Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

1 sept 2019

La peor parte........................................... Fernando Savater

‘Babelia’ ofrece un adelanto del último libro de Fernando Savater, un canto a la vida a través de la pérdida de la persona amada.

fernando savater sara torres Ampliar foto
Sara Torres y Fernando Savater, en junio de 2014 en Finisterre. 
Vivir sin alegría ha sido una experiencia nueva para mí, una ruptura con mi yo anterior. 
Estaba acostumbrado a despertar siempre como cuando era niño, con un latente “¡vaya, otra vez!” gorjeando dentro.
 Y con el litúrgico “¿qué pasará?” con el que acababa cada episodio de cualquiera de los tebeos que tanto me gustaban y que leía puntualmente cada sábado por la noche.
 Yo sabía que cabía esperar mil peripecias divertidas, pero que nada irreparable le ocurriría al protagonista, o sea, a mí.
 Aunque me quejaba, lloraba y maldecía como todo el mundo, jamás me lo creí; la vida me parecía estupenda, a veces algo horrible, sin duda, pero no menos estupenda, como una buena película de terror tipo Alien o La semilla del diablo.
 Incluso en mis peores momentos, en la tortura del cólico nefrítico, en el hastío de un cóctel formal o una conferencia académica (son las peores experiencias que a bote pronto puedo recordar), sonaba como fondo de mi ánimo el basso ostinato de la alegría, aunque ni siquiera yo pudiese darme cuenta.
 Ha sido al dejar de oír ese íntimo hilo musical cuando, tras la inicial extrañeza, me he dado cuenta de lo que había perdido. “Reconocí a la alegría por el ruido que hizo al marcharse”, dijo Jacques Prévert (el poeta preferido de Pelo Cohete cuando la conocí), y podría hacer mía esa constatación.
No se ha tratado de mudar mi estado de ánimo a otro menos agradable, sino de quedarme sin mi combustible existencial, sin lo que me permitía aguantar, inventar, querer, luchar.
 Hasta entonces nunca hice nada sin alegría, como de sí mismo dijo Montaigne. 
Ahora tengo que acostumbrarme a ir tirando, tirando de mí mismo, de residuos del pasado.
 Puedo jurar con la mano en el corazón que no he vuelto a ser feliz de verdad, íntimamente, como antes lo era cada día, ni un solo momento desde que supe de la enfermedad de Pelo Cohete.
 No sé cuánto durará esta sequía atroz, porque creo que es imposible vivir así.
 Para mí, imposible. Cuando me preguntan qué tal me encuentro, siento ganas de contestar lo mismo que aquel torero del XIX al que los de su cuadrilla le hicieron esa pregunta mientras le llevaban a la enfermería tras una cornada mortal:“¡Z’acabó er carbón!”.


