5 ago 2019
Café y lectura contra la desconsideración o el insulto......J.uan Cruz
La primera clienta de la abogada Manuela fue una chica de Jaén, comunista, que aprendió a escribir, gracias a lo que ponían las latas de Nescafé, en la Cárcel de Mujeres.
Le gusta la vida.
Padeció lo más brutal de la Transición de la que vienen su experiencia y su tiempo.
Como alcaldesa le dio a Madrid adjetivos, sobre la belleza o la esperanza, una balsa en el Retiro.
Ya ella no está.
A la ciudad le han querido quitar su sello.
Ella no tiene rencor, tiene lecturas.
Cuando estaba a punto de ser alcaldesa, presentó su libro Por qué las cosas pueden ser diferentes. Reflexiones de una jueza (Clave Intelectual, 2014).
Los que advienen al gobierno de la ciudad le han desorganizado hasta la fachada del Ayuntamiento.
¡Qué se le va a hacer! Leer, por ejemplo.
Lee lo insólito. Le hizo bien leer Mis maestros y otros educadores, de Federico Rubio y Galí, que no es sólo una calle que desemboca en las casas de Caballero Bonald o Francisco Brines.
Los libros viejos la motivan, la hacen disfrutar.
Y ese es el verbo, disfrutar, que se dibuja cuando descubre a “ese médico innovador y uno de los más importantes cirujanos” de la historia de la Medicina, hijo de analfabeta que no supo leer ni escribir porque en el siglo XIX “era peligroso que las niñas aprendieran”.
Esa madre de Federico Rubio aprendió a leer fijándose en cómo se recitaba el Padrenuestro.
Y la primera clienta de la abogada Manuela, antes de la matanza de Atocha, fue una chica de Jaén, comunista, que aprendió a escribir, gracias a lo que ponían las latas de Nescafé, en la Cárcel de Mujeres.
La madre de Carmena tenía en la casa, para las que venían a servir, este cartel: “Nadie que pase por esta casa se va a ir sin saber leer y escribir”.
A ella la puso a leer Heidi, de Johanna Spyri, “cuando aún no existían los dibujos japoneses…". "Me hizo pensar en aquel queso caliente de la fondue. ¡Tuve la sensación de que los libros olían! Era maravilloso: las nieves, la cama de paja, las mantas”.
Tolstoi, Thomas Mann, Mauriac o Somerset Maugham le enseñaron que la vida iba en serio.
“Y Concha Espina y Pardo Bazán y don Benito… Pero las novelas me han dejado de entusiasmar”.
La poesía, “el ensayo reposado”, la historia son ahora su alimento. Habla de la sustancia de leer y parece degustar sabores, frutos amargos… En ese libro (Por qué las cosas pueden ser diferentes…) hay muchas zonas en las que Manuela se refiere a la maldad.
En el tribunal percibió “la grave enfermedad biológica del psicópata, la expresión de la maldad pura.
Una persona dispuesta a hacer todo el daño que sea necesario, para destruir la vida del otro para hacerle sufrir sin atisbo de arrepentimiento”.
Cuenta en apólogos: “Porque quiero trasladar recetas, por ejemplo de la felicidad… Te pueden pasar desgracias horrorosas, pero la mayor parte de los ciudadanos tenemos una vida en la que el tanto por ciento de las situaciones adversas es el razonable.
Pero ves a cantidad de gente infeliz, que no está preparada para la felicidad.
Cuando éramos muy jóvenes y empezaban los desengaños conocimos el dolor tan inmenso que producía el desamor. Desde la experiencia puedes aconsejar.
Y me da placer aprender, racionalizar, plantear alternativas al dolor, porque es como señalar caminos de felicidad”.
La vía es poner el rencor “en la carpeta de los malos recuerdos”. Por ejemplo, en el Ayuntamiento… “Me insultaban en los plenos, sobre todo el actual alcalde, tan desconsiderado conmigo.
