Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

16 jul 2019

Amores, gritos y nanas prohibidas de Luciano Pavarotti

Un nuevo documental sobre el mito de la ópera y una entrevista con su viuda, Nicoletta Mantovani, sacan a la luz facetas poco conocidas del cantante, fallecido en 2007.

Nicoletta Mantovani, viuda de Luciano Pavarotti, en el estreno del documental 'Pavarotti', en Nueva York en mayo. Nicoletta Mantovani, viuda de Luciano Pavarotti, en el estreno del documental 'Pavarotti', en Nueva York en mayo. Getty 

Se conocieron en 1993, casi por casualidad.
 Se casaron en 2003 y la muerte les separó cuatro años después.
 La historia de amor de Luciano Pavarotti, el gran tenor italiano, y Nicoletta Mantovani, primero su asistente, después su amante, más tarde su esposa y hoy su viuda, ha dado ya varias vueltas al mundo. Sin embargo, cuando están a punto de cumplirse 12 años del fallecimiento del divo de Módena, a quien fue su mujer y madre de su hija pequeña todavía le quedan páginas por escribir de la novela de su romance.

Es la propia Mantovani quien está dispuesta a hacerlo.
 A seguir dando detalles de su vida junto a Big Luciano y a perfeccionar esa imagen idílica de la pareja que tan en duda se ha puesto durante los últimos años
 Ella, sin quitarle hierro a lo que implicaban el talento, el genio y el ego de un divo mundial de la lírica, no duda en decir que, pese a tener poco en común dados sus orígenes y los 35 años que les separaban, su amor fue puro y real.

"Nos enamoramos con esa clase de amor tan fuerte que pasas horas y horas juntos hablando de la nada, mirando las nubes, disfrutando del hecho de estar juntos", cuenta ella ahora con rubor ni temor a caer en la cursilería en una entrevista al diario británico The Times. Lo hace con motivo del estreno del documental Pavarotti, dirigido por Ron Howard (Una mente maravillosa, Apolo 13, El código Da Vinci) y que ha hecho que muchos allegados a la vida del tenor hablen por primera vez o relaten detalles olvidados o apenas contados.
 Mantovani no produce el documental —que se estrena esta semana en buena parte de Europa y que llegará a España en enero—, pero ha participado y colaborado en él y ahora está promocionándolo. De ahí que en sus entrevistas desvele detalles de su vida junto al astro de la lírica, porque cree que el metraje logrará "hacer que una nueva generación conozca a Luciano" y que se "descubra su parte más íntima".
Aquel verano de 1993 ella fue a buscar trabajo a la feria ecuestre que él organizaba en su Módena natal cada año.
 Pero acabó charlando con él durante más de una hora y se convirtió en su asistente. 
Él le pidió que le acompañara a un viaje, pero ella solo aceptó acudir a despedirlo al aeropuerto. 
"Pero acabé cogiendo ese avión y nunca más volví", cuenta hoy, rozando el tono de folletín. 


