Una semana
después de comenzar los rumores, se confirma la separación de la pareja
después de doce años juntos y dos hijos en común, Dylan y Alma.
Alejandro Sanz y Raquel Perera en una gala en honor del cantante en noviembre de 2017.Getty ImagesSe confirma: Alejandro Sanz
(50 años) y Raquel Perera (44 años) se separan después de 12 años
juntos. Los rumores sobre las desavenencias de la pareja comenzaron hace
poco más de una semana y este miércoles la revista ¡Hola! oficializa su
separación y afirma que cada uno de ellos han comenzado un camino por
separado. Se
trata solamente de la constatación de una separación que se daba por
hecha desde que el pasado domingo tanto el cantante como Raquel Perera publicaran en sus respectivas cuentas de Instagram y simultaneamente una sonriente imagen de los dos con sus hijos con un texto ambiguo pero bastante inequívoco: "Somos
una familia y siempre lo seremos. Decidimos amarnos para siempre y así
será. Lo eterno tiene la complejidad y la ventaja de transformar las
maneras de amarse en otras direcciones, sin destruir el cariño, la
lealtad y la responsabilidad conjunta sobre nuestros hijos. Nuestra
familia está por encima de cualquier cosa...es diversa y bella, como la
vida y así permanecerá. El mundo cambia, nosotros también, siempre amorosamente. Gracias por respetarlo". Cuatro frases que resumían doce años de relación y también
cómo iba a ser su relación de familia en el futuro: una separación
respetuosa con dos hijos, Dylan y Alma, en el centro de sus
preocupaciones y con una clara declaración respecto a su presente pero
también a su futuro: el mundo cambia, ellos también, pero lo harán
"amorosamente". Su declaración llegaba tres días después del cumpleaños
del octavo cumpleaños de su hijo Dylan, a quien llaman Capitán Tapón, y
después de celebrarlo todos juntos en una fiesta. Un día después Raquel,
junto a sus dos hijos, cogía un avión con destino a Madrid y después a
una playa donde pasar unos días juntos. Mientras Alejandro Sanz está con
su hija Manuela, a quien tuvo durante su primer matrimonio con la
cantante mexicana Jaydy Michel, y continúa con sus conciertos de La Gira cuyas próximas citas serán a partir del 28 de agosto en Estados Unidos y en México.
Raquel Pereda y Alejandro Sanz
comenzaron su relación en 2007, dos años después de que el cantante se
separara de Jaydy Michel con quien se había casado en Indonesia en 1999. Al principio mantuvieron su relación fuera del foco de los medios y en
enero de 2011 anunciaron que esperaban a su primer hijo, Dylan, que
nació el 12 de julio de ese año. Con la misma discreción, y por
sorpresa, la pareja contrajo matrimonio el 26 de mayo de 2012 en la
finca que el cantante tiene en la localidad cacereña de Jarandilla de la
Vera.
Un enlace que ni siquiera conocían los familiares y amigos a los que
congregaron allí ese día y que pensaban que solo asistían al bautizo de
Dylan, que se celebró al mismo tiempo que su matrimonio.
El 24 de julio de 2014 llegaba al mundo su segundo hija, Alma. El cantante tiene además un cuarto hijo, Alexander,
de una relación extramatrimonial y a quien Sanz dio a conocer a través
de un comunicado en diciembre de 2006. En dicho comunicado el músico
afirmaba que su hijo tenía entonces tres años y explicaba que si no había informado antes de su existencia había sido por "expreso deseo de la madre, una mujer totalmente ajena a la vida pública". Raquel Perera siempre se ha mantenido en un discreto segundo plano en la vida pública del cantante.
Estudió Psicología y se especializó en Comunicación y Marketing
y conoció al cantante trabajando como su asistente personal, una
actividad que dejó después de su boda. Desde entonces, además de ejercer
su maternidad, se ha centrado en temas de cosmética, y ella misma contó
en el blog de la firma Matriskin que es la distribuidora de la firma
para España y América desde que las descubrió y le solucionaron una
afección cutánea. Hasta el último momento la pareja ha mantenido la buena
sintonía. El pasado mes de marzo Alejandro Sanz organizó en Miami una
fiesta sorpresa a su mujer para celebrar su 44 cumpleaños y ella publicó
un storie en Instagram junto a una fotografía de ambos que dejaba claro
el cariño que les une: "Gracias a todos. Pero, sobre todo, a ti, mi moreno bello por abrazarme con todo".
