Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

23 oct 2019

Muere la campeona paralímpica Marieke Vervoort tras recibir la eutanasia

La deportista belga obtuvo cuatro medallas en los Juegos de Londres 2012 y Río 2016.

Marieke Vervoort en su casa de la localidad flamenca de Diest, en agosto de 2016. En vídeo, entrevista con Vervoort para El País en 2016.

 

Marieke Vervoort no quería morir, pero hacía tiempo que se preparaba para ello.
 "He vivido cosas que la mayoría de la gente solo puede soñar", decía resuelta frente a la compasión cuando alguien lamentaba el infortunio de la tetraplejia progresiva que le paralizó la mitad inferior del cuerpo y la dejó en una silla de ruedas desde los 20 años.
 Recordaba así la deportista paralímpica belga un historial repleto de récords nacionales y europeos, victorias en Mundiales y cuatro grandes metales: oro y plata en los 100 y 200 metros de los Juegos de Londres 2012, y bronce y plata en el 100 y el 400 de Río 2016, su adiós definitivo a la competición.
 Este martes, el Ayuntamiento de su localidad natal, Diest, anunció su fallecimiento a los 40 años de edad tras abandonar el tratamiento que recibía en un hospital y someterse a una eutanasia.
El diagnóstico a los 14 años, acompañado de un largo peregrinaje por hospitales para identificar la enfermedad, fue un mazazo para una adolescente inquieta que hasta entonces nadaba, montaba en bicicleta y practicaba jiu-jitsu.
 Su padre, Joseph, la recuerda como una niña activa, jugando con chicos y subiéndose a los árboles.
 En su nuevo escenario vital, Vervoort se adaptó a las nuevas circunstancias con fiereza.
 Empezó con el baloncesto en silla de ruedas, probó el triatlón y finalmente eligió la explosividad de las distancias cortas en su silla de ruedas, las disciplinas que le reportaron mayores éxitos y le permitieron conocer la gloria olímpica.
Entrenaba fuerte, sin recurrir a excusas.
 Ni una incómoda tormenta ni un dolor más intenso de lo normal la convencían de no rodar a toda velocidad por el tartán de la pista de Lovaina, a 30 kilómetros de su casa, hasta donde la llevaba en su coche un matrimonio amigo.
 Su entrenador, Rudi Voels, técnico también de otros grandes velocistas belgas, tuvo que vencer su tozudez en alguno de esos días malos y persuadirla en más de una ocasión de que nada pasaba por dejar una sesión a medias.
 Incluso cuando las acababa, acompañaba las caricias a su inseparable perro Zenn de alguna queja amarga. "Estúpidos dolores. ¿Conoces a alguien que necesite morfina para entrenar?". 

Esa dedicación la catapultó a sus primeras medallas en Londres. "Fue muy especial verlo y poder decir: ¡es mi hija!", rememora su padre volviendo a aquel día del verano de 2012 en el estadio olímpico.
 Una emoción que acabó algo más accidentada para su madre. "Recuerdo que me puse de pie cuando llegaste a la meta en los Juegos de Londres. Estaba eufórica.
 Después quise sentarme, pero con la euforia me olvidé de que era una silla plegable. ¡Me caí al suelo! ¿No lo viste verdad?", le decía a su hija el año pasado en neerlandés, las dos a punto de llorar de risa y Marieke ávida por traducir la anécdota a sus visitantes en una habitación de hospital en Diest.
Vervoort durante los Juegos Olímpicos de Río 2016.
Vervoort durante los Juegos Olímpicos de Río 2016. AFP
Su celebridad trascendió con creces su Flandes natal, donde publicó un libro en el que las peripecias deportivas convergen con la angustiosa lucha contra una enfermedad degenerativa. 
Su historia atravesó las fronteras de Bélgica cuando Vervoort hizo público en 2016 que había solicitado los papeles de la eutanasia. 
La atleta buscaba así espantar el fantasma del dolor terminal, un miedo que la perseguía en las noches interminables donde apenas podía pegar ojo y tenía que pulsar el botón para que una enfermera fuera a verla. 
También alejar, como ella misma afirmaba, cualquier tentación de suicidio. Desde que obtuvo el permiso —para lo cual en Bélgica es necesario la aprobación de dos médicos— la certitud de poder elegir el momento del adiós le había devuelto el sosiego.
 "Cuando quiera puedo coger mis papeles y decir ¡es suficiente! 
Quiero morir. Me da tranquilidad cuando tengo mucho dolor.
 No quiero vivir como un vegetal", reconocía en una entrevista con este diario antes de los Juegos de Río.
Había quien se sorprendía, y se molestaba, de que Vervoort diera a conocer sus intenciones.
 Como si hiciera apología de un acto inmoral o buscara aprovecharlo para ganar protagonismo. 
Pero la impresión que transmitía es que hablaba de la muerte como de la vida, con naturalidad, intercalando bromas y fechorías menores en una conversación que giraba a menudo en torno al dolor y la mejor forma de sobrellevarlo.