Se conocieron en 1993, casi por casualidad. Se casaron en 2003 y la muerte les separó cuatro años después. La historia de amor de Luciano Pavarotti, el gran tenor italiano, y Nicoletta Mantovani, primero su asistente, después su amante, más tarde su esposa y hoy su viuda, ha dado ya varias vueltas al mundo. Sin embargo, cuando están a punto de cumplirse 12 años del fallecimiento del divo de Módena, a quien fue su mujer y madre de su hija pequeña todavía le quedan páginas por escribir de la novela de su romance.
Es la propia Mantovani quien está dispuesta a hacerlo. A seguir dando detalles de su vida junto a Big Luciano y a perfeccionar esa imagen idílica de la pareja que tan en duda se ha puesto durante los últimos años. Ella, sin quitarle hierro a lo que implicaban el talento, el genio y el ego de un divo mundial de la lírica, no duda en decir que, pese a tener poco en común dados sus orígenes y los 35 años que les separaban, su amor fue puro y real.
"Nos enamoramos con esa clase de amor tan fuerte que pasas horas y horas juntos hablando de la nada, mirando las nubes, disfrutando del hecho de estar juntos", cuenta ella ahora con rubor ni temor a caer en la cursilería en una entrevista al diario británico The Times. Lo hace con motivo del estreno del documental Pavarotti, dirigido por Ron Howard (Una mente maravillosa, Apolo 13, El código Da Vinci) y que ha hecho que muchos allegados a la vida del tenor hablen por primera vez o relaten detalles olvidados o apenas contados. Mantovani no produce el documental —que se estrena esta semana en buena parte de Europa y que llegará a España en enero—, pero ha participado y colaborado en él y ahora está promocionándolo. De ahí que en sus entrevistas desvele detalles de su vida junto al astro de la lírica, porque cree que el metraje logrará "hacer que una nueva generación conozca a Luciano" y que se "descubra su parte más íntima".
Aquel verano de 1993 ella fue a buscar trabajo a la feria ecuestre que él organizaba en su Módena natal cada año. Pero acabó charlando con él durante más de una hora y se convirtió en su asistente. Él le pidió que le acompañara a un viaje, pero ella solo aceptó acudir a despedirlo al aeropuerto. "Pero acabé cogiendo ese avión y nunca más volví", cuenta hoy, rozando el tono de folletín.

Luciano Pavarotti y Nicoletta Mantovani, en 1998. WireImage


Un tono que no omite, por otra parte, cómo ella misma le comunicó a la entonces esposa de Pavarotti su relación con él.
 "Luciano me había dicho que ellos ya habían acabado, que no era mi culpa.
 Creo que en realidad nunca hay un culpable. Nada puede empezar si lo anterior no ha acabado".
 El tenor y Adua Veroni estuvieron casados 34 años y tuvieron tres hijas, pero fue Mantovani quien tuvo que contarle el affaire que mantenía con él.
 "Bueno, no se puso muy contenta, pero creo que era importante hablarlo. El diálogo siempre es bueno, es mejor encarar las cosas que crear malentendidos", reconoce ahora.

Veroni y Pavarotti se separaron en 1995; la boda con Mantovani tuvo lugar en abril de 2003, cuatro meses después de la llegada de su única hija, Alice (que tuvo un gemelo, Riccardo, que no sobrevivió al nacer). 
Las dos mujeres mantuvieron caminos separados y hoy tienen una relación cordial—Alice, de 16 años, es amiga de las nietas de Pavarotti— aunque la prensa les atribuyó peleas tras las muerte del tenor, que dejó varias versiones de su testamento, un patrimonio de 200 millones de euros y una quincena de propiedades. 
"Si quieres jugar al juego, tienes que aceptar las normas", asume la viuda sobre su relación con la prensa.
Hoy sigue tratando de limpiar la imagen del músico. Asegura que, al contrario de lo que se decía, sí que era capaz de leer una partitura. 
También explica la polémica sobre sus peleas —"la pasión lo es todo, así que nos peleábamos", pero solo a gritos, matiza— o su intención de hacer adelgazar a Pavarotti.
 "Sí, quería que comiera menos, pero por su salud, no por su imagen, por supuesto.
 Quería que caminara un poco más, que hiciera algo de ejercicio". 
Él no solía cumplirlo, y también tenía sus restricciones con ella: le prohibió cantarle nanas a su hija, para no malacostumbrar los oídos de la pequeña a todo lo que no fuera su garganta.
 Ya lo dijo él mismo poco antes de morir: "Quiero ser recordado por mi voz". Lo ha conseguido, pese a que, en ocasiones, su legado le haya sobrepasado.

Llegar a la Luna fue difícil, pero regresar a la Tierra, también

Casi todos los astronautas se divorciaron, Buzz Aldrin cayó en el alcoholismo y otros sintieron la llamada de seres sobrenaturales.

