Bienvenidos a un país de cuento que se esconde tras una gran ciudad. Ámsterdam, la capital, parece acapararlo todo en los Países Bajos; ni
siquiera la cercana Róterdam, capital del diseño y de la arquitectura
contemporánea, o la universitaria Maastricht, que acogió la firma del
tratado fundacional de la Unión Europea en 1992, consiguen arrancarle
una pizca de su poder de atracción. Pero conviene ir más allá de la
ciudad de los canales —aprovechando sus magníficas conexiones con el
resto del mundo— para descubrir cómo son realmente los neerlandeses y el
resto del país de los molinos de viento, de las bicicletas, del Arte
con mayúsculas, de los paisajes bucólicos y tranquilos, y de las
espléndidas ciudades de la Edad de Oro holandesa, como Delft, cuna de
Vermeer, o Leiden, ciudad natal de Rembrandt.
Barcos en un canal de Haarlem, en Países Bajos.Cristian Bortesgetty
1. Haarlem, la original
El territorio que rodea Ámsterdam hacia el norte, a modo de corona, combina el aire rural con algunas ciudades elegantes como Haarlem,
a unos 20 kilómetros de la capital holandesa, y que dio nombre, al otro
lado del Atlántico, al conocido distrito neoyorquino. Es la localidad
más importante de esta región, en la que podremos contemplar a los
maestros holandeses en el interior del museo Fans Hals,
y en el exterior una muestra de la grandeza neerlandesa en el siglo
XVII, con sus céntricos canales y las amplias playas en la costa oeste. Hacia el este de Ámsterdam encontramos la poderosa fortaleza medieval de
Muiden, del siglo XIII, y hacia el norte se pueden
visitar pequeños pueblos de puertos anclados en la Edad de Oro, repletos
de mástiles, como Hoorn y Enkhuizen, donde se puede descubrir cómo era la dura vida de los marineros antes de la construcción del gran dique de Afsluitdijk. También ciudades de canales como Alkmaar y Edam, popular por su queso y los mercados donde se vende desde hace siglos.
Barcos en un canal de Haarlem, en Países Bajos.Cristian Bortesgetty
Esta región norte de los Países Bajos presenta un paisaje de campiña
azotado, generalmente, por el viento, y que intenta protegerse del mar
de la mejor manera posible: recorremos sus grandes pólderes (zonas
rodeadas de diques donde el nivel del agua se controla artificialmente),
las tierras de cultivo con molinos de viento, vacas y ovejas, así como
dunas y campos de flores. En Naarden espera al viajero una enorme fortaleza en forma de estrella con calles elegantes que invitan a pasear, y en Broek op Langedijk, cerca de Alkmaar, podremos asistir a una subasta flotante en el Broeker Veiling,
un museo de historia que remonta al visitante al siglo XIX en esta zona
anegada donde operaban unas 150.000 pequeñas granjas, cada una en una
isla. Los granjeros cuidaban de sus campos a bordo de una barca de remos
que cargaban con sus productos para acudir a una casa de subastas para
que los compradores al por mayor pujaran por las mercancías.
Para los amantes de las bicicletas y los paseos tranquilos, la escapada ideal es la isla de Texel,
a la que se llega fácilmente en ferri, y donde se puede pedalear junto a
dunas, playas desiertas, bosques y prados con ovejas. La plácida vida
neerlandesa en todo su esplendor.
Curiosas formaciones de arena en el parque nacional de la isla de Schiermonnikoog, en la región de Frisia.Daniel Bosmagetty
2. Frisia, la bucólica
Los frisios son una población independiente, con idioma propio que
exhiben con orgullo en las señales de carretera. Más que construir
diques para proteger sus tierras del mar, en realidad crearon dichas
tierras en sí. Las singulares marismas entrelazadas con el Waddenzee
(Mar de Frisia) figuran en la lista de patrimonio mundial de la Unesco,
y las islas de este mar son el destino veraniego de moda del país, con
bosques, dunas y playas surcados de sendas ciclistas. Una provincia
perfecta para desacelerar la marcha, entre virgen naturaleza costera y
abundantes vacas blancas y negras.
