La pareja se instala en España donde la periodista recibirá tratamiento contra su cáncer mientras el portero decide su furturo.
Sara Carbonero e Iker Casillas.CORDON PRESS
Iker Casillas y Sara Carbonero
se han instalado en Navalacruz, el pueblo del portero, para proseguir
con su recuperación. La pareja tiene una casa en esta localidad abulense
donde suele pasar siempre unos días en verano. En esta ocasión el
periodo de tiempo parece que será algo mayor. El matrimonio ha cerrado
de momento su casa en Oporto para regresar a España. La periodista fue
operada, el pasado 21 de mayo, en la clínica Rúber Internacional de
Madrid donde recibirá el tratamiento complementario para atajar el
cáncer de ovarios. Casillas aunque fue intervenido del corazón en
Portugal también tiene médicos en Madrid. El portero todavía no ha decidido
si aceptará la oferta del club luso para trabajar como miembro del
equipo técnico. "Habrá un día que me tenga que retirar. Déjenme anunciar
dicha noticia cuando llegue ese momento. Por ahora tranquilidad",
comentó tras recibir el alta hospitalaria.
En Navalacruz, Casillas y Carbonero disfrutaron de las fiestas
mediavales con sus hijos Martin, de 5 años, y Lucas de 3. La periodista,
que se mantiene muy activa en las redes sociales, dedicó un mensaje a
su hijo menor en su cumpleaños. "Fuiste, eres y serás siempre el mejor
regalo que pudo llegar a nuestra familia", publicó en Instagram. La presentadora, de 35 años, anunció que había sido intervenida de un "tumor maligno de ovario" también en su perfil de Instagram
ahora hace una semana. "Afortunadamente lo hemos pillado muy a tiempo
pero todavía me quedan unos meses de lucha mientras sigo el tratamiento
correspondiente", dijo la semana pasada Carbonero sobre el cáncer, "esa
dichosa palabra de seis letras que todavía me cuesta escribir". En ese
mismo post,
aseguraba estar tranquila y con confianza de que todo saldrá bien. “Sé
que el camino será duro pero también que tendrá un final feliz. Cuento
con el apoyo de mi familia y amigos y con un gran equipo médico”,
escribió la periodista . La noticia sobre la esposa del futbolista Iker Casillas llegó apenas tres semanas después de que el portero, de 38 años, sufriera un infarto por el que tuvo que ser operado de urgencia y del que fue dado de alta
La presentadora, de 35 años, anunció que había sido intervenida de un "tumor maligno de ovario" también en su perfil de Instagram
ahora hace una semana. "Afortunadamente lo hemos pillado muy a tiempo
pero todavía me quedan unos meses de lucha mientras sigo el tratamiento
correspondiente", dijo la semana pasada Carbonero sobre el cáncer, "esa
dichosa palabra de seis letras que todavía me cuesta escribir".
En ese
mismo post,
aseguraba estar tranquila y con confianza de que todo saldrá bien.
“Sé
que el camino será duro pero también que tendrá un final feliz.
Cuento
con el apoyo de mi familia y amigos y con un gran equipo médico”,
escribió la periodista .
Detrás de toda historia, por muy de color de rosa que se vea desde
fuera, hay sombras. Casillas y Carbonero son un claro ejemplo de ello,
pero también de superación. Con 38 y 35 años respectivamente tienen por
delante un nuevo reto que afrontan más unidos que nunca y con el cariño
de siempre de la gente que sigue viéndolos como la pareja perfecta. "Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste,
cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro de si la tormenta ha
terminado realmente. Pero una cosa sí es segura. Cuando salgas de esa
tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata
esta tormenta". Estas palabras del escritor Haruki Murakami recordadas por Sara Carbonero en su Instagram son la manera de afrontar su particular batalla.
La
ceremonia se celebró en Sayn Abbey, un antiguo monasterio situado a
orillas del Rin, en Alemania.
La novia lució un vestido del español
Jorge Acuña.
El diseñador, nacido en Lugo, creó su propia marca en el
año 2007.
El traje era de manga larga y cuello redondo, con velo y una
larga cola, que Alana complementó con una tiara.
Al enlace acudieron
cerca de 350 invitados entre los que se encontraban miembros de la
nobleza como Christian de Hannover y Alessandra de Osma.
Según informa el Rhein-Zeitung,
la ceremonia civil se celebró el viernes, un día antes de la boda
religiosa. La petición de mano se llevó a cabo hace ahora dos años. La
pareja mantenía una relación sentimental desde hace más de tres. Fue en
abril de 2018 cuando los padres de Casimir anunciaron de manera oficial
el compromiso: "Con gran alegría, el príncipe Alexander y la princesa
Gabriella Sayn-Wittgenstein-Sayn, dan a conocer el compromiso de su hijo
Casimir con Alana Bunte"
Casimir zu Sayn Wittgenstein-Sayn ha dado
el "sí, quiero" a la modelo norteamericana de 28 años Alana Bunte.
