Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 oct 2019

Saben aquel que diu............................................ Elvira Lindo

Era imposible no vivir la excepcionalidad de la jornada de la exhumación de Franco: por un lado, el acto de justicia; por otro, la irrefrenable guasa cañí.

"¿Saben en qué se parecen Franco, el PSOE y Esquerra?”, dijo este jueves el diputado de Ciudadanos Guillermo Díaz en la tertulia de La noche en 24 horas. 

 A mí no me extrañó que inaugurara su turno de opinión con un chiste, porque al fin y al cabo todo el día había ido de ese palo.

 “Pues en que los tres dieron un golpe contra la Segunda República. El PSOE, en el 34 en Asturias; ERC, con Companys, y Franco, que nos llevó a una guerra civil”.

 Se hizo un silencio incómodo, pero ya dicen los teóricos del género que el humor ha de, sobre todo, incomodar.

 Por un momento, pensé que Díaz le iba a dar un codazo a la diputada de Vox que tenía al lado para que al menos ella le riera la gracia. 

No queriendo desperdiciar semejante ocurrencia, al rato la divulgó en Twitter. 

Fue un día en que los célebres límites del humor se sobrepasaron con creces, pero no por el lado de lo inaceptable, sino porque fue una jornada de chanza ilimitada que solo se acabó cuando los peques nos fuimos a la cama. 
No había manera de entregarse a la hondura del momento, por más que la ministra Delgado pusiera cara de jornada histórica. 
Se suponía que debía de haber sido un acto discreto, pero los cámaras se lucieron: no creo que haya en el cine español unas escenas más elocuentes.
 Esos contrapicados, esas imágenes tomadas desde arriba, ese ataúd recubierto con un raso que le daba un aire a pastel de chocolate (no sé si se sigue llamando “brazo de gitano”).
 Daban ganas de exhumar a tu abuelo. Eché en falta la quijada de Luis Escobar pastoreando al grupo familiar hasta el helicóptero.
 Sin ánimo de banalizar, confieso que pasamos un día la mar de entretenido. Se nos hizo corto.
 Desde primera hora seguimos por la radio todo el proceso que tan primorosamente lideraron los hermanos Verdugo, reputados marmolistas de Cuenca, que ante las amenazas de los ultras tuvieron que declarar que ellos, en este asunto en concreto, eran apolíticos.
 Ha sido difícil no tomarles cariño a los hermanos Verdugo y no apuntar el número, porque a todos, ay, nos llega nuestra hora.
Alguien en Twitter se preguntaba que si a esparcir las cenizas de Franco por España se le podría llamar Franquicia.
  Era imposible no vivir la excepcionalidad de la jornada: por un lado, el acto de justicia; por otro, la irrefrenable guasa cañí. 
En momentos de lucidez, los comentaristas, no sabiendo cómo exprimir ya el asunto, afirmaban que aquello tenía toques berlanguianos. 
Como si no se le hubiera ocurrido a nadie antes.
De Cuelgamuros, los españoles viajamos, metafóricamente, a Mingorrubio, nombre que, a mi humilde entender, le quita un poquito de solemnidad al asunto, que también conviene.
 Cuando cerramos los ojos por la noche sentimos algo de melancolía por dejar atrás tan inolvidable jornada. ¿Qué hacías el día que exhumaron a Franco?, preguntarán nuestros nietos. Vérmelo todo, diremos, incluido Corazón.
  Y será verdad. Porque lo cierto es que el programa rosa ofreció la deseada perspectiva humana de la cosa: preguntaban a los nietos por cómo habían vivido el difícil trance, adoptando el consabido tono reverencial ante la autoridad, y daban por concluido el reportaje diciendo que algunos miembros se habían ido a comer a un restaurante y luego habían rematado con una misa oficiada por el padre Tejero.
 Qué día más completo.

Marianne: la verdadera y triste historia de la mujer que lo dio todo por Leonard Cohen

Una historia de amor que casi acaba en suicidio.