Marieke Vervoort, durante un ingreso hospitalario en 2018.
Marieke Vervoort, durante un ingreso hospitalario en 2018.
En alguno de esos desahogos amagó con tirar la toalla al insistir en que buscaba una fecha para concretar la eutanasia, pero luego se sobreponía y aplazaba la decisión una y otra vez, aferrándose a la vida. 
Enamorada de Lanzarote, isla que visitaba habitualmente y donde dijo que le gustaría lanzaran sus cenizas, visitó su particular paraíso este verano, aunque muy a su pesar, su dolencia la obligó a adelantar la vuelta a Bélgica.
Unas semanas después, con la decisión de poner fin a su vida ya tomada, lejos de abandonarse a la introspección, subió como copiloto a bordo de un Lamborghini para dar unas vueltas a un circuito con sus padres y sus perros como testigos. 
"He cumplido muchos sueños en mi vida. Este es el último", anunció.
La última fotografía que compartió en Facebook, tres días antes de su muerte, la muestra subida a su silla de competición en pleno esfuerzo, cabeza gacha concentrada, los músculos tensos de los brazos formando una uve, las tres ruedas congeladas sobre el tartán. Y una frase: 
"No puedo olvidar los buenos recuerdos".
Apartada del deporte y obligada a ser ingresada con frecuencia, Vervoort siguió utilizando las redes sociales como solía para comunicarse con sus seguidores, volcar frustraciones momentáneas, dar las gracias a sus médicos y regresar a tiempos mejores publicando imágenes de cuando todavía podía deslizar las ruedas de su silla como un cohete sobre la pista.


22 oct 2019

La reina Letizia despliega su joyero para la entronización de Naruhito

La esposa de Felipe VI luce en Japón por primera vez el collar de chatones, una de las piezas más valiosas de las llamadas "joyas de pasar" de los Borbones.

Los reyes de España, Felipe VI y Letizia, a su llegada a la ceremonia de entronización del emperador japonés Naruhito este martes, en Tokio (Japón). En vídeo, imágenes de la entronización.

La entronización de Naruhito, nuevo emperador de Japón, ha sido un acto solemne en el que el país nipón ha desplegado toda su pompa y ha hecho gala de su ancestral tradición.
 Pero los invitados al mismo, mandatarios y figuras de toda índole venidos desde 174 países, también han desplegado sus mayores galas en la que ha sido una ocasión única.
Los reyes de España han asistido a la ceremonia. 
Tras su paso por Asturias, salieron el domingo por la tarde desde Madrid hasta Tokio, y la mañana del martes (hora japonesa) han estado presentes en el acto. Don Felipe y doña Letizia han compartido palco con el emir de Qatar. Los monarcas llegaron a la celebración cogidos de la mano, y allí saludaron a miembros de otras casa reales presentes:
 besaron afectuosamente a los reyes de Holanda y a Carlos Gustavo de Suecia y su hija y heredera, la princesa Victoria.

 

Para la ocasión, los reyes han lucido algunas de sus piezas y condecoraciones más importantes.
 El rey Felipe llevó el collar del Toisón de Oro, así como la banda azul clara de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III. 
Por su parte, sobre su vestido verde con flores y cinturón verde de la próxima temporada diseñado por Matilde Cano, que cuesta 339 euros (que ha acompañado con una diadema de terciopelo rosa palo de la sombrerera sevillana Nana Golmar), doña Letizia también llevó una banda, la que le fue otorgada en su visita de Estado a Japón en 2017, y diversas condecoraciones.
 Sin embargo, la pieza más importante y valiosa que lució era el gran collar de chatones de los Borbones.
 Dicho collar (del que hay dos muy similares) es una de las llamadas "joyas de pasar" —es decir, que pertenecen a la familia y pasan de unas reinas a otras— más importantes del joyero real. Hasta el momento, la reina Letizia no lo había lucido en ninguna ocasión. 
 
