El actor,
que vuelve este verano con la nueva película de Tarantino, vive una
paradoja esquizofrénica: a pesar de ser guapo, rico y famoso, no es
feliz.
Brad
Pitt, a su llegada al prestreno de 'Érase una vez... en Hollywood' en
la última edición del Festival de Cannes, en mayo de 2019.Foto: Getty
En una entrevista para Rolling Stone
de 1994 Brad Pitt aseguraba, mientras vaciaba jarras de cerveza sin
parar, que no quería que la gente supiera nada de él: “No quiero que me
conozcan. Yo no sé nada sobre mis actores favoritos, de otro modo se
convertirían en celebridades”. Su plan ha salido regular. En estos
últimos 25 años, Shania Twain se ha reído del tamaño de su pene en una
canción (That don't impress memuch)
tras publicarse unas fotos de Pitt desnudo con su entonces prometida
Gwyneth Paltrow; su primer hijo con Angelina Jolie fue apodado “el bebé
más esperado desde Jesucristo” y durante el parto de sus gemelos los
paparazi alquilaron la planta superior del hospital para deslizarse por
la fachada. Hasta el propio Pitt ha llegado a confesar
que le gustaría “dar de hostias a Brad Pitt”. Es un hombre cansado de
sí mismo pero, para su desgracia, el mundo nunca parece tener suficiente
de Brad Pitt. Tanto sus escaramuzas sentimentales como profesionales
(la última película llega el 15 de agosto, Érase una vez... en Hollywood, donde él y Leonardo DiCaprio están dirigidos por Quentin Tarantino) son seguidas con pasión.
Durante un rodaje Pitt tuvo un ataque de pánico.
Uno de los operarios se le acercó y le dijo: “Levanta la cabeza, deja
de quejarte, eres el puto Brad Pitt; ya me gustaría a mí ser el puto
Brad Pitt”
Chris
Schudy era el mejor amigo de Brad Pitt (Oklahoma, Estados Unidos, 1963)
en el instituto. Cuando le llevó a casa para cenar, su madre le preguntó: "¿De dónde has sacado a este dios romano?”. Pitt ya era una estrella en
Springfield (Misuri) antes de montarse en su Datsun con 325 dólares en
el bolsillo, a solo un trabajo de redacción para licenciarse en
periodismo, y conducir durante 23 horas hasta Hollywood. Los Simpson viven en Springfield porque es el pueblo más común en
Estados Unidos (existen 69 localidades con ese nombre) y, por tanto,
describe un lugar genérico donde nunca ocurre nada.
En una entrevista para Rolling Stone
de 1994 Brad Pitt aseguraba, mientras vaciaba jarras de cerveza sin
parar, que no quería que la gente supiera nada de él:
Chris
Schudy era el mejor amigo de Brad Pitt (Oklahoma, Estados Unidos, 1963)
en el instituto. Cuando le llevó a casa para cenar, su madre le preguntó:
"¿De dónde has sacado a este dios romano?”. Pitt ya era una estrella en
Springfield (Misuri) antes de montarse en su Datsun con 325 dólares en
el bolsillo, a solo un trabajo de redacción para licenciarse en
periodismo, y conducir durante 23 horas hasta Hollywood. Los Simpson
viven en Springfield porque es el pueblo más común en Estados Unidos
(existen 69 localidades con ese nombre) y, por tanto, describe un lugar
genérico donde nunca ocurre nada. Pero en Springfield, Misuri, ocurrió Brad Pitt: el canon de la belleza masculina de los noventa. Le bastaron 10 minutos en Thelma y Louise
(1991) para decretar que el hombre perfecto ahora debía tener cara de
adolescente, cuerpo de deportista de élite y, por primera vez en la
historia, predisposición a dejarse cosificar. Por la calle las mujeres le paraban no para pedirle un autógrafo sino un beso.
Los diez minutos de Brad Pitt en 'Thelma y Louise' es la mayor cosificación de un hombre que vería el espectador en los noventa.