Te hace daño, claro, pero hay que pasar página de inmediato.
Una persona que se comporta así no vale la pena, no puede producir sufrimiento porque hay que entender que es una utilización coyuntural del insulto, una manera de hacer política cainita, sin sustrato ético.
Lo terrible es que la política ha dejado de ser ética”.
En Por qué las cosas pueden ser diferentes… advierte contra la venganza.
Y ahora dice: “Intentar conocer a la persona es como el antídoto de la venganza”. Ella se ha reunido con personas que la han insultado. “Y a Cayetana Álvarez de Toledo, que ha dicho cosas tan desagradables sobre mí, si hubiera seguido en el Ayuntamiento, la hubiera invitado un día a tomar un café para que yo la conociera y para que me conociera ella.
Cuando la gente se conoce la agresividad disminuye”.
En los tiempos que han hecho de su frente un surco de disgustos a Manuela Carmena le vino bien la poesía. Ángela Figuera. Alfonsina Storni.
De esta, “los versos de un pajarito que me han emocionado mucho. El verso te libera tanto, te abre tanto espacio para vivir”.
Lleva el reloj adelantado.
Ahora no tiene prisa, pero ahí está el reloj, recordándole que la vida es el tiempo que nos queda por leer para que las cosas resulten diferentes.
Padeció lo más brutal de la Transición de la que vienen su experiencia y su tiempo.
Como alcaldesa le dio a Madrid adjetivos, sobre la belleza o la esperanza, una balsa en el Retiro.
Ya ella no está.
A la ciudad le han querido quitar su sello.
Ella no tiene rencor, tiene lecturas.
Cuando estaba a punto de ser alcaldesa, presentó su libro Por qué las cosas pueden ser diferentes. Reflexiones de una jueza (Clave Intelectual, 2014).
Los que advienen al gobierno de la ciudad le han desorganizado hasta la fachada del Ayuntamiento.
¡Qué se le va a hacer! Leer, por ejemplo.
Lee lo insólito. Le hizo bien leer Mis maestros y otros educadores, de Federico Rubio y Galí, que no es sólo una calle que desemboca en las casas de Caballero Bonald o Francisco Brines.
Los libros viejos la motivan, la hacen disfrutar.
Y ese es el verbo, disfrutar, que se dibuja cuando descubre a “ese médico innovador y uno de los más importantes cirujanos” de la historia de la Medicina, hijo de analfabeta que no supo leer ni escribir porque en el siglo XIX “era peligroso que las niñas aprendieran”.
Esa madre de Federico Rubio aprendió a leer fijándose en cómo se recitaba el Padrenuestro.
Y la primera clienta de la abogada Manuela, antes de la matanza de Atocha, fue una chica de Jaén, comunista, que aprendió a escribir, gracias a lo que ponían las latas de Nescafé, en la Cárcel de Mujeres.
La madre de Carmena tenía en la casa, para las que venían a servir, este cartel: “Nadie que pase por esta casa se va a ir sin saber leer y escribir”.
A ella la puso a leer Heidi, de Johanna Spyri, “cuando aún no existían los dibujos japoneses…". "Me hizo pensar en aquel queso caliente de la fondue. ¡Tuve la sensación de que los libros olían! Era maravilloso: las nieves, la cama de paja, las mantas”.
Tolstoi, Thomas Mann, Mauriac o Somerset Maugham le enseñaron que la vida iba en serio.
“Y Concha Espina y Pardo Bazán y don Benito… Pero las novelas me han dejado de entusiasmar”.
La poesía, “el ensayo reposado”, la historia son ahora su alimento. Habla de la sustancia de leer y parece degustar sabores, frutos amargos… En ese libro (Por qué las cosas pueden ser diferentes…) hay muchas zonas en las que Manuela se refiere a la maldad.
En el tribunal percibió “la grave enfermedad biológica del psicópata, la expresión de la maldad pura.
