Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

29 sept 2019

Esa belleza suficiente.....................................Socorro Venegas

¿Puede la literatura ayudar a cerrar heridas del alma? Nada garantiza, según la autora, que el mundo te alcance y el naufragio se repita.

QUERIDO HERMANO: No logré encontrar la tumba donde estás.
Todos estos años, con los ojos cerrados, he trazado un camino imaginario en el cementerio para llegar hasta ti. 
Sé que al entrar debo ir hacia la izquierda, caminar en diagonal sorteando el caos de las flores secas, los botes de agua, la basura que los deudos dejan después de limpiar las tumbas.
 Al fin todo es despojo. Sé que habrá un sepulcro sencillo, con su cruz de hierro.
 Y leeré el nombre que nunca debería estar en una lápida, el nombre de un niño.
Yo creía saber precisamente a dónde ir si se me ocurriese llevarte flores.
 Pero así como la memoria se ha amueblado de nuevas experiencias, de pérdidas y de tiempos pasados, el cementerio también ha recibido otros inquilinos. 
Una aglomeración abrumadora de navíos con crucificados en sus mástiles. No te encontré.
Cuando fuimos a enterrarte yo tenía 11 años. 
No volví, hasta ahora. Han sucedido más de 30 años. Llegan de allá recuerdos que ya no tienen que ver con tu enfermedad, con tu partida.
 Pero sí con el naufragio de los que nos quedamos. En medio de todo eso que era un hogar roto, un libro apareció en casa, olvidado por alguien que llevó el pésame.
 Se trataba de un libro muy distinto a los tomos de las enciclopedias que tanto le gustaba comprar a papá.
 Era una novela.
 El diario de una chica francesa enamorada de un jovencísimo y ambicioso Napoleón.
 La historia de un amor malogrado leída por una niña de 11 años a la que se le acababa de morir el hermano menor. 
Y pronto supe que no había remedio para tu muerte ni para eso que descubrí en la novela: que podía irme bien lejos, llevar mi pena y llorar por el corazón roto de la protagonista, porque al fin ese dolor sí terminaba cuando cerrabas el libro.

Aprendí la ficción así, por una pura necesidad de salvarme cuando alrededor mamá se desmoronaba y papá volvía al alcohol. 

Un día empecé a escribir para arroparme mejor, con palabras que me construían un cerco que no era el de tu muerte, y que de nada sirvió porque de todas maneras el mundo te alcanza y nada garantiza que el naufragio no va a repetirse.
Historias que ya no compartimos. 
He conseguido mantenerme a flote en esa balsa que a veces va a la deriva y otras me ha llevado a islas prodigiosas.
Hay libros que desearía haber leído contigo
Es algo que no hicimos nunca. El pato y la muerte, de Wolf Erlbruch, por ejemplo.
 Unas páginas hermosas, terribles, que nos habrían hecho hablar de esa muerte que estuvo entre nosotros los cinco años que pasaste tan enfermo. 
Me hubiera gustado que no tuvieras miedo de ella. 
Como no te hallé en el cementerio, te escribí un cuento.
 Ahí estás con Lucía, esa niña que fue tu mejor amiga en la vida de hospital. Se enamoran.
 Es mi regalo para ti: imaginar que una historia así te ocurriera. Merecías que así ocurriera.
Después de lo que he descubierto en los libros quizá ya no debería buscar tu sepultura.
 Ayer escuché a un escritor decir que no es correcto atribuirle a la literatura el don de salvarnos. 
Tal vez es cierto. No diré eso. Hay desastres más allá de la literatura. 
Todo lo que he hecho es volver a un libro, a leerlo o a escribirlo, como quien se sujeta bien fuerte de un salvavidas en medio de un mar borrascoso.
 Ahí siempre estás tú, en la belleza de quedarse y recordarte.
 Esa belleza suficiente.