 
El astronauta Edgard Mitchell es ayudado a salir de la cápsula, en medio del océano justo después de llegar de la Luna en una de las misiones Apolo. En vídeo, 50 aniversario de la llegada a la Luna.
Fueron estrellas del rock, pero tenían que mantener las formas. 
Los astronautas que volaron en las misiones Apolo no solo tenían que superar los retos del viaje espacial, llegar a la Luna y volver. También debían dar ejemplo como lo mejor de la sociedad estadounidense en su enfrentamiento con el comunismo.
 Tenían que ser tipos duros, pero simpáticos, seductores, pero fieles hombres de familia y, en general, algo parecido a superhombres capaces de protagonizar una epopeya y regresar intactos.
 Si lo lograron, fue solo a medias.
Los años posteriores al regreso fueron especialmente duros para Edwin Buzz Aldrin, el segundo hombre en pisar la Luna, un lugar en la historia que le ha escocido hasta el presente.
 “Se me debería considerar miembro del primer grupo humano que pisó la Luna, no el segundo hombre en hacerlo”,
 ha dicho en varias ocasiones.
 La tragedia de Aldrin había comenzado antes de su mítico vuelo, cuando su madre se suicidó en 1968.
 Antes, su abuela también se había quitado la vida y el astronauta siempre creyó que había heredado la tendencia a la depresión de estas dos mujeres.
Después de 21 años casado, su matrimonio de desintegró al poco de volver a la Tierra. 
No esperó mucho antes de volver a casarse, pero el nuevo compromiso no superó el segundo aniversario de boda. Se hundió, y sus problemas con el alcohol se agravaron.
 En una ocasión tuvo un encontronazo con la policía cuando, borracho, echó abajo la puerta del apartamento de su expareja. 
Para entonces, había pasado de ser uno de los ídolos de la humanidad a intentar vender Cadillacs en un concesionario de Beverly Hills, en Los Ángeles.
 En 1978, dejó de beber y se ha mantenido sobrio hasta ahora.
Los problemas de adicción no son tan frecuentes entre los astronautas como entre las estrellas del rock, pero sí parecían compartir cierta afición al sexo desenfrenado y sin compromiso. “Las mujeres simplemente amaban a los astronautas. Era salvaje ver hasta dónde podían llegar para ser amistosas [...] Las oportunidades y las tentaciones eran fantásticas”, escribía Walter Cunningham, astronauta de la misión Apolo 7, en su libro de 1977 The All-American Boys.
En su momento, el patriotismo de los medios de comunicación o de sus esposas, libró a los astronautas del escándalo o al menos lo mitigó. 
En su libro The Astronauts Wives Club, Lily Koppel recuperó testimonios de la época y en particular de muchas de las esposas de aquellos astronautas que tuvieron que soportar las infidelidades de sus célebres maridos manteniendo la sonrisa.
 De 30 astronautas reclutados para el programa Apolo y sus predecesores, solo siete permanecieron casados años después de su odisea espacial.
Después de regresar a la Tierra, algunos se entregaron a lo mundano, pero otro puñado de los elegidos sintió la llamada de lo invisible.
 James Irwin, uno de los astronautas que vimos recorrer nuestro satélite sobre el primer automóvil que se llevó a la Luna, afirmó al regresar de su misión en 1971 que la experiencia le había inspirado para “dedicar el resto de su vida a difundir la buena noticia de Jesucristo”.
 Abandonó el cuerpo de astronautas y creó la fundación Altos Vuelos con la que, entre otras cosas, organizó viajes de exploración al monte Ararat, en Turquía, en busca de vestigios del Arca de Noé. Según contaba The New York Times en su obituario, en 1982, alcanzó la cumbre de la montaña, a 5.137 metros de altura, pero tras una caída tuvo que ser cargado pendiente abajo a lomos de un caballo. 
Nunca encontró los restos de la embarcación que, según la Biblia, debía encontrarse en aquella cordillera. “Es más fácil caminar sobre la Luna”, dijo entonces.