 El festival In-Edit estrena 'Marianne & Leonard: Words of Love', el documental que aporta nuevas capas de realidad y sufrimiento al romance irrepetible entre Marianne Ihlsen y el artista canadiense.

marianne cohen
Marianne y Leonard Cohen, fotografiados en los 60 en la isla de Hidra. Foto: Getty
 
Ni se la encontró Leonard Cohen llorando desamparada por la calle ni fue él, precisamente, el legítimo procurador de cuidados que nos quisieron vender (si entendemos este ámbito como algo más que aportar dinero enviado por telegramas).
 En realidad todo fue al revés. La verdadera historia de Marianne Ihlen, reducida a la figura de musa y amante del canadiense, escondía capas de desamparo emocional y fue bastante más agridulce que esa fábula mística de amor libre y equilibrio cósmico que nos habían contado.
 Así lo aclaran la multitud de testimonios del entorno de estos dos amantes y grabaciones de los dos implicados que nutren el documental Marianne & Leonard: Words of Loveuna cinta que estrena en España el festival In-Edit dirigida por Nick

Broomfield, documentalista de otros proyectos como Whitney: Can I Be Me o Kurt and Courtney, y amigo íntimo de Ihlen.

 La investigación, además de narrar la historia de amor irrepetible entre el canadiense y la noruega, desmonta involuntariamente la utopía de igualdad de la revolución sexual de los sesenta y revela nuevos detalles y realidades de un romance que fascinó al mundo. 

Marianne & Leonard certifica todo aquello que ya conocíamos: que los dos se amaron y respetaron de una forma poco convencional durante años («Éramos dos refugiados que huíamos de nuestras vidas y nos encontramos cara a cara», cuenta ella en la cinta) y que su relación fue única hasta la muerte de ambos.

 En la cinta, Marianne no reniega de la felicidad y asegura que los suyos fueron «años muy buenos», «fabulosos», en los que «nos bañábamos bajo el sol, hacíamos el amor, bebíamos y discutíamos»; pero también relata cómo tuvo que irse al Reino Unido a abortar sola, cómo llegó a pensar en el suicidio en diversas ocasiones por no saber convivir con las múltiples conquistas del artista –entre ellas, Janis Joplin, mientras convivían juntos en el Chelsea Hotel («quería encerrarlo en una jaula y lanzar la llave, no lo podía soportar»)– o por qué aguantó estoicamente la expulsión de su casa en Hidra (Grecia) cuando la nueva pareja de Cohen, Suzanne, se plantó sin previo aviso en la isla cargada de maletas y urgiendo a su salida inmediata.

marianne ihlen
Marianne (con el pequeño Axel en brazos) y Leonard Cohen, en Hidra. Foto: Getty
El mundo sabía de Marianne Ihlen porque Cohen siempre la recordaba con cariño en entrevistas e interludios de conciertos desde los inicios de su relación. 
También era de dominio público que a ella le dedicó e inspiró escritos como Beautiful Losers, así como un buen puñado de clásicos de su repertorio: So Long MarianneHey, That’s No Way to Say GoodbyeBird on the Wire
 La transformación en mito romántico definitivo llegó cuando Ihlen falleció de leucemia en julio de 2016 a los 81 años y la carta de despedida de Cohen –que leyeron en el lecho de muerte de la noruega poco antes de que falleciera, como se comprueba en el documental– tuvo un impacto global sin precedentes: las sentidas palabras del canadiense se viralizaron en medios de todo el planeta, encumbrando a la categoría de leyenda a este irrepetible romance.
. Una sentida despedida que propició que la correspondencia inédita entre ambos se haya llegado a subastar este mismo año llegando a alcanzar los 775.000 euros:
“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. 
Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía.
 Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo.
 Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino.”

marianne leonard cohen
«Nunca creí a Leonard cuando me decía que era la mujer más bella que jamás había visto. Siempre creí que mi cara era demasiado redonda», cuenta Marianne en el documental.

Cocina y cuidados para elevar al poeta masculino

Además de aportar un archivo documental sobre este preciso (y precioso) momento epistolar de despedida, una de las valías de Words of Love reside en el hecho de poner el foco en la vida y sentimientos de esa obtusa figura que es la musa. 
Poder acercarse a la afectada para descubrir en primera persona las implicaciones emocionales de las mujeres que han vivido entregadas para «elevar» el espíritu de los artistas –el propio director, que también mantuvo un romance intermitente con ella, aclara que Ihlen fue el motor inspiracional de su carrera y de otros cantantes–. 
 Esta es la historia de un flechazo que fue instantáneo en la isla de Hidra en los sesenta, pero también de todo lo que pasa cuando te enamoras de un hombre que, como el propio Cohen se define, es «un egoísta que se pasa la vida escapando» y que «hacía sufrir a quién me rodeaba porque siempre conseguía huir».
 Ella estaba casada con un hombre de carácter violento y tenía un hijo con él, pero por aquel entonces los matrimonios eran abiertos y en aquella idílica isla plagada de artistas, el ácido y el speed corrían con el mismo desenfreno que las promesas de amor libre.
 «Allí todo el mundo era artista, pero yo no era escultora, ni pintora ni artista. Yo era una artista de la vida, vivir era mi arte», apunta sobre su función en aquella comuna de artistas refugiados al sol griego.
 