Casimir y Corinna se casaron en el año
2000 y dos años después nació Alexander, el único hijo en común de la
pareja, que terminó divorciándose cuando el pequeño tenía 3 años .
La vida de Corinna transcurre entre
Myfair, Belgravia y Westminster transcurre el día a día de la princesa
en la capital británica.
Durante varios meses, Corinna vivió en una
suite del Connaught mientras se reformaba su apartamento de Eton Square;
el hotel alberga una de las estancias más caras del mundo, The
Apartament, que cuesta unos 18.000 euros la noche incluyendo mayordomo
24 horas.
Si algo define ese edificio victoriano y en ello se emplea su
personal, es la discreción.
Y si algo definía la vida de Corinna zu
Sayn-Wittgenstein es, precisamente, la discreción con la que vivía en un
universo de lujo prohibitivo que incluye, naturalmente, Mónaco, donde
pasa largas temporadas y donde ha trabajado como asesora del príncipe Alberto.
La hija de
Carolina de Mónaco y el productor, que se casaron el sábado en el
Principado, celebraron una gran fiesta a la que acudieron familiares y
amigos como Marta Ortega.
Carlota Casiraghi y Dimitri Rassam, en el retrato oficial difundido por el Palacio de Mónaco por su boda.Félix Dol-MaillotPALAIS PRINCIEREl sábado el Principado de Mónaco acogía una boda que llevaba meses esperando: la de Carlota Casiraghi,
hija de la princesa Carolina, con el productor cinematográfico Dimitri
Rassam, hijo a su vez de la actriz Carole Bouquet. Las celebraciones
llevaban aplazándose un año —a Rassam le ha sido difícil conseguir el divorcio
de su anterior esposa— y la fecha del enlace ha pillado a muchos por
sorpresa. Pero no a novios e invitados, que han disfrutado de varias
celebraciones en Mónaco. Las
celebraciones arrancaron el sábado a mediodía y tuvieron lugar en el
mismo lugar en el que se casaron Andrea y Pierre, los hermanos de la
novia: en el palacio de Mónaco. Tras una ceremonia en los salones de
palacio, los novios quisieron fotografiarse en las escaleras de mármol
en las que a menudo se ha visto a otros miembros de la familia monegasca
tras sus bodas. En este caso, al tratarse de una boda civil, Carlota
optó por un vestido que no era el tradicional de novia: era corto, de
manga larga, en encaje y con tres lazos en el cuerpo y en color gris. Una pieza firmada por Yves Saint Laurent, como ha anunciado su propio diseñador, Anthony Vaccarello.
Carlota Casiraghi, vestida por YSL, en dos imágenes subidas por el diseñador de la firma, Anthony Vaccarello.INSTAGRAM
Tras la celebración diurna, los novios aprovecharon el calor
de junio para celebrar una fiesta en una piscina, en la que acabó el
novio, vestido con traje, tras ser lanzado por sus amigos. Según se pudo
ver en imágenes colgadas por amigos de la pareja en las redes sociales,
festejaron con pizza, helado y enormes flotadores hinchables. Para la celebración de la tarde, los novios se vistieron de gala. En
este caso, él llevó un traje con chaqueta blanca y ella un vestido
blanco en seda y palabra de honor de Chanel. Se trataba de uno de los
últimos diseños de Karl Lagerfeld —gran amigo suyo y, sobre todo, de su madre— solo
que modificado para que tuviera un toque más nupcial. De hecho, los
homenajes a Lagerfeld fueron constantes, ya que la celebración tuvo
lugar a las ocho de la tarde en la villa La Vigie,
una finca blanca del siglo XIX con vistas a la costa (y muy cerca de la
vivienda de Carolina) que restauró el diseñador y que más tarde
Carolina y su esposo Ernesto le compraron. Además del vestido, Carlota hizo un guiño a los Grimaldi llevando las
joyas de su abuela, la princesa Grace. En concreto, la joven llevó un
collar con tres filas de diamantes de Cartier de primeros de los años
cincuenta que lució la esposa de Raniero de Mónaco en varias ocasiones, y
que incluso llevó Nicole Kidman cuando interpretó a la princesa en la cinta Grace. También el peinado, al estilo de los años cincuenta, recordaba al de la diva del cine de Hitchcock. Las celebraciones nocturnas se alargaron con música en directo: una
banda italiana y las actuaciones del rapero MC Solaar y de la banda The
Kooks fueron el colofón de una fiesta a la que acudieron familia y
amigos de la pareja. No faltaron Carole Bouquet (también buena amiga de Lagerfeld, que acudió vestida de Chanel), Estefanía de Mónaco ni por supuesto la princesa Carolina, a la que se vio vestida de blanco y negro y bailando, muy emocionada, con los novios. Tampoco se perdieron la fiesta los
hermanos de la novia con sus parejas y otros amigos de los novios, como
la modelo Bianca Balti, Eugenie Niarchos o Marta Ortega y Roberto
Torretta, compañeros de competiciones hípicas de Carlota.
