El actor Rutger Hauer, en 1996 durante el Festival Internacional de Cine Fantástico de Gerardmer (Francia).Francis DemangeGETTY
Rutger Hauer,
el más famoso de los actores holandeses a escala internacional, ha
fallecido a los 75 años en la provincia holandesa de Frisia, tras una
enfermedad fulminante. La muerte se produjo el pasado viernes, pero la
familia no lo ha comunicado hasta este miércoles, una vez celebrado el
funeral.
Fuiste un Hombre muy guapo, eras un replicante en la que dicen mejor película Blade Runner.no te conocía como actor pero me impresionanste entre aquella lluvia, y ciudad oscura.
El actor Rutger Hauer, en 1996 durante el Festival Internacional de Cine Fantástico de Gerardmer (Francia).Francis DemangeGETTY
Hijo
y hermano de actores, y con un punto de irreverencia que le permitió
interpretar desde un aristócrata a un alcohólico ciego, Hauer ganó en
1987 un Globo de Oro por La escapada de Sobibor, un filme de la
cadena británica de televisión ITV, sobre el levantamiento de los
prisioneros en el campo de concentración del mismo nombre. En su país,
trabajó a las órdenes del director Paul Verhoeven, uno de sus
compatriotas más conocidos, en Floris y Delicias turcas. En 1977 se puso también a sus órdenes en Soldado de Orange,
que retrata la influencia de la ocupación nazi de Holanda en la vida de
varios estudiantes. Basado en la autobiografía de Erik Hazelhoff
Roelfzema, piloto y resistente durante la II Guerra Mundial, la historia
ha sido llevada al teatro con gran éxito dentro y fuera del país. El
actor obtuvo en su tierra dos Terneros de Oro, equivalente al Goya, y un
premio Rembrandt, otorgado por el público. Con todo, él mismo reconoció
en 1994 que no era "demasiado bueno juzgando guiones”, y de ahí que
hubiera aceptado papeles en películas como Drácula III, dirigida en 2005 por el canadiense Patrick Lussier
Actor de teatro en sus inicios, y adolescente inquieto que trabajó en un
carguero, el éxito logrado en sus obras con Verhoeven fue superado con
creces con Blade Runner.
Con el pelo platino y una presencia física imponente, consiguió
transmitir la desesperación del androide que debe ser “retirado” de la
circulación por el policía que interpreta el actor estadounidense
Harrison Ford.
Antes de morir, el personaje de Hauer
le da una lección de vida a su perseguidor con frases tan recordadas
como: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en
llamas más allá de Orion.
He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca
de la puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos se perderán en el
tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Modificado por el
actor antes de filmar, Ridley Scott, el director, no cambió el texto
cuando el intérprete añadió el pasaje de las lágrimas en la lluvia.
En los años noventa, se trasladó a Estados Unidos y trabajó para el cine
y la televisión.
Le ofrecieron papeles de villano, nazi o psicópata, y
él admitió al rotativo Het Parool, que “con el malo eres libre
de hacer lo que quieras”. “No temo explorar mi lado oscuro”, agregaba.
Actuó con el actor y director George Clooney en Confesiones de una mente peligrosa (2003); en Batman Begins, de Christopher Nolan (2005); en Sin City, de Robert Rodriguez (2005), donde era un cardenal pederasta; y en 2011 en El secuestro de Alfred Heineken
interpretó al magnate cervecero, raptado en la vida real en 1983.
Pero
de lo que más orgulloso estaba era de su Fundación Starfish, para apoyar
a niños y madres en su lucha contra el sida
. Casado en dos ocasiones,
el actor tenía un hijo y una hija.
Es hora de seguir viendo ese mundo que tu nos narraste. Siento pena al ver que te has ido a Orión pero tu recuerdo permanece , ya no tienes que llorar igual si serás un replicante en este mundotan de zozobra en que vivimos.
El
escritor repasa algunos de los conceptos sobre los que reflexiona en sus
columnas, que reúne en el libro ‘Cuando la sociedad es el tirano’.
