Lanzamiento del cohete 'Falcon 9' de la compañía Space X desde Cabo cañaveral, el pasado 23 de mayo.John KrausOlvidada ya la vieja era de lucha sin cuartel entre la URSS y Estados
Unidos, la irrupción de ambiciosos magnates como Elon Musk, Jeff Bezos o
Richard Branson marca un nuevo tiempo en el devenir de la carrera
espacial .
SON CASI las tres de la madrugada en la Costa del Espacio. La
furgoneta circula solitaria por el bulevar de los Astronautas en
dirección al que un día fue el corazón del orgullo americano. Pasa un control militar y se detiene junto a un prado al borde del
agua. El fuerte viento sacude los letreros que avisan de la presencia de
caimanes. Pero el teniente Walker, de la división encargada de la
seguridad de los lanzamientos del 45º batallón espacial de la Fuerza
Aérea, que esta noche ejerce de mera contratista, explica que el aire en
la superficie terrestre no es un problema. El joven oficial mira en su
móvil la información en directo del lanzamiento. Lo ha visto ya muchas
veces, pero apenas puede disimular la emoción.
—En 5 o 10 años, esta comunidad va a volver a explotar. Es un gran momento para estar aquí. Al otro lado del río, las únicas luces de la noche cerrada iluminan
la nube de vapor que rodea al cohete mientras se carga el combustible. Queda media hora para la cuenta atrás. El Falcon 9, bautizado en honor del Halcón Milenario de Han
Solo, se yergue fantasmagórico amarrado a la lanzadera. Desde aquí
despegó también el Apollo 11 que llevó al hombre a la Luna hace ahora 50 años. Secuencia del lanzamiento del Apollo XI en Cabo Cañaveral (antiguo Cabo Kennedy), Florida, el 16 de julio de 1969.Ralph Morse / LIFE Picture CollectionGetty ImagesTodo parece igual, pero todo es distinto. El Falcon 9 que se prepara para volar no ha sido desarrollado por la NASA, sino por una compañía privada, SpaceX, propiedad de un joven multimillonario llamado Elon Musk,
que ni siquiera había nacido cuando, aquel 20 de julio de 1969, Neil
Armstrong dio “un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la
humanidad”. Aquel día, este pedazo de la costa de Florida ocupó el
centro de la Tierra. Encarnó el símbolo de la superioridad del mundo
libre en la Guerra Fría. Hasta que, de pronto, la conquista del espacio
se convirtió en historia.
Después de la era Apollo,
aquí el sueño futurista por antonomasia se empezó a conjugar en pasado.
La carrera espacial era un decadente patrimonio de hangares en desuso,
pistas desiertas y enigmáticas estructuras de hormigón corroídas por el
calor húmedo, la lluvia y la vegetación tropical. Ruinas de una
civilización que ardió en las llamas del transbordador Challenger
el 28 de enero de 1986, al explotar en el cielo ante los ojos del mundo
con siete astronautas dentro a los 73 segundos de despegar. Volvió a
arder en el Columbia —con otros siete tripulantes a bordo—, que se desintegró al reingresar en la atmósfera terrestre el 1 de febrero de 2003. Y se extinguió oficialmente cuando, con el lanzamiento del último transbordador Atlantis,
el 8 de julio de 2011, se puso fin oficialmente al programa Shuttle y
se renunció a enviar más seres humanos a la Luna desde suelo
estadounidense. Desde entonces, los astronautas americanos viajan a la Estación Espacial Internacional con escala en Rusia a bordo del Soyuz, el programa espacial del que fuera el archienemigo galáctico a batir.