Hollywood puso la maquinaria en marcha (y él obedeció explotando el tic
de humedecerse los labios en cada contraplano): si la belleza de Helena
de Troya hundió mil barcos, la de Pitt llevaría a perder la cabeza a
toda la que se enamorase de él.
En el caso de Seven, literalmente.
Juliette Lewis en Kalifornia; Julia Ormond en Leyendas de pasión
(donde Pitt se iba de la película tres veces solo para poder volver a
caballo y con el pelo al viento cada vez más lustroso que la anterior);
Antonio Banderas en Entrevista con el vampiro; Claire Forlani en ¿Conoces a Joe Black?; Helena Bonham-Carter en El club de la lucha, y, según la prensa sensacionalista, Jennifer Aniston en la vida real pagaban caro enamorarse de Pitt.
Y como le ocurría a Geena Davis en Thelma y Louise
cuando Pitt le robaba todo el dinero que tenía, el público se quedaba
con la sensación de que había merecido completamente la pena.
“Me muero de ganas de caminar hacia el altar, ponerme el anillo y besar a la novia”, aseguraba el actor
en 1997 ante su compromiso con Gwyneth Paltrow, quien en los rodajes
bebía de una taza con la cara de su novio, “porque solo voy a hacerlo
una vez en la vida”.
El romanticismo tradicional de Pitt chocaba con la
imagen que el público se había formado de él, pero su existencia está
plagada de contradicciones: un galán que solo es feliz tirado en el sofá
en pijama fumando porros (Paltrow tenía que arrastrarle a un
restaurante una vez a la semana); una estrella que se queja de que le quitaron todas las escenas interesantes en Entrevista con el vampiro para que solo Tom Cruise se luciese (cuando le preguntaban por Cruise, Pitt evadía la respuesta asegurando que “Antonio Banderas es un tipo genial”) y una cara bonita con las inquietudes de un actor de carácter.
r de carácter.
1994.
El 'grunge' había llegado a Hollywood. Esta es una de las primeras
portadas de las miles que ha protagonizado el actor. Para 'Rolling
Stone'.
Durante uno de sus rodajes en los noventa, Pitt tuvo un ataque de
pánico. Uno de los operarios se le acercó y le dijo: “Levanta la cabeza,
deja de quejarte, eres el puto Brad Pitt; ya me gustaría a mí ser el
puto Brad Pitt”. “Necesitaba escuchar eso”, recuerda hoy el actor en una entrevista para Esquire,
“aquel día brillé gracias a eso”. Si Brad Pitt (el hombre) odia a Brad
Pitt (la estrella) es porque su estatus de celebridad lleva años
impidiéndole ser feliz. Por eso hay cierto sadismo en su rebeldía contra su propia imagen pública. Para preparar Doce monos (1996) se encerró en una habitación a chocarse contra las paredes; en Seven
(1995) exigió por contrato que la cabeza se quedara "en la caja” ante
la insistencia del estudio de cambiar el final a uno más heroico; en El club de la lucha se quitó los empastes de sus dientes delanteros, y en Snatch. Cerdos y diamantes
se inventó un acento ininteligible de gitano irlandés que hubo que
subtitular. No es casualidad que en todas esas películas le destrozasen
la cara a puñetazos. “Me pasé los noventa tratando de esconderme y me volví loco huyendo de
la cacofonía de la fama. Me ponía enfermo estar tirado en el sofá con un
porro, me sentía patético”, ha admitido.
“Intentaba encontrar personajes con vidas interesantes, pero yo no era
capaz de vivir una vida interesante. Creo que mi matrimonio tuvo algo
que ver”. Esta confesión, además de obligarle a emitir una disculpa
pública hacia Jennifer Aniston (a quien conoció en una cita a ciegas
gestionada por su agente), sugiere que Pitt está tan obsesionado con
proteger su intimidad como ansioso de contarle sus miserias a cualquiera
que quiera escucharlas. “Siempre he estado en guerra conmigo mismo,
para bien o para mal, en mi cabeza hay una discusión constante”, reconoce,
añadiendo que en varios periodos se ha sentido “absolutamente cansado”
de sí mismo. Y entonces la película más intrascendente de su carrera, Sr. y sra. Smith
(2005), le cambió la vida: aquí la chica no perdía la cabeza por Brad
Pitt, sino que quería poner la de él en una bandeja de plata.