Le
apodaron Juan Carlos el Breve. Pero, contra todo pronóstico, consiguió
consolidarse. Paró un golpe de Estado. Su figura se engrandeció.
Y años
más tarde, con la aburrida normalidad, llegaron los deslices.
Don Juan Carlos abraza a su hijo el día de la ceremonia de su abdicación, el 18 de junio de 2014. JUAN MEDINAREUTERSAntonio Jiménez Barca
El anuncio de Juan Carlos I de que renuncia este domingo a la vida
pública ha vuelto los ojos a su figura. Fue proclamado Rey en noviembre
de 1975. Muchos desconfiaban de que su reinado durara. Pero duró: el 2
de junio de 2014, hace cinco años, anunciaba su abdicación. Esta es su
vida en tres actos.
1. El desastre
Fue un sábado por la tarde de noviembre de 2012. Un viejo amigo de Juan Carlos I
acudió a verle al palacio de la Zarzuela, después de que el Rey le
llamara por teléfono. Lo encontró solo, en una habitación interior muy
pequeña, tumbado boca arriba en una camilla, dolorido de la cadera, con
el mando a distancia de la televisión en la mano, cambiando de canal.
Sin mucho más que hacer. Sin nadie al lado. Hablaron de lo que hablan
dos amigos que se conocen desde hace más de 40 años: de la mala salud,
de los hijos, de que las cosas, como siempre, son imprevisibles. Recuerda la pena que sintió al ver al en otro tiempo popular e
indiscutido Juan Carlos I, así, perdido en su propio palacio, zapeando,
atendiendo las escasas llamadas de teléfono que recibía. El Rey tenía
ese día 74 años. Y no estaba bien. Ni él ni la institución que
encarnaba. La Monarquía atravesaba uno de sus peores momentos.
Al final, resultó que fajarse con la Transición, lograr la amistad de un comunista como Santiago Carrillo
o de un socialista como Felipe González, con ser difícil, resultó más
fácil que soportar el desgaste del día a día desde la cima culminante
del 23-F hasta ese feo sábado por la tarde.
Fue más manejable pedir a
los amigos más íntimos, los del colegio, que le ayudaran a organizar en
los últimos años del franquismo reuniones secretas con personajes ajenos
al régimen.
Más sencillo echar a un presidente del Gobierno, Carlos
Arias Navarro, que creía tutelarle.
Fueron más manejables aquellos días
revolucionados que la aburrida normalidad que vino después, cuando
parecía que todo estaba ganado.
La dulce velocidad de crucero fue lo que
acabó en desastre.
Ocho meses antes de que ese amigo acudiera a visitarle, en abril, don Juan Carlos se había caído
en una cabaña en el delta del Okavango, en Botsuana, rompiéndose una
cadera ya de por sí maltrecha y triturada a base de operaciones.
Estuvo
toda una noche tumbado en el suelo, sin gritar, sin poder moverse, según
relata el libro Final de partida, de la periodista Ana Romero.
Todo se hizo público en pocas horas:
el traslado urgente a un hospital de Madrid, la alarma médica, el haber
estado cazando elefantes en una esquina exótica de África con su
amante, Corinna zu Sayn-Wittgenstein,
entonces de 51 años, y unos millonarios amigos saudíes.
España, ahogada
en la crisis económica, con una nueva generación de jóvenes indignados
por su retroceso social y su falta de futuro, había dejado de admirar a
ese Rey, desconectado de un mundo que había cambiado sin que él se diera
cuenta.
Una periodista que lo acompañaba por esa época recuerda un tipo
cascarrabias, que se enfadaba cuando tropezaba al caminar con el bastón o
la muleta, cada vez más débil.
Aún conservaba su entrenada capacidad de
aguante: un día, según cuenta un alto cargo que trabajó en la Casa del
Rey, en una audiencia con unos diplomáticos árabes, se le salió de golpe
la prótesis de la cadera, pero él soportó el dolor a pie firme, sin
quejarse, sufriendo en silencio, hasta que acabó el acto.