Los reyes Felipe y Letizia en la entronización del emperador japonés Naruhito.
Los reyes Felipe y Letizia en la entronización del emperador japonés Naruhito. Getty Images
 
El collar es una joya creada por la casa madrileña Ansorena.
 En ocasiones señaladas, el rey Alfonso XIII le fue regalando diamantes a su esposa, la reina Victoria Eugenia, que fue formando con ellos un collar.
 Después de tantos regalos, la pieza acabó siendo tan larga que a la reina le llegaba por la cintura o la lucía en dos impresionantes vueltas.
 Así, se dividió en dos y se hicieron, por tanto, dos collares. El rey Juan Carlos recibió uno de ellos (el más largo) en herencia y la familia real se hizo con el otro a través de una subasta a principios de los años ochenta.
 Parece que la reina Letizia, en esta ocasión, ha llevado el más corto de los dos. 
La reina Letizia sí que había lucido anteriormente los también llamados pendientes de chatones, con diamantes del mismo corte que el collar.
 De hecho, los había llevado en la entrega de los Premios Princesa de Asturias 2018.
 Dichos premios es una de las ocasiones en las que la reina se atreve a lucir más joyas; de hecho, en los celebrados el pasado viernes llevó unos grandes pendientes de diamantes y rubíes que no se le habían visto hasta la fecha. 
Esta no fue la única joya que la reina Letizia ha sacado del joyero real. 
Para la entronización de Naruhito también ha llevado unos pendientes largos de diamantes acabados en sendas esmeraldas, que pertenecen a la reina Sofía. 
Los llevó en una gala en 2007, en otra celebración en 2009 y en la visita de Estado que hizo a Portugal en 2016, entre otras ocasiones.
 Esos pendientes tienen una gargantilla a juego, pero esta vez Letizia prefirió sacar la artillería y apostar, finalmente, por los chatones.
 
 
 

El hijo de Michael Douglas cuenta que siendo niño su padre le hizo repartir marihuana en sus fiestas

Cameron Douglas fue adicto a la cocaína y la heroína, vendió metanfetaminas y llevó una vida de autodestrucción que en 2009 le llevó ocho años a la cárcel.

hijo de Michael Douglas
Michael Douglas y su hijo Cameron en un estreno en Los Ángeles en junio de 2018. Cordon Press

 

La vida para los hijos de las estrellas de Hollywood no parece sencilla a tenor de la cantidad de casos en los que los que fueron niños, en ese mundo que se intuye dorado, terminan confesado las secuelas que la vida de sus padres ha ido dejando en la suyas.
El último en confesar sus secretos ha sido Cameron Douglas, hijo de Michael y nieto de Kirk Douglas. 
En un libro que se publica este martes, Long Way Home, cuenta que haber nacido en una de las familias que se considera como la realeza de Hollywood no ha hecho que su vida haya sido un cuento de hadas.
 Durante años, Cameron fue adicto a la cocaína y la heroína, se convirtió en vendedor de metanfetaminas y su vida parecía abocada a la autodestrucción, hasta el punto de que en 2009 fue condenado a ocho años de prisión.

Cantidad de casos en los que los que fueron niños, en ese mundo que se intuye dorado, terminan confesado las secuelas que la vida de sus padres ha ido dejando en la suyas.
El último en confesar sus secretos ha sido Cameron Douglas, hijo de Michael y nieto de Kirk Douglas. 
En un libro que se publica este martes, Long Way Home, cuenta que haber nacido en una de las familias que se considera como la realeza de Hollywood no ha hecho que su vida haya sido un cuento de hadas.
 Durante años, Cameron fue adicto a la cocaína y la heroína, se convirtió en vendedor de metanfetaminas y su vida parecía abocada a la autodestrucción, hasta el punto de que en 2009 fue condenado a ocho años de prisión.
Ahora, rehabilitado de sus adicciones y proclamando a los cuatro vientos que la culpa de su deriva fue exclusivamente suya, también descubre detalles sobre la vida de un niño en las fiestas de su famoso padre:
 "Cuando era un niño muy pequeño, recuerdo que mi padre me hacía repartir porros entre los invitados a sus fiestas". 
Tampoco le debió resultar sencillo asumir en su juventud la enorme fama de sus familiares: 
"Es extraño crecer viendo a tu padre y a tu abuelo como gigantes proyectados en pantallas y vallas publicitarias", escribe Cameron Douglas en su libro. "¿Cómo compites con Kirk Douglas? ¿Cómo vives a la sombra de Michael Douglas?".