La Costa del Espacio, que Gay Talese describió en 1965 como un lugar “de garitos glamurosos con chicas jóvenes bailando el twist
en las barras, jugadores apostando al póquer en el piso de arriba y
ruido por todos lados”, se transformó entonces en símbolo de los sueños
abandonados. Perdió más de 20.000 puestos de trabajo y, de paso, su
identidad. Porque aquí los adolescentes estudian en el instituto
Astronauta, las familias comen en el restaurante Apolo, los coches
circulan por Venus, Saturno o Plutón, y los números de teléfono empiezan
por 321, en honor a la cuenta atrás con que despegan los cohetes. En este lugar de la Tierra, el espacio no se borra tan fácilmente.
La zona intentó reinventarse. Se agasajó a nuevas empresas con
ventajas fiscales. Se apostó por los cruceros, por el surf. Sobre las
ruinas del espacio se levantó un reclamo para turistas aficionados a la
historia. Y, de repente, el espacio volvió a su costa.
“Después de 50 años, esto no ha hecho más que empezar”, dice hoy la
publicidad de los autobuses del Kennedy Space Center, que llevan a los
turistas a visitar las modernas lanzaderas y los impresionantes
hangares, hoy llenos de nueva vida,
donde los logos de la NASA compiten con los de las compañías privadas
que han resucitado la carrera espacial. Entre ellas, SpaceX y Blue Origin, las empresas de Elon Musk y Jeff Bezos,
dos soñadores que crecieron consumiendo ciencia-ficción y comprendieron
que la misma tecnología que les hizo inmensamente ricos permitía
cumplir sus sueños infantiles alimentados por las hazañas de la NASA. La competencia entre estos dos nuevos amos del universo, como en su
día la de las dos potencias de la Guerra Fría, va camino de ser el
impulso que lleve de nuevo al ser humano a la Luna.
Lanzamiento final del cohete Delta II desde la base aérea de Vandenberg, California, el 15 de septiembre de 2018.John Kraus
“Nunca vamos a repetir el patrón de la era Apollo”, advierte Dale
Ketcham, vicepresidente de Space Florida, agencia de desarrollo
económico aeroespacial del Estado. “De hecho, uno de los problemas que
ha habido desde entonces es que todos los programas posteriores se han
juzgado frente al Apollo. Y eso es injusto porque aquello fue un cheque en blanco del Gobierno:
‘No importa lo que hagáis, pero venced a los rusos’. Por eso nosotros
hablamos ahora de un renacimiento. El modelo se está renovando, con
nuevas ideas y nueva gente en la ecuación. Es el sector privado el que
está aportando el negocio y la innovación”.
El proyecto espacial de Jeff Bezos,
hoy el hombre más rico del mundo, empezó con augurios no aptos para
supersticiosos. El 6 de marzo de 2003, según recuerda Christian
Davenport en su libro The Space Barons, el fundador de Amazon sobrevolaba la árida geografía del Texas occidental en un helicóptero, acompañado de un excéntrico cowboy, una abogada y un piloto apodado Tramposo. “¡Mierda!”, gritó Tramposo, poco antes de que la hélice se hiciera
añicos contra un arroyo premonitoriamente llamado Calamidad.
Sobrevivieron todos. Bezos, cuya apretada agenda le había llevado a
exigir realizar la visita en helicóptero y no a lomos de caballos como
era costumbre, apenas sufrió unos rasguños. “Pensé que habría sido una
forma muy tonta de morir”, admitiría después en la CNN.
Los médicos de emergencias no tardaron en llegar al lugar en una
ranchera. Y uno de ellos reconoció a Bezos de una portada del número de la persona del año de la revista Time de 1999.