Brad Pitt y Angelina Jolie en el estreno de 'Malditos bastardos' en el Festival de Cannes en 2009. Se separaron en 2016.Foto: Getty
El triángulo Aniston-Pitt-Jolie generó una nueva dimensión de fama:
Brangelina, la unión de dos estrellas en condiciones escandalosas,
colisionó en una supernova mediática. Brad Pitt, a diferencia de otras
estrellas adúlteras como Ingrid Bergman o Liz Taylor, no tenía dónde
esconderse y, un mes después de su divorcio de Aniston, le pillaron de
vacaciones con Jolie en una playa de Kenia. A los cuatro meses Jolie
estaba embarazada del hijo de ambos, Shiloh. Tres años después de
conocerse Pitt era el patriarca de una prole de seis hijos, tres
biológicos y tres adoptados por Jolie y posteriormente por él. “En nuestra casa hay un barullo constante, ya sean risas, gritos,
lloros o golpes. Me encanta. Me encanta. Me encanta. Odio cuando no
están. Es agradable pasar un día en un hotel y leer el periódico, pero
enseguida echo de menos esa cacofonía de la vida”, explicaba el actor. Sin embargo, uno de sus directores, Andrew Dominick, describió la mansión del matrimonio como “un lugar donde te colocas nada más entrar por la puerta”. En una entrevista,
tras recordar entre risas que el día que conoció a Quentin Tarantino
vaciaron cinco botellas de vino, Pitt se bebía otras dos mientras
bromeaba que no debería porque sus hijos “estarán en casa preguntándose
dónde está papá”.
"No recuerdo un día desde que salí de la
universidad en el que no haya bebido o me haya fumado un porro o algo.
Algo. Y me doy cuenta de que son pacificadores, que estoy huyendo de mis
sentimientos"
La involucración emocional del público en este romance, dividida en
los bandos “equipo Aniston” y “equipo Jolie”, dejó a Pitt como un pelele
que se dejaba llevar pero que, al menos, gracias a su nueva esposa
había encontrado por fin un sentido a su vida colaborando con causas
benéficas. Entonces su carrera voló a unas alturas inéditas en Hollywood
al protagonizar siete películas nominadas al Oscar en ocho años y
producir tres que lo ganaron: Infiltrados (2006), 12 años de esclavitud (2013) y Moonlight (2016). Pero Pitt vio la victoria de esta última en casa de un amigo porque no quería que su reciente divorcio acaparase la atención. (Quién iba a decirle que Warren Beatty y Faye Dunaway ya se iban a encargar de distraer la atención de los espectadores).
La separación de Pitt y Jolie pareció sacada, al igual que su unión, de un culebrón. Un jet
privado. Un altercado entre un padre y su hijo (Maddox, que entonces
tenía 15 años). Una mujer que coge a toda su prole e interpone la
demanda de divorcio nada más aterrizar. Adele les dedicó un concierto,
Internet se llenó de gifs de Jennifer Aniston sonriendo y la
aerolínea Norwegian Airlines lanzó la campaña “¡Brad está soltero!” para
promocionar vuelos a Los Ángeles. Pero lo que para el mundo parecía una
atracción de feria, para Pitt era un reencuentro con sus demonios y,
una vez más, así quiso contárselo a un periodista.