Actuación durante la edición 2017 del festival Oreol, en la isla de Terschelling (Países Bajos).Robert B. Fishmangetty
Más allá de su céntrica y dinámica capital, Leeuwarden,
bordeada de canales y con excelentes museos y una creativa gastronomía,
la región da para mucho. Encontramos localidades portuarias como Harlingen, que seduce con su arquitectura del siglo XVI y los arenques, caballas y diminutas gambas recién pescadas, así como la llamada isla del monje gris
(Schiermonnikoog), un parque nacional repleto de aves y serenidad. También podremos regresar a la Edad de Oro neerlandesa y conocer el arte
tradicional de la pintura de muebles en la ciudad costera de Hindeloopen; bailar toda la noche en el festival Oerol de Terschelling, dedicado al teatro, la música y las artes visuales; perder la noción del tiempo en la idílica isla de Ameland, presidida por un pintoresco faro, y, para los más deportistas, practicar la vela o el surf de remo en los lagos y ríos de Sneek.
Vista aerea de la villa fortificada de Bourtange, al este de Países Bajos.Frans Lemmensgetty
3. El remoto y desconocido noreste
Pocos viajeros se aventuran por este lejano rincón de los Países
Bajos, pero merece la pena. Está solo a dos horas en coche de Ámsterdam,
pero es la zona más rural del país, un lugar donde las tradiciones se
mantienen vivas y el paisaje está salpicado de reliquias prehistóricas. La ruta de senderismo más conocida del país, el Pieterpad, empieza en esta región: sale de Pieterburen y recorre 490 kilómetros hasta Maastricht, en el sur.
La ruta senderista Pieterpad, a su paso por la región de Drenthe.Matthijs Borghgraefgetty
Groninga, la capital, es una ciudad joven, con
museos, restaurantes, bares, teatros, canales y festivales; es la
referencia cultural del norte. Y también es una base perfecta para hacer
excursiones, por ejemplo, a las marismas de la costa, donde el curioso
pasatiempo local es conocido como wadlopen (caminar por las marismas). Otro tipo de paseo aguarda en Bourtange,
en la frontera oriental con Alemania, siguiendo las murallas del siglo
XVI de una imponente fortaleza. Más al sur, nos adentraremos en los
paisajes cambiantes de Drenthe, un auténtico jardín donde se alternan pastos, turberas surcadas de arroyos, pantanales y las hunebedden, cámaras funerarias neolíticas solo accesibles, en algunos casos, a pie o en bici.
Un venado cola blanca en el parque nacional de Hoge Veluw, en la provincia holandesa de Gelderland.getty images
4. El olvidado corazón neerlandés
Las provincias centrales de los Países Bajos, Overjissel y Gelderland
(Güeldres), combinan belleza natural —especialmente en verano con los
campos verdes y muchos senderos y carriles bici— con históricas ciudades
comerciales de gran riqueza cultural. El parque nacional de Hoge Veluwe es perfecto para pedalear con una bicicleta (gratuita) entre bosques, dunas y espacios verdes, y para visitar el museo Kröller-Muller (ubicado dentro del parque), con una de las mejores colecciones de Van Gogh del mundo. Cada pueblo y ciudad descubren algo nuevo en esta región central.
Deventer, Zwolle y Kampen son urbes centenarias, con edificios que
evocan su pasado como miembros de la Liga Hanseática. Deventer, la más fotogénica, luce detalles curiosos en las antiguas fachadas del casco viejo, entre calles serpenteantes. La medieval Zwolle, rodeada por un canal en forma de estrella y viejas murallas, es una de esas ciudades que enamora a primera vista. En Kampen
nos sorprende uno de los centros históricos mejor conservados del país,
con muchas casas, puertas y torres medievales, y hasta un reluciente
puente levadizo con ruedas doradas. Y mientras a Nimega (Nijmegen) le da vida su gran comunidad estudiantil, la otra cara de la moneda la encontramos alrededor de Arnhem, con muchos lugares y monumentos de la II Guerra Mundial. Atravesada por los ríos Waal e IJssel, la región central del país
también ofrece espléndidas rutas de ciclismo, sobre todo por las orillas
pantanosas del Waal, al este de Nimega, y por el delta del IJssel al norte de Kampen, una zona remota y protegida con canales.