El cohete Falcon de SpaceX, el más potente del mundo, es lanzado desde el Centro Espacial Kennedy, el 6 de febrero de 2018.John Kraus
Los rumores empezaron a circular. Se ataron cabos y se dedujo que
podría ser Bezos el misterioso comprador que llevaba meses adquiriendo
ranchos colindantes por la zona, oculto detrás de empresas bautizadas
con nombres de míticos exploradores, todas vinculadas con una
desconocida corporación con domicilio en Seattle
y un nombre que, descubrirían después, ofrecía ya pistas sobre sus
intenciones: Zefram Sociedad Limitada, como Zefram Cochrane, el
personaje de Star Trek que creó el primer motor capaz de superar la velocidad de la luz. Un lunes de enero de 2005, Jeff Bezos se presentó en la redacción de The Van Horn Advocate,
un diario del condado de Culberson con una circulación de mil
ejemplares, para proporcionarle a su director la exclusiva de su vida. Estaba comprando todos esos terrenos para instalar ahí su compañía de
viajes galácticos, Blue Origin, fundada cinco años antes y cuyas
andanzas Bezos había mantenido en el más absoluto secreto. Elon Musk, muy al contrario, nunca ocultó sus sueños futuristas. La
NASA no se tomaba en serio a aquel arrogante niño rico. Pero el fundador
de PayPal y Tesla, cuya infancia transcurrió entre abusos de sus
compañeros de clase en una dura escuela de Sudáfrica, no se iba a dejar
amedrentar por los abusadores ahora que se había convertido en un joven
empresario de culto y había demostrado de lo que era capaz. Si la NASA
no iba a Musk, Musk iría a la NASA.
El 4 de diciembre de 2003 Elon Musk se presentó en Washington con su
cohete de 21 metros de largo, escoltado por la policía, que había
atravesado el país en un tráiler desde la fábrica de SpaceX en el sur de
California, y lo aparcó en la avenida de la Independencia. Justo
enfrente del Museo Nacional del Aire y el Espacio, donde se preparaba un
acto para conmemorar el centenario del primer vuelo de los hermanos
Wright. Musk, entonces un joven de apenas 32 años, tenía un mensaje para
Washington y la NASA. Eso que había aparcado delante de sus narices era
un cohete capaz de volar al espacio. Su compañía lo había construido en
menos de 18 meses desde su creación. La calculada puesta en escena, al
más puro estilo Silicon Valley, subrayaba el contraste entre el pasado
(las reliquias exhibidas en el interior del museo) y el futuro (el
cohete barato y fiable de una nueva era). “La historia del desarrollo de
los vehículos de lanzamiento no ha sido muy exitosa. Realmente no ha
habido un éxito, si defines éxito como marcar una diferencia
significativa, en coste o fiabilidad”, les dijo. “Tenemos un intento con
SpaceX, yo creo, por primera vez en mucho tiempo”.
El teniente Walker explica que la ventana para el lanzamiento del Falcon 9
esta noche en Florida es de cinco minutos. El tiempo preciso en que la
órbita de la Estación Espacial Internacional la colocará a la distancia
justa de este punto de la Tierra para que se acople con éxito la cápsula
Dragon no tripulada que el cohete soltará en el espacio, cargada de
experimentos científicos y víveres. Cuesta creer que hace 50 años estos cálculos se hacían, básicamente,
emborronando de ecuaciones una pizarra. En el museo del espacio de Cabo
Cañaveral, el jubilado John Hilliard, que ejerce de guía voluntario,
muestra una vieja computadora que pesa siete toneladas y ocupa toda una
pared de una habitación que reproduce una antigua sala de control. Tiene
578 bytes. Cabrían 886 millones de ellas en un solo iPhone X.
Para un emprendedor de Silicon Valley como Elon Musk resultaba
difícil aceptar que la tecnología de los cohetes que Estados Unidos y
Rusia lanzaban al espacio en los primeros años del siglo XXI fuera tan
parecida a la de la era del Apollo. “Casi cada sector de la tecnología
ha mejorado. ¿Por qué este no? Así que empecé a estudiarlo”, explicó
durante un discurso en la Universidad de Stanford en 2003.