La modelo
ha publicado un vídeo en el que muestra cómo usa guantes y toallitas
para desinfectar al completo la cabina en cada vuelo que toma.
Naomi
Cambpell, a la llegada del desfile de Valentino en París, el 3 de julio
de 2019. En vídeo, las excentricidades de la modelo antes de subir a un
avión.CORDON PRESS"Me encanta viajar. Nací de viaje, eso dice siempre mi madre, y creo
que tiene parte de razón. Me encanta volar. Me encanta estar en todas
partes y en ninguna parte al mismo tiempo". Naomi Campbell asegura ser
una gran aficionada de los viajes. Sin embargo, dada su completísima
rutina cada vez que se sienta en un avión, no parece que le resulte
demasiado cómodo montarse en ellos. Una rutina que no es precisamente
fácil: la supermodelo desinfecta cada rincón que puede del aparato y se
protege ella misma ante los posibles gérmenes que pueda encontrarse a
bordo.
Esa rutina la ha contado ella misma en su canal de YouTube, inaugurado hace siete meses, llamado Naomi
y donde la siguen casi 220.000 personas. En él habla de sus trucos de
belleza, contesta preguntas de fans o cuelga sesiones de fotos e
imágenes de detrás de las cámaras nunca vistas. En este caso, en algo
más de cinco minutos deja ver cómo actúa cada vez que va a un aeropuerto
y se sube a un avión. Unas imágenes que han visto cerca de 700.000
espectadores en pocos días.
"La verdad es que me encanta el aeropuerto", explica, mientras pasea
entre los controles de seguridad del aeródromo francés de Niza. "[Los
empleados] son encantadores, la verdad". Campbell, ataviada con una
camisa y un pantalón holgados a juego de la marca Burberry —para la que ha hecho varias campañas—,
zapatillas blancas de deporte, sempiternas y enormes gafas de sol, un
bolso de Louis Vuitton y una botella de agua de cristal de la que bebe
constantemente, acude con dos asistentes al control de pasaportes.
Pasea por el duty free cogiendo chocolates ("de verdad, no debería, pero ¿sabes qué? Me lo llevo y no me importa"). Como cualquier mortal, la top
se da una vuelta entre los estantes de cosmética, que reconoce son su
parte favorita, y se maquilla con un labial de Chanel: "Me encanta este
tono, lo han descatalogado". También muestra alguna de sus rutinas de
belleza y se hace con algunas revistas: "Tengo que comprar Vogue UK, aún no me he visto". ¡No!", exclama con dramatismo al pasar por el estante de chucherías ante las que, finalmente, sucumbe. Lo más curioso llega cuando entra al avión, por la zona de primera
clase, evidentemente. "Todo por la hidratación. Cuando subo a un avión,
llevo este kit de hidratación,
con mascarillas faciales", explica sacando una gran bolsa de plástico
llena de pequeños botes. "Ahora estoy buscando los guantes, que es la
mejor parte", cuenta. Tras revolver en su bolso entre docenas de
cosméticos, finalmente da con un par de guantes de plástico. "Normalmente los encuentro antes porque los llevo separados", relata. Ya
con ellos puestos, saca un paquete de toallitas húmedas y se pone a
limpiar: "A limpiar todo lo que toques, todo lo que puedas llegar a
tocar. Todos los sitios donde pongas las manos".
Así, Campbell va frotando concienzudamente en la toallita el mando y
la pantalla del televisor del avión, los cojines, los reposabrazos, la
parte de abajo del asiento y hasta el portaequipajes con varias
toallitas. "Esto es lo que hago cada vez que me monto en un avión. No me
importa lo que la gente piense de mí; es mi salud y me hace sentir
mejor". Una vecina de asiento, de hecho, le dice con humor: "¿Podrías
limpiar mi sitio ahora después?". "No lo limpiaré, pero puedo
compartirlo contigo", responde ella, más tensa que divertida por el
comentario. Ya con todo reluciente, Campbell se dispone a mantener ese inmaculado orden
germófobo. "Esta es mi funda para el asiento. La cambio cada semana.
