Álvaro GarcíaSE CUENTA DEPRISA, pero se digiere despacio: lo que el anciano
observa entre la extrañeza, la nostalgia y la perplejidad es un sonajero
que perdió a los ocho meses y que le acaban de devolver a los 83 años. Naturalmente, él no se acuerda de haber tenido un sonajero
como tampoco se acuerda de la mano de su madre, que lo agitaba ante el
rostro del bebé para llamar su atención o aliviar su llanto . A los ocho
meses no somos dueños (o esclavos, según se mire) todavía de una
subjetividad, de un yo, de un mundo interior con los accidentes que
caracterizan a la geografía psíquica. Todo se halla en construcción. Debe ser el que una mujer llevaba el dia que la fusilaron. El caso es que Martín tenía una madre, de nombre Catalina,
a la que fusilaron en agosto de 1936, apenas empezada la guerra, por
roja o por desafecta o porque no iba a misa; fusilaban por cualquier
cosa, incluso por el mero gusto de apretar el gatillo, de modo que no
nos engolfaremos en esa parte de la historia. Como además entre la
detención y el crimen no había tiempo para nada, porque era un aquí te
pillo y aquí te mato, a Catalina la asesinaron con el sonajero de su
bebé en el bolsillo. El asunto tiene su carga simbólica. Si lo piensas,
es fuerte, debe de ser muy fuerte hallarse frente al pelotón sintiendo
en el bolsillo del traje o del delantal, lo que llevara puesto, el bulto
del juguete, al que quizá le pidió mentalmente que no hiciera ruido,
para que no se lo arrebataran también, junto a la vida. En 2011,
abriendo una de las fosas de la Guerra Civil, dieron con el cuerpo de
Catalina y con el cachivache, que ha vuelto a su hijo tras un largo
viaje al más allá.
La ciencia demuestra la inutilidad y el daño de los azotes, y por fortuna es una realidad cada día más evidente para todos.
HACE UN PAR de semanas, Francia aprobó la llamada “ley antibofetadas”,
que prohíbe castigar físicamente a los niños tanto en la escuela como
en sus casas. La noticia no me sorprendió; lo que sí me chocó fue la
respuesta de los españoles a esta medida: los comentarios en las radios y
en los digitales de los periódicos; el tono furibundo, la burla, la
dignidad herida. Salvo unas pocas excepciones, a la mayoría parecía que
les habían mentado a la madre con esta ley, así de personalmente se lo
tomaban. Aunque, ahora que lo pienso, quizá fuera literal lo de la
mención materna, porque muchos se referían a los guantazos que les
habían atizado sus progenitores en la infancia y a lo bien que habían
salido ellos. Unas palabras que, además de maravillarme por el altísimo
grado de autoestima que esta gente parecía tener, no dejaban de
conmoverme por la tenaz defensa de la honra paterna. “¡Pero qué locura!”, “¡Sólo faltaba que se metieran a controlarnos
también en nuestras casas!”, estas son las frases y el tono de muchas de
las intervenciones. ¿Sólo faltaba que se metieran en las casas? No sé, a
mí me parece que se meten poco, y no a controlar, sino a evitar los
abusos. Tengo la sensación de que el sacrosanto respeto que se ha tenido
tradicionalmente en España por la institución de la familia ha creado
muchos infiernos silenciosos en la clausura de lo doméstico. De esa
intimidad sellada está emergiendo ahora, gracias a décadas de atención
política y social, el maltrato contra las mujeres, pero el ejercido
contra los niños y los ancianos sigue aún por debajo de la línea de
visibilidad. En 2018, la Fundación ANAR presentó un estudio de la
violencia contra los niños en España; tras analizar casi dos millones y
medio de llamadas a sus teléfonos de ayuda, han descubierto que el
maltrato infantil se ha cuadruplicado desde 2009, aumentando la
frecuencia, la duración y la gravedad. Pues bien, en un 58% de los casos
la culpable es la propia familia, y la mitad de las veces son los
padres (más ellos que ellas). Según un informe de Unicef de 2014, el 80%
de los niños del mundo entre 2 y 14 años padece “disciplina violenta”.