La base del negocio espacial de Elon Musk y Jeff Bezos es la misma: la construcción y lanzamiento de cohetes reutilizables
Elon Musk y Jeff Bezos, el primero exhibiendo sus hallazgos y el
segundo casi en la clandestinidad, llegaron a la misma solución técnica:
cohetes reutilizables. Artefactos que después de colocar su carga en órbita, en vez de caer al
océano, regresaban y aterrizaban de pie en un lugar predeterminado. “El
mayor desarrollo en transporte espacial en más de una generación es la
reusabilidad de los cohetes, que permite lanzamientos más baratos y
frecuentes”, explica Ketcham, de Space Florida. “Musk y Bezos lo han
perfeccionado y han construido sobre eso su plan de negocio”.
El teniente Walker explica que la ventana para el lanzamiento del Falcon 9 esta noche en Florida es de cinco minutos.El hallazgo prendía de nuevo la mecha de la fiebre por mandar humanos
al espacio. Entre noviembre y diciembre de 2015, un cohete de Blue
Origin y otro de SpaceX caían del espacio y se posaban con precisión en
Cabo Cañaveral, listos para el siguiente viaje. Bezos se adelantaba por
28 días a Musk. Rivalidad, dinero y voluntad. Los tres motores de la carrera
espacial. Las tres carencias que lastraban al programa espacial de la
NASA después del Apollo. Pero Musk y Bezos tienen dinero a espuertas,
voluntad forjada en colosales aventuras empresariales que les han
enseñado que todo es posible y una rivalidad que, desde una mítica cena
en 2004 en la que ambos magnates pusieron en común sus planes
galácticos, ha desembocado en tensas disputas comerciales y hasta
pleitos de propiedad intelectual. Parte del atractivo de la rivalidad entre los dos millonarios,
seguida a nivel fenómeno de fans por las legiones de nuevos aficionados
al espacio, es que reproduce la esópica fábula de la liebre y la
tortuga. Esta última es la mascota de la compañía de Bezos. Un hombre
que el año pasado empezó a construir en el interior de una montaña de
Texas el Reloj de los 10.000 Años,
prodigio mecánico en el que ha invertido 42 millones de dólares, con
una manecilla que cuenta los siglos y un cuco que canta los milenios. Hasta la fecha, es innegable que Musk ha tenido más éxito. Blue
Origin ha lanzado una docena de cohetes. SpaceX, mientras tanto, ha
lanzado más de 70 y una quincena de ellos han llevado cargas a la
Estación Espacial Internacional, dentro de un contrato que tiene con la
NASA para hacerlo. La de Musk es además una de las dos compañías, junto
con la United Launch Alliance
(ULA), conglomerado de Lockheed Martin y Boeing, que firmaron en 2014
contratos con la agencia para llevar astronautas a la estación en el
futuro. Blue Origin, por su parte, firmó un contrato con la ULA, contra
la que Musk había pleiteado, para proporcionar motores a la alianza de
dos compañías que juntas suman 100 años de experiencia espacial. Huella lunar de Edwin Aldrin, el 20 de julio de 1969.Ullstein Bild Bezos y Musk no son los únicos emprendedores privados del espacio. Ni
siquiera los primeros. De hecho, el honor del primer viaje espacial
privado corresponde al Conestoga 1, un misil Minuteman modificado con el que la empresa Space Services realizó su primer vuelo suborbital en 1982,
allanando el camino para que EE UU aprobara dos años más tarde la
primera ley que regula la actividad espacial privada. El primer civil
que viajó al espacio lo hizo en 2001 a bordo de un Soyuz. Y en 2018,
Virgin Galactic, del también multimillonario Richard Branson,
se convirtió en la única compañía que ha mandado a una persona al
espacio en un cohete privado (aunque existe cierto debate sobre si la
altura alcanzada es o no el límite de la atmósfera terrestre). La interacción entre la experiencia de los actores tradicionales y la
osadía de los recién llegados de Silicon Valley genera optimismo en el
sector. “Siempre es bueno hablar con gente diferente y conocer distintas
maneras de pensar, eso ayuda a la innovación”, opina el general Douglas
Schiess, del 45º batallón espacial de la Fuerza Aérea, en Cabo
Cañaveral. “Pasamos un periodo de tiempo en que todo lo que había en
este negocio era gente mayor de la primera etapa. Ahora ha entrado gente
joven muy interesante, y la relación es buena. Este es un gran momento
para estar en el negocio del espacio. Hay un resurgimiento y estoy
emocionado por dónde estamos, por lo que estamos viviendo y por ser
parte de ello”. Pronto, los carteles que anuncian “lanzamientos cada mes” en las
carreteras de la Costa del Espacio se quedarán cortos. “El año pasado
lanzamos 24 cohetes y este año vamos camino de los 28. Tenemos una
visión de llegar a los 48 al año, lo que significaría lanzar un cohete
cada semana”, explica el general Schiess. No llega a los 206 que se
lanzaron en 1960, año que ostenta el récord, pero recuerden: no vale
comparar con la era Apollo.