El canadiense, que llegó huyendo de Montreal junto a una amiga aburrido del ambiente aburguesado judío en el que se había criado, se quedó prendado de la noruega.
 La cinta desmitifica el encuentro de una frágil Marianne llorando sola por la isla –fue ella la que se encontró con Cohen, camino del súper con una cesta de la compra, y le invitó a tomar algo con sus amigos artistas en una terraza–.
 «El primer año en Hidra él no hacía más que escribir y escribir. Yo corría a su encuentro, hacía la compra y le traía comida.
 Era su musa griega, así que me sentaba a sus pies», cuenta. Entre ingestas de ácido y arrumacos, Cohen vivía cuatro meses al año en Hidra y volvía a Norteamérica el resto del tiempo para»inspirarse» y promocionar sus libros.
 «Marianne se lo hacía todo. Le traía cestas con fruta y agua mientras él tenía fiebre.
 Leonard iba de ácido y de speed casi siempre y entró en una especie de locura.
 Ella ‘sujetaba al hombre’ para que pudiese escribir esas páginas», explica en la cinta Aviva Layton, la que fuese mujer del editor de Cohen en Canadá.

marianne cohen
Leonard Cohen toca la guitarra junto a artistas como Charles W. Heckstall (1929-2000), Charmian Clift y Marianne Ihlen, en octubre de 1960.

«¿Conoces a algún poeta que haya sido un marido espléndido?»

«Los poetas no son buenos maridos. 
¿Conoces a algún poeta, director o artista que haya sido un marido espléndido», apunta en un momento del documental Aviva Layton, antecediendo el drama que estaba por llegar. 
La conquista de los escenarios como músico fue el golpe mortal de la relación. 
Judy Collins, la artista que animó a Cohen a cantar y coger la guitarra, rememora cómo Marianne le acusó de explotar la burbuja hippy creada en Grecia:
 «Éramos muy felices en Hidra. Tú grabaste esas canciones con él y arruinaste mi vida». 
Así lo sintió. Marianne dejó la isla para acompañar a Leonard en Estados Unidos y Montreal, pero las cosas no fueron nada bien. «Un auténtico desastre», resume Aviva Layton:
 «La ironía es que un hombre como él era el hombre que toda mujer quiere tener. 
Pero nadie podía ser su dueña. Los poetas son criaturas elusivas».

 

Cohen aclara en grabaciones que en aquella época «tenía un apetito muy grande por la compañía de mujeres y por la expresión sexual amistosa». 
Marianne no podía convivir con esa escena de shows repletos de mujeres (Leonard llegó a estar en una gira 23 noches seguidas de ácido) y con los continuos escarceos de Cohen.
 «Esto es lo que te pasa por por elegir al hombre guapo y ver cómo todas las chicas lo desean. Estuve a punto de suicidarme, me destrozó», explica la propia Marianne.

Tras seguirle por varias ciudades, la relación empezó a flojear. Marianne internó a su hijo en el extranjero varios años mientras viajaba y volvió a Hidra hasta que la nueva pareja de Leonard, Suzanne, se presentó en su casa y la echó.
 Volvió a Oslo y se convirtió en lo que siempre había querido su madre: una secretaria con una familia ordinaria. 
Se volvió a casar y cuidó de los hijos de su nuevo marido. «Generosa» y «amable» pese a los desencuentros, como todos insisten en recordarla en el filme, siguió manteniendo una correspondencia puntual y buena relación con Cohen.
 Cuando él volvió a subirse a los escenarios en 2009 porque su mánager le había dejado sin blanca, Leonard le regaló dos asientos en primera fila en su concierto de Oslo. 
El documental la muestra feliz y saludándole con ilusión desde la grada.
Poco antes de morir, Marianne pidió a su amigo Jan Christian Mollestad que avisara a Cohen: «¿Puedes decírselo a Leonard? ¿Podrás traer una cámara?». El mensaje de su antiguo amante llegó al día siguiente. Ella sonrío satisfecha al escucharlo. 
Tres meses después, él seguiría el mismo camino.
marianne ihlen
Dos fotografías de Marianne tomadas por Nick Broomfield en los setenta. Foto: Words of Love

¡Muy orgullosa de ti! ........................................... Paula Arcila

¡Muy orgullosa de ti!

Cazadores ...........................................Rosa Montero.