“Una bofetada normal de vez en cuando es mano de santo”, dicen. Ese
es el problema: ¿quién define lo que es “normal” y lo que es “de cuando
en cuando”? ¿Cómo se puede dejar algo tan proclive a infinidad de abusos
al criterio de cualquiera, en la indefensión de los niños y la opacidad
de los hogares? Sí, mi madre, una mujer maravillosa, también me atizó
algún bofetón. No fue grave y no la culpo; sé que lo hizo por mi bien.
Pero ya hemos superado eso, por favor. Numerosos estudios demuestran que
pegar a los críos no sirve de nada; la última investigación (abril
2019), hecha por las Universidades de Míchigan y Texas con más de
160.000 niños, concluye que los azotes no sólo no funcionan, sino que
además tienen efectos negativos: hay más probabilidades de que desafíen a
los padres y de que tengan un mayor comportamiento antisocial,
agresividad, problemas de salud mental y dificultades cognitivas.
La ciencia demuestra la inutilidad y el daño de los azotes, y por
fortuna es una realidad cada día más evidente para todos. Francia ha
sido el país número 56 en sacar una ley contra los castigos corporales;
de hecho, y quizá para sorpresa de muchos de esos comentaristas
indignados, España tiene una ley semejante desde 2007. Nuestra sociedad ha superado ya la penosa frase de “mi marido me pega lo normal”. Ahora a ver si superamos los bofetones.
Eso sí, prescindir de los castigos físicos no quiere decir dejar de
educar a los niños, antes al contrario. Yo, que no tengo hijos, llevo
teniendo perros 40 años. Permítanme la licencia de hablar de ellos. A mi
primer perro, ignorante de mí, lo pegué para intentar enseñarlo. Fue un
desastre toda la vida. Ahora mis peludos, a los que jamás he tocado,
están incomparablemente más civilizados que aquel primer animal. Pero,
claro, he tenido que esforzarme mucho más en su instrucción. Esa es la
cuestión: educar es un trabajo constante y una inversión de tiempo
importante. De lo que se deduce que dar un bofetón es un fracaso
personal de quien abofetea. Como yo fracasé con mi pobre primer perro.
En vista de que la RAE no se pliega a ninguna presión autoritaria, son
numerosas las instituciones que intentan legislar y censurar por su
cuenta.
NOS HARTAMOS de repetirlo todos sus miembros, del más veterano al más reciente: la Real Academia Española o RAE
no manda ni impone nada; no obliga, prohíbe, castiga ni multa. No está
facultada para hacerlo y además no quiere. Es probablemente la
institución más liberal de cuantas hay en este país profundamente
antiliberal. A lo sumo recomienda, orienta, aconseja, avisa
de que tal o cual término son peyorativos o vulgares o despectivos. Indica simplemente lo que es correcto gramatical, sintáctica y
ortográficamente, pero nadie se ve forzado a hablar ni a escribir según
esa corrección, que ni siquiera dicta la propia RAE, sino el uso
centenario de la lengua. Si no hay un mínimo acuerdo básico, no nos
entenderíamos y el idioma se tornaría inservible. Aun así, cada cual es
libre de decir y escribir lo que quiera y como quiera, de emplear el
vocabulario que le plazca, desde el exquisito hasta el malsonante y
soez. Eso no está penado todavía, por fortuna. Sin embargo, demasiada
gente pretende lo contrario, que la RAE ejerza de policía, que censure
el diccionario,que elimine palabras o acepciones, que añada otras a capricho de cada
colectivo o individuo con ínfulas, que se dedique a una labor
represiva. Como si tuviera capacidad o voluntad para ello; no las tiene
en absoluto.
En vista, así pues, de que la RAE no se pliega a ninguna presión
autoritaria, son numerosas las instituciones que intentan legislar y
censurar y reprimir por su cuenta. Son conocidas, por ejemplo, las
directrices que con frecuencia lanzan la Junta de Andalucía o Comisiones
Obreras, y aun el Congreso, que decidió que los castellanohablantes
teníamos que decir Girona, Lleida y A Coruña, aunque viniéramos llamando
secularmente a esas ciudades Gerona, Lérida y La Coruña. Ninguna
institución posee la menor autoridad para dictaminar nada —aún menos
para imponer— en materia de lengua. Pero todas se la arrogan con
intolerables intrusión y soberbia.
