El 12 de
mayo de 2009 moría el autor de ‘Chica de ayer’ en Madrid.
Siete músicos y
grupos españoles interpretan sus imborrables canciones para recordarle
en este especial de EL PAÍS.
Antonio Vega, en el barrio de Malasaña de Madrid en 2003.JERÓNIMO ÁLVAREZAntonio Vega nos dejó para siempre hace 10 años. Desde entonces, cada 12
de mayo fans y músicos le recuerdan por su magnífico legado como
compositor. Para este aniversario tan simbólico, EL PAÍS ha reunido a
siete artistas y bandas que reconocen su deuda con sus canciones. En
algunos casos llegaron a tocar con él, como Toni Jurado quien le
acompañó durante años como batería. Zahara, Morgan, Viva Suecia, Anni B.
Sweet, Marwan, Vega y Ricardo Lezón reviven con sus versiones la magia
de la música de Antonio Vega. "Antonio es un mito. Es una referencia absoluta porque ha hecho obras de una belleza y profundidad absolutamente increíbles".
Para bien o para mal acabamos siendo víctimas de nuestro carácter. La
autora heredó de su madre un ansia obsesiva que arruinó y salvó su vida.
QUERIDA MADRE: Si escribo, es gracias a ti, porque con tu ansia obsesiva me arruinaste y salvaste la vida al mismo tiempo. Y precisamente por eso odié el ansia durante muchos años —no a ti: a
ti te idolatraba—, hasta el punto de negarla, eliminarla y avergonzarme
de ella. No entendía que la energía que me guiaba o me paralizaba, que
me obligaba a someterme a las pruebas más difíciles y agotadoras aunque
nada tuvieran que ver conmigo, que me empujaba a estrechar lazos con
personas que me hacían sentir incómoda, que no me abandonaba ni siquiera
cuando dormía, que me despertaba de madrugada con la mente rebosante de
cosas que debía hacer, decir, o escribir… no era más que una forma de
aquella ansia. Siempre intenté protegerte del dolor, a ti y a todos los
que a mi entender sufrían. A todos menos a mí misma.
Puede que ese sea el motivo por el que yo siempre haya intentado
rodearme de personas muy distintas a mí: constantes, autónomas, sólidas,
pacientes y nada ansiosas. Pero, a veces, esa clase de personas no son
las más sensibles y les cuesta entender y aceptar el tormento de quienes
sufren de ansia. El ansia puede ser peligrosa
porque no nos permite notar el cansancio, nos deja desnudas, expuestas,
frágiles, vulnerables y exhaustas. En los peores momentos, incluso
puede condicionar nuestra vida, paralizarnos y consumirnos: porque nos
hace obsesionarnos con lo negativo y perder de vista todo lo demás,
excepto para desesperarnos cuando las cosas hermosas de la vida, que
damos por supuestas, desaparecen.
El ansia, sin embargo, también puede convertirse en una gran energía
creativa, una marea que nos conduce hasta donde nunca nos hubiéramos
creído capaces de llegar.
Creo que todo lo que he hecho —desde abandonar a los 20 años la pequeña
ciudad de provincias para marcharme a Londres en busca de trabajo sin
saber apenas inglés; instalarme a los 23 en Milán sin conocer a nadie;
encontrar trabajo en la prensa y en la televisión; escribir libros—, lo
he hecho siguiendo una necesidad urgente primero de libertad y luego de
poder expresarme, de crear algo que compartir con los demás para aplacar
así la inquietud que desde siempre me empuja, me aguijonea y me
atormenta. Fue el ansia lo que me impulsó a cultivar mi vocación por la
escritura y la lectura. De niña, leía y escribía de forma compulsiva:
primero cuentos, luego libros juveniles y después todos los libros que
encontraba en casa. Y cuando ya los había leído todos dos o tres veces,
iba a comprar libros usados a la librería, al quiosco, a los
mercadillos, o los cogía en préstamo de la biblioteca. Y cuando no tenía
libros, leía los periódicos y las revistas, y cuando se me acababan,
leía la etiqueta del agua mineral, los prospectos de los medicamentos,
las normas del ascensor, las vallas publicitarias… No podía evitarlo,
tenía que leer y escribir. “Te vas a estropear la vista”, me decías, con los ojos puestos sobre las páginas de un libro.
Creo que dicha necesidad imperiosa era un efecto de tu herencia que
me ha encaminado hacia el ansia, sí, pero también hacia la vida, hacia
mi destino y hacia mi necesidad de compartir: que ha hecho de mí, para
bien o para mal, lo que soy.
FELIPE HERNÁNDEZObserven la variedad de rostros del reportaje fotográfico: es la misma
que nos podemos encontrar en un vagón de metro de Berlín, Roma o
Bruselas. El suyo de usted forma ya parte de esa riqueza en la que se
diluyen las diferencias identitarias, en la que la racialización pierde
sentido. El problema de la España vacía
es el de su materialidad. Está compuesta de restos analógicos de un
mundo en vías de extinción. Nadie da un duro ya por ser real, y en los
lugares de los que huíamos éramos reales como la vida misma. Los que
nacieron en Madrid, en Londres o en París podrán objetar que ellos no
vinieron de fuera. Se equivocan. Hay muchos modos de venir de fuera y
quizás el más genuino sea ese: el de venir de dentro. Si deseamos, en
fin, repoblar los lugares abandonados, empecemos por certificar su
inexistencia.