Una persona dispuesta a hacer todo el daño que sea necesario, para destruir la vida del otro para hacerle sufrir sin atisbo de arrepentimiento”.
Cuenta en apólogos: “Porque quiero trasladar recetas, por ejemplo de la felicidad… Te pueden pasar desgracias horrorosas, pero la mayor parte de los ciudadanos tenemos una vida en la que el tanto por ciento de las situaciones adversas es el razonable.
Pero ves a cantidad de gente infeliz, que no está preparada para la felicidad.
Cuando éramos muy jóvenes y empezaban los desengaños conocimos el dolor tan inmenso que producía el desamor. Desde la experiencia puedes aconsejar.
Y me da placer aprender, racionalizar, plantear alternativas al dolor, porque es como señalar caminos de felicidad”.
La vía es poner el rencor “en la carpeta de los malos recuerdos”. Por ejemplo, en el Ayuntamiento… “Me insultaban en los plenos, sobre todo el actual alcalde, tan desconsiderado conmigo.
Te hace daño, claro, pero hay que pasar página de inmediato.
Una persona que se comporta así no vale la pena, no puede producir sufrimiento porque hay que entender que es una utilización coyuntural del insulto, una manera de hacer política cainita, sin sustrato ético.
Lo terrible es que la política ha dejado de ser ética”.
En Por qué las cosas pueden ser diferentes… advierte contra la venganza.
Y ahora dice: “Intentar conocer a la persona es como el antídoto de la venganza”. Ella se ha reunido con personas que la han insultado. “Y a Cayetana Álvarez de Toledo, que ha dicho cosas tan desagradables sobre mí, si hubiera seguido en el Ayuntamiento, la hubiera invitado un día a tomar un café para que yo la conociera y para que me conociera ella.
Cuando la gente se conoce la agresividad disminuye”.
En los tiempos que han hecho de su frente un surco de disgustos a Manuela Carmena le vino bien la poesía. Ángela Figuera. Alfonsina Storni.
De esta, “los versos de un pajarito que me han emocionado mucho. El verso te libera tanto, te abre tanto espacio para vivir”.
Lleva el reloj adelantado.
Ahora no tiene prisa, pero ahí está el reloj, recordándole que la vida es el tiempo que nos queda por leer para que las cosas resulten diferentes.
La reina Letizia, en campaña para exhibir su relación con doña Sofía
Tras el posado en Marivent, la familia real cenó en un restaurante de Palma y dio protagonismo una vez más a la Reina emérita.
La reina Letizia parece decidida a acallar a quien ponga en duda su relación con su suegra. Este verano las salidas de ambas,
acompañadas de la princesa Leonor y la infanta Sofía, se suceden sin
parar.
Tanto que hasta en la noche del domingo no se vio al Rey junto a su madre.
Para entonces ya había tres reportajes de las dos reinas por la isla. Palma fue el escenario en la Semana Santa de 2018 del rifirrafe de doña Letizia con doña Sofía, cuando intentó evitar una foto a la salida de la Misa de Pascua.
Entonces salió a la luz el estado de la relación entre ambas.
La madre de Felipe VI se ha quejado en pequeños círculos de lo poco que coincide con sus nietas.
Don Felipe ha sido quien ha intentado siempre unir.
Hasta que fue Rey se ocupaba personalmente de llevar a sus hijas a visitar los viernes a don Juan Carlos, quien tampoco tiene mucho trato con Leonor y Sofía.
El relevo en la Corona en 2014 estableció otro cambio de poder dentro de la Familia Real.
Doña Letizia, una vez más, quiso marcar su territorio; dejó claro que ella era quien poseía a partir de ese momento el mando. Fuentes conocedoras de esta nueva situación aseguran que la Reina no quería sentirse "humillada" como doña Sofía por don Juan Carlos
Tanto que hasta en la noche del domingo no se vio al Rey junto a su madre.
Para entonces ya había tres reportajes de las dos reinas por la isla. Palma fue el escenario en la Semana Santa de 2018 del rifirrafe de doña Letizia con doña Sofía, cuando intentó evitar una foto a la salida de la Misa de Pascua.