Terrazas en una céntrica calle de Breda, en los Países Bajos.getty images
5 Maastricht y el sureste
Al sur de la región de Limburgo los paisajes se
vuelven más montañosos, algo que marca carácter. En el sur hay un gusto
más destacado por la buena cerveza y la buena comida, que se plasma en
el concepto bougondisch: comer y beber con gran entusiasmo. En la punta meridional se encuentra la ciudad de Maastricht, con sus murallas medievales, sus torres de ladrillo y su profundo sentimiento europeo.
Pegada a la Limburgo septentrional se extiende, hacia el oeste, la región de Brabante, una discordante combinación de localidades históricas. Como Den Bosch (Bolduque), donde El Bosco es uno de los grandes protagonistas (esta es su ciudad natal), en el Jheronimus Bosch Art Center y otros lugares relacionados con el pintor. Breda es festiva y cervecera, y ciudades postindustriales como Tilburg e Eindhoven
están reinventándose como centros de diseño, cultura y tecnología, en
medio de paisajes tranquilos a los que se puede llegar en bicicleta. Una fantástica ruta para pedalear es la que sigue, durante 40
kilómetros, el curso del río Mosa (Maas), en gran parte por encima de
diques. Sale de Den Bosch en dirección noroeste hasta Heusden,
uno de los pueblos más bonitos de los Países Bajos, rodeado de fosos,
tres molinos de viento y un puerto encantador. Desde allí se puede
continuar hasta Woudrichem, otro pueblo casi de postal, y allí, a bordo de un ferri, los ciclistas suelen conectar con Groinchem, al otro lado del río, donde tomar el tren de regreso a Den Bosch.
Exterior del Marktal, edificio proyectado por el estudio MVRDV en Róterdam.Ross Helen
6. Róterdam, Delft y el sur neerlandés
El sur de los Países Bajos depara contrastes: de la arquitectura
contemporánea de Róterdam se pasa, rápidamente, a un paseo por la Edad
de Oro neerlandesa del siglo XVII en la ciudad Delft, cuyo casco
histórico está magníficamente conservado. Pero estos contrastes van más
allá de la arquitectura. El exquisito encanto urbano de La Haya se disfruta en medio de una efervescencia artística, gastronómica y cultural. Zelanda transmite la sensación de lejanía, con su paisaje ventoso y escasamente poblado, mientras en Gouda
contemplamos, reunidos, algunos de los estereotipos neerlandeses: desde
las omnipresentes ruedas de su famoso queso amarillo —cada jueves en
primavera y verano se celebra el mercado del queso delante de la
histórica waag (casa del peso)— hasta sus vestidos tradicionales. Pero más allá de los tópicos conviene entrar en la magnífica Sint
Janskerk, iglesia que conserva uno de los mayores conjuntos de vidrieras
del siglo XVI, así como un excelente museo municipal.
Delft también es una mezcla: la de la austera
magnificencia medieval con el esplendor de la Edad de Oro. Destino
predilecto para escapadas de un día, sus callejas bordeadas de canales y
la plaza central suelen llenarse de visitantes. El centro apenas ha
cambiado desde los tiempos del pintor Veermer, que nació y pasó toda su
vida en esta ciudad, aunque la ciudad también consiguió fama gracias a
la cerámica, una inconfundible loza azul y blanca que inicialmente
pretendía imitar la porcelana china.
Róterdam,
segunda ciudad del país y uno de los grandes puertos de Europa, cierra
la ruta con una palabra clave: la innovación. En sus calles,
arquitectura y urbanismo se combinan con museos interesantes, cafés,
paseos a orillas de los canales y un indiscutible encanto metropolitano. Como iconos de la ciudad destacan el Timmerhuis, proyectado por Rem Kookhass, que acoge el Museo de Róterdam, y la Factoría Van Nelle,
conocida como el palacio de cristal, levantada en la década de 1930 y
patrimonio mundial. Pero el gran museo de arte de la ciudad es el Boijmas van Beunigen, donde están representados todos los periodos y movimientos, incluidos los grandes nombres del Siglo de Oro.