Otro moonwalker como Charles Duke sintió la llamada de Jesucristo, y Eugene Cernan, el último hombre que ha caminado sobre nuestro satélite, también tuvo sus momentos espirituales, pero la experiencia mística no solo tomó la forma de la religión dominante en EE UU.
 Edgar Mitchell, coincidiendo con las teorías científicas aceptadas, pero dándole otra interpretación, escribió en su biografía que en la Luna sintió que todas las moléculas de su cuerpo y de su nave espacial se habían fabricado hace muchísimo tiempo en alguna de las antiguas estrellas que brillaban sobre su cabeza.
 Con esa epifanía a cuestas fundó el Instituto de Ciencias Noéticas, una entidad dedicada a explorar “la transformación individual y colectiva a través de la investigación de la conciencia”.
Uno de esos matrimonios que sobrevivieron fue el de Alan Shepard, el primer estadounidense en llegar al espacio, y su mujer Louise, a la que sus compañeras llamaban Santa Luisa.
 No era raro ver a Shepard rodeado de mujeres junto a sus compañeros del Apolo Dick Gordon y Pete Conrad y en una ocasión fue fotografiado en compañía de una prostituta durante un viaje con la NASA a California. 
La agencia espacial encargó al astronauta John Glenn que convenciese al periódico de que no publicase un reportaje escandaloso.
 Según ha contado Koppel, para Glenn este tipo de comportamientos arruinaría las posibilidades estadounidenses de derrotar a los rusos, no solo en el espacio, sino también en el terreno de la superioridad moral.

Otro moonwalker como Charles Duke sintió la llamada de Jesucristo, y Eugene Cernan, el último hombre que ha caminado sobre nuestro satélite, también tuvo sus momentos espirituales, pero la experiencia mística no solo tomó la forma de la religión dominante en EE UU.
 Edgar Mitchell, coincidiendo con las teorías científicas aceptadas, pero dándole otra interpretación, escribió en su biografía que en la Luna sintió que todas las moléculas de su cuerpo y de su nave espacial se habían fabricado hace muchísimo tiempo en alguna de las antiguas estrellas que brillaban sobre su cabeza.
 Con esa epifanía a cuestas fundó el Instituto de Ciencias Noéticas, una entidad dedicada a explorar “la transformación individual y colectiva a través de la investigación de la conciencia”. 
Poco preocupado por el qué dirán, afirmó que los extraterrestres habían visitado la Tierra y la NASA lo había ocultado, aunque reconoció que nunca los vio durante su viaje al espacio. Mitchell también se divorció al poco de regresar a la Tierra.

 

 

15 jul 2019

Manolo Vázquez, la imparable factoría...................... Juan Cruz.

Fue el escritor más rápido del mundo, autor prolífico de poemas e historias, columnista que solo falló porque lo mandó la muerte. Su obra sigue sigue por las librerías, corriendo.

Manuel Vázquez Montalbán.
Manuel Vázquez Montalbán.
Hubo un tiempo de estupor. 
Se paró en Bangkok, el 18 de octubre de 2003, el corazón de Manuel Vázquez Montalbán, el escritor más rápido del mundo, autor prolífico de poemas e historias, columnista que solo falló porque lo mandó la muerte. 
Una factoría que parecía imparable. Un motor humano.
 Era de la tribu del Diguem no de Raimón, pero él nunca dijo no a un encargo.
 Conoció la penuria y el hambre, y los combatió como si temiera que esos fantasmas fueran a ser las herencias que dejara sobre la tierra.


En este periódico (contó Rosa Mora) escribió 2014 artículos y quiso escribir, cada día, todas las semanas, en cualquier estación, muchísimos más.

Eduardo Mendoza, que lo sucedió a la semana siguiente en ese espacio de la última página, escribió que, a partir de entonces, ya tendría que responder a las numerosas personas que le preguntaban a diario qué pensaba de esto o de aquello “el señor Montalbán” que “Manolo se fue de viaje y todavía no ha vuelto”.