Javier Marías, en su casa de Madrid en 2016. Carlos Rosillo
Dice Javier Marías, de 67 años, que no sabe muy bien por qué, pero quiere seguir escribiendo. En el caso de los artículos que publica todos los domingos en El País Semanal,
lo tiene un poco más claro: “Supongo que es, en parte, por cierto
optimismo de pensar que en algo sirven a algunas personas que lo leen,
que quizá les hace mella o les hace pensar”. Ahora, a punto de llegar a
los 800, ha reunido algunos de los más recientes —los impresos entre el 5
de febrero de 2017 y el 27 de enero de 2019— en un libro titulado como
uno de ellos: Cuando la sociedad es el tirano (Alfaguara). Lo
que sigue son las reflexiones del escritor sobre algunos conceptos
escogidos por este diario de entre los que con más frecuencia reflexiona
en sus columnas. Opinión pública. “Si entendemos por opinión publica lo
que dicen las redes, me parece un elemento preocupante. No tengo ni
siquiera ordenador ni me asomo a las redes, pero da la impresión de que
está sobredimensionado. Y creo que, mientras eso no cambie un poco, lo
que se llama a veces opinión pública está convirtiéndose, incluso, como
dice el título de mi libro, en algo tiránico. Parece que hay cada vez
mayor intolerancia hacia la mera disidencia, hacia las opiniones que
simplemente no gustan. Yo me he encontrado con casos un poco demasiado
sorprendentes, en los cuales uno ha expresado una opinión o un gusto
sobre cuestiones literarias o de teatro que ha hecho montar en cólera,
aparentemente, a una legión de personas, que a lo mejor no son tal
legión”. Pensamiento único. “Parece haber una tendencia, no a
un pensamiento único, sino a varios pensamientos únicos, si vale la
paradoja. Pero, de nuevo, da la impresión de que cada vez hay más gente
que no consiente que haya un pensamiento distinto. Tengo a veces la
sensación de que se está creando o se ha creado ya una nueva religión
laica, tan intolerante como pudo ser en nuestro país la religión
católica. Parece que hay una serie de nuevos dogmas inamovibles y que
cualquier persona que los cuestione o los matice, incluso, o intente
razonar sobre ellos es objeto de exclusión o, incluso, de linchamiento
mediático”. Feminismo. “Dicho a secas, me parece una cosa
estupenda, que siempre he apoyado y siempre me ha parecido necesario
favorecer. Lo que pasa es que ahora hay un feminismo llamado de cuarta
ola que creo que está exagerando todo de una manera un poco delirante, y
haciendo hincapié en cosas que me parecen muy peligrosas porque tocan,
por ejemplo, la justicia. Esa idea de que hay que creer siempre a las
mujeres. Se ha argüido —si se puede utilizar la palabra argüir para eso—
que normalmente en una violación no hay testigos, que es muy difícil
probarla. De pronto ha habido esta especie de inversión de la carga de
la prueba que es justamente lo que sucedía en la dictadura franquista,
sobre todo en los primeros años. Mire usted, las mujeres mienten unas,
otras no, exactamente igual que los hombres, que unos mienten y otros
no. La idea de que no haga falta ni siquiera juicio es exactamente la
misma idea que la del linchamiento”. El oficio de escribir. “Hace unas semanas se celebró
un congreso en la Universidad de Oxford sobre mis cosas al que no
asistí porque me parecía más elegante. Pero me pidieron que escribiera
un texto, una especie de carta a los participantes. Explicaba que una
cosa es por qué empieza uno a escribir, otra cosa es por qué sigue
escribiendo y otra por qué sigo escribiendo ahora. A veces me lo
pregunto y descubro con sorpresa y horror que, cuanto más escribo, tengo
la sensación de que menos sé hacerlo. Y, ¿por qué lo sigo haciendo? No
lo sé muy bien. Terminaba diciendo en esa especie de carta, que a veces
tengo la sensación de que me parezco cada vez más al título de un
artículo muy antiguo que hice sobre un actor que era: El hombre que
parecía no querer nada. Y hago hincapié en la palabra parecía;
evidentemente, algo quiero si sigo escribiendo. Pero quiero escribir,
simplemente, más, supongo, todavía quiero escribir más. Y por esa misma
razón creo que titulé ese texto: Por no bajar la persiana todavía”. Donald Trump. En Trump hay un problema y es que es
una figura tan de brocha gorda, tan de chafarrinón, que nos impide
tomárnoslo verdaderamente en serio, parece menos peligroso de lo que
probablemente es. Yo creo que es muy peligroso. Pero no ocurre solamente
con Trump. ¿Qué le está pasando a la gente para que les parezca bien
Salvini, Orban, Duterte en Filipinas, Bolsonaro en Brasil, etcétera? No
pretendo tener razón, pero personalmente los veo muy peligrosos y muy
dañinos para la democracia”.
La memoria de los que ya no están. “Si una persona
ha sido importante en mi vida durante tiempo, durante suficientes años,
el hecho de que no esté, de que yo no lo vea más, de saber que no le voy
a volver a ver no me impide seguir contando con él. No puedo evitarlo. Por ejemplo, han pasado casi 25 años, creo, de la muerte de Juan Benet,
que era muy buen amigo y también, se podría decir, un maestro para mí, y
todavía a veces tengo el impulso, al ver un libro en un catálogo, en
una librería de viejo, de decir: ‘Ay, esto para Juan que le va a hacer
ilusión”. Humor e ironía. “Eso se está acabando. La ironía se
entiende cada vez menos, la gente cada vez lee más al pie de la letra,
literalmente. Lo que uno dice irónicamente lo leen tal cual. Y, en
cuanto al humor, cada día está, me temo, más perseguido. No se puede
hacer una broma sobre nada, cualquier broma es ofensiva”. El siglo XXI. “Lo que llevamos de siglo XXI, en
conjunto, me está resultando un poco decepcionante. En un artículo dije
sin embargo que, dentro de todo, si lo comparamos con los primeros 20
años del siglo XX, por ejemplo, en que hubo una guerra mundial
espantosa, o del XIX, con todas las guerras napoleónicas, pues vamos
bien. Pero en otros aspectos me está resultando un siglo tonto, muy
tonto, muy tiquismiquis, demasiado delicado en cierto sentido y lleno de
tontuna y antipatía, intolerancia”.
Optimismo. “Siento que el panorama de esta especie de
diccionario o léxico o lo que sea no es muy optimista.
Pero en el fondo
creo que soy optimista, porque si no lo fuera no me molestaría en seguir
opinando, porque uno intenta, dentro de sus modestos medios —porque al
fin y al cabo un artículo de prensa poco puede hacer— mejorar lo que uno
cree que puede ser mejorado.
Si no creyera que eso fuera factible,
¿para qué me iba a molestar?”.