Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

15 nov 2019

El huracán que no cesa en el palacio de Buckingham

Los duques de Sussex anuncian que se ausentarán de la cita navideña con la reina y reabren el debate sobre su papel.

La reina Isabel, con los duques de Sussex y los de Cambridge, en el balcón del palacio de Buckingham.
La reina Isabel, con los duques de Sussex y los de Cambridge, en el balcón del palacio de Buckingham. WireImage


La decisión de pasar las Navidades con la familia de él o de ella, trámite negociador que en cualquier pareja no tiene mayor importancia, se convierte en una polémica nacional cuando se trata de los duques de Sussex. 
El palacio de Buckingham ha confirmado que el príncipe Enrique y Meghan Markle se escaparán este año a Estados Unidos a celebrar las fiestas con Doria Ragland, la madre de la exactriz, en vez de reunirse con la reina y el resto de los Windsor en el Palacio de Sandringham.
 "Su decisión es acorde con el precedente ya establecido por otros miembros de la familia real, y cuenta con el apoyo de Su Majestad la reina", dice el comunicado oficial, en lo que supone un claro intento de proteger a la pareja ante el aluvión de críticas que, de todos modos, han recibido.
"Es un claro desaire a la reina", comenzó su tertulia mañanera en ITV Piers Morgan, un periodista popular y pendenciero, con millones de seguidores en las redes sociales y que destila vitriolo en sus comentarios.
 Se ha convertido en la bestia parda de Meghan Markle, y desde su privilegiada plataforma televisiva ha contribuido a alimentar la animadversión hacia la duquesa de Sussex de una parte considerable de los británicos. 
"¿Cuántas Navidades le quedan a la reina? No muchas.
 Está claro que Enrique se ha distanciado de su hermano y que la tensión va en aumento entre Meghan y Kate [duquesa de Cambridge y esposa del príncipe heredero Guillermo]", añadía a la polémica Andrew Pierce, del tabloide Daily Mail
Al otro lado de la contienda, Victoria Murphy, la corresponsal de la Casa Real de la revista estadounidense Town&Country, salía rauda en defensa de la decisión.
 Las reyertas de los Windsor, cuando de Meghan se trata, se libran ya a ambos lados del Atlántico.
 "Guillermo y Kate pasaron las Navidades con los padres de ella en Bucklebury en 2012 y 2016. Enrique y Meghan han estado ya en Sandringham en los últimos dos años", ha afirmado Murphy en su cuenta de Twitter.
Cada intento de Markle de vencer con golpes de empatía la inquina que vierte sobre ella la prensa amarilla se convierte en un bumerán. Sus confesiones al periodista Tom Bradby, en el documental Harry&Meghan: An african Journey (Enrique y Meghan:
 Un viaje africano), que relataba su reciente gira por el sur de África, deberían haber servido para rebajar la tensión:
 "Cuando una mujer está embarazada se siente especialmente vulnerable. 
Todo eso fue un reto, lo mismo que tener un recién nacido.
 Poca gente me ha preguntado si estoy bien, así que lo agradezco. Todo esto resulta muy duro detrás de las bambalinas", explicaba.
"Imagina que te van a hacer un documental en Sudáfrica y lo conviertes en un rosario de penurias, en el que cuentas lo terrible que es tu vida y todo lo que te afectan los titulares. 
La realidad es que tienes un palacio lleno de sirvientes y que estás intentando manipular a los medios", aseguraba el presentador Morgan ante el mínimo atisbo de sus invitados de justificar a Markle.
Isabel II, con Kate Middleton, el pasado domingo.
Isabel II, con Kate Middleton, el pasado domingo. Stephen Lock
Un proceso natural como podría ser la toma de distancia de los focos de una pareja, que sabe que sus responsabilidades futuras no serán relevantes para el futuro de la casa real, se ha convertido en la carnaza de unos medios que se solazan con cualquier desavenencia en el seno de los Windsor. 
"Es triste que no deseen formar parte de la reunión familiar, especialmente ahora que la reina y el duque de Edimburgo han llegado a la ancianidad.
 Seguro que a la reina le habrá dolido, pero es demasiado elegante para dar ninguna muestra al respecto", explicaba al The Sun la escritora y directora de la revista Majesty, Ingrid Stewart, otra de los muchos periodistas que se ha especializado en presuponer lo que Isabel II, hermética como ningún otro monarca, puede pensar o dejar de pensar sobre cualquier anécdota.
Ni siquiera el príncipe Enrique niega ya que ha sufrido un distanciamiento con su hermano Guillermo, el segundo en la línea de sucesión, que el acecho constante de los medios a Meghan le trae a la memoria la cacería en que se convirtieron los años más duros de su madre, Lady Di, y que desea una mayor libertad y privacidad junto a su esposa y al hijo de ambos, Archie. 
Y las muestras, en cada acto público, de la voluntad de la casa real de situar a Guillermo y Kate lo más cercanos posibles al centro de la escena (que ocupará hasta el final Isabel II) responden a una estrategia clara por evitar que la atención se distraiga.
Solo que cada paso de Meghan Markle se observa con lupa, y detrás de cada justificación se pretender ver un desaire.
 La decisión de evitar el pasado verano la obligada visita a la reina en su castillo de Balmoral (Escocia), cuando Archie apenas tenía unos meses, fue cuestionada cuando se vio a la duquesa de Sussex, poco después, en Nueva York (sola, sin su hijo) en la final femenina del Open de Tenis USA. 
 Como si la hubieran descubierto en una contradicción flagrante.
 Y se acude a acusaciones de xenofobia o racismo para cuestionar la ética de los medios amarillos.
 La última, la excandidata demócrata estadounidense, Hillary Clinton, quien ha expresado su deseo de abrazar a Meghan en solidaridad por todo su sufrimiento. 
Cuando todo es más simple:
 Markle se ha convertido en el chivo expiatorio de una prensa sensacionalista que lleva años haciendo caja con las anécdotas más irrelevantes de los Windsor, a condición de no asomarse siquiera a sus finanzas, su patrimonio o sus prerrogativas legales.