Recorriendo la región se pueden encontrar pequeñas joyas olvidadas, como Bergen op Zoom,
conocida por antropomorfizar el campanario de la iglesia como parte de
su ruidoso carnaval y por ser una base para explorar la campiña del
Brabante. La ciudad tiene más de 800 edificios protegidos, como el Markiezenhof, uno de los palacios urbanos más antiguos que se conserva en los Países Bajos. Róterdam es también un enorme museo al aire libre, especialmente de
arquitectura contemporánea, con edificios tan representativos como el Marktal,
del estudio MVRDV, un complejo de viviendas cuya estructura en forma de
herradura invertida traza un arco de 40 metros de altura y paredes de
cristal que acoge en su interior un animado mercado gastronómico. Otro
icono es la Estación central, con un inolvidable vestíbulo de pasajeros
cubierto por un techo puntiagudo revestido de acero. O las alucinantes casas de la calle Overblaak,
un bosque de 38 apartamentos cúbicos (y una torre en forma de lápiz)
con inclinaciones imposibles que se ha convertido en una las estructuras
más reconocibles de la ciudad.
Canarias, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en el lugar donde recalaba obligatoriamente la marina de guerra alemana para
hacer prácticas, de tal manera que el 70% de sus naves fondeó en las
islas, sin contar con que el otro 30% restante atravesó también sus
aguas en algún momento. El estudio La Marina de guerra alemana en las islas Canarias durante el periodo de entreguerras,
del historiador José Miguel Rodríguez Illescas, recupera ahora un
relato poco conocido de estos movimientos militares, donde incluye
fotografías inéditas: desde pancartas saludando a Hitler
en las calles de Santa Cruz, agasajos multitudinarios, el regalo por
parte del Cabildo de “unas botellas de Tío Pepe y unas pastas” a los
alemanes cuando se iban y excursiones al Teide que incluían bailes y
canciones tradicionales con banda de música.
Rodríguez
Illescas —que ha consultado documentos del Centro de Historia y Cultura
Militar de Canarias, del Archivo Intermedio Militar de Canarias (AIMC) y
de la Embajada de Alemania—
recuerda que “la Marina de Guerra Alemana, la Kriegsmarine, nunca fue
culpada de genocidio en la II Guerra Mundial, pero sí personalidades
puntuales dentro de ella”.
El historiador explica que las islas se convirtieron, ya desde el
siglo XIX, en objetivo primordial de la estrategia de expansión alemana
en África, por lo que Canarias empezó a “formar parte de un entramado
vital para la política comercial y militar” del país centroeuropeo. Así,
la llegada de barcos alemanes fue constante, alcanzado su cénit con el
III Reich. No obstante, Rodríguez Illescas niega que en las islas se
construyese una “base nazi, tal y como ha sido creencia popular, porque
los agentes aliados” lo impidieron. El final de la mayor parte de los barcos y submarinos que recalaron en Canarias durante el periodo nacionalsocialista fue “funesto, puesto que tras 1945, la mayoría desapareció,
como consecuencia de las diversas campañas militares en Noruega, el
Atlántico o en el mar Báltico, así como por las incursiones aéreas de
los Aliados en los puertos y bases alemanas por Europa”.
Amarre del 'Robert Ley' en el puerto de Santa Cruz en abril de 1939.Archivo de la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife
En octubre de 1935, el crucero Karlsruhe atracó en Tenerife.
El capitán Von Siemens invitó a las autoridades a una fiesta, mientras
un zepelín cruzaba los cielos ante el regocijo general. “Acudieron
autoridades civiles y militares, incluida Alicia Navarro Cambronero, la
primera española en ser coronada Miss Europa”. Al día siguiente, Von
Siemens leyó a la tripulación un telegrama de Adolf Hitler donde se
ordenaba recoger y retirar la bandera alemana e izar la temida
esvástica. Los capitanes tenían la labor secreta de evaluar la situación de las
comunidades alemanas en el exterior. “Algunas asociaciones sí
participaron en los agasajos, pero muchos miembros del partido nazi no
lo hicieron por motivos raciales o xenófobos, ya que los hombres y
mujeres que se casaban con locales hacían que el nacionalsocialismo
perdiera fuerza” por la “mezcla de razas”. El Deutschland llegó en 1939, junto con dos submarinos (el U-27 y el U-30),
pero los despidieron “con dos botellas de vino Tío Pepe, medio kilo de
galletas surtidas y tres cajas de cigarrillos” que costaron 26 pesetas. Todo lo contrario que con el Schlesien, que llegó en noviembre
de 1937. La tripulación y sus oficiales fueron recibidos, otra vez, por
las autoridades militares y civiles, bandas de música y la Falange
Española, cuyos miembros “dieron la bienvenida a los marinos alemanes al
grito de “¡Heil Hitler!', repetido tres veces. A su vez los marinos alemanes respondieron con un ‘¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!”. Dos años después, comenzaría la Segunda Guerra Mundial.