Seis meses después de la separación, aún luchando con Jolie por la custodia compartida que Jolie le negaba, Pitt concedió una entrevista
sobre su propia depresión. De entre todas las casas que ha comprado en
su vida (un rancho en Misuri de 242 hectáreas, una mansión en Nueva
Orleans, un castillo en el sur de Francia, un apartamento en Nueva York,
un piso de 600 metros cuadrados en Berlín), Pitt se refugió en su
residencia de Hollywood Hills. En el sótano, donde Jimi Hendrix compuso May this be love,
Pitt había pasado su matrimonio con Jolie fumando marihuana durante
días enteros. Ahora el actor explicaba que cada mañana hacía un fuego
mientras disfrutaba del proceso de preparar té matcha y cada noche hacía
otro fuego porque era lo único que le hacía “sentir que había vida” en
esa casa. Entremedias, pasaba las horas moldeando arcilla y escuchando a
Frank Ocean, que es la música que ha acompañado a todos los divorciados del planeta en la última década.
Brad
Pitt y Leonardo DiCaprio durante la presentación de 'Érase una vez...
en Hollywood', película de Tarantino que protagonizan, en la pasada
edición del Festival de Cannes.Foto: Getty
“No recuerdo un día desde que salí de la universidad en el que no
haya bebido o me haya fumado un porro o algo. Algo. Y me doy cuenta de
que son pacificadores, que estoy huyendo de mis sentimientos. Lo dejé
todo excepto la bebida cuando comencé mi familia, pero en el último año
estaba bebiendo demasiado” confesaba. “Hace unos meses tenía pesadillas y
cuando despertaba de ellas me preguntaba: '¿Qué puedo aprender de
esto?'. Y pararon. Ahora tengo momentos de alegría, pero me despierto y
solo han sido un sueño. Entonces me deprimo”. Los retratos que
acompañaban la entrevista mostraban a Pitt en tres parques nacionales de
Estados Unidos, situándole en una metáfora de su propia existencia: un
símbolo estadounidense, creado por la naturaleza y expuesto durante
décadas para que el público lo observe. La semana pasada Pitt fue noticia porque una web expuso que
llevaba una semana sin cambiarse de ropa. También protagonizó titulares
cuando prohibió que los organizadores del “orgullo hetero” de Boston
utilizasen su cara como emblema: puede que le resulte imposible
controlar del todo lo que los demás hacen con su imagen, pero no por
ello va a dejar de intentarlo. Quizá sea un comienzo para empezar a
controlar todo lo demás.
Su escena
sin camiseta en 'Érase una vez en... Hollywood' recuerda a la que lo
hizo famoso en 'Thelma y Louise'. Pero ¿cómo ha conseguido el actor
mantener así su figura con 55 años?.
A la izquierda Brad Pitt en 'Thelma y Louise', con 28 años. A la derecha, Pitt en 'Érase una vez en Hollywood', con 55.
Mira que eres guapo!!!! Que bonito eres!!!!
Primero fue un ídolo juvenil, después el gran sex symbol de los noventa y posteriormente el actor de carácter más atractivo de la industria. Ahora, Brad Pitt
(Shawnee, Oklahoma, 1963) es el último gran epítome de la belleza
eterna. No solo por sus recientes apariciones en la alfombra roja de
Venecia que atraen todavía más miradas que los grandes vestidos de alta
costura de sus compañeras femeninas, sino por su papel en la exitosa Érase una vez en... Hollywood
(dirigida por Quentin Tarantino). Concretamente en una escena cuya
condición de clásico instantáneo ya ha sido confirmada con la prueba
definitiva: el GIF del momento ya circula en Internet.