 

‘La peste’ ve la luz

La segunda temporada de la serie de Movistar + brillan de nuevo en su recreación histórica y en los aspectos formales y desarrollan una trama vibrante.

 

Pablo Molinero y Patricia López Arnáiz, en 'La peste'.

Que La peste es una de las mayores apuestas de Movistar + en ficción ya se conocía desde su primera temporada. 
Que su importante presupuesto, que ascendía a 10 millones de euros entonces (no se ha comunicado el coste de la segunda), lucía de sobra en la pantalla también se pudo comprobar ya en aquel comienzo, visualmente deslumbrante y con una gran recreación y ambientación de época
. Sin embargo, en aquellos primeros seis episodios la trama no terminaba de cuajar y la oscuridad de la imagen y algunas dificultades de sonido empañaron el resultado y la conversación en torno al programa. 
Hoy se estrenan los seis episodios de la segunda temporada de este drama ambientado en la Sevilla de finales del siglo XVI. 
La epidemia de peste ha quedado atrás. 
La acción se retoma cinco años después en un reinicio argumental que permite que cada entrega funcione de forma autónoma. 
Ahora el peligro está en la corrupción que lleva a La Garduña, la mafia, a hacerse con el control de los bajos fondos de la ciudad.
 El nuevo Asistente —la persona que estaba al frente del Cabildo de la ciudad, una especie de alcalde de la época— llega decidido a imponer su ley y acabar con el hampa. 
Este punto de partida sirve para hilar una interesante trama con buenas dosis de acción y aventuras.
 Uno de los problemas de la primera temporada queda así solucionado con a la pericia del guionista Rafael Cobos, que ejerce ahora como máximo responsable de la serie: esta vez la historia sí que engancha e interesa. 

Formalmente, mantiene los altísimos estándares de producción y un cuidado en el aspecto visual que impacta y que destaca sobre muchas otras ficciones españolas.
 La mano de Alberto Rodríguez al frente de la dirección de los dos primeros episodios se nota en el mimo de cada encuadre, y David Ulloa logra mantener el nivel en los cuatro siguientes. 
Los marcados claroscuros de la imagen reflejan las luces y las sombras de la sociedad en la que viven los personajes. 
También destaca un reparto bien equilibrado con Pablo Molinero, Patricia López Arnáiz, Jesús Carroza, Estefanía de los Santos y Federico Aguado al frente.
Otra lección que han aprendido los responsables de la serie: los espectadores ven donde y cuando quieren los capítulos, y no tiene por qué ser en una televisión con alta definición con las persianas bajadas, ni mucho menos en un cine.
 Aunque cuenta con muchas escenas que se desarrollan de noche o en lugares oscuros, ahora se ve mejor lo que ocurre en la oscuridad. Se agradece esa luz extra que se percibe en esas escenas, siempre sin llegar a iluminar en exceso. 
Porque la noche es oscura y más cuando no hay luz eléctrica. También esta vez se escuchan mejor los diálogos, otro de los aspectos que había que pulir.
Como sería deseable que ocurriera siempre en la vida, La peste sabe aprender de los errores de su pasado para desmarcarse como una estupenda muestra de virtuosismo formal muy entretenida.