Ahora se ha ido aún más lejos, por parte de Ada Colau y su Ayuntamiento de Barcelona, que han impreso 62.000 ejemplares de una Guía de Comunicación Inclusiva para construir un mundo más igualitario (menudas pretensiones). Está destinada sobre todo a las empresas que aspiren a contratar o a
concursar, a trabajar con dicho Ayuntamiento. El paso más lejos consiste
en que aquí se obliga a tales empresas a utilizar los vocablos
estúpidos y ridículos que se les han ocurrido a Colau y a su equipo. Y,
si no se someten, se las castiga privándolas de oportunidades y
beneficios. Eso sólo lo hacen las dictaduras más intransigentes: en el
III Reich, si alguien saludaba con “Buenos días” o “Alabado sea Dios”
(un religioso) en vez de con el preceptivo “Heil Hitler!”, se
lo multaba o detenía por “desafecto”. Y una vez detenido en aquel
régimen, uno podía acabar rápidamente en una fosa… Una de las órdenes más pintorescas de esta Guía
de Colau es que se eviten términos como “demente”, “loco” o
“trastornado”, así que no sé cómo decir que el panfleto en cuestión me
parece obra de dementes, locos y trastornados. Según él, “no hay nadie
normal, sino que todo el mundo es diferente”. No se debe decir “estoy
depre” porque eso trivializa la depresión, sino “tengo el día triste”. Según él, “las razas no existen, el racismo sí”, que viene a ser tan
estulto y —sí— trastornado como afirmar que “no existen los machos, el
machismo sí”, o que “los sexos no, el sexismo sí”. Según él, el
desdoblamiento hoy tan pelmazo (“los trabajadores y las trabajadoras”) también es “excluyente”, porque “excluimos a las personas que no se identifican
como hombre o mujer”. No hay que hablar de “madres solteras”, pues puede
resultar discriminatorio mencionar el estado civil “cuando la persona
no tiene pareja”. “Abuelo, abuela” son inadmisibles como apelativos
irónicos o cariñosos, ya que muchas “personas mayores” carecen de
progenie. Y nada de “cambio de sexo”, eso se llama “operaciones de
afirmación de género” (cuando en español “género” y “sexo” no son, o no
solían ser, sinónimos). Olvídense de la milenaria pero “irrespetuosa”
“hermafrodita”, de “minusválido”, “inválido”, “cojo”, “sordo”, “ciego” y
hasta “invidente”. Todos esos son “personas con discapacidad física” o
“con movilidad reducida” o “con ceguera”. Francamente, entre “ciego” y
“con ceguera” veo la misma diferencia que entre “inteligente” y “con
inteligencia”; claro que este último concepto le es desconocido a Colau,
no la ha tocado jamás. Para ella y su equipo es insultante decir que
uno “compra en un chino” o “en el paki”, y proponen algo tan
inespecífico como “comprar en la tienda” (se han roto el cerebro). Ignoran que “moro” y “mauritano” (condenan la primera palabra y predican
la segunda) significan exactamente lo mismo. Absténganse ustedes de
espetarle a nadie “Que te den” e inclínense por el vetusto “A freír
espárragos”; y nada de “mariconadas”, sino “tonterías” (otra vez rotos
los sesos). Inaceptables “inmigrantes” y “emigrantes”, son todos “migrantes”, como las aves. La Guía
es un inagotable y fascinante compendio de imbecilidades. Búsquenla y
díganme si es obra de gente cuerda, tolerante, democrática,
“igualitaria” y respetuosa de las libertades. El lema parece ser: “Si la
RAE no oprime, que le den. Vamos a oprimir nosotros”. Yo siempre creí que la Rae fijaba y daba esplendor......Entonces por qué en" pasa palabra" si cambias una letra te dicen :lo siento pero la Rae no lo recoge en su diccionario. o en el María Moliner.