Entonces salió a la luz el estado de la relación entre ambas.
La madre de Felipe VI se ha quejado en pequeños círculos de lo poco que coincide con sus nietas.
Don Felipe ha sido quien ha intentado siempre unir.
Hasta que fue Rey se ocupaba personalmente de llevar a sus hijas a visitar los viernes a don Juan Carlos, quien tampoco tiene mucho trato con Leonor y Sofía.
El relevo en la Corona en 2014 estableció otro cambio de poder dentro de la Familia Real.
Doña Letizia, una vez más, quiso marcar su territorio; dejó claro que ella era quien poseía a partir de ese momento el mando. Fuentes conocedoras de esta nueva situación aseguran que la Reina no quería sentirse "humillada" como doña Sofía por don Juan Carlos
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La reina Letizia parece decidida a acallar a quien ponga en duda su relación con su suegra.
Este verano las salidas de ambas, acompañadas de la princesa Leonor y la infanta Sofía, se suceden sin parar.
Tanto que hasta en la noche del domingo no se vio al Rey junto a su madre. Para entonces ya había tres reportajes de las dos reinas por la isla. Palma fue el escenario en la Semana Santa de 2018 del rifirrafe de doña Letizia con doña Sofía, cuando intentó evitar una foto a la salida de la Misa de Pascua. Entonces salió a la luz el estado de la relación entre ambas.
La madre de Felipe VI se ha quejado en pequeños círculos de lo poco que coincide con sus nietas. Don Felipe ha sido quien ha intentado siempre unir.
Hasta que fue Rey se ocupaba personalmente de llevar a sus hijas a visitar los viernes a don Juan Carlos, quien tampoco tiene mucho trato con Leonor y Sofía.
El relevo en la Corona en 2014 estableció otro cambio de poder dentro de la Familia Real.
Doña Letizia, una vez más, quiso marcar su territorio; dejó claro que ella era quien poseía a partir de ese momento el mando.
Fuentes conocedoras de esta nueva situación aseguran que la Reina no quería sentirse "humillada" como doña Sofía por don Juan Carlos
Además, desde la proclamación de Felipe VI, el propio aparato de la Casa del Rey tomó la decisión de apartar de la agenda oficial a los reyes Juan Carlos y Sofía, dejando todo el espacio a los nuevos monarcas.
En cambio, de cara al exterior, la relación entre las dos reinas siempre ha sido buena, sobre todo por la profesionalidad con que doña Sofía ejerce su papel.
Doña Letizia, con sus hijas, y doña Sofía, a su llegada al ballet. Raul Terrel Europa Press
Pero en palacio el deterioro en las relaciones entre ambas ha sido evidente.
Hay dos familias, la real que aparece en las fotos y la doméstica.
Para acabar con esta imagen se han organizado este año varias actividades en Palma.
Nada más llegar a la isla, la reina Letizia se marchó al cine con doña Sofía, la princesa Leonor y la infanta Sofía.
Se dejaron ver por las calles de la ciudad mientras se dirigían a ver El rey León.
Al día siguiente de nuevo las cuatro se marcharon al ballet —Leonor y Sofía son dos grandes aficionadas a esta actividad, que además practican— y el domingo por la mañana visitaron un mercadillo en Pollensa.
Por si no fuera poco, por la noche, poco después del posado en los jardines de Marivent, los Reyes y sus hijas recogieron a doña Sofía para salir todos juntos a cenar a un restaurante de Palma.
En todas las imágenes que hay de estas actividades se ve a doña Sofía en el centro de la escena con sus nietas, una a cada lado, con doña Letizia siempre a un lado cediendo el protagonismo a su suegra.
La Reina emérita siempre sonriente da la mano a las niñas.
La campaña de doña Letizia también se extiende a su relación con la isla.
El domingo al ser preguntada por su estancia respondió: "Cada año mejor".