 

Exploración submarina................................Juan José Millás

Juan José Millás
 
Exploración submarina
  DE REGRESO A ÍTACA, Ulises tuvo que atravesar el estrecho de Mesina, que une el mar Tirreno con el Jónico. 
Un lugar real y fantástico a la vez, pues muchos estudiosos sitúan la presencia de los monstruos Escila y Caribdis a la entrada de ese estrecho.
 Escila tenía seis cabezas de perro y doce patas.
 Caribdis era un torbellino de agua que devoraba cuanto caía en sus contornos para vomitarlo luego en forma de naufragio. 
No podías alejarte de uno sin caer en las garras del otro y al revés, de ahí la expresión de hallarse entre Escila y Caribdis, que es como encontrarse entre la espada y la pared. 
Escila atraía hipnóticamente a las naves para lanzarlas luego a las fauces de Caribdis.
 Si Ulises no hubiera recibido la ayuda de los dioses, lo hubiera pasado mal.
 Aun así, perdió media docena de hombres en la travesía.
Todo esto era para decir que hablamos de un espacio sagrado para nuestra cultura cuyas profundidades hemos convertido en un estercolero
Vergüenza debería darnos, pero lo que ven ustedes en la foto es solo una pequeña parte de la basura que se amontona sin remedio en el lecho marino de la zona.
 Destaca, entre los desperdicios, el cuerpo de ese muñeco-bebé que añade a la imagen un punto de terror de novela de Stephen King. Según la crónica a la que la foto servía de ilustración, la exploración submarina descubrió también “muebles de cocina, tazas de váter, colchones, mesas, ropa, ruedas, alfombrillas de coche…, incluso un coche entero”. 
“Los cangrejos”, añadía la crónica, “caminan por el fondo arrastrando jirones de plástico”.
 Una Odisea de mierda, en fin.

El gusto por el ‘pechopiedra’ y otras desgracias................Rosa Montero....

La mayoría del porno heterosexual que circula en redes es sexista, agresivo cuando no directamente violento, y convierte a las mujeres en pura carne.


EN MI juventud, para ver porno tenías que ir en persona a una hipercutre sala X, o bien comprar o alquilar cintas de vídeo en un sex shop o en la sección guarra de algún videoclub.
 Quiero decir que estabas obligado a dar la cara, a identificarte, a tener en tu casa las cintas, prueba física de tus actividades rijosas, cosa que para un adolescente no era cómoda ni fácil.
 La llegada de Internet, sin embargo, convirtió el porno online en un material totalmente accesible, en la intimidad de tu ordenador o incluso de tu móvil.
 Lo cual ha hecho que, en tan sólo 20 años (sí, aunque nos parezca mentira, Internet surgió ayer mismo), la educación sexual de las nuevas generaciones haya cambiado de modo radical.
 Y esa mudanza ha pasado inadvertida hasta hace muy poco.
 Hoy ya es un fenómeno masivo: según un estudio de la Universidad de las Islas Baleares, el 25% de los adolescentes españoles han visto porno antes de cumplir 13 años. Chicos y chicas.
¡Y qué porno! La gran mayoría del material heterosexual que circula en redes es sexista, agresivo cuando no directamente violento, y convierte a las mujeres en pura carne, un objeto despersonalizado que parece creado únicamente para el placer del hombre.
 Por no hablar además de que suele ser ridículo e imposible, con posturas circenses, miembros descomunales, gargantas como de boa constrictor y otras anomalías ­anatómicas y funcionales que hacen que luego los chavales, cuando llegan a tocar carne de verdad, se sientan decepcionados y humillados ante sus propias carencias y las de su pareja, en comparación con las irreales patochadas que han visto. 
Hace ya algunos años me di cuenta de que la pésima combinación del porno online y de los pechos operados, otra tendencia también popular en nuestros tiempos, estaba haciendo que a las nuevas generaciones de varones les atrajeran más los senos artificiales, el típico pechopiedra con un canal de Suez entre copa y copa, que los pechos naturales de las mujeres. 
Y es que, claro, han aprendido a excitarse y han descubierto su camino hacia el placer contemplando a esas actrices porno que, al tumbarse boca arriba en la cama, muestran dos cúpulas de San Pedro sobre las costillas. Escribí sobre esto en un artículo, lamentando esa perversión del sentido común y del erotismo.
Pero no todo lo referente a la educación pornográfica resulta tan chistoso. 
Según el magnífico informe anual de la Fiscalía General del Estado que presentó hace un par de semanas la fiscal María José Segarra, los delitos sexuales han experimentado un incremento del 23,2%. La Fiscalía muestra una preocupación especial por las violaciones en grupo, un delito atroz que se ha convertido, dicen, en un “fenómeno”.
 Consideran que está relacionado con el consumo del porno online, “donde se representa a la mujer cosificada”. 
Y la verdad es que resulta fácil asociar a esas manadas de energúmenos descerebrados que creen estar protagonizando su propia película con las escenas, realmente parecidas, del porno más mentalmente sucio.