Escribía corriendo, y corriendo por el último aeropuerto de su vida conoció la asfixia y el dolor y se acabó.
 La noticia llegó a España a ráfagas, envuelta en incredulidad.
 Ese estupor tuvo su centro en Barcelona; su mujer Anna, su hijo Daniel, la innumerable muchachada de veteranos o jóvenes se concentró en despedidas
. Joan de Sagarra dijo que él no se sumaba a los funerales, prefirió quedarse solo riendo con Manolo… 
Pero Joan Manuel Serrat, sentado al lado de Juan Marsé, lloró la ausencia sentado en el banco laico de la primera despedida. 
Carmen Balcells, su confidente, su agente, su amiga, colocó ante su comedor una fotografía de su amigo.
 De vez en cuando, mientras el cadáver venía del lejano oriente, ella saludaba el retrato, la conversación se mantenía.
Acababa una historia increíble de fertilidad narrativa.
 El poeta había nacido pobre, oliendo la prisión de la posguerra del padre, y conoció también la cárcel y otras amenazas. 
Cuando alguien muere, cualquier persona, deja en los que le despiden la sensación de que el hueco es propio, no del muerto, que uno es el que se va.
 La orfandad que dejó MVM es la que describieron en seguida esos amigos estupefactos; entonces no se dijo demasiado, pero la muerte de un hombre de su edad (64 años) es una grave anomalía, tanto espacio de vida tenía por delante.
 En el caso de Manuel Vázquez Montalbán, vida era escritura. Pero se murió, ya está.
 En el momento en que eso se hace más grave aún, en el caso de los escritores, es cuando empiezan a faltar de las librerías sus libros.
 Es el limbo al que está destinada la literatura de los muertos.
Pero resurgieron sucesivamente algunos de sus libros (Galíndez, Barcelonas, sus carvalhos, incluido el que en su homenaje escribió Carlos Zanón…), y ahora aparece en las librerías un libro insólito, por la rapidez y el sosiego con el que MVM glosó la figura de su archienemigo, Francisco Franco. 
Es el Diccionario del franquismo. Salió dos años después de la muerte del dictador y ahora (con dibujos sustanciosos de Miguel Brieva) lo reedita Anagrama. 
En el prólogo Josep Ramoneda recuerda el origen de los padecimientos familiares de Manolo a causa del dictador.
 Nació en casa de perdedores, en un barrio de perdedores y sufrió él mismo muy pronto la sombra del ganador.
Pero en el libro (se puede volver a ver ahora) aplica el poeta, el novelista y el periodista un bisturí como de rapsoda triste: tanta lata que dio y qué poco fue Francisco Franco.
 Ahora los que lo resucitan tendrían que leer este libro: fue dañino como un mal alimento, pero era el menos admirable de los hombres, el más estrafalario de los regímenes. 
A decirlo así contribuye ahora Brieva.
En esta resurrección de MVM, que superó pronto el purgatorio común al que se condena a los escritores, tiene mucho que ver el aliento que dejó la Balcells en su casa y gente como Francesc Salgado, que lleva ya cinco congresos dedicados a su autor más presente. 
A él le pregunté por qué pervive su ídolo.
 “Por la polarización de la política, que ha dejado de ser racional y se ha vuelto tan enfática. 
Porque vuelve el neofranquismo desacomplejado que brega por la unidad de España. 
Porque los textos de MVM que vuelven prosiguen aquella disección del franquismo.
 Porque todo eso lo hace inesperadamente actual”.

A Mendoza le preguntó hace años un hombre en Nueva York qué estaría haciendo a esa hora Manuel Vázquez Montalbán. Comiendo, quizá, respondió Eduardo.
 “No, no”, replicó el señor, “yo me refería a lo que está escribiendo”. Esa pregunta se paró el 18 de octubre de 2003.
 Pero la escritura de aquel empecinado ha vencido la sombra del purgatorio y sigue por las librerías, corriendo.

 

Dulceida, la ‘influencer’ con festival propio, que reivindica el amor libre

Aida Domenech, con tres millones de seguidores en Instagram, ha creado un pequeño imperio que empezó por la moda y la ha convertido también en bandera de los derechos LGTBI.

La bloguera Dulceida en abril de 2018.
La bloguera Dulceida en abril de 2018.