El optimismo ha llegado a la Casa Blanca, que ha acortado en cuatro años, hasta 2024, su objetivo de mandar de nuevo astronautas a la Luna,
quizá para dotar de un glorioso colofón a un eventual segundo mandato
del presidente Trump. El republicano ha solicitado 1.600 millones de
dólares más al Congreso este año para volver al espacio “a lo grande”.
La NASA ha bautizado el proyecto con el brillante nombre de Artemisa,
hermana gemela de Apolo y diosa de la Luna en la mitología griega. Para
desarrollarlo cuenta con las compañías privadas. Bezos se adelantó en
una semana al anuncio de la NASA en mayo y presentó una maqueta de nave
que asegura estará en condiciones de colocar astronautas en la Luna para
2024. —Oh, deja de vacilar, Jeff —le respondió Elon Musk desde su cuenta de Twitter. Quedan apenas 15 minutos para el lanzamiento del Falcon 9 en Cabo Cañaveral. SpaceX retransmite en streaming
para sus miles de seguidores en todo el mundo. De pronto, el teniente
Walker anuncia que el lanzamiento ha sido abortado. Esta noche no podrá
ser. La misión se aplaza 24 horas. Es el tercer retraso que sufre. El
motivo, se sabría después, es un problema eléctrico en el barco no
tripulado, bautizado como Por Supuesto que te Sigo Queriendo en un guiño al autor de ciencia-ficción Iain Banks, sobre el que el cohete de más de 540 toneladas debía aterrizar de pie una vez colocada en órbita la cápsula Dragon Cargo.
Nada grave. El Falcon 9 saldría a la noche siguiente y
cumpliría con éxito su misión. Más preocupante fue la destrucción, unas
semanas antes, de una cápsula Dragon Crew, en la que SpaceX planea
enviar a los astronautas. Ardió en la pista durante una prueba. El
percance frustró el plan de Musk de enviar astronautas a la Estación
Espacial Internacional antes del final de este año. Hay quien dice que se vieron sonrisas en los despachos de la ULA, la
otra contratista de la NASA para alcanzar el mismo objetivo, cuando se
conoció la noticia. Jeff Bezos, por su parte, se mantuvo callado. Todo
indica que será a mediados de la próxima década cuando se sepa si ha
ganado la liebre o la tortuga.