"Un factor importante es el ejercicio diario sin cargas excesivas y
compensado, aunque me figuro que para películas como esta donde va a
tener escenas sin camiseta hará un entrenamiento específico para ganar
definición"
(Marco García, entrenador personal)
Se trata de esa secuencia en la que Pitt se sube al tejado de la casa de Leonardo DiCaprio
para arreglar su antena y, como el sol calienta y el calor aprieta, se
quita la camiseta. Es obvio que no es un gesto gratuito. En primer
lugar, porque no es un torso cualquiera, sino el de Brad Pitt, uno de
los más envidiados del cine contemporáneo. En segundo lugar, porque
conociendo el amor de Tarantino por el subtexto cinéfilo y las
referencias internas, no está de más recordar que Pitt se convirtió en
una celebridad, precisamente, por quitarse la camiseta en Thelma y Louise
(Ridley Scott, 1991) 28 años antes, en una escena ya clásica en la que
hace el amor alocadamente con Thelma (interpretada por Geena Davis) y
después le enseña a atracar un banco con un secador a modo de pistola. Por supuesto, los usuarios de diferentes redes sociales no han esperado a
comparar ambas estampas. Lo más llamativo no es que habiendo pasado
casi 30 años entre ambas el torso de Brad Pitt no haya envejecido, sino
que con 55 años parezca, si acaso, todavía más firme y musculoso. "En
Brad Pitt influyen varios factores que ayudan a que tenga ese aspecto
tan poco usual en un hombre de su edad", explica a ICON Marco García, entrenador personal del centro deportivo municipal San Antón (Madrid). "Lo primero es el factor genético. Lo segundo es que ha abandonado
el alcohol con todos los beneficios que eso conlleva, tanto internos
como externos, como el estado de la piel. Lo tercero es el ejercicio
diario sin cargas excesivas y compensado, aunque me figuro que para
películas como esta donde va a tener escenas sin camiseta hará un
entrenamiento específico para ganar definición". Es curioso que un actor que ha querido alejarse tanto de una imagen de sex symbol
que parecía pesarle como una losa se preste sin problemas a que su
envidiable físico sea el protagonista de muchas de sus películas. En El club de la lucha
(David Fincher, 1999), su cuerpo fibrado se hizo tan célebre que se
convirtió casi en un estándar para los gimnasios: “Quiero estar como
Brad Pitt en El club de la lucha”. Nada sencillo: según supimos
años después, Brad se quedó para ese papel con un cinco por ciento de
grasa corporal. El cuerpo sano y musculoso suele tener, de media, un
doce por ciento. Y en Troya (Wolfgang Petersen, 2004) sus
fornidos brazos fueron casi actores secundarios por la expectación que
levantaron tras su estreno.
Mucho antes de Chris Hemsworth y 'Thor', Brad Pitt ya sentó cátedra sobre lo que son unos brazos fornidos en 'Troya' (2004).
No es el único actor que esta semana ha causado impresión por un
desnudo parcial impactante a una edad en la que otros ya aceptan que la
barriga y las lorzas son inevitables. Este fin de semana un tráiler de
la serie de HBO The Young Popemostraba a Jude Law,
con 46 años, luciendo a la perfección un bañador Speedo blanco en la
playa. "Es evidente que tener dinero da acceso a cuidados físicos y
estéticos", remata García, "pero hay que recordar que hacer ejercicio
diario es gratis para todos y al final lo que más cuesta es levantarse
del sofá. Sea el caso que sea, tener 55 años y lucir así de bien tiene
un enorme mérito".
Fila frente a una sucursal del BBVA este lunes antes de la apertura. En vídeo, varias entrevistas con clientes de los bancos.Foto: AP | Vídeo: Reuters
"Sacá los dólares del banco". Ese mensaje empezó a circular como la
pólvora de teléfono en teléfono la semana pasada en Buenos Aires. El riesgo de que Argentina vuelva a entrar en cesación de pagos ha reavivado el fantasma del corralito de 2001
y con ese miedo en el cuerpo muchos argentinos recurren al bien más
preciado en las crisis: la divisa estadounidense. En los últimos 20 días
de agosto, los depósitos en dólares se redujeron en 3.950 millones,
según datos del Banco Central, y la sangría se aceleró este lunes, cuando debutó el control de cambios impuesto por el Gobierno de Mauricio Macri. Los bancos fueron autorizados a extender su horario hasta las cinco de
la tarde para atender el aumento de demanda y a primera hora del día
había filas frente a todos ellos.