 

Alba Paul (L) and Dulceida (R) posan durante un photocall
Alba Paul (L) and Dulceida (R) posan durante un photocall
Cinco años después, en 2013, Dulceida nació con el primer vídeo en YouTube que publicó Domenech en el que se presentaba ante un público desconocido y les enseñaba a maquillarse en solo 30 segundos.
 Abrió su canal porque una agencia de representación la contactó para representarla: era tan solo una forma más de poder mostrarse a sus seguidores. 
La fórmula del éxito, admite cuando habla de ello, siempre ha sido la misma: naturalidad y destrucción de toda barrera que separe vida social y privada, trabajo y ocio. 
Como muestra, un botón: Alba Paul, actual pareja de Dulceida, de 30 años, fue presentada en sociedad mediante el vídeo titulado Tag de mi Novia (con 52,2 millones de reproducciones). 
Es el vídeo más visto de Dulceida, y los otros dos que acumulan más visionados también tienen a Paul, como protagonista.
 Precisamente ha sido este ímpetu de Dulceida por querer normalizar su relación homosexual lo que sus seguidores más han premiado.
 Tanto es así que la pareja decidió casarse hace dos años y la boda acumula actualmente seis millones de reproducciones en YouTube.
Dulceida y Alma Paul son ahora dos de los personajes más influyentes en el panorama LGTBI.
 En su canal de Youtube hablan de temas como el VIH, el poliamor o el genderfluidism (Género fluido).
 "A mí toda la vida me han gustado los chicos, hasta que de repente, porque sí, yo noté ese hormigueo que sientes cuando ves a alguien", escribió en su blog cuando decidió salir del armario.
"Aunque es algo normal y corriente mucha gente no lo ve así, así que quiero apoyar a la gente que lo necesita: no tengáis miedo y dejaros llevar".
 De esta manera, la bloguera daba apoyo, según escribió, a personas que se encuentran en su situación. 
 Doménech también ha tenido novios: en concreto, se hizo muy conocida su ruptura con el fotógrafo que se encargaba de realizar las imágenes que subía a sus redes sociales.
Dulceida siempre ha utilizado su festival como una suerte de reedición del Orgullo:
 repleto con algunos de los DJ’s más reconocidos del panorama musical, el evento está claramente dirigido a un público muy joven entre el que se promueve un mensaje de amor libre sin prejuicios: "Da igual que seáis gais, bisexuales, lesbianas.
 Lo importante es que estéis con quién realmente queréis estar y que lo podamos celebrar", ha declarado recientemente en sus redes sociales.
Su fama la ha llevado a volverse una celebridad más de España. Entre su círculo social no faltan otros famosos como los Javis, los actores y directores Javier Calvo y Javier Ambrossi; Laura Escanes y su esposo Risto Mejide; la cantante Ana Guerra o incluso se ha llegado a codear con artistas internacionales como Rihanna.
Compartir su vida con millones de personas todos los días le ha costado más de una polémica.
 El año pasado, por ejemplo, durante un viaje junto a su esposa en Ciudad del Cabo fue criticada por publicar una foto dándose un baño, mientras que la ciudad sufría una fuerte sequía. 
Algo que llevó incluso a que cerrará sus redes sociales por un tiempo.
 En otra ocasión sus seguidores le reprocharon que su marca de ropa, Dulceida shop, no tuviera tallas más grandes, cuando ella se abandera como una modelo curvy.

Cristina Brondo, Marta Torne, Pelayo, Aida Domenech 'Dulceida' and Eugenia Ortiz Domecq en el Fashion Week en Barcelona.
Cristina Brondo, Marta Torne, Pelayo, Aida Domenech 'Dulceida' and Eugenia Ortiz Domecq en el Fashion Week en Barcelona.
El resultado de toda esta historia es que las cuentas salen. 6.000 adolescentes van a pagar este fin de semana 25 euros para ver a Dulceida salir en varias ocasiones a desear mucho amor (su eslogan, raíz de su discurso y el nombre de su perfume) en su propio festival. 
La cuarta edición será, por tanto, el punto de encuentro para todos los seguidores de la influencer y la enésima demostración de que el Dulceimperio, término acuñado por el Dulcesquad, su séquito de influencers satélite, mantiene plena vigencia. 
Y eso, con solo una plantilla de 13 trabajadores que incluyen a su primo, director de la tienda y del festival, y a su madre, que también ejerce de representante.