 

Realista, complejo, admirable Scorsese

Si este es el trabajo de despedida del director italoamericano, lo habrá hecho a lo grande.

 
Al Pacino, como Jimmy Hoffa, y Robert De Niro, que encarna a Frank Sheeran, en 'El irlandés'. En el vídeo, Boyero habla de la película.
 
 
El definitivo testamento de ese italoamericano abarrotado de talento llamado Martin Scorsese sobre el tenebroso y paradójicamente muy seductor universo de la Mafia dura tres horas y media, metraje abusivo en demasiados casos. 
En mi caso, no me importaría que fuera más larga, ya que me siento hipnotizado de principio a fin, aunque en el arranque me sienta desconcertado por la digitalización de los rostros de los protagonistas (se desarrolla a lo largo de 40 años la afectiva, turbia y muy compleja relación entre el Don Bufalino, el killer irlandés Frank Sheeran, y el sindicalista Jimmy Hoffa).
 Y la parte final, hablando del ocaso, la devastación física y mental, aquello que Chandler al hablar de un largo adiós definió con lirismo y lucidez como “triste, solitario y final”, me parece uno de los grandes desenlaces de la historia del cine.

Y existía glamour y poder magnético, aunque hablara de tipos deleznables, en los admirables retratos que había realizado Scorsese sobre diversas mafias, con originalidad pero también con balbuceos y tono entre enfermizo y místico en Malas calles, y con magisterio absoluto en Uno de los nuestros, Casino, Gangs of New York e Infiltrados. Sin embargo, los personajes de El irlandés tienen escasa fascinación para mí, descritos por el guionista Steven Zaillian y por Scorsese con voluntad de realismo absoluto, más cercanos a la grisura del mundo real que a los elementos fascinantes que convienen a las ficciones y al gran espectáculo. 
Ni su ropa, sus casas, su expresividad o sus diálogos tienen vocación de deslumbrar al receptor, se ajustan a como debían de ser y parecer, sin concesiones a la mitificación. Pero es imposible en ningún momento desentenderte de ellos y de lo que les va ocurriendo.
 La ancestralmente prodigiosa cámara de Scorsese hace virguerías solo cuando la historia necesita esos planos. Como Hitchcock y Keaton, sus gloriosos antecesores en la creación de formas visuales que te dejan sin aliento, no pretende el exhibicionismo vacuo sino que utiliza ese lenguaje tan poderoso para transmitir emociones. 
Pero no existen ese barroquismo y ese vértigo en la mayoría de las secuencias.
 Ocurren cosas terribles, los asesinatos están filmados de forma seca, deben de parecerse mucho a la realidad (Hoffa da un gritito cuando siente el impacto de las balas), las conversaciones entre los honorables de la sociedad poseen giros, claves, silencios y miradas muy elocuentes, pero nunca pretenden ser brillantes.
 Scorsese no juega nunca con el espectador, no le hace trampas para tenerlo enganchado.
 Se sirve de otros recursos artísticos para que este no se ausente jamás de lo que está viendo y escuchando. 
Hablo, como siempre, en primera persona.
O sea, siendo fumador compulsivo no me acuerdo del tabaco en esos 209 minutos que transcurren muy rápidos. Ni otra necesidad fisiológica relacionada con la vejiga y la próstata hace que me pierda unos minutos de esta película por algo tan humano como acudir al lavabo.
Pacino está pasado al principio y al final resulta conmovedor. No soporto al Robert De Niro de las últimas décadas. Aquí está sobrio, sugerente y perfecto en un personaje muy difícil. Y cada vez que aparece Joe Pesci, ese actor capaz de expresar muchas cosas con gestos mínimos, emblema de la violencia y del peligro, me deja asombrado. 
Si esta película supusiera la despedida de Scorsese, lo habrá hecho a lo grande, a la altura artística de su irremplazable cine.
 