En Movistar+ se está emitiendo una miniserie de tres documentales titulada Madres haciendo porno.Se trata de cinco mujeres británicas con hijos entre los 6 y los 24 años a las que, primero, hicieron ver el porno que circu­la por las redes (se quedaron espantadas), para luego proponerles que rodaran ellas la película erótica que querrían que vieran sus hijos. 
Les ayudó en el proyecto la estupenda Erika Lust, una directora de cine sueca que vive en Barcelona.
 Erika es la figura más conocida entre el puñado de profesionales innovadores que están haciendo un cine para adultos no machista. Emma Morgan, la productora de los documentales, dijo en EL PAÍS (la entrevista era de Héctor Llanos) que la serie les había enseñado lo importante que era trabajar en la educación sexual de los jóvenes: 
“Si los padres superaran su vergüenza y charlaran con ellos de estos temas, el porno dejaría de ser un tabú y un placer prohibido.
 Y así perdería parte de su atractivo”.
 En fin, no digo que haya que sentarse a ver porno con tus hijos (horror, no se me ocurre nada más antierótico), pero a lo mejor les puedes regalar una película de Erika Lust.

Que no se libre nadie.....................................Javier Marías

El de hoy es mi artículo 800. El primero hablaba de cómo se iba ampliando la lista de actividades ilegales para que todos pudiéramos ir a prisión.

Que no se libre nadie


DESDE QUE EMPECÉ A escribir en esta página, en febrero de 2003, tuve la costumbre de numerar los artículos, y, si no me he despistado, el de hoy es el 800. 
No es un número redondísimo (lo sería 1000), pero como ahora se conmemora todo cada año, para así no salir nunca de un bucle que simplemente se agranda hasta el infinito, estaré a tono con esta época si me detengo y miro atrás.
 Lo que más me asusta, tras dieciséis años y medio soltando parrafadas, es que habrá jóvenes de veinte, veinticinco o treinta que no habrán conocido otra firma en esta última página de EPS, por lo que podrán creer que llevo aquí siempre.
 Y no: tuve mucha vida antes de aterrizar aquí merced a la amable invitación del director Jesús Ceberio, y hasta había pasado ocho años con columnas dominicales en otro sitio. 
Cuando me incorporé a este suplemento lo hice con timidez, según mi recuerdo, pese a que mis colaboraciones en el periódico se habían iniciado en el remoto 1978. 
 Aquella pieza inaugural se tituló
“Delitos para todos”, y si la memoria no me falla (del primero a los de enero de 2019 están recopilados en volúmenes, pero me da pereza ponerme a buscarlo), hablaba de cómo se iba ampliando la lista de actividades ilegales para que todos pudiéramos ir a prisión por algún motivo.
 Me doy cuenta de que esa tendencia no ha hecho sino ir a más: cada vez hay más cosas prohibidas y no entiendo cómo no estamos la mayoría en las cárceles. 
A falta de espacio en ellas, se ha inventado la “pena de redes sociales”, gracias a la cual mucha gente no está entre rejas pero ha perdido su empleo, su carrera, su reputación, se ha convertido en apestada y ha sido objeto de insultos multitudinarios.
 Así que, en efecto, hoy no se libra de culpa casi nadie, sea famoso o desconocido.
 Cuando ocupé este rincón todavía gobernaba Aznar, y hube de dedicar muchas columnas a la infame Guerra de Irak en la que nos involucró ese Presidente megalómano.
 Nadie sabía aún de la existencia de Zapatero, y los atentados del 11-M eran poco imaginables.
 Y ETA mataba gratuitamente, como lo había hecho durante los siete lustros anteriores. 
Vivía yo entonces donde sigo, en el centro de Madrid, que ha cambiado y se ha degradado espantosamente. 
Había tiendas útiles para los habitantes.
 Los comerciantes fueron expulsados por el brutal encarecimiento de los alquileres y los vecinos lo están siendo por la proliferación de los pisos turísticos. 
Se podía caminar con desahogo, sin verse arrollado o atascado por demenciales grupos de extranjeros con maleta y móvil pegado al ojo. 

