Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

13 dic 2019

Era grande. Se llamaba Sam Peckinpah............... Carlos Boyero

El director pasó unos días en Madrid en 1981 y a pesar de sus marcapasos trasegaba vasos de whisky.

¿Es necesario buscar pretextos para recordar a Sam Peckinpah, uno de los creadores más singulares, violentos y poéticos que ha dado la historia del cine? En mi caso, no. 
Muchas de sus historias, imágenes, personajes, diálogos están incrustados a perpetuidad en mi memoria cinéfila y sentimental; me han provocado una emoción perdurable, ocupan un lugar privilegiado en las sensaciones más fuertes que me han regalado las películas.
 Hace tiempo que no retorno a ellas, pero dudo que apareciera el desencanto. Y si lamentablemente ocurriera eso pensaría que ellas no han cambiado, sino yo.
 No sé si estas abundan en el catálogo de las plataformas digitales o si encuentran un hueco en las televisiones en abierto. Yo las conservo con mimo en DVD y en Blu-Ray, formatos casi desaparecidos e imagino que las filmotecas que se respeten a sí mismas programarán su obra.
 Pero, vale, el pretexto. Esta semana se cumplen 35 años de la muerte de Peckinpah. Y 50 del estreno de Grupo salvaje.
Sam Peckinpah, en el rodaje de 'Junior Booner (Rey del rodeo)' en 1972. En vídeo, Carlos Boyero habla sobre Sam Peckinpah.
Lo primero fue una noticia dolorosa. De lo segundo salí conmocionado.
 Aunque me la supiera de memoria y al igual que con Duelo en la alta sierra, Mayor Dundee, La balada de Cable Hogue, Pat Garrett y Billy el Niño, Perros de paja y Quiero la cabeza de Alfredo García, cada vez que volvía a ellas me golpeaban en fibras íntimas, sentía la cercanía de la lágrima en algunos momentos, sentía muy viva a esa gente fronteriza, bronca, desesperada, supervivientes feroces hasta que deciden su inmolación, practicantes de códigos, con causa o sin ella, repitiendo muchos de ellos ante decisiones en las que se jugarán la vida:
 “¿Y por qué no?”, jerga sobria, contundente y ritual de los acostumbrados a perder.

Sus películas me impresionaban y me conmovían. 
Hasta el extremo de ir con Fernando Trueba, acompañados de un magnetofón, al muy turbio cine Carretas, para grabar los diálogos, la música y las canciones de La balada de Cable Hogue. 
 Allí Hogue le contaba al reverendo Sloane: “Por muchas mujeres que hayas conocido en tu vida, siempre llega una que te toca en lo más hondo”. 
Sloane le respondía: “No es grave, Cable, supongo que se pasa con la muerte”. Y en Mayor Dundee Teresa María Santiago le aseguraba al atormentado Amos Dundee:
 “Para usted, mayor, la guerra no acabará nunca”. Y Borgnine le gritaba a Holden en Grupo salvaje: “No importa tu palabra, sino a quién se la das”. 
Y Billy le aclaraba a su amigo y futuro asesino Garrett cuando este le prevenía de que los tiempos habían cambiado: 
“Pero yo, no”. Mientras que Dylan llamaba a las puertas del cielo.
Gonzalo Suárez nos hizo un regalo impagable en diciembre de 1981 a un grupo de amigos que escribíamos en la revista Casablanca. 
 Nos citó a comer en la Taberna del Alabardero, en Madrid. Vino acompañado por Sam Peckinpah. 
Y alucinamos. De curiosidad, admiración, mitomanía y placer. Aquel mes habíamos dedicado Casablanca al cine de Peckinpah. Aquella comida se prolongó felizmente. 
Peckinpah tenía clase, pinta de caballero canalla, podía ser uno de los personajes de su cine.
 También estaba muy castigado. 
Los marcapasos que llevaba implantados no le impedían trasegar whisky (¿o era brandy?) mañanero.
 Y creo que no era lo único. Tres años después la había palmado.

 

Roman Polanski: “Hoy se arruinan reputaciones y vidas con un tuit”

 

El director rechaza en Paris-Match las nuevas acusaciones de violación que pesan contra él y considera que el #MeToo es “peor que el macartismo”.

El cineasta Roman Polanski el pasado abril. En vídeo, tráiler de J’accuse, su última película.