Los
argentinos que esperaban a que abriesen las puertas eran reacios a
hablar, pero algunos aceptaron bajo condición de anonimato. "Quería
sacarlos el viernes cerca del laburo [trabajo] y me dijeron que tenía
que ser en mi sucursal. Si no me los dan hoy prendo fuego el banco",
señaló con bronca un comerciante de 48 años. "Lamentablemente esto ya lo
vivimos muchas veces en Argentina", se sumó una mujer jubilada que
estaba detrás de él en medio de insultos a Macri porque "nos endeudó y
volvió a entregar el país al FMI", en referencia al préstamo de 57.000 millones concedido por el organismo internacional.
Muchos de quienes retiran estos días dólares de los bancos los
esconden en casa o los ponen en cajas de seguridad, que a menudo se
comparten en familia por las comisiones elevadas y la escasa
disponibilidad. "Quedé con mi viejo [mi padre] en el banco y después él
me los guardará en su caja de seguridad", comentaba el domingo una
docente de 37 años. La demanda de cofres se disparó en las últimas
semanas y en muchos bancos del microcentro porteño hay lista de espera. "En casa es muy arriesgado, mirá si te afanan [roban], pero en este
momento no podés dejar los dólares depositados", aseguró. En el
corralito de diciembre de 2001, millones de argentinos vieron bloqueadas
sus cuentas corrientes de la noche a la mañana y las heridas de esa
desconfianza no se han cerrado en 18 años. Los que tienen sus dólares en
el exterior suspiran aliviados.
El temor a que la devaluación del peso continúe -ha perdido
un 23% de su valor desde las elecciones primarias del 11 de agosto-
lleva a buscar dólares a toda costa. Algunos trabajadores han sacado sus
sueldos recién depositados en la cuenta para pasarlos a dólares. Este
lunes el público se encontró con una gran dispersión de valores en la
apertura del mercado. "En este momento a 62", respondían en un banco del
centro de Buenos Aires sobre el valor de venta del dólar cerca de las
once de la mañana. En una casa de cambio situada a dos calles la divisa
estadounidense se ofrecía a 65 pesos argentinos. En otra, a 61; al lado
la vendían por 59 y había pizarras en blanco o en las que estaba escrito
"Consultar". En la calle peatonal Florida y sus alrededores, los
arbolitos (los operadores informales de cambio que ofrecen sus servicios
a viva voz) comentaban que el precio era "negociable".
"Sacá los dólares del banco". Ese mensaje empezó a circular como la
pólvora de teléfono en teléfono la semana pasada en Buenos Aires. El riesgo de que Argentina vuelva a entrar en cesación de pagos ha reavivado el fantasma del corralito de 2001
y con ese miedo en el cuerpo muchos argentinos recurren al bien más
preciado en las crisis: la divisa estadounidense. En los últimos 20 días
de agosto, los depósitos en dólares se redujeron en 3.950 millones,
según datos del Banco Central, y la sangría se aceleró este lunes, cuando debutó el control de cambios impuesto por el Gobierno de Mauricio Macri.
Los bancos fueron autorizados a extender su horario hasta las cinco de
la tarde para atender el aumento de demanda y a primera hora del día
había filas frente a todos ellos.