La escritora recibe el próximo sábado el premio BBK Ja! Bilbao.
El humor es clave la escritura de Evira Lindo
(Cádiz, 1962). Es la herramienta más poderosa de su famoso personaje
Manolito Gafotas y subyace también en la mayoría de sus novelas,
artículos y relatos. El próximo sábado recibe el Premio BBK Ja! Bilbao. ¿Qué libro le hizo querer ser escritora? Con Mujercitas,
como tantas niñas, fui consciente de que tras un libro hay alguien que
escribe y empecé a escribir como un juego, pero los libros que me
indicaron un camino a seguir fueron Huckeberry Finn y Guillermo el Travieso. ¿El último que le ha gustado? Me pareció lleno de hallazgos verbales y de reveladoras escenas tragicómicas el libro de cuentos de Jorge de Cascante Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo. Y Voces de Chernóbil, que no había leído, de Svetlana Alexiévich. ¿Uno que no pudiera terminar? Termino todos los que
empiezo, no por gusto, sino por un impulso neurótico, así que pierdo
mucho tiempo en cosas que no me interesan. ¿Y uno ajeno que le habría gustado escribir? ¿Y por
qué querría yo escribir el libro de otro? Más bien hay libros que me
provocan asombro, admiración rendida: ¿cómo el autor obró el milagro?
¿Cómo consiguió Lorca, en Doña Rosita la Soltera, contar una historia demoledora bajo una apariencia de cursilería? ¿Se puede escribir de todo con humor? No, claro que
no. A nadie le gusta que se burlen de su desgracia, incluido al
humorista, que debe tomar nota de esta premisa cuando comienza su
oficio, porque a menudo se da el caso de que el cruel suele tener la
piel muy fina. Como decía Gila, la burla es dañina y el humor mejora el
mundo. Recomiéndenos un libro en el que el humor sea un elemento fundamental. La Biblia, por así decirlo, es Don Quijote.
Me encantan las memorias de Louis Armstrong, Fernán Gómez, Gila, Harpo,
tienen algo de pequeños pícaros. Y Edna O’Brien narrando la
adolescencia de una chica en el campo irlandés me lleva a la sonrisa
siempre.
¿Qué canción escogería como autorretrato?Smile, de Charles Chaplin. Si no fuera escritora, ¿qué le gustaría ser? Actriz tragicómica. ¿Cuál es su película favorita?Las noches de Cabiria y cualquiera en la que aparezca Giulieta Massina. ¿Qué está socialmente sobrevalorado? La arrogancia. En España, en muchas ocasiones, es un derivado del clasismo. Respetamos
al arrogante y despreciamos al sencillo, al humilde. Ya lo dijo
Cervantes. ¿Qué encargo no aceptaría jamás? Uno que me obligara a viajar en avión de un lado a otro del mundo. ¿A quién le daría el Premio Cervantes? El Cervantes es
ese premio en el que el premiado suele decir: “Me siento muy agradecido o
agradecida, pero llega tarde”. Me dan pena esas personas tan mayores
sometidas a unos protocolos agotadores. De cualquier manera, no se lo
desearía a personas cercanas por el lío que conlleva y la envidia
absurda que despierta. A un escritor le deseo muchos lectores.
El fenómeno no tiene que ver con el cambio climático, según los científicos.