Stella McCartney, la celebre diseñadora hija de Paul McCartney, acaba de declarar que la ropa no debería lavarse tanto. El mundo y la industria del detergente casi colapsan. La mayoría
vestimos una prenda y la ponemos en el cesto de la ropa sucia al final
del día. Yo, por lo menos, soy así. Al parecer no es algo sostenible,
acumular ropa sucia genera más consumo y contaminación. En cualquier
caso Stella, tan posh e inglesa, renovó un hábito muy frecuente
en los británicos, tanto en sus clases bajas como en las superiores:
hasta que la ropa huela de verdad, no se lava. Y si hace frío, no se
sube el radiador, sino simplemente te pones otro jersey encima del que
ya llevas.
Me
encantan esas afirmaciones rotundas en personas superpijas. Hubo una
época, en la infancia de Stella, en la que los ricos jugaban a vivir
como pobres y gente como los Saboya, los herederos al supuesto trono de Italia,
se fotografiaban en unas grutas en el Mediterráneo haciendo como que
vivían con lo justo, comiendo higos y a punto de practicar el nudismo. Yo era un niño impresionable y lo veía como el colmo de lo snob, ser rico pero disfrutar de sentirte pobre por un rato. Es como cuando María Antonieta se mandó hacer un huerto en Versalles para poder vivir como una campesina. Fue algo muy de Instagram, pero también una de las locuras que terminó costándole el trono y la cabeza. Pues Stella, aunque bienintencionada, me recuerda ese rollo snob poco sostenible. Su anuncio de que hay que lavar menos coincide con su llegada como diseñadora a LVMH,
el gigante del lujo al que seguramente le asombren estas declaraciones. Porque ropa cara sin estar bien limpia y planchada resulta un poco
insostenible. Stella ha advertido que ella cuida mucho sus prendas, es
decir, se aleja de manchas y lamparones todo lo que puede, y vive en una
burbuja donde no hay gente que te salpique aceite de oliva o una gota
de vino. Y que cuando algo se ensucia un poquito le pasa un cepillo, se
airea y sigue adelante. Me inquieta, asumo que poner lavadoras es algo
del pasado y muy contaminante, pero no me veo capaz de andar con prendas
manchadas.
Stella McCartney, el 12 de julio en Londres.John PhillipsGetty Images
Tengo muchos amigos que o son celebridades o se creen celebridades que se han vuelto locos con FaceApp, la aplicación que te hace ver cómo serás cuando seas anciano. No me interesa mucho saber cómo me veré de viejo, tengo una edad para
asumir que, si llego a los 70, lo haré con una cara convenientemente
arreglada. Será mi cara de esa edad, la que la cirugía y los
tratamientos puedan modelar. No te regresan a tu juventud, dan ese
rostro con el que enfrentar otros veinte años.
La siniestra aplicación es el colmo del narcisismo
al que nos somete diariamente Instagram. Mantenemos una existencia
obsesionada con lo aparente, al punto de convertir el envejecimiento en
un nuevo trending topic. Dicen que al menos te quita el miedo a
envejecer mal físicamente, pero ¿qué tal que cumplas años y mantengas
una cierta lozanía pero se arruguen cada vez más tanto el carácter como
el ánimo y termines convertido en un retrógrado con arrugas perfectas? Ya lo estamos viendo en algunos de nuestros políticos jóvenes, tienen
caras lozanas pero actúan como mayores amargados, pendientes de su
Twitter. Tampoco hay que olvidar que la aplicación tiene su sede en
Rusia, un país acostumbradísimo al espionaje y donde los datos que
tienes que ofrecer para ver cómo serás de mayor podrían ser utilizados para dejarte como un crío asustado y sin juguetes. Sin sustos anda el rey emérito en la costa gallega, seguro de su nueva
vida no pública, sorprendentemente acompañado de la reina Sofía vestida
con un jovial mono estampado con margaritas. En esa escena se solapan
dos noticias. Una, que la Reina acuda por primera vez a Sanxenxo, donde
su marido regatea a bordo de ese juguete, el Bribón. Y la otra, que
vista un mono estampado con margaritas, la flor que se deshoja para
encontrar el verdadero amor. La reunión coincidió con el momento en que
la Fiscalía Anticorrupción deshojaba otra margarita,
al solicitar a la justicia británica que la princesa Corinna declare,
por videoconferencia, lo que recuerde del regateo por el tren de La
Meca. Quién sabe si lo hará con ropa limpia o solo aireada.