Los
argentinos que esperaban a que abriesen las puertas eran reacios a
hablar, pero algunos aceptaron bajo condición de anonimato. "Quería
sacarlos el viernes cerca del laburo [trabajo] y me dijeron que tenía
que ser en mi sucursal. Si no me los dan hoy prendo fuego el banco",
señaló con bronca un comerciante de 48 años. "Lamentablemente esto ya lo
vivimos muchas veces en Argentina", se sumó una mujer jubilada que
estaba detrás de él en medio de insultos a Macri porque "nos endeudó y
volvió a entregar el país al FMI", en referencia al préstamo de 57.000 millones concedido por el organismo internacional. Muchos de quienes retiran estos días dólares de los bancos los
esconden en casa o los ponen en cajas de seguridad, que a menudo se
comparten en familia por las comisiones elevadas y la escasa
disponibilidad. "Quedé con mi viejo [mi padre] en el banco y después él
me los guardará en su caja de seguridad", comentaba el domingo una
docente de 37 años. La demanda de cofres se disparó en las últimas
semanas y en muchos bancos del microcentro porteño hay lista de espera. "En casa es muy arriesgado, mirá si te afanan [roban], pero en este
momento no podés dejar los dólares depositados", aseguró. En el
corralito de diciembre de 2001, millones de argentinos vieron bloqueadas
sus cuentas corrientes de la noche a la mañana y las heridas de esa
desconfianza no se han cerrado en 18 años. Los que tienen sus dólares en
el exterior suspiran aliviados. El temor a que la devaluación del peso continúe -ha perdido
un 23% de su valor desde las elecciones primarias del 11 de agosto-
lleva a buscar dólares a toda costa. Algunos trabajadores han sacado sus
sueldos recién depositados en la cuenta para pasarlos a dólares. Este
lunes el público se encontró con una gran dispersión de valores en la
apertura del mercado. "En este momento a 62", respondían en un banco del
centro de Buenos Aires sobre el valor de venta del dólar cerca de las
once de la mañana. En una casa de cambio situada a dos calles la divisa
estadounidense se ofrecía a 65 pesos argentinos. En otra, a 61; al lado
la vendían por 59 y había pizarras en blanco o en las que estaba escrito
"Consultar". En la calle peatonal Florida y sus alrededores, los
arbolitos (los operadores informales de cambio que ofrecen sus servicios
a viva voz) comentaban que el precio era "negociable".
Con el paso de las horas el cambio revertió la tendencia y cerró en 57
pesos por dólar en el Banco Nación, cuatro unidades menos que el
viernes, lo que atrajo la llegada de más compradores. En la casa central
de esta entidad, situada frente a la sede del Gobierno, hubo largas
filas todo el día y a las tres de la tarde, hora habitual del cierre,
quedaban cientos de personas dentro. Otros bancos cercanos mantuvieron
sus puertas abiertas hasta las cinco. Mañana, martes, se espera una
nueva jornada incierta. En medio del huracán, todos se aferran al dólar.
La
británica participa en una empresa de bicicletas eléctricas en Londres y
su familia se vio envuelta en una gran polémica por la división de la
cotizada colección de arte chino que reunió su padre.
Kyril de Bulgaría y Katherine Butler en un evento en Palma de Mallorca el 2 de agosto de 2019.Chema ClaresGTRESONLINE
El nombre de la británica Katharine Butler, retratada durante el
agosto mallorquín en pose de novia oficial de Kyril de Bulgaria, no ha
tenido casi eco entre los tabloides del Reino Unido, siempre a la caza
de los cotilleos estivales. La proverbial discreción de esta prolífica
empresaria de 51 años le permitió entonces eludir la atención de unos
medios nacionales que han revelado mala memoria: la nueva pareja del
príncipe de Preslav, radicado en Londres, es la hija de uno de los
diplomáticos más destacados de la era Thatcher
y sobre todo protagonista de un reciente y publicitado feudo familiar
en el Reino Unido por el legado de una excepcional colección de
porcelana china recabada por su progenitor. La querella ante los tribunales acaparó las principales cabeceras de
la prensa británica hace tan sólo tres años, incluida la del selectivo e
influyente Financial Times. Katharine y Charles Butler
pugnaron por mantener ese tesoro familiar, descrito por los expertos
como una de las mejores colecciones privadas en arte chino del siglo
XVII e integrante de un museo en el que se podían apreciar los jarrones,
teteras y otros delicados objetos antiguos. Sus hermanos, Caroline y