Álvaro GarcíaSE CUENTA DEPRISA, pero se digiere despacio: lo que el anciano
observa entre la extrañeza, la nostalgia y la perplejidad es un sonajero
que perdió a los ocho meses y que le acaban de devolver a los 83 años. Naturalmente, él no se acuerda de haber tenido un sonajero
como tampoco se acuerda de la mano de su madre, que lo agitaba ante el
rostro del bebé para llamar su atención o aliviar su llanto . A los ocho
meses no somos dueños (o esclavos, según se mire) todavía de una
subjetividad, de un yo, de un mundo interior con los accidentes que
caracterizan a la geografía psíquica. Todo se halla en construcción. Debe ser el que una mujer llevaba el dia que la fusilaron. El caso es que Martín tenía una madre, de nombre Catalina,
a la que fusilaron en agosto de 1936, apenas empezada la guerra, por
roja o por desafecta o porque no iba a misa; fusilaban por cualquier
cosa, incluso por el mero gusto de apretar el gatillo, de modo que no
nos engolfaremos en esa parte de la historia. Como además entre la
detención y el crimen no había tiempo para nada, porque era un aquí te
pillo y aquí te mato, a Catalina la asesinaron con el sonajero de su
bebé en el bolsillo. El asunto tiene su carga simbólica. Si lo piensas,
es fuerte, debe de ser muy fuerte hallarse frente al pelotón sintiendo
en el bolsillo del traje o del delantal, lo que llevara puesto, el bulto
del juguete, al que quizá le pidió mentalmente que no hiciera ruido,
para que no se lo arrebataran también, junto a la vida. En 2011,
abriendo una de las fosas de la Guerra Civil, dieron con el cuerpo de
Catalina y con el cachivache, que ha vuelto a su hijo tras un largo
viaje al más allá.
La ciencia demuestra la inutilidad y el daño de los azotes, y por fortuna es una realidad cada día más evidente para todos.
HACE UN PAR de semanas, Francia aprobó la llamada “ley antibofetadas”,
que prohíbe castigar físicamente a los niños tanto en la escuela como
en sus casas. La noticia no me sorprendió; lo que sí me chocó fue la
respuesta de los españoles a esta medida: los comentarios en las radios y
en los digitales de los periódicos; el tono furibundo, la burla, la
dignidad herida. Salvo unas pocas excepciones, a la mayoría parecía que
les habían mentado a la madre con esta ley, así de personalmente se lo
tomaban. Aunque, ahora que lo pienso, quizá fuera literal lo de la
mención materna, porque muchos se referían a los guantazos que les
habían atizado sus progenitores en la infancia y a lo bien que habían
salido ellos. Unas palabras que, además de maravillarme por el altísimo
grado de autoestima que esta gente parecía tener, no dejaban de
conmoverme por la tenaz defensa de la honra paterna. “¡Pero qué locura!”, “¡Sólo faltaba que se metieran a controlarnos
también en nuestras casas!”, estas son las frases y el tono de muchas de
las intervenciones. ¿Sólo faltaba que se metieran en las casas? No sé, a
mí me parece que se meten poco, y no a controlar, sino a evitar los
abusos. Tengo la sensación de que el sacrosanto respeto que se ha tenido
tradicionalmente en España por la institución de la familia ha creado
muchos infiernos silenciosos en la clausura de lo doméstico. De esa
intimidad sellada está emergiendo ahora, gracias a décadas de atención
política y social, el maltrato contra las mujeres, pero el ejercido
contra los niños y los ancianos sigue aún por debajo de la línea de
visibilidad. En 2018, la Fundación ANAR presentó un estudio de la
violencia contra los niños en España; tras analizar casi dos millones y
medio de llamadas a sus teléfonos de ayuda, han descubierto que el
maltrato infantil se ha cuadruplicado desde 2009, aumentando la
frecuencia, la duración y la gravedad. Pues bien, en un 58% de los casos
la culpable es la propia familia, y la mitad de las veces son los
padres (más ellos que ellas). Según un informe de Unicef de 2014, el 80%
de los niños del mundo entre 2 y 14 años padece “disciplina violenta”.
“Una bofetada normal de vez en cuando es mano de santo”, dicen. Ese
es el problema: ¿quién define lo que es “normal” y lo que es “de cuando
en cuando”? ¿Cómo se puede dejar algo tan proclive a infinidad de abusos
al criterio de cualquiera, en la indefensión de los niños y la opacidad
de los hogares? Sí, mi madre, una mujer maravillosa, también me atizó
algún bofetón. No fue grave y no la culpo; sé que lo hizo por mi bien.