Cazadores

Por desgracia, y aunque estamos inmersos en la sexta extinción masiva de especies animales, las cacerías de seres en peligro no hacen sino aumentar.

HAY CAZADORES que dicen amar a los animales. A mí se me hace muy difícil comprenderlo, pero estoy segura de que es verdad, porque mi padre era torero y, aunque a muchos les resulte alucinante, lo cierto es que adoraba a todos los bichos.
 Él me enseñó a quererlos: si hoy soy animalista es gracias a él. 
Así de contradictorios y de paradójicos somos los humanos.
De manera que sí, vale, de acuerdo, hay cazadores decentes.
 Pero también estoy segura de que muchos de ellos, muchísimos, son unos monstruos y unos energúmenos.
 Son todos esos malnacidos que maltratan a sus perros, que los sacrifican cruelmente cuando ya no les sirven, que los mantienen encerrados y muertos de hambre en galpones, que los transportan metidos en pequeños cajones metálicos en donde se achicharran bajo el sol y apenas pueden moverse. 
Por no hablar del placer, para mí incomprensible, de descerrajarle un tiro a un bello corzo, por ejemplo.
Y a menudo un mal tiro, en la tripa, en una pata, que hace que el animal quede malherido y sufra una larga, cruel agonía. Por todos los santos, es un asco.

Y aún hay cazadores peores. A uno de los peores, Marcial Gómez Sequeira, franquista, defraudador convicto de Hacienda y antiguo capitoste de Sanitas, lo hemos sacado en EL PAÍS a todo trapo en un reportaje del que, como dijo Carlos Yárnoz, defensor del lector, en un magnífico artículo, muchos podrían pensar que no estaba lo suficientemente contextualizado. 
Vamos, que casi parecía una loa del tipo.
 El sujeto se vanagloriaba de haber abatido piezas de 420 especies (entre ellas varias protegidas, como un rinoceronte blanco o un oso polar) y soltaba perlas de este tenor: 
“Intenté calcular el tiempo que llevo cazando. Me salía que he estado pegando tiros, las 24 horas del día, durante 11 años y 3 meses de mi vida. Sin parar pegando tiros”. 
Angelito.
Como es sabido, el matarife en cuestión quería crear un museo de caza en Extremadura con los miles de cadáveres de animales que ha ido atesorando, pero, por fortuna, el escándalo tras conocerse la noticia ha impedido que siguiera adelante este disparate. 
Sin embargo, se trata de una victoria pírrica y local, porque, por desgracia, y aunque estamos inmersos en la sexta extinción masiva de especies de animales (la única originada por el ser humano), este tipo de cacerías crueles de seres en peligro no hacen sino aumentar. O eso he leído en un espeluznante reportaje en La Vanguardia. Según Eduardo Gonçalves, fundador de la campaña Ban Trophy Hunting (Prohibir la Caza de Trofeos), se trata de un negocio en auge: 
“Antes sólo eran nobles terratenientes y coroneles del Ejército quienes iban a cazar safaris”, explicó al diario Mirror:
 “Hoy en día son ingenieros, gerentes de empresas de servicios y pensionistas quienes matan animales por diversión”.
 Esto es: hay cierta clase media a la que el modelo ricachón-sádico-arrodillado-sonriente-junto-a-oso-muerto le parece de perlas y aspiracional. 
Y las empresas se han puesto las pilas para vender ese falso lujo sanguinario con rebajas, descuentos de última hora por cancelación y otras gangas atroces, como la de los sudafricanos 
Mkulu African Hunting Safaris, que, además de ofrecer leones machos por un precio de risa, regalan también la muerte de una leona. 
Un dos por uno, como los yogures.
Este exhibicionismo de trofeos tiene que ver con el poder, o sea, con el abuso de poder y la carencia de escrúpulos. 
Hace años visité en Bad Ischl, Austria, el pabellón de verano del emperador Francisco José, el de Sissi. 
Era un palacete tapizado de cuernos de animales: varios miles de cabezas de corzos y ciervos que el emperador aniquiló a lo largo de medio siglo.
 Era una celebración obscena de la muerte, una brutal exhibición de prepotencia.
 Francisco José, que tenía veleidades absolutistas (disolvió el Parlamento y gobernó durante nueve años como un tirano), debía de sentirse muy orgulloso de su capacidad de masacrar. 
Era un lugar, en fin, que te ponía enferma y que evidenciaba una escala de valores contraria a todo en lo que yo creo.
 Pues bien, experimento un horror semejante ante esos carniceros de safaris.
 Quiero creer, apostando por la esperanza, que los cazadores buenos opinan lo mismo.