James, defendían a la contra un reparto de las piezas que haría trizas
la vocación de sir Michael de exponer al completo un despliegue
artístico de valor incalculable. La justicia acabó decretando una
división ecuánime de la colección entre los cuatro herederos. El photocall junto a Kyril proyecta una imagen de completa
felicidad. Pero en su inédita confesión a tumba abierta, Katharine
Butler rememora las todavía secuelas de aquella dolorosa fractura
familiar derivada de dos modos de entender la vocación coleccionista de
su padre. Los unos como mera inversión, los otros como un legado a
compartir con el público. Una división a partes iguales (la mitad de los
hermanos contra los otros dos) y que tiene su símil nacional y de plena
actualidad en el enfrentamiento entre los británicos por la causa del Brexit, azuzada por la inflexibilidad del primer ministro, Boris Johnson,
a la hora de negociar con Bruselas. Un “desastre” que, según la
reflexión de Katharine, habría desquiciado al patriarca de los Butler
(fallecido en 2013), un alto funcionario británico y europeísta de pro
que pudo convencer a la escéptica primera ministra Margaret Thatcher
sobre los beneficios del engarce en la UE, procurando un famoso
descuento de la contribución británica al presupuesto comunitario. Su
esfuerzo acabó recompensado con la imposición de la orden de San Miguel y
San Jorge, el más alto reconocimiento a un miembro del servicio
diplomático... a requerimiento de la llamada Dama de Hierro. Ambos
fueron oponentes en tantos debates internos, pero a la postre cómplices
en una causa nacional que hoy ha dejado de existir Katharine y Charles han venido compatibilizando el proyecto de
reapertura del museo en honor del coleccionismo de su progenitor —y
supliendo la mutilación judicial de ese patrimonio a base de nuevas
adquisiciones en el mercado del arte— con respectivos y exitosos
proyectos empresariales. Él está a punto de cumplir casi tres décadas de
mudanza a la República Checa
como especialista en inversiones de altos vuelos. Su hermana-aliada ha
participado en muchas iniciativas conjuntas de negocio antes y después
de su matrimonio (ya disuelto tras un hijo en común) con el empresario
suizo Sebastian Pawlowski, y está hoy volcada en un proyecto de uso
compartido de bicicletas en el sector financiero de la City de Londres y
otros condados ingleses cercanos.
Los
focos que consagraron a principios de mes su relación con Kyril, a raíz
de la concesión al príncipe sin trono del premio “mallorquín del año”
por su fidelidad a la isla balear, convencieron a Katharine de favorecer
una rara entrevista con la edición española de Vanity Fair. En ella elude cualquier detalle sobre un noviazgo con el hijo del rey Simeón de Bulgaria,
fraguado en la capital británica un año atrás, aunque sí se explaya
sobre la fractura que le supuso como una de los cuatro hijos de sir
Michael Butler la cuestión de dividir o no la herencia paterna de más de
medio millar de piezas de las dinastías Ming y Qing. El photocall junto a Kyril proyecta una imagen de completa
felicidad.
Pero en su inédita confesión a tumba abierta, Katharine
Butler rememora las todavía secuelas de aquella dolorosa fractura
familiar derivada de dos modos de entender la vocación coleccionista de
su padre.
Los unos como mera inversión, los otros como un legado a
compartir con el público. Una división a partes iguales (la mitad de los
hermanos contra los otros dos) y que tiene su símil nacional y de plena
actualidad en el enfrentamiento entre los británicos por la causa del Brexit, azuzada por la inflexibilidad del primer ministro, Boris Johnson,
a la hora de negociar con Bruselas.
Un “desastre” que, según la
reflexión de Katharine, habría desquiciado al patriarca de los Butler
(fallecido en 2013), un alto funcionario británico y europeísta de pro
que pudo convencer a la escéptica primera ministra Margaret Thatcher
sobre los beneficios del engarce en la UE, procurando un famoso
descuento de la contribución británica al presupuesto comunitario.
Su
esfuerzo acabó recompensado con la imposición de la orden de San Miguel y
San Jorge, el más alto reconocimiento a un miembro del servicio
diplomático... a requerimiento de la llamada Dama de Hierro.
Ambos
fueron oponentes en tantos debates internos, pero a la postre cómplices
en una causa nacional que hoy ha dejado de existir