Pero ya hemos superado eso, por favor. Numerosos estudios demuestran que
pegar a los críos no sirve de nada; la última investigación (abril
2019), hecha por las Universidades de Míchigan y Texas con más de
160.000 niños, concluye que los azotes no sólo no funcionan, sino que
además tienen efectos negativos: hay más probabilidades de que desafíen a
los padres y de que tengan un mayor comportamiento antisocial,
agresividad, problemas de salud mental y dificultades cognitivas.
La ciencia demuestra la inutilidad y el daño de los azotes, y por
fortuna es una realidad cada día más evidente para todos. Francia ha
sido el país número 56 en sacar una ley contra los castigos corporales;
de hecho, y quizá para sorpresa de muchos de esos comentaristas
indignados, España tiene una ley semejante desde 2007. Nuestra sociedad ha superado ya la penosa frase de “mi marido me pega lo normal”. Ahora a ver si superamos los bofetones.
Eso sí, prescindir de los castigos físicos no quiere decir dejar de
educar a los niños, antes al contrario. Yo, que no tengo hijos, llevo
teniendo perros 40 años. Permítanme la licencia de hablar de ellos. A mi
primer perro, ignorante de mí, lo pegué para intentar enseñarlo. Fue un
desastre toda la vida. Ahora mis peludos, a los que jamás he tocado,
están incomparablemente más civilizados que aquel primer animal. Pero,
claro, he tenido que esforzarme mucho más en su instrucción. Esa es la
cuestión: educar es un trabajo constante y una inversión de tiempo
importante. De lo que se deduce que dar un bofetón es un fracaso
personal de quien abofetea. Como yo fracasé con mi pobre primer perro.
En vista de que la RAE no se pliega a ninguna presión autoritaria, son
numerosas las instituciones que intentan legislar y censurar por su
cuenta.
NOS HARTAMOS de repetirlo todos sus miembros, del más veterano al más reciente: la Real Academia Española o RAE
no manda ni impone nada; no obliga, prohíbe, castiga ni multa. No está
facultada para hacerlo y además no quiere. Es probablemente la
institución más liberal de cuantas hay en este país profundamente
antiliberal. A lo sumo recomienda, orienta, aconseja, avisa
de que tal o cual término son peyorativos o vulgares o despectivos. Indica simplemente lo que es correcto gramatical, sintáctica y
ortográficamente, pero nadie se ve forzado a hablar ni a escribir según
esa corrección, que ni siquiera dicta la propia RAE, sino el uso
centenario de la lengua. Si no hay un mínimo acuerdo básico, no nos
entenderíamos y el idioma se tornaría inservible. Aun así, cada cual es
libre de decir y escribir lo que quiera y como quiera, de emplear el
vocabulario que le plazca, desde el exquisito hasta el malsonante y
soez. Eso no está penado todavía, por fortuna. Sin embargo, demasiada
gente pretende lo contrario, que la RAE ejerza de policía, que censure
el diccionario,que elimine palabras o acepciones, que añada otras a capricho de cada
colectivo o individuo con ínfulas, que se dedique a una labor
represiva. Como si tuviera capacidad o voluntad para ello; no las tiene
en absoluto.
En vista, así pues, de que la RAE no se pliega a ninguna presión
autoritaria, son numerosas las instituciones que intentan legislar y
censurar y reprimir por su cuenta. Son conocidas, por ejemplo, las
directrices que con frecuencia lanzan la Junta de Andalucía o Comisiones
Obreras, y aun el Congreso, que decidió que los castellanohablantes
teníamos que decir Girona, Lleida y A Coruña, aunque viniéramos llamando
secularmente a esas ciudades Gerona, Lérida y La Coruña. Ninguna
institución posee la menor autoridad para dictaminar nada —aún menos
para imponer— en materia de lengua. Pero todas se la arrogan con
intolerables intrusión y soberbia.