Roman Polanski se defiende.
 Y, a la vez, acusa. No le gusta dar entrevistas. 
Menos aún desde que otra mujer, la exmodelo y fotógrafa Valentine Monnier, afirmara que el realizador franco-polaco la violó y golpeó en su chalé en Suiza en 1975, cuando tenía 18 años, una acusación pública —el delito ya ha prescrito— que coincidió la salida de su última película, J’accuse, que ha tenido mucho éxito en Francia a pesar del llamamiento al boicot de varios grupos feministas. 
En la revista Paris-Match, que le dedica su última portada y las páginas centrales en una larga entrevista, el director, de 86 años, niega este jueves esta y las anteriores acusaciones de abuso de mujeres jóvenes, que califica de “falsas” y “aberrantes”, y arremete a su vez contra quienes, dice, quieren hacer de él un “monstruo”, un “leproso”.
 Echa de menos, afirma, la sociedad previa al #MeToo, que considera “más libre y tolerante” que los tiempos actuales.
 Y se siente víctima, “una presa fácil”, como se describe a sí mismo, de una nueva sociedad, esa surgida del movimiento feminista que empezó por acusar de agresiones sexuales al productor de cine estadounidense Harvey Weinstein hace dos años y que desde entonces se ha extendido por todo el mundo, cambiando profundamente la percepción en muchos hombres —que no en todos, visiblemente—sobre lo que es abuso sexual. Una época que para Polanski es “peor” que el macartismo de los años 50 en Estados Unidos.
“Si se puede condenar a alguien solo con un tuit, eso es peor que el macartismo, donde al menos había una comisión de investigación”, afirma Polanski ante la pregunta de si suscribe la definición que su amigo, el filósofo Pascal Bruckner, hizo al presentar su película de la situación actual como un “macartismo neofeminista”. 
“Se lo llamó una ‘caza de brujas’, pero incluso las brujas de la Edad Media tenían derecho a un proceso.  
 Claro que hay acusaciones justas, pero no buscamos ya distinguir lo verdadero de lo falso.
 Y eso es aterrador”, agrega en la revista.Polanski no oculta que añora los viejos tiempos. 
Aquellos años 60, 70 y hasta la década de los 80 en los que no se le juzgaba por salir con una menor de 15 años —Natassja Kinski— cuando él había rebasado ya los 40.
“Todo era sencillo entre hombres y mujeres: nos encontrábamos en un local, cenábamos, volvíamos juntos, era normal”, afirma.
 Ahora, continúa, “las costumbres han cambiado profundamente. Olvidamos hasta qué punto nuestra sociedad era más libre, más tolerante. Lo que nos parece hoy inconcebible corresponde a lo que el mundo consideraba justo en otra época”. 
Polanksi equipara incluso el #MeToo con movimientos conspiracionistas.
 “Tuve la suerte de vivir en una sociedad infinitamente más libre. En los años 1960, todo se desbloqueaba: la palabra, la música, las costumbres.
 Jamás habríamos imaginado ver a grupos de manifestantes delante de un cine o un museo para prohibir una proyección o una exposición.
 Hoy en día, todo se ha vuelto posible.
 Y absurdo. Despedimos al jefe de McDonald’s porque ha mantenido una relación consentida con una empleada, a un ministro de Defensa porque, hace 15 años, le habría puesto la mano sobre la rodilla a una periodista”, enumera. 
Es una época en la que “cuestionamos la evolución, la existencia de los dos sexos, las vacunas, el hecho de que la Tierra es redonda. Nos sumergimos en una especie de neoscurantismo”.
El cineasta asegura que no rehúye sus errores del pasado, en referencia al caso que lo persigue desde hace cuatro décadas: el de Samantha Geimer, que lo acusó en los años 70 de haberla drogado y violado en la casa del actor Jack Nicholson cuando ella tenía 13 años. 
Un hecho por el que la justicia estadounidense lo reclama desde 1977, aunque la propia víctima ha pedido en los últimos años que se cierre el caso.
“Claro que soy responsable (…) Me declaré culpable de una relación ilícita con una menor.
 Solo Samantha y yo sabemos qué pasó ese día. De todos modos, es profundamente lamentable (…) En 1977 cometí una falta y es mi familia la que paga el precio casi medio siglo más tarde”, responde Polanski en Paris-Match
 “Los medios se han lanzado contra mí con una violencia insólita. Se abalanzan sobre cada nueva acusación falsa, incluso absurda y sin fondo, porque les permite reanimar esa historia. 
Es como una maldición que vuelve y contra la que no puedo hacer nada”.