Esta la acabo de comprar en el aeropuerto", explica, sacando una manta
rosa con la que cubre por completo su asiento. "Me las lavan a mano en
cada hotel al que voy y luego las cambio", explica, contando que las
tiene de distintos colores, "en turquesa... porque los colores te hacen
feliz". El paso final, tras mostrar su arsenal de cosméticos hidratantes, es
taparse la cara con una gruesa mascarilla negra: "Me siento así con ella
durante todo el vuelo". "Da igual qué vuelo cojas, privado o
comercial", relata la británica sobre sus experiencias volando y los
motivos por los que lo hace así, "cuando el avión desciende, la gente
empieza a estornudar y a toser, y los estornudos y
las toses me hacen... Es que no puedo. Así que esta es mi protección
para la gente que tose y estornuda". "Es decir, como viajo mucho,
tendría que resfriarme y enferma a menudo, pero por suerte no me pasa",
relata, tocando con superstición la madera de la bandeja de delante,
"así que creo que esto", gesticula con las manos en referencia a su
ritual, "realmente me ayuda, esta pequeña rutina. Y eso es todo. Gracias por volar conmigo. ¡Os veo al otro lado!".
Portada de la biografía de Benjamin Moser donde se especifica la investigación de este episodio de su vida. Foto: Harper Collins
Portada de la biografía de Benjamin Moser donde se especifica la investigación de este episodio de su vida. Foto: Harper Collins
Una nueva biografía confirma que fue ella quien
escribió, al menos en gran parte, una de las obras cumbre del sociólogo
Philip Rieff. Si renunció a la autoría fue por un acuerdo de divorcio
que se vio obligada a firmar para tener la custodia del hijo que
compartían.
La historia se remonta a 1949. Sontag tenía tan solo 17 años cuando
recibió una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad de Chicago,
donde empezaba a destacar el profesor Philip Rieff, una joven estrella
interesada en Sigmund Freud y las nuevas teorías sociológicas de la
cultura. Lo que hoy podemos leer es que un día, al finalizar la clase, Rieff se acercó a la joven y, atraído tanto por su timidez como por su belleza, la invitó a salir. Disfrutaron de una velada juntos y, al
día siguiente, él le propuso matrimonio durante el desayuno: a los diez
días estaban casados y, unos meses después, Sontag daría a luz a su
primer hijo, David Rieff. Con 19 años, Susan Sontag parecía
haber cumplido ya con la mayoría de exigencias de la vida adulta, y lo
cierto es que nunca se arrepintió de estas decisiones. Para ella fueron
una forma de demostrar que no era, ni quería volver a ser nunca, una
niña. Tal y como cuenta el libro Agudas (Turner, 2019) de Michelle Dean,
en esta etapa la pareja vivió en una especie de delirio académico: “Sontag nunca contó gran cosa sobre la atracción física entre los dos,
pero el vínculo intelectual fue transformador”. Sin que podamos juzgar
si la boda con Rieff fue una decisión práctica o motivada por el
enamoramiento -los escasos ingresos de Sontag apuntan a lo primero- lo
cierto es que ella siempre admitió que existía una enorme complicidad
entre ambos. En un cuento autobiográfico describe la euforia y felicidad
que sintió durante su matrimonio: “nos pasamos siete años hablando”; y
lo confirmó también en sus cuadernos: “me caso con Philip con plena
consciencia y por el miedo a mi tendencia a la autodestrucción”.
Portada de la biografía de Benjamin Moser donde se especifica la investigación de este episodio de su vida. Foto: Harper Collins
En una biografía anterior escrita por Daniel Schreiber se cuenta que entre los acuerdos de un divorcio (que él nunca deseó) se estipulaba que Rieff sería siempre nombrado como el único autor de Freud: The Mind of The Moralist. La contribución de Sontag al libro quedó reducida así a un “agradecimiento especial a Susan Rieff”
en el prefacio de la primera edición. Se trataba de un detalle
envenenado de paternalismo, puesto que Susan nunca quiso cambiar su
apellido por el de su marido.