La historia de Dior a través de las fotografías de Peter Lindbergh


Las modelos Felice Noordhoff, Sara Grace Wallerstedt y Lily Nova, con diseños de otoño-invierno de 2018 de Maria Grazia Chiuri. A la derecha, Karen Elson en 2018, con traje diseñado por Christian Dior para la colección otoño-invierno de 1950.
Las modelos Felice Noordhoff, Sara Grace Wallerstedt y Lily Nova, con diseños de otoño-invierno de 2018 de Maria Grazia Chiuri. A la derecha, Karen Elson en 2018, con traje diseñado por Christian Dior para la colección otoño-invierno de 1950.

Imágenes icónicas y retratos hasta ahora inéditos de un clásico de la fotografía de moda forman un fascinante recorrido por los siete decenios de historia de Dior.
 Un trabajo al que dedicó el final de
EN UNA ERA donde el omnipresente retoque fotográfico alisa arrugas, agranda labios y reduce muslos, y cambia el color de los ojos y hasta el de la piel, supone un alivio y definitivamente una transgresión enfrentarse a una imagen en blanco y negro, donde las mujeres aparecen poco o nada maquilladas, en un gesto espontáneo que captura un instante de veracidad. 
Una cualidad tan insólita —y necesaria— como la humildad en la industria del lujo. 
Por eso, aunque el malogrado Peter Lindbergh sea considerado un clásico de la fotografía, su trabajo resulta hoy más audaz e igual de relevante que cuando inauguró en 1990 el fenómeno top model retratando a Naomi Campbell, Christy Turlington, Cindy Crawford y Tatjana Patitz en Manhattan para la edición británica de Vogue.

 En esas mismas calles disparó parte del último volumen publicado bajo su firma: New York Archives (Taschen), que sale ahora a la venta, dos meses después de su fallecimiento
 En él, Lindbergh recorre los 70 años de historia de la maison Dior a través de imágenes icónicas aparecidas en cabeceras internacionales como Harper’s Baazar o Vogue y de una serie de retratos ­inéditos realizados en Manhattan en 2018.
 Este último trabajo constituye un documento único, tanto por su valor artístico como por el ingente archivo al que el fotógrafo tuvo acceso para realizarlo.
 Abarca creaciones de los ocho diseñadores que han llevado las riendas de la firma en sus más de siete décadas de historia: desde el propio Christian Dior, que la fundó en 1946, hasta Maria Grazia Chiuri, actual directora creativa y primera mujer en el puesto.De entre los trabajos históricos que rescata Lindbergh resulta imprescindible el retrato publicado en Harper’s Bazaar en 1993 de Linda Evangelista. 
La modelo acompañó al fotógrafo desde su primera portada en Vogue USA en 1988, y en la imagen seleccionada aparece tocada con un sombrero de Ferré y sutilmente maquillada por el maestro François Nars, que seis años después fundaría su propia firma de cosmética, una de las más prestigiosas del mundo hoy día.e se publica dos meses después de su muerte.

Kiki Willems en 2018, con vestido de la colección primavera-verano de 1960 de Yves Saint Laurent.
Kiki Willems en 2018, con vestido de la colección primavera-verano de 1960 de Yves Saint Laurent.
Y es que de entre las muchas lecturas que tiene este libro, una de las más interesantes es la que permite analizar la evolución de la industria de la moda a través de las décadas.
 Lindbergh no documenta solo los vaivenes creativos de Dior, sino también las épocas gloriosas en las que las cabeceras especializadas podían permitirse producciones millonarias, y cómo el concepto de belleza fue cambiando y encarnándose en distintos tipos de modelos: de la angelical Amber Valletta a la andrógina Saskia de Brauw.
Carolyn Murphy, con diseño de primavera-verano de 1992 de Gianfranco Ferré; en la página siguiente, Karen Elson, con vestido de otoño-invierno de 2003 de John Galliano.
Carolyn Murphy, con diseño de primavera-verano de 1992 de Gianfranco Ferré; en la página siguiente, Karen Elson, con vestido de otoño-invierno de 2003 de John Galliano.
Aunque el objetivo del polaco siempre trascendió estos cánones y los estereotipos gracias a su extraordinaria capacidad para revelar la esencia y la humanidad del retratado.
 En su incansable lucha contra “la dictadura de la perfección” —como él mismo solía decir—, consiguió ir más allá de las tendencias y capturar en esa fracción de segundo que son las fotos algo atemporal, precioso y que nunca pasa de moda: la verdad. 



La modelo Linda Evangelista, vestida con la colección de alta costura otoño-invierno de 1993 de Gianfranco Ferré para  Harper´s Bazaar .
La modelo Linda Evangelista, vestida con la colección de alta costura otoño-invierno de 1993 de Gianfranco Ferré para Harper´s Bazaar.