Una afirmación que está muy lejos de aquella realizada por la entonces princesa que aseguró que las vacaciones en Palma eran todo menos vacaciones, por la atención mediática que recibían y por las actividades oficiales.
4 ago 2019
Dorothy Parker en Nueva York................................ Manuel Vicent
En aquel viaje iniciático en busca de un escritor, en mi caso no era Truman Capote ni Scott Fitzgerald ni J. D. Salinger, sino esa periodista que había estado en la Guerra Civil.
Se trataba de un viaje iniciático en busca de un escritor, pero en este caso no era Truman Capote quien más me subyugaba, ni Scott Fitzgerald ni John Dos Passos ni J. D. Salinger, sino la periodista Dorothy Parker, que yo llevaba en la memoria desde un lejano verano de la adolescencia en que supe que esta mujer había visitado el hotel Voramar de Benicàssim, convertido en hospital durante la Guerra Civil, donde convalecían los brigadistas internacionales. Allí la periodista tuvo un amor con un miliciano, quien al final de la contienda se volvió loco porque nadie le creía cuando contaba en los bares su aventura.
Nueva York es un estado mental o un género literario frente al cual debe medirse un escritor porque cada cinco años cambia de naturaleza.
Cuando llegué por primera vez era una ciudad violenta y sucia, con olor a gas dulzón mezclado con helado de vainilla podrido, hasta el punto de que te llevabas una decepción si en la primera noche no te habían acuchillado en la Cocina del Diablo, entre la calle 42 y la Octava, o si no veías a un profeta demente disparar su rifle a mansalva desde un alero.
¿Quién era Dorothy Parker? En mi primer viaje a Nueva York acababa de morir de un ataque al corazón, rehogada en alcohol, sola con su perro Troy en un hotel, el miércoles 7 de junio de 1967, pero en el aire aún estaban vivos sus versos.
“Bebe y baila, ríe y miente, ama toda la tumultuosa noche porque mañana tenemos que morir”, había escrito sin conseguirlo, pese a haberlo intentado dos veces; una cortándose las venas con la cuchilla de afeitar de su marido y otra con Veronal.
En los tiempos de esplendor, en esta mujer confluía el mundo que uno podía soñar, Scott Fitzgerald, William Faulkner, Dashiell Hammett, Raymond Chandler, el Hollywood al final del cine mudo, la época dorada de Montparnasse, las vacaciones en la Riviera, siempre invitada por amigos ricos que necesitaban las salidas de su lengua mordaz en las sobremesas o en las copas en los sillones blancos de los jardines, para sentirse maravillosos, malvados y evanescentes.
De la misma forma que dilapidaba su ingenio como un chico travieso, así llenó con sus relatos todas las revistas del momento, pero fue en The New Yorker, de la que era accionista, donde hizo brillar su talento.
Un día se puso de rodillas y rezó: “Dios mío, te ruego que hagas que deje de escribir como una mujer”. ¿Cómo suena hoy esta plegaria?
Sus letras dieron glamur a las canciones de Irving Berlin y Cole Porter.
La primera grabación de Glenn Miller, en 1932, era uno de sus poemas, titulado: Cómo iba a imaginar yo que esta felicidad era el amor.
Y en Hollywood escribió guiones a tanto la página en los boxes junto a Scott Fitzgerald, convertido en una ruina alcohólica.
Parecía frívola, siempre con un lulú en brazos, pero nunca dejó de ser una radical, un punto de referencia entre los periodistas de The New Yorker, ejemplares divinos que habían establecido su tertulia en Mesa Redonda del hotel Algonquin, en el 59 de la calle 44 Oeste, hasta el punto de ocupar allí una suite donde los amantes entraban y salían como en una oficina de correos.
Despreciar a los ricos, pero desear su dinero y vivir siempre rodeada de amigos hasta abrasarse en el altar de la madrugada.
Ese era el Nueva York de Dorothy Parker.
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