promete que
lleva años sin beber una gota de alcohol. "No he bebido alcohol
desde... hace tanto que no me acuerdo", ha dicho recientemente en una
entrevista en el periódico The Guardian.
"Cuando era un chico joven en Hollywood, las drogas, el alcohol y las
fiestas estaban por todas partes y fue duro escapar de ello. No se
convirtió inmediatamente en un problema, tarda un tiempo, pero te lleva a
tomar malas decisiones", contó el actor, que no tiene reparos a hablar
de sus adicciones, al diario Daily Mail en 2017.
Johnson llegó hasta tal extremo, que en los años noventa se vio
obligado a tratarse en la clínica de desintoxicación Betty Ford, en Los
Ángeles (California).
Pero años después, ella se encontraría en la misma situación.
Fue
Johnson quien convenció a Griffith para que ingresara en uno de estos
centros y en 2009, la intérprete accedió y fue a la clínica Hazelden, en Minesota.
Era la segunda vez que se trataba. La hija de ambos, Dakota, también tuvo problemas con las drogas y el alcohol.
Al poco
de cumplir los 18 años acudió a que la atendieran en el centro Visions
Teen Treatment Center, en Malibú.
Según el actor, los traficantes de drogas eran grandes admiradores de la serie Corrupción en Miami,
el trabajo más famoso de Johnson, y le ofrecían estas sustancias al
actor: "En una ocasión estaba en un club y me dijo uno: 'Adoro tu
programa. Déjame que te de algo de esto'. Y sacó una bolsa con cocaína y
le dije: 'Gracias, pero no tomo drogas ahora'. Estaba limpio y sobrio y
no estaba por la labor de hacer nada de eso".
Philip Michael Thomas y Don Johnson, de la serie 'Corrupción en Miami', en 1984.Cordon Press
La serie en la que interpretaba a James Crockett, un detective que
vivía en un barco y tenía a un cocodrilo de mascota, fue el trabajo que
le catapultó a la fama.
Gracias a este proyecto ganó el Globo de Oro
en 1986, el único en su carrera.
Se emitió durante cinco años y desde
entonces ha tenido trabajos relevantes de forma muy esporádica.
Pero eso
no le impidió obtener una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood
en 1996, además de admitir que no le importa la inestabilidad de su
profesión:
"No esperaba vivir hasta los 30, por lo que todo ha ido
genial.
Creo que hablo por todos los actores cuando digo que al terminar
un trabajo casi siempre piensas:
'Bueno, ya está. No volveré a trabajar
otra vez'. Así que cada día es Navidad para los actores. O Santa fue bueno contigo ese día o no".
Este año ha estrenado las películas Vault y Puñales por la espalda y la serie Watchmen. Aunque su carrera no se ha centrado solo en la actuación. Ha ejercido
en varias ocasiones como productor y también hizo sus pinitos con la
música al publicar dos discos en los años ochenta (Heartbeat y Let it roll) y cantar a dúo el tema Till I loved you con Barbra Streisand, con la que vivió un breve romance antes de volverse a casar con Melanie Griffith.