Pero el más notable descubrimiento que he hecho a costa de mi desdicha es la intransigencia general que rodea al doliente.
 Por supuesto, en el momento de la pérdida y en las jornadas inmediatamente sucesivas no nos falta compasión y muestras de simpatía de cuya sinceridad no cabe dudar.
Pero tales manifestaciones afectuosas tienen fecha de caducidad, como las felicitaciones de Año Nuevo. 
Uno no puede estar 365 días deseando felicidad al prójimo; es cosa que sólo tiene sentido a finales de diciembre y comienzos de enero. Después se vuelve ridículo, más tarde apesta y puede parecer un desarreglo mental.
 Si allá por marzo, cuando saludamos a alguien, le murmurásemos amablemente “felices Pascuas” y esperásemos lo mismo de él, nos tomaría por chalados.
 Del mismo modo, quien nos da sus condolencias en el momento adecuado, al producirse la pérdida o un tiempo prudencial después, espera haber dejado así zanjado el engorroso asunto.
 Quizá vuelva algo más adelante a decirnos “¿qué tal estás?” con gesto compasivo, pero desde luego sin mayores efusiones por su parte ni desearlas por la nuestra. 
El triste asunto ha sido lamentado cuanto corresponde y ya no hay nada que añadir.
 Los más filosóficos añaden “¿qué quieres?, la vida tiene que continuar”, y esperan con cierta impaciencia que estemos de acuerdo. 
Como si nuestro remoloneo obstaculizase también su marcha inexorable.
 Por mucho que hayamos sufrido, no pretenderemos a fuerza de dolor bloquear el paso inclemente de la vida.
 Si desbordamos en lamentos extemporáneos, retrocederán un paso, consultando mentalmente el calendario y hasta el reloj. “Vaya, todavía sigues así”. “Te veo mal”, ésa es la más común reconvención, en realidad quiere decir: “Lo estás haciendo mal, no sabes cómo se juega a esto, te das demasiada importancia, pareces creer que lo que te ha pasado es algo único, trascendental, cuando en realidad se trata de la cosa más corriente del mundo, la que todos han padecido o están a punto de padecer.
 A mí no me vengas con monsergas, no querrás que nos pasemos los demás el resto de la vida dale que te pego con tu congoja”.  Otros amigos del tópico —los que más consiguen irritarme— me informan para tranquilizarme del analgésico que acabará con mi pena: “El tiempo todo lo cura”.
 Sí, por ejemplo, la vejez, ¿verdad? ¡Menuda gilipollez! Para empezar, salvo que aludiendo al tiempo se quieran referir a la muerte (medicina que nada sana, pero todo lo extingue: ¡para acabar con las jaquecas, lo mejor es la guillotina!), el paso del tiempo cura tan escasamente como el espacio, según advirtió JeanFrançois Revel.
 Los días y los años enquistan el dolor, lo esclerotizan, convierten la tumba en pirámide, pero no fertilizan el desierto que la rodea.
 En algunos casos logran embotar la sensibilidad —lo cual para muchos parece ser suficiente—, pero no cierran la llaga, si es que realmente la hubo; sólo nos familiarizan con el pus.
 Además, para quien de verdad ha amado y ha perdido la persona amada, el amortiguamiento del dolor es la perspectiva más cruel, la más dolorosa de todas.
 Como dijo un especialista en la cuestión, Cesare Pavese,“il dolore più atroce è sapere che il dolore passerà”. 
Y con el dolor se irá empequeñeciendo también el amor mismo, que no puede ser ya sino la constancia sangrante de la ausencia. Desde Platón sabemos que Eros es una combinación de abundancia y escasez, un constante echar de menos que no cambiaríamos por ninguna otra forma de plenitud.
 El amor siempre es zozobra y contradicción, una forma de sufrir que nos autentifica más que cualquier placer.
 Ese punto de sufrimiento es lo que le caracteriza frente a la mera complacencia hedonista o al acomodo utilitario a la pareja de conveniencia.
 La prueba quizá no basta, pero nunca falta: si no duele, no es amor. Y si duele mucho al principio para luego irse diluyendo hasta dejar sólo un leve escozor fácilmente superable, es amor… propio.
O sea, narcisismo, la única forma de enamoramiento cuyo objeto, por maltrecho que sea, siempre permanecerá a nuestro alcance. Pero el amor propio es un amor ventajista, aunque sin duda éticamente útil para orientar nuestra conservación humana, lo que no es poco, ni suficiente. 
Nada sabe de la perdición, del abandono delicioso y atroz a lo que no somos como si lo fuéramos, del arrebato que no dura un instante —como el resto de los arrebatos—, sino que se estira y se estira sobresaltado e imposible desafiando al tiempo, a la dualidad de sujeto y objeto, avasallando al mismísimo amor propio que sin duda estuvo en su origen y que rechina rebelde, pero subyugado bajo su torbellino. 
Ese amor no quiere amortiguarse tras la pérdida irreversible de la persona amada, sino que se descubre más puro, más desafiante, más irrefutable, al convertirse en guardián de la ausencia.
 También infinitamente, desesperadamente doloroso.
 Pero el amante no querría a ningún precio que una especie de Alzheimer sentimental le privase de ese sufrimiento que es como el piloto encendido de su pasión que sigue en marcha, lo mismo que nadie accedería a ser decapitado para curarse una jaqueca. 
Un amor que no desazona y perturba cuando está vivo, que no aniquila cuando pierde irrevocablemente lo que ama, puede ser afición o rutina, pero no auténtico amor.

 

El libro que rompe la Casa de Alba y libera a Cayetano

El hijo de la duquesa de Alba lanza el próximo miércoles 'De Cayetana a Cayetano', una publicación “sincera” sobre sus hermanos y los traumas y disputas que han marcado sus vidas.

duquesa de alba
Cayetano Martinez de Irujo durante un evento en Madrid en junio de 2018. Getty Images

 

Desde hace varios meses la Casa de Alba anda revuelta.
 "Nunca me dijo que me quería, pero yo sabía que me quería", afirmó Carlos Fitz-James Stuart, actual duque de Alba, en televisión en julio de 2018 sobre su madre, la omnipresente Cayetana de Alba.
 Después habló la pequeña del clan, Eugenia Martínez de Irujo: "Aguirre fue pésimo para nosotros. 
 Era muy culto, pero cero humano", afirmó en noviembre sobre el segundo marido de su madre. 
Palabras que ratificó su hermano Cayetano que ya entonces debía estar viviendo su propio proceso sanador mientras escribía en secreto De Cayetana a Cayetano, un libro que verá la luz el próximo miércoles y del que a pesar de estar blindado por contrato por la editorial que lo publica —La esfera de los libros— se van conociendo retazos que hacen pensar en un cisma dentro de la Casa de Alba.