 

12 dic 2019

Las confesiones de Brad Pitt: marihuana, fracasos y timidez

El actor relata en una entrevista en 'The New York Times' lo difícil que le fue superar la presión mediática en los años noventa, cómo la evitó mediante las drogas y las dificultades de rodar algunas de sus cintas de juventud.

Brad Pitt, en septiembre de 2019 en Hollywood.
Brad Pitt, en septiembre de 2019 en Hollywood. CORDON PRESS

 

En los años noventa, Brad Pitt era un hombre en la cúspide de su éxito. 
Querido, alabado, premiado y aplaudido, parecía resucitar la imagen del galán de Hollywood clásico. 
Un hombre alto, rubio, de ojos claros y proporciones casi perfectas. Solo que su vida no lo era tanto. 
Como el propio actor ha contado en una entrevista con The New York Times, esos años de fama fueron complicados para él.
El alcohol formó parte de la vida del actor durante mucho tiempo. Él mismo confesaba recientemente, en una charla con el también intérprete Anthony Hopkins en la revista estadounidense Interview, que veía la bebida "como una vía de escape".
 De hecho, fue uno de los problemas que le llevaron a su separación de la actriz Angelina Jolie, en 2016.
Pero no sólo del alcohol se alimentan sus adicciones. 
 Cómo el mismo cuenta, la marihuana también fue uno de sus clásicos. 
"Ha habido momentos en los que he visto fotos de mí mismo de hace años y he dicho:
 'Ese chaval tiene buena pinta'. Pero en realidad no me sentía tan bien por dentro.
 Me pasé la mayor parte de los noventa escondiéndome y fumando hierba".

Según explica, su afición por esa droga llegó porque no se sentía del todo a gusto con la fama y eso le suponía una vía de escape. "Me sentía incómodo con toda esa atención. 
Llegué a un punto en el que estaba encarcelándome a mí mismo. Ahora salgo a la calle y vivo mi vida y, en general, la gente es bastante maja", explica en el diario estadounidense.
Brad Pitt en la cinta de Quentin Tarantino 'Érase una vez en Hollywood'. 
Brad Pitt en la cinta de Quentin Tarantino 'Érase una vez en Hollywood'. AP
Además, Pitt desgrana algunos de los aciertos y errores de su carrera. Por ejemplo, cuenta su experiencia en la película Doce monos (1995): "Bordé la primera parte. La segunda la hice completamente mal", reflexiona.
 O de cómo, después de rodar Thelma & Louise (1991), solo le ofrecían papeles de autoestopista o de protagonista romántico. 
"En los noventa había solo un tipo de personaje concreto para mí. Me sentía limitado".

Para él Troya, la película de Warner Bros de 2004 dirigida por Wolfgang Petersen, fue un punto de inflexión en su carrera. Confiesa que se sintió "decepcionado". 
"Tuve que hacer Troya —supongo que ahora ya puede se contar— porque rechacé hacer otra película y tenía que hacer algo para el estudio.
 Fue doloroso, pero me di cuenta de que la forma en la que las cosas se contaban en esa película no era como debería ser.
 Yo también cometí mis propios errores en ella.
 No podía salir del centro del plano.
 Eso me estaba volviendo loco. 
Me había convertido en un niño mimado por David Fincher [director de El club de la lucha]. Allí no había ni rastro de Wolfgang Petersen [...]. Así que tomé la decisión de invertir mi tiempo solo en historias de calidad. 
Fue algo que se notó en mi carrera la siguiente década".
A sus 55 años, Pitt usa una anécdota para reflejar su relación con la prensa.
 "Cuando arrancó mi carrera, salí en el periódico USA Today. Estaba encantado conmigo mismo.
 Dos días después de que saliera, fui a casa de un amigo. Miré al suelo de la cocina y ahí estaba el arenero del gato, y mi artículo del USA Today con una mierda de gato encima.
 Creo que lo define bastante bien". 

Otra de las cuestiones de las que habla el intérprete de Seven o de la reciente Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino —por la que podría obtener una nominación para los Oscar el próximo 13 de enero—, es sobre lo que se dice o escribe sobre él y cómo le afecta en su vida.
 Asegura que dejó de leer "todo tipo de prensa sobre 2004". "No solo reseñas [de películas].
 Quiero decir: cualquier revista en una sala de espera. Muchas de ellas dan tumbos", asegura.
 "No me desvío del camino para evitarlo [leer esas informaciones], simplemente no lo busco. 
No sé con cuántas mujeres habrán dicho que he salido durante los últimos dos o tres años, pero nada es verdad", reflexiona sobre los romances que se le han atribuido con actrices y modelos como Marion Cotillard, Charlize Theron, Kate Hudson, Ellen Macpherson, Sienna Miller e, incluso, Jennifer Aniston, su esposa durante cinco años y con quien se dijo que había retomado su relación.