Las memorias giran en torno a este tema, a la dinámica de una familia no convencional en la que crece un niño y después un joven con un padre acostumbrado a fiestas sin fin. 
"Mi padre me decía: 'oye, lleva esto a tu tío', y yo lo hacía sin darme cuenta hasta años después de lo que realmente había hecho. A medida que crecía iba de un lado a otro, subía a los balcones [afirma en referencia a la mansión familiar] y veía más de los que se suponía debía ver: 
A adultos haciendo las cosas que hacen los adultos que viven vidas excesivas", dice Cameron Douglas en sus memorias.
 Después esperaba a que amaneciera, a que los amigos de su padre se retiraran a descansar a sus habitaciones y él revolvía entre sus cosas para ir recogiendo las sobras de las sustancias que habían dejado.
Cameron Douglas, con su padre y su abuelo, Michael y Kiri, y Catherine Zeta-Jones en Hollywood en 2018.
Cameron Douglas, con su padre y su abuelo, Michael y Kiri, y Catherine Zeta-Jones en Hollywood en 2018. Cordon Press
Cameron, que ha recuperado una cercana relación con su padre, reconoce ahora que entonces su unión iba a saltos: "Explosiva cuando estábamos juntos y largos períodos en los que estábamos separados".
 Una tensión en la que la carrera y las fiestas de su padre, tenían mucho que ver.
 Cuando la profesión de Michael Douglas comenzó a exigir que pasara períodos más largos fuera de casa, encontró una solución para remediarlo: durante un almuerzo con Diandra, la madre de Cameron, se fijó en uno de los camareros que les atendían y tras una breve conversación, le contrató para que viviera en su casa e hiciera de canguro de su hijo para que tuviera una influencia masculina permanente en su vida. 
El camarero, de origen salvadoreño, se convirtió en la sombra de Cameron que afirma que le rompieron el corazón cuando a los 10 años, esta persona que se había convertido en su figura paterna, fue despedido porque encontraron botellas de vodka debajo de su cama y se negó a dejarlo de forma definitiva.
Después llegó la separación de sus padres, el tratamiento por adicción al sexo de su progenitor a quien su madre pilló en la cama con otra mujer y la imparable progresión del hijo en sus adicciones. De adolescente comenzó a fumar marihuana y a beber en exceso. Cuando tenía 20 años llevaba pistola y traficaba con metanfetaminas para conseguir dinero.
 A los 25 años afirma que se inyectaba cocaína hasta tres veces cada hora.
 "Odiaba lo que quedaba de mi vida a causa de las drogas, pero no podía parar", afirma ahora que tiene 40 años y ha recuperado el control después de pagar el precio de estar en la cárcel.
Su padre, Michael Douglas, de 75 años también se ha manifestado sobre esta dura etapa:
 "Hubo momentos en los que casi perdimos la esperanza... La vida se convirtió en una serie de crisis. Pensé que lo iba a perder".

El regreso de “la chica que quería ser Dios”...... Laura Fernández

Una nueva edición de su novela ‘La campana de cristal’ y un relato inédito devuelven a Sylvia Plath a las librerías.

Sylvia Plath, en una imagen de archivo.
Sylvia Plath, en una imagen de archivo. © Bettmann/CORBIS
Escribía Sylvia Plath (Boston, 1932-Londres, 1963) como si pintara, pero también, como si escenificara, como si reviviera, como si recompusiera algo roto.
 Que escribiera su primer poema a los ocho años, al poco de morir su padre —figura clave de su poesía, representada siempre por algo relacionado con las abejas, pues era aficionado a la apicultura—, apunta en ese sentido. 
También lo hace La campana de cristal
Su única novela es un clásico del feminismo, sí, pero, sobre todo, de la literatura universal y de un nihilismo en extremo pasional, nacido de una neurosis casi mística —o lo raro que es ser espectador de tu propia vida cuando no le encuentras sentido—. Publicada apenas un mes antes de su suicidio —tan morbosamente cotidiano que pudo condenar, y puede que lo hiciera durante demasiado tiempo, a su obra a mero apéndice de su malograda y fascinante persona—, la obra vuelve, seis décadas después, vía Literatura Random House, en una nueva traducción, a cargo de Eugenia Vázquez Nacarino, la voz, en español, de Lucia Berlin.
 Y lo hace acompañada del inédito Mary Ventura y el noveno reino, un relato que coquetea con lo fantástico y el terror.
Obsesionada con acabar con los roles impuestos a la mujer desde niña —nunca pudo entender por qué su madre fue incapaz de escapar de la jaula de su condición de viuda y madre—, Plath creció imponiéndose a todos y a todo.
 Desde niña destacó en todo lo que hizo y ya en la universidad (la Smith de Massachusetts, el centro privado solo para chicas en el que se ambienta el tórrido verano de La campana de cristal), le escribió a un amigo:
 “Líbreme de cocinar tres veces al día, líbreme de la inexorable jaula de la rutina y la costumbre.
 Amo la libertad. Deploro las restricciones y las limitaciones. Yo soy yo.
 Yo soy poderosa. Creo que me gustaría llamarme: La chica que quería ser Dios”. 
Sin embargo, fue en esa época cuando intentó matarse por primera vez. 
 Porque toda esa fuerza interior, ese deseo imparable, se topaba con todo tipo de obstáculos que su monstruosa neurosis convertía en agujeros negros dispuestos a devorarla. 
 Su vida puede verse así en el periplo de Esther Greenwood, la narradora de La campana de cristal, esa universitaria autodestructiva que no encuentra sentido a su existencia, pero tampoco a la de todos los demás.
 