La gente ya vestía canallescamente en verano, pero no era lo de ahora: cada vez que me cruzo con un varón con pantalones largos y sin espantosas deportivas (afean todos los andares), me dan ganas de abrazarlo; 
si veo a una mujer con gratas y finas sandalias, mi impulso es besarle no los pies (tendría que tirarme al suelo), pero sí la mano. Descuiden, jamás lo haría, no tanto porque se me considerara un cursi y porque nunca haya besado manos (que también), sino porque es muy probable que se me denunciara por asalto.
 Me he hecho mayor en esta esquina.
 Alguna ventaja ofrece: cuanto más lo soy, menos me importa agradar, caer bien, contentar a los lectores de este diario, que, si bien muy variados, comparten ciertos rasgos predominantes.
 No pretendo lo contrario, claro está: ni desagradar ni caer mal ni provocar el descontento.
 Pero sí decir lo que pienso, y si lo que pienso y digo no gusta a muchos, qué se le va a hacer, son gajes del oficio de los que no cabe quejarse: nadie me obliga a permanecer aquí ni yo me empeño.
El día que la directora me comunique que ya está bien, desapareceré.
 De hecho me pregunto si 800 columnas no son ya un abuso por mi parte y por la de la revista que me acoge.
 Me resulta inevitable pensar cuántas sandeces habré escrito, en cuántas destemplanzas habré incurrido.
 Lo cual no obstará para que continúe soltando unas e incurriendo en otras, mientras no me apee o me apeen.
 A veces se le calientan a uno los dedos sobre el teclado, es irremediable.
 En 2003 todavía se emitía Los Soprano, esa cumbre
 Fue la principal causante de la adicción a las series y de su hiperinflación actual, con cientos de bodrios (salvo excepciones) que los “seriólogos” elogian sesudamente con papanatismo. Las películas aún no duraban dos horas y cuarto como mínimo, ni se copiaban entre sí con desfachatez absoluta.
 La literatura no estaba invadida por detectives e inspectoras “raros” (el que no padece Alzhéimer padece Asperger, o es enano, o se le han muerto los hijos, y casi todos son bordes) ni por relatos más o menos autobiográficos de sufrimiento y abuso: hoy no parece haber nadie con una vida y una infancia más o menos aceptables. 
El que mejor lo ha pasado se queja de su extremada pobreza, pero, según lee uno,   descubre que se considera pobreza extrema haber tenido empleo, piso, coche y haber sacado adelante a una familia. Quienes más presumen de pobres desconocen lo que es la verdadera pobreza.
 Y es que el mundo se ha llenado de víctimas.
 Casi todos se afanan por serlo para alimentar su resentimiento, y por que de paso se condene a quienes consideran sus verdugos indirectos.
 Me temo que ya lo dije hace 800 artículos: vengan más delitos y agravios, y que no se libre nadie.