 
 

Álex Lequio sufre una nueva recaída en su lucha contra el cáncer

El hijo de Ana Obregón y Alessandro Lecquio tenía previsto asistir este jueves a un evento solidario, pero no acudirá "por motivos de salud".

Álex Lequio, en Madrid, el pasado octubre.
Álex Lequio, en Madrid, el pasado octubre.
Álex Lequio, hijo de Ana Obregón y Alessandro Lequio, ha vuelto a sufrir una recaída en su lucha contra el cáncer. 
El joven, de 26 años, tenía previsto asistir este jueves por la noche a un evento solidario organizado por la marca Morrison Shoes, pero finalmente ha tenido que cancelar sus planes.
 Así lo ha comunicado oficialmente la firma: 
"Lamentamos comunicarte que por motivos de salud, Alex Lecquio Jr. no podrá asistir hoy al photocall del evento solidario organizado por Morrison a favor de la Fundación Caíco".
 El propio Lequio ha informado hace unos minutos a través de su Instagram que no podrá asistir, y ha pedido la máxima difusión del evento. 
"Parte de la venta del diseño de las zapatillas se donará a la Fundación Caíco.
 El ganador es un luchador increíble que podrá asistir al evento. 
 Yo no podré.
 Ruego máxima difusión de las causas que importan", ha escrito en un story, el formato que desparece a las 24 horas de su publicación.
 Desde que padece la enfermedad, el joven está muy involucrado en esta causa.
La última vez que el empresario tuvo que cancelar su asistencia a un evento fue a finales de septiembre, cuando le invitaron a la inauguración de una perfumería en un centro comercial de Sevilla por problemas de salud.
 Lequio publicó entonces en su cuenta de Instagram: 
"Va a ser que me quedo en casa haciendo pesas con Boby [su perro].
 Las ganas han podido conmigo y me he precipitado un poquimucho. (...) Va a ser que me han puesto arresto domiciliario". Su madre, Ana Obregón, acudió sola y fue preguntada por el estado de salud de su hijo:
 "Está cansadito, hemos tenido una semana complicada con el tratamiento, pero está fenomenal".
Ese mismo mes se conoció que el joven volvía a recibir quimioterapia en Barcelona y él mismo contó que durante una revisión rutinaria había surgido "un contratiempo", por el que no sabía si tendría que regresar a Estados Unidos, donde inició el tratamiento contra la enfermedad. 
Álex Lequio comenzó su batalla contra el cáncer, una enfermedad que empezó como un simple “tirón de espalda”, hace 20 meses. Desde que hace un año regresara a España después de siete meses en Estados Unidos tratándose en el prestigioso Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, el hijo de Obregón y Lequio ha ido informado de su estado de salud a través de sus redes sociales y en contadas entrevistas.
En abril de 2018 se conoció la noticia de su enfermedad, aunque no fue hasta diciembre, cuando concedió su primera entrevista y desveló los detalles de su dolencia. En abril de 2018 se conoció la noticia de su enfermedad, aunque no fue hasta diciembre, cuando concedió su primera entrevista y desveló los detalles de su dolencia. En este tiempo perdió 15 kilos y el pelo, algo que no pareció preocuparle. 
“A mí, mirarme al espejo y parecer un reptil me hace gracia…”, decía sin perder ese sentido del humor del que hace gala. 
“Esta es una enfermedad en la que, siendo realista, desconoces las idas y venidas y lo que te queda es tomarte cada día como si fuera el último y esperar lo mejor posible.
 Cuando me pasó esto, digamos que me di cuenta de que no podía confiar en que, después de este tren, fuera a pasar otro. 
Y ahora estoy como loco, intentado saltar y subirme a cada uno que pasa", explicó el empresario a la revista ¡Hola!,en una exclusiva que hizo para ayudar a su madre a pagar el caro tratamiento que sigue.
Salvo estos últimos episodios, el joven había recuperado en los últimos meses su vida profesional y había disfrutado del verano con su nueva pareja, pasando parte de sus días de descanso en la casa familiar que los García Obregón tienen en Palma de Mallorca.