De todas las enfermedades raras, esta niña tiene la más rara: sólo se
conocen 12 casos. En España hay un proyecto de investigación para buscar
tratamiento.
DANNY VAN DE Grift, la esposa y luego viuda del escritor Robert Louis Stevenson,
escribió una carta a un amigo en la que contaba la espantosa agonía y
muerte de su hijo de cuatro años. Tenía tuberculosis ósea y los huesos
se le rompían y le atravesaban la carne. Se trata de uno de los textos
más atroces que jamás he leído, un testimonio difícilmente soportable. Pero, al mismo tiempo, posee una belleza estremecedora, la autenticidad
del amor absoluto y de la pena más pura y más sagrada. Son palabras que
taladran.
A veces, pocas veces, te topas con un relámpago de vida semejante.
Con un rayo de sufrimiento que deslumbra, por la resistencia asombrosa
de sus víctimas, por la grandeza de su lucha. Tengo en mis manos la
maravillosa carta de otra madre coraje, Jorgelina Borda. Su hija, Chloe,
“una guerrera valiente como nadie”, enfermó a los tres años: “Al
principio se caía todo el tiempo, esa fue la primera señal de que algo
pasaba, era una niña preciosa y feliz pero de repente no era capaz de
subir un escalón ni la entendíamos cuando hablaba… ¡Todo fue tan rápido!
La perdíamos semana a semana, era un deterioro psicomotor violento”. Cómo cortan, cómo escuecen esas tres palabras: la primera señal. Es la
felicidad perdida, la puerta del infierno que se abre. Hay dolores tan
grandes que se parecen a la locura.
Me gustaría callarme y dejar hablar a esta madre de elocuencia
devastadora, copiar sin más su carta en carne viva. Pero es un texto
largo y hay que resumirlo. Durante años buscaron un diagnóstico
inútilmente, mientras Chloe perdía el habla, la movilidad, la capacidad
de beber. Consultaron a neurólogos de todo el mundo y, en su
desesperación, a curanderos y hasta a un sacerdote milagrero en
Argentina. En lo más negro de la negrura, Jorgelina vio en televisión a un
científico español, el doctor Matilla, hablando de cosas que le sonaron
cercanas, y ni corta ni perezosa se presentó con Chloe en su laboratorio
del Institut Germans Trias i Pujol. Hace tan sólo unos meses, y tras
largos esfuerzos conjuntos, el doctor Matilla y el doctor Posada del
Carlos III de Madrid descubrieron por fin lo que tiene Chloe: es el
resultado de una mutación en el gen VPS13D, la enfermedad más rara de
todas las enfermedades raras: sólo se conocen 12 casos en todo el mundo y
Chloe es la única en España. Qué desdichada singularidad, qué burlona
la vida. Dentro de este diluvio de congojas se atisba sin embargo cierto
respiro: el equipo del doctor Matilla está preparando un proyecto de
investigación para buscar un tratamiento. Los biomarcadores demuestran
que existen muchas esperanzas de lograrlo, y además usarían una nueva
técnica más rápida, eficiente y barata que utiliza peces en vez de
ratones. El estudio llevaría dos años y supondría un avance en la cura
de este tipo de enfermedades. El problema es que se necesitan 200.000
euros para financiarlo: “Pero los conseguiré sea como sea, porque, si no lo hago, un día no
muy lejano Chloe dejará de caminar, de comer y de hablar, y mientras
esto sucede, ¡sufrirá tanto!”. A la niña, en efecto, le duele todo el cuerpo, aunque en los últimos
años (ahora tiene 10) ha recuperado el habla y ha vuelto a comer y
caminar gracias a un programa conjunto de fisioterapeutas, logopedas y
tratamientos enzimáticos. Todo con un esfuerzo descomunal. “Los niños se
ríen de ella porque camina mal, habla mal y come mal; ella sólo se
pregunta por qué se burlan, pero no les guarda rencor… Chloe es buena,
diferente, dulce, preciosa… Cultiva un pequeño huerto en casa y llora si
se le rompe una hoja a sus plantas”. Chloe frágil y fuerte, Chloe
heroína y mártir: a veces la vida te deja un espacio inverosímilmente
pequeño para vivir, un rincón sin apenas oxígeno, y, aun así, hay gente
que escoge no volverse loca y perseverar, que sonríe y cuida huertos
diminutos. Jorgelina ha creado una campaña de Gofundme para reunir los
fondos: busca investigacionparachloe.org. “Llevo tantos años subiendo esta montaña y ahora desde donde estoy puedo ver la cima, pero aún está lejos y hay mucha nieve.
Aunque, ¿sabes qué?, detrás de la cima congelada veo un cielo azul
infinito y un inmenso sol cuyos rayos me calientan”. Derritamos ese
hielo entre todos.