El enfrentamiento no quedó aquí. A pesar de que en el mismo
acuerdo se establecía que ella se haría cargo de David sin recibir, por
petición de la propia Sontag, ninguna pensión de su ex marido, Rieff
trató de obtener la custodia del niño por demanda judicial. La
alegación argumentaba que Sontag, debido a sus relaciones lesbianas, no
podía seguir ejerciendo de madre. Nunca llegó a conseguir su objetivo, pero este proceso la dejó marcada el resto de su vida. A
Rieff, por su parte, le costó 40 años mostrar su arrepentimiento en una
carta: “Susan, amor de mi vida, madre de mi hijo. Coautora de este
libro: perdóname. Por favor. Philip”. En un intento por rebajar el daño, los artículos que abordan la obra y biografía
de Philip Rieff se afanan en señalar que, más tarde, Susan Sontag se
convirtió en una figura mucho más reconocida. Y es cierto. Solo hace
falta pisar una librería –en la que sería imposible encontrar ningún
libro de Rieff traducido al castellano– para entender que Sontag
–celebrada incluso por las hermanas Kardashian, Katy Perry o Lady Gaga
en la Met Gala– es hoy una escritora mucho más evocada que su ex marido. Sin embargo, si descendemos a la sala de máquinas de la cultura
académica de la última mitad del siglo XX, descubriremos que Philip
Rieff es considerado para muchos el mejor sociólogo del siglo pasado, y
que su notoriedad se fundamenta principalmente en dos obras: Freud: The Mind of The Moralist y The Triumph of The Therapeutic: Uses of Faith After Freud –que son, en cierto modo, el mismo libro escrito desde perspectivas diferentes–.
La intelectual, en una imagen de 2003 en el festival de Edimburgo. Foto: Getty
“Para el diagnóstico cultural de rango medio con un toque de teoría social, se leía a Foucault o a Bauman”, explica Charles Turner.
“Rieff murió casi como un hombre olvidado”. Pero no es del todo cierto:
aunque estuvo casi 30 años sin publicar, su interpretación de la obra
de Freud marcó un antes y un después, especialmente porque su
diagnóstico sobre el nacimiento de la “sociedad terapéutica” está en el
origen de casi todas las teorías contemporáneas que asumen que el
capitalismo tardío se ha aliado con el discurso de la psicología y la
salud para conquistar el alma humana. Recurrentemente, Rieff aparece
citado como una de las fuentes primarias sobre cultura de la autoayuda,
ideología del bienestar obligatorio o nuevas industrias de la felicidad. Llegando hasta hoy, su interpretación de Freud -y de las
consecuencias culturales de su pensamiento- se ha convertido en un
referente para las nuevas corrientes de conservadores estadounidenses. En otras palabras: aunque el nombre de Philip Rieff no se haya filtrado a la cultura mainstream más allá de EEUU, su obra ha tenido una enorme influencia para el pensamiento contemporáneo.
La pregunta, entonces, es qué hubiera ocurrido si Sontag figurara
como autora de este libro. Probablemente nada, más allá de que su nombre
estuviera en las biografías de otros tantos trabajos académicos. Sin
embargo, lo que constata esta historia, una vez más, son las
enormes trabas que debía superar una mujer, más si era madre, para tener
éxito; y que cuando lo conseguía debía enfrentarse a las voces que la
señalaban por desviarse del camino. Que Susan Sontag fue unas de las mentes más espléndidas del s.XX ya lo sabíamos, pero que
tuviera que renunciar a sus ideas para poder cuidar de su hijo, y
demostrar después que ser lesbiana no le quitaba el derecho a su
custodia, puede explicar por qué siempre se la recuerda como
una mujer narcisista -”pocas autoras provocaban tanta admiración por su
trabajo, pocas tanta decepción y amargura en la escena privada”. Deberíamos pensar ahora cómo de agotador debe ser que tu mente explique y
calibre la realidad de una forma extraordinaria y además, tener que
demostrarlo a diario. Un ejemplo que suele utilizarse para evidenciar este fuerte carácter es
la elección que hizo meses antes de morir. Una vez diagnosticada con
leucemia, una enfermedad que probablemente se originó por la
radioterapia que tuvo que aplicarse tras su primer cáncer, se le
ofrecieron dos opciones: recibir un tratamiento que le hiciera pasar los
últimos meses de su vida de forma confortable o bien someterse a un
trasplante de médula y agotar las pocas posibilidades de seguir con
vida. A pesar de la dificultad del tratamiento, la tortura física que se
le dijo que sufriría y las pocas perspectivas de éxito, Sontag, entre la muerte y el dolor, prefirió el dolor. Pero es posible que no fuera tanto por la importancia que se daba a sí
misma, como tantas veces se ha dicho después, sino porque la muerte
significaba dejar de escribir, dejar de pensar.