“Mi madre hizo muchas cosas bien, pero ser madre… Cuando murió mi padre, Fernando y yo nos quedamos en medio de ninguna parte”. 
“No nos dejaron despedirnos de mi padre. Fernando y yo rezamos durante días en la capilla de casa por su salud y él ya había muerto”. 
“Durante dos años estuve en la Cienciología. Fue difícil salir. Aquello me costó dos millones de pesetas. Yo probaba todo lo que podía ayudar”. 
“No puedo valorar a las mujeres por el miedo a lo que me pasó con las nannies
Me pegaban palizas con una vara de bambú”. “La cocaína me perturbó por completo y solo quería seducir a mujeres”. 
La modelo", como Cayetano se refiere a Mar Flores, con quien tuvo una relación, “fue la horma de mi zapato en el peor de los sentidos. Yo, que pensaba que todas las mujeres estaban a mi disposición, saboreé mi propia medicina: era una mujer maquiavélica y fría, de doble personalidad”.

Cayetano Martinez de Irujo y su novia, Barbara Mirjan, en un evento en Madrid el pasado 30 de julio.
Cayetano Martinez de Irujo y su novia, Barbara Mirjan, en un evento en Madrid el pasado 30 de julio. GtresOnline
Estas son solo algunas de las frases que ha ido desgranando Cayetano Martínez de Irujo en las semanas previas a la publicación del libro en el que ha trabajado durante un año con la ayuda de una periodista, de la que aún no se conoce el nombre, y que ha significado su manera de hacer frente a los traumas que él mismo afirma haber arrastrado durante sus 56 años de vida.
Una vida unida por nacimiento a la Casa de Alba, el título nobiliario español con más raigambre, que no se libra de la particular catarsis personal que ha decidido realizar Cayetano, uno de los seis hermanos que constituyen la familia junto a Carlos Fitz-James Stuart (70 años), Alfonso (68 años), Jacobo (64), Fernando (59) y Eugenia (50 años).
 Él asegura que solo ha hecho frente a la historia de su vida y que no tiene nada en contra de ninguno de ellos, aunque está más próximo a Fernando y a Eugenia.
 También afirma que se decidió a escribirlo cuando tenía todo digerido, sin resquemores, pero que ha querido hacerlo con total sinceridad.
 Y que solo busca dejar constancia de lo que ha hecho por La Casa —término que utiliza para referirse al conglomerado familiar—, para evitar que le borren del mapa.
Cayetano Martínez de Irujo con su madre, la duquesa de Alba, en Sevilla en 2013.
Cayetano Martínez de Irujo con su madre, la duquesa de Alba, en Sevilla en 2013. GtresOnline
Su intención será buena pero algunas de las frases que ha pronunciado no auguran los aplausos de la familia: “La transición de la Casa de Alba al siglo XXI la he hecho yo por encargo de mi madre y me ha molestado que me hayan apartado y no me lo hayan agradecido”. 
 “A día de hoy mis tres hermanos mayores no me quieren”. “El 1 de enero de 2015, un mes después de morir mi madre, mi hermano Carlos me quitó de todo: todas las atribuciones que tenía dentro del palacio y dentro de la estructura, me dejó sin sueldo, me dejó en la calle. No tenía ningún ingreso”.


Con su madre se sentó a hablar un día a los 37 años y le soltó todo lo que llevaba dentro. Desde entonces fueron cómplices, pero tras años de terapias Cayetano Martínez de Irujo necesitaba limpiar su vida, “sentirme libre, sin vergüenza, sin complejos, sin el peso exterior de una estructura”.
 Le ha costado mucho conseguirlo, pero ahora se siente buena persona y afirma saber quién es.
 Otra cosa es lo que opine el resto de sus hermanos, con quienes han compartido riquezas y heridas en unos palacios que ahora parecen más fríos que nunca.
 
 

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