Una
fotografía captada por satélite del iceberg desprendido (derecha), y de
la fisura cinco días antes. En vídeo, imágenes del D28.CopernicusEUUn iceberg de unos 1.580 kilómetros cuadrados, el tamaño de la isla
de Gran Canaria, se ha desprendido de la plataforma de hielo Amery, la
tercera más grande de la Antártida. Los científicos consideran que el
fenómeno forma parte del ciclo normal de las plataformas glaciares y que
no está ligado al cambio climático. El nuevo iceberg, denominado D28, se desprendió totalmente de esta
plataforma, situada al este de la Antártida, el 25 de septiembre, según
informó Copérnico, el programa de observación de la Tierra de la Unión
Europea en colaboración con la Agencia Espacial Europea (ESA), en su cuenta de Twitter. Tiene unos 210 metros de espesor y contiene 315.000 millones de
toneladas de hielo. “Es un desprendimiento importante, aunque no es ni
mucho menos el más grande”, explica el geólogo y experto en polos y
hielo Jerónimo López, que recuerda el que se desgajó de la plataforma Larsen C en 2017, tres veces mayor.
Los expertos llevaban casi 20 años observando y vigilando el lugar
donde finalmente se ha producido la rotura de la plataforma Amery, al
que denominaban "diente suelto", por su similitud a un diente de leche
infantil a punto de caer. El tuit del programa Copérnico va acompañado
de dos imágenes capturadas y procesadas por el satélite Sentinel 1: en
la primera, del 20 septiembre, se aprecia una grieta en Amery, mientras
en la segunda, de cinco días después, el iceberg está completamente
separado. Estas plataformas de hielo, describe López, crecen en algunas zonas
costeras de la Antártida por el empuje de los glaciares que provienen
del casquete polar, de forma que se crean enormes masas de hielo, de
centenares de metros de grosor, que descansan sobre el fondo marino o
flotan sobre él. La suma de todas las plataformas antárticas tiene una
superficie equivalente a cuatro veces España. “Pero no pueden crecer
indefinidamente. Al final, el frente se hace inestable y se fractura por
su propio crecimiento natural y por la acción marina”, explica. Es lo
que ha sucedido en el caso del iceberg D28, cuya rotura estaba prevista
desde hace tiempo. “Es un fenómeno relativamente frecuente, que no tiene
que ver con el cambio climático”, afirma. Helen Amanda Fricker, profesora del centro Scripps de Oceanografía,
de la Universidad de California en San Diego, coincide: "Aunque hay
mucho de lo que preocuparse en la Antártida, no hay aún motivo de alarma
sobre esta plataforma de hielo en concreto", ha asegurado a la BBC. Según esta experta, se advirtió la fisura por primera vez a principios
de este siglo, y se había pronosticado que se rompería entre 2010 y
2015. Es el mayor desprendimiento en la plataforma Amery desde 1963-64.
Fricker recalca que la Antártida Oriental, donde se ha desgajado este
iceberg, es diferente al oeste del continente y Groenlandia, que se
están calentando a gran velocidad debido al cambio climático. Aunque la rotura del iceberg D28 no tiene que ver con el
calentamiento global, López recuerda que este es “evidente”, y que los
científicos deben estar atentos a si estos desprendimientos son cada vez
más frecuentes, sobre todo en la Antártida Occidental. El viento y la
corriente harán que D28 derive en el océano durante años, y se vaya
rompiendo en fragmentos más pequeños, algunos de los cuales pueden
llegar a zonas externas a la Antártida, con el consiguiente riesgo para
la navegación, advierte este profesor de la Universidad Autónoma de
Madrid. Pero no provocará un gran efecto en el nivel del mar, ya que el
propio iceberg ya se encontraba en su mayor parte sumergido. Sin embargo, la rotura de las plataformas de hielo, en general, sí
tienen una “enorme importancia de manera indirecta”, afirma. Al
fracturarse, se reduce el freno que suponen para los glaciares que hay
detrás, cuyo flujo se ve aumentado. Ese hielo proviene del continente,
por lo que su llegada al mar si incrementa su nivel. “Si se producen más
roturas y son más frecuentes, es una vía de pérdida de hielo en la
Antártida y de aumento del nivel del mar”, avisa.
"La extensión del hielo marino en la Antártida vio una rápida pérdida de
cerca de dos millones de kilómetros cuadrados desde finales de 2014 a
2017.
Esto equivale a una pérdida de cuatro veces el área de España en
tres años", incide la cuenta de Twitter del proyecto Copérnico, que
también subraya la incidencia del calentamiento en el otro polo.
"La
extensión del hielo marino en verano es uno de los indicadores
principales y más sensibles del cambio climático.
El mínimo anual de la
extensión de este hielo es en septiembre, y este año ha sido uno de los
más bajos jamás observados".