Con todo, las
amenazas eran demasiadas: su salud limitaba sus movimientos, su sordera
alimentaba su desconfianza, y esa desconfianza engordaba su mal genio.
Su popularidad y la de su familia bajaban mes a mes. Además, se había
enamorado de Corinna y no estaba dispuesto a renunciar a ella, aunque
esto significara coquetear con el escándalo, que acabó alcanzándole en
África.
Don Juan Carlos pide perdón en el hospital San José de Madrid, en una alocución televisada, en abril de 2012.PACO CAMPOSgetty images / POOL
Para tratar de recuperar algo de la antigua popularidad, días después del episodio de la cacería pidió perdón en una insólita alocución televisada, rodada en un pasillo del hospital, apoyándose en la muleta: “Lo siento mucho. Me he equivocado: no volverá a ocurrir”.
Miraba a la cámara con una expresión algo infantil en los ojos, de niño
pillado en un renuncio. Pidió perdón por el episodio concreto de la
cacería —sin especificarlo—, aunque, en realidad, el perdón podía
hacerse extensivo a otras faltas, como los episodios de corrupción que
habían afectado a uno de sus yernos, Iñaki Urdangarin, y salpicado a su propia hija, la infanta Cristina. Un exministro que lo conoce bien divide su trayectoria en tres
etapas: “La primera, la de sufrir y tragar, hasta que le nombraron Rey. La segunda, hasta el 23-F, la de su enorme contribución histórica, que
nadie discute. La tercera, cuando cree que nadie le va a pedir cuentas
nunca”. “Tal vez creyó que la Monarquía estaba ya consolidada para
siempre, que funcionaba sola. Él seguía haciendo las mismas cosas de
siempre, pero la sociedad había cambiado por la crisis”, sostiene el
historiador Jordi Canal, autor del ensayoLa monarquía en el siglo XXI.
El aislamiento de La Zarzuela, la fatiga o simplemente la edad habían
disminuido ese instinto político con el que supo, en los momentos
difíciles, interpretar lo que quería la sociedad.
Días después de la cacería y la caída en África, pidió perdón en una insólita alocución televisiva
Muchos pensaron que debía echarse a un lado y dejar paso al príncipe Felipe. El mismo Juan Carlos, según afirma el emprendedor y escritor Diego
Hidalgo, otro amigo de muchos años, se había prometido abdicar a los 70
años, convencido de que eso era lo mejor para él, para su hijo y para la
institución monárquica. Y así se lo había confesado a Hidalgo. Pero una
cosa es pensar eso a los 40 o los 50 años y otra seguir manteniéndolo a
medida que llegas a esa edad. Un veterano ministro que compartió muchas
horas con el Rey lo disculpa: “Es que lo difícil no es llegar, ni
mantenerse. Créame: lo difícil es saber irse, descubrir que ha llegado
la hora y hacerle frente”. Es difícil para los músicos, para los
futbolistas, para los actores y para los políticos. Y es difícil también
para los reyes. Un amigo, movido únicamente por el afecto y la
fidelidad, le aconsejó que dejara el trono en aquellos días nefastos.
Pero el Rey le contestó tajante: “Agradezco mucho que mis amigos me den
consejos, pero hay temas que se pueden tocar y otros no”.
El 6 de enero de 2014, en la Pascua Militar, un día después de cumplir 76 años, cansado y aturdido, leyó un discurso en el que se trabó varias veces
y en el que confundió bastantes palabras. Eso acabó por convencerle. Lo
hizo tarde, pero no demasiado tarde. Nadie sabe qué habría pasado si
hubiera esperado más. Sea como fuere, hasta ahí había llegado: no más
días históricos; tampoco más sábados por la tarde siendo el Rey, viendo
la tele en palacio. No era un buen final. Tampoco el más justo para Juan
Carlos I. Pero no había otro disponible. El rey Juan Carlos firma su abdicación en junio de 2014.ALBERTO MARTÍNGETTY IMAGES / pool
. La llegada
“Le gusta la vida”,
dice una persona que trabajó junto a Juan Carlos I en sus últimos años,
y añade: “Siempre le gustó hacer cosas. Arreglar motores. No puede
estarse quieto. No es un intelectual, no. Eso lo sabe todo el mundo.
Pero estaba suscrito a revistas científicas, le gustan las cosas del
espacio. Si no hubiera sido rey, habría sido ingeniero, de los de tocar
cables”. No hubo oportunidad. Desde niño le convencieron —se convenció—
de que era un tipo —privilegiado o no, según se mire— con un destino.
Porque uno tiene un destino, pero también carga con él.