“No sé hasta qué punto pesa hoy su figura frente a su obra, pero sí considero que es una de esas escritoras que, robando la idea a Edith Södergran, escribieron para quienes la leerían en el futuro. 
Cuanto más tiempo pasa, cuanto más la releo, más hallazgos me brinda y más grande me parece.
 Creo que conocer su biografía permite leerla de otra forma, no mejor ni peor, sino distinta”, dice la poeta Elena Medel, que colecciona compulsivamente ediciones de Ariel, el primer poemario póstumo de Plath.
 “Regreso a los poemas de Ariel cada vez que afronto un nuevo libro o cuando un poema se me resiste” confiesa. Cree la poeta que la obra de Plath “parte de un supuesto confesional, de experiencias de una intimidad honda, pero la autobiografía no ocupa el centro: todo lo contrario. 
Sirve como punto de partida, como excusa, porque trabaja con lo personal universal, por así decirlo: una primera persona en singular que se ofrece como propia a quien la lee”. 
Eso es exactamente lo que ocurre en La campana de cristal, y en el pequeño, pero solo en tamaño, Mary Ventura y el noveno reino.
Para la traductora Eugenia Vázquez Nacarino, resucitar la única novela de Plath ha sido como cumplir un sueño.
 La campana de cristal no solo fue una lectura de juventud que la marcó, sino también uno de los primeros libros que leyó en inglés. Le apetecía “muchísimo” meterse en la piel de esa mujer fuerte que, dice, “escribió un retrato feroz de la presión social que se ejercía sobre las mujeres a mediados de los años cincuenta en EE UU y, por extensión, en el mundo occidental”. 
Una mujer fuerte a la que derribó el fin de su tormentosa relación con Ted Hughes, pero, también, en realidad, la vida, esa limitada y muerta jaula de cuidados
A Vázquez Nacarino, que tiene una muy pasional forma de trabajar, pues intenta “habitar”, en la medida de lo posible “la mente” del escritor al que traduce, le parece que la escritura de Plath imita, sin saberlo, a su persona. 
“Ella decía de sí misma que podía irse de un extremo irreconciliable a otro, porque era así, porque lo quería todo, vivir en el campo y a la vez en la ciudad, y tiene una forma de escribir que refleja esa personalidad cambiante, cínica y súper cándida, algo que se nota incluso en la forma en que construye las frases, en la manera de adjetivar, en el uso de los colores, en la plasticidad de su prosa, muy creativa, en cierto sentido, sinestésica”, dice. 
También, afirma, que siempre fue “una espectadora de sí misma”..

Feminismo y electrochoques

Nacida en Boston, en 1932, Sylvia Plath mostró gran talento desde su infancia. Publicó su primer poema con 8 años.
Feminista, no quiso aceptar el rol que la sociedad esperaba de las mujeres.
Intentó suicidarse en su primer año en la universidad, por lo que fue tratada con electrochoques.
En Cambridge conoció al poeta Ted Hughes, con el que se casó en 1956.
Su matrimonio acabó por las infidelidades de su marido. Plath se instaló en Londres con sus dos hijos.
Se suicida el 11 de febrero de 1963 asfixiándose con gas, cuando se encontraba enferma y casi sin dinero.