Ahora se ha ido aún más lejos, por parte de Ada Colau y su Ayuntamiento de Barcelona, que han impreso 62.000 ejemplares de una Guía de Comunicación Inclusiva para construir un mundo más igualitario (menudas pretensiones). Está destinada sobre todo a las empresas que aspiren a contratar o a
concursar, a trabajar con dicho Ayuntamiento. El paso más lejos consiste
en que aquí se obliga a tales empresas a utilizar los vocablos
estúpidos y ridículos que se les han ocurrido a Colau y a su equipo. Y,
si no se someten, se las castiga privándolas de oportunidades y
beneficios. Eso sólo lo hacen las dictaduras más intransigentes: en el
III Reich, si alguien saludaba con “Buenos días” o “Alabado sea Dios”
(un religioso) en vez de con el preceptivo “Heil Hitler!”, se
lo multaba o detenía por “desafecto”. Y una vez detenido en aquel
régimen, uno podía acabar rápidamente en una fosa… Una de las órdenes más pintorescas de esta Guía
de Colau es que se eviten términos como “demente”, “loco” o
“trastornado”, así que no sé cómo decir que el panfleto en cuestión me
parece obra de dementes, locos y trastornados. Según él, “no hay nadie
normal, sino que todo el mundo es diferente”. No se debe decir “estoy
depre” porque eso trivializa la depresión, sino “tengo el día triste”. Según él, “las razas no existen, el racismo sí”, que viene a ser tan
estulto y —sí— trastornado como afirmar que “no existen los machos, el
machismo sí”, o que “los sexos no, el sexismo sí”. Según él, el
desdoblamiento hoy tan pelmazo (“los trabajadores y las trabajadoras”) también es “excluyente”, porque “excluimos a las personas que no se identifican
como hombre o mujer”. No hay que hablar de “madres solteras”, pues puede
resultar discriminatorio mencionar el estado civil “cuando la persona
no tiene pareja”. “Abuelo, abuela” son inadmisibles como apelativos
irónicos o cariñosos, ya que muchas “personas mayores” carecen de
progenie. Y nada de “cambio de sexo”, eso se llama “operaciones de
afirmación de género” (cuando en español “género” y “sexo” no son, o no
solían ser, sinónimos). Olvídense de la milenaria pero “irrespetuosa”
“hermafrodita”, de “minusválido”, “inválido”, “cojo”, “sordo”, “ciego” y
hasta “invidente”. Todos esos son “personas con discapacidad física” o
“con movilidad reducida” o “con ceguera”. Francamente, entre “ciego” y
“con ceguera” veo la misma diferencia que entre “inteligente” y “con
inteligencia”; claro que este último concepto le es desconocido a Colau,
no la ha tocado jamás. Para ella y su equipo es insultante decir que
uno “compra en un chino” o “en el paki”, y proponen algo tan
inespecífico como “comprar en la tienda” (se han roto el cerebro). Ignoran que “moro” y “mauritano” (condenan la primera palabra y predican
la segunda) significan exactamente lo mismo. Absténganse ustedes de
espetarle a nadie “Que te den” e inclínense por el vetusto “A freír
espárragos”; y nada de “mariconadas”, sino “tonterías” (otra vez rotos
los sesos). Inaceptables “inmigrantes” y “emigrantes”, son todos “migrantes”, como las aves. La Guía
es un inagotable y fascinante compendio de imbecilidades. Búsquenla y
díganme si es obra de gente cuerda, tolerante, democrática,
“igualitaria” y respetuosa de las libertades. El lema parece ser: “Si la
RAE no oprime, que le den. Vamos a oprimir nosotros”. Yo siempre creí que la Rae fijaba y daba esplendor......Entonces por qué en" pasa palabra" si cambias una letra te dicen :lo siento pero la Rae no lo recoge en su